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EL HOMBRE ACTUAL VIVE SIN DIOS
Por J. R. Guillent-Pérez*
En primer lugar: el descubrimiento del Universo. El hombre antiguo y el medieval vivieron en una concepción muy pobre y estrecha de lo que era el universo. Se creyó que la tierra era plana, inmóvil y que era el centro del universo. Todos los demás cuerpos celestes eran apéndices de nuestro planeta. Ahora bien, los dioses de todas las religiones han sido sobre todo, y ante todo, dioses de la tierra y del hombre. Si la tierra era lo más importante del cosmos, se comprende de suyo que el hombre, por ser el ente más importante de la tierra, fuera lo más excelente de cuanto se da en el universo. De tal modo, los dioses daban testimonio de su diosidad, si se ocupaba especialmente de los asuntos de la tierra y del hombre. Pero la tierra no es lo más importante del universo; sino antes bien, una porcioncita insignificante. Si la tierra desapareciera ello no influiría en nada en la marcha del universo. Si la tierra es insignificante en la inmensidad cósmica, ¿qué importancia tendrán los seres humanos, estos hijos predilectos de la tierra, que nos decimos ser? Ahora bien, un dios que se ocupe predilectamente de la tierra y del hombre, será un pobre dios, algo insignificante. Los dioses de todas las religiones del orbe adolecen de ese error de base de estar concebidos a la medida de lo que el hombre antiguo entendió por universo. Los dioses encajan en el mundo antiguo, no en lo que el moderno entendió como verdadero universo. Las religiones que todavía se practican son herencia del mundo antiguo. A partir del Renacimiento no aparece ninguna religión nueva, sino, más bien, empezamos a presenciar el eclipse y hundimiento de las ya existentes. En segundo lugar, la inconsistencia de los dioses antiguos es sustituida por lo único cierto y evidente que hay: el yo. Escuchemos los términos en los cuales nos habla Descartes: “Lo único cierto que hay en el universo es que yo pienso; todo lo demás es incierto”. Es decir, la certidumbre de que soy, la encuentro en mí mismo; no tengo necesidad de salir de mí para encontrar la certidumbre radical de la existencia. La auto-evidencia del pensamiento es lo que, en el moderno, va a servir para suplantar a los antiguos dioses. Según Descartes, si el hombre conduce adecuadamente su pensamiento, llegará un día en el cual se despejarán todas las incógnitas del universo. Es decir, la fe que el hombre medieval tuvo en Dios se va a trasladar, en la modernidad, al pensamiento. No olvidemos esa fe del moderno: se creyó que el pensamiento iba a conducirnos al mejor de los mundos posibles. Hay una escena histórica que nos muestra esa fe en el pensamiento racional durante la época anterior: en la euforia del triunfo, los revolucionarios de la Revolución Francesa pasean por las calles de París a la “diosa razón”. El tercer argumento que vamos a señalar del por qué se eclipsan los dioses durante la modernidad, se refiere a la eficacia de la ciencia. La ciencia moderna ha sido el lugar de despliegue eminente del pensamiento racional. Ella es la que ha creado el auténtico instrumento de poder. Las aplicaciones de la ciencia han dado al hombre resultados por demás positivos. Y sobre todo le otorgó poder y confianza en sí mismo. Los dioses de todas las religiones son unos simples aprendices de brujo en vista de las prodigiosas conquistas de la ciencia. Los milagros atribuidos a los diferentes hombres-dios que nos presentan las religiones son cosas infantiles al lado de la adultez de la ciencia. Un hombre ante la amenaza de una neumonía se comportaría infantilmente si no se acogiera a los recursos de los antibióticos. Podría decirse que la penicilina es más efectiva que dioses y santos.
Repetimos El hombre moderno se caracteriza, esencialmente, por un lado, por el rechazo que hace de las concepciones imperantes en el mundo antiguo y en el medieval. Moderno quiere decir “Hombre Nuevo”; un modo de ser hombre sustancialmente diferente a lo que fue el hombre anterior. La modernidad es una época signada por el propósito decidido de descalificar al hombre anterior, y por el anhelo de estructurar lo que había de ser la humanidad futura. El hombre moderno es un “no”, claro y contundente, frente al antiguo y medieval. En la filosofía, en la ciencia, en el arte, en la técnica, en la industrialización está presente ese propósito de negar lo anterior. Pero, conviene destacar, simultáneamente, al lado de ese propósito de negación, lo positivo de esta época. Lo positivo fue la auto-evidencia del pensamiento. Fundado en este soporte se creyó que se iban a resolver las incógnitas capitales de la vida. * El hombre corriente y la verdad, Ediciones de la Biblioteca Rental, Instituto Pedagógico de Caracas, 1ª. edición, 1972.
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