PEDRO PARAMO, EL GRAN CHINGÓN

Magaly Ramírez

Pero el filo de la obsesión es un rostro.
Rafael Cadenas

Pedro Páramo: El poder, la violencia y la venganza.

          Para acercarnos a la imagen del poder asociada a la violencia y la venganza nos remitiremos directamente al concepto de “chingón” expresado por Octavio Paz en su libro El laberinto de la soledad:  “En México los significados de la palabra son innumerables. Es una voz mágica. Basta un cambio de tono, una inflexión apenas, para que el sentido varíe. Hay tantos matices como entonaciones: tantos significados como sentimientos. Se puede ser un chingón, un Gran Chingón (en los negocios, en la política, en el crimen, con las mujeres), un chingaquedito (silencioso, disimulado, urdiendo tramas en la sombra, avanzando cauto para dar el mazazo), un chingoncito. Pero la pluralidad de significaciones no impide que la idea de agresión, en todos sus grados, desde el simple de incomodar picar, zaherir, hasta el de violar, desgarrar y matar, se presenta siempre como significado último. El verbo denota violencia, salir de sí mismo y penetrar por la fuerza en otro. Y también, herir, rasgar, violar, cuerpos, almas, objetos, destruir. Cuando algo se rompe, decimos: "Se chingó." Cuando alguien ejecuta un acto desmesurado y contra las reglas, comentamos: "Hizo una chingadera." (1) p. 84.

          El personaje central de la obra Pedro Páramo, lo constituye un colectivo sin rostro; el pueblo de Comala, ciudad chingada, espacio vacío, vago e indeterminado, roto, atomizado, que no tiene rostro para sí, sino la cara de otro, el del poder de Pedro Páramo, el “gran chingón”, sin escrúpulos. El pueblo gira alrededor de la voluntad de Pedro. Es eco de sus intereses, pero sin caer en cuenta de este engaño las siluetas, siempre sombras del cacique, sólo repiten el deseo de él, no tienen una vida para sí; son seres especulares de un mecanismo que desconocen y los maneja. Pero en el fondo, todo lo que les ocurre no es sino lo mismo, la negación como seres vivos, la alienación de su existencia por: asesinato, suicidio, “locura”, muerte accidental, sordera, hambre, exilio, culpa, encierro, violencia, esterilidad, mentira. Ni siquiera son sus voluntades las que deciden la evocación de un detalle de sus vidas sin memoria: otro recuerda por ellos. Y esta reminiscencia es falsamente reflexiva; no cuestiona un pasado sino que es recuento irreflexivo, un monologar automático que actualiza diálogos, partes de sucesos repetidos por otros. No hay salida ni esperanza para nadie. Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado, es decir, de humillar, castigar y ofender. O a la inversa”. (1) p. 86.

          Pedro Páramo representa una estructura patriarcal de dominación fundamentada en la sumisión a la autoridad de un "dominus", cuyo poder descansa, sobre todo, en la creencia de la legitimidad de las normas establecidas por el señor. Esta legalidad supone el carácter inquebrantable del orden establecido, y esto lleva a los sometidos a considerar la voluntad del señor como un designio de la providencia y una ley natural. Así, el latifundismo (estructura feudal) queda autorizado como algo sagrado, porque supone la transferencia de un orden celestial, también jerárquico, al terrenal y humano. Las cosas son así porque "es la voluntad de Dios", (2) p. 73. La doctrina cristiana, entonces, valida como inviolable ese orden, debe procurar ponerse al servicio del señor (Pedro Páramo) y mantener sumidos en la pasividad y el desvarío a los vasallos. La figura de Pedro Páramo adquiere para la gente de Comala las características de una fuerza capaz de dar vida o muerte al pueblo. Dice Octavio Paz: “El Padre encarna el poder genérico, origen de la vida; por la otra, es el principio anterior, el Uno, de donde todo nace y adonde todo desemboca. Pero, además, es el dueño del rayo y del látigo, el tirano y el ogro devorador de la vida. Este aspecto, Jehová colérico, Dios de ira, Saturno, Zeus violador de mujeres, es el que aparece casi exclusivamente en las representaciones populares que se hace el mexicano del poder viril. El "macho" representa el polo masculino de la vida. La frase "yo soy tu padre" no tiene ningún sabor paternal, ni se dice para proteger, resguardar o conducir, sino para imponer una superioridad, esto es, para humillar. Su significado real no es distinto al del verbo chingar y algunos de sus derivados. El "Macho" es el Gran Chingón”. (1) p. 89.

          La familia Páramo se arruinó con los diezmos que tuvo que pagarle a la iglesia para enterrar los cuerpos de sus numerosos deudos. Pedro Páramo permanece alejado, se convierte en un “chingaquedito” (silencioso, disimulado, urdiendo tramas en las sombras, avanzando cauto para dar el mazazo), (1) p. 84; en apariencia se somete al dominio aberrante de su padre, pero muerto éste, Pedro hereda su poder, controla y mantiene a los demás sin identidad propia. Por eso afirma que "esa gente" "no existe". Para acaparar todos los bienes y tierras no sólo debe imponerse por la fuerza y la violencia, sino aprovechar la existente ideología católica, que encubre todas las contradicciones. El “nuevo” patrón realiza una alianza, a través del padre Rentería, que hace de la Iglesia un escenario paradójico entre traiciones, arrepentimientos y “chingaderas”. La doctrina cristiana permite y encubre estas relaciones basadas en la dominación y explotación. Va más allá, pues legitima el atropello sin que los feligreses se percaten de la incongruencia entre la realidad y las ideas que la justifican. Por otro lado, los chingados, los habitantes de Comala, terminan por tener una visión de la realidad fundada en valores y necesidades falsos. Al no tener conciencia de su clase, la visión del oprimido se orienta a defender y creer como verdaderas las razones del "señor". Todos desean salir de su estado, y la única manera es acercándose al patrón, asumir como suyos sus valores, y seguir sus mismos pasos, serán “chingadores chingados”. Por tanto, aceptan sus decisiones y caprichos como valores propios, que pueden ofrecerles la "ilusión" de haber superado su condición de pobres, y en consecuencia dejar atrás el "pecado", pero se frustran, se “chingan”, se aguan las acciones que no llegan a su término.

          La sociedad que presenta la novela está basada en el modo de producción feudal y patriarcal, donde la clase dominante se ve obligada a presentar sus intereses como designios de Dios, como principios sagrados, o como el efecto voluntario y necesario de poderes sobrenaturales. Las relaciones que se establecen aparecen como queridas por Dios, y la propiedad de las tierras y de los hombres como una posesión sagrada. De este modo, los sacerdotes pasan a ser los productores de esta filosofía, y como tales, forman parte del poder. A través de la represión violenta o pacífica, el asesinato, el robo o la catequización religiosa, se asegura la supervivencia y reproducción del sistema social. El pueblo de Comala acepta la opresión y su miseria como una condición necesaria y "querida" por fuerzas milagrosas. La ignorancia y el carácter de la doctrina católica impiden el develamiento de las contradicciones y de los atropellos. La ideología religiosa, en este caso, no sólo no les ofrece un conjunto de ilusiones para un "más allá" mejor, sino que se las niega. Forja una clase dominada, completamente frustrada o “chingada” en sus aspiraciones quiméricas. El catolicismo resulta doblemente alienante: los "engaña" primero con un mundo mejor, y luego, les niega el cielo. Rebelarse significaría la eterna condena. Pedro Páramo compra el perdón de Miguel "con un puño de monedas de oro". Su salvación no es más que la licencia que tiene el poder de legitimar sus abusos y excesos.

          La fascinación permite que, los fantasmas de Comala, sean zaheridos con diversos argumentos. La idea del dolor y del sufrimiento es sostenida como necesaria para justificar la miseria. Pero la fe ciega en el representante de la Iglesia (Rentería) y en sus palabras, forja mentes acríticas, siempre dispuestas a doblegarse, incondicionalmente, con la creencia de que ésa es la vía para "salvarse" o salir de "este valle de lágrimas" De allí que sus conciencias alienadas sean ecos, pues repiten tal cual oyen, lo que se les ha dicho, lo que el "señor" Pedro Páramo, el padre Rentería e Inocencio Osorio quieren que digan o hagan. La fe en un “padre” todopoderoso los deja indefensos. Pero la perspectiva resulta ser una retórica también; el cielo existe pero no para ellos, pues están llenos de pecados. Su única salida es permanecer "enterrados" con sus culpas, con una voluntad inmóvil. Los principios de un catolicismo anacrónico y ortodoxo les forjan una visión estrecha de las relaciones sociales y de su propia vida. Cada personaje tiene su propio mundo de fantasías y valores, que es aprovechado en beneficio de los intereses del patrón, sin que aquellos se den cuenta, porque el aparato ideológico asegura que las ilusiones y falsas necesidades sean incuestionables. Algunos se sienten "realizados" bajo este sistema, sin percatarse de que son también instrumentos de otro.

          El abogado, Gerardo Trujillo, un “lambiscón” (de lamer), se encarga de encubrir con visos de legalidad las arbitrariedades de Pedro Páramo. No se identifica con el patrón porque aspira a prosperar económicamente a su lado, para luego establecerse por su cuenta. La engañosa noción que tiene de su situación lo lleva a imaginar que Pedro está en deuda con él y que ve sus funciones como favores. No se da cuenta de la poca importancia que tienen los papeles para el dueño de Comala. Una vez frustradas sus aspiraciones, pues su trabajo no se ve justamente remunerado, vuelve sumiso al servicio del patrón: "Don Pedro, he regresado, pues no estoy satisfecho conmigo mismo. Gustoso seguiré llevando sus asuntos.” (2) p. 103. Tampoco los revolucionarios logran cambiar el sistema. Creen que levantarse en armas es suficiente, pues implica, dentro de un orden estático ancestralmente inquebrantable, expresarse de alguna manera, pronunciarse, objetivar mediante la acción su condición humana. Y eso es suficiente para ellos: "Como usté ve, nos hemos levantado en armas. ¿Y? Y pos eso es todo. ¿Le parece poco?" (2) p. 96.

          La carencia de un conocimiento cabal de su revolución se muestra en que sólo actúan mecánicamente. Se sienten impulsados por el ejemplo de otros, pero desconocen las causas y el sentido de su lucha. "Pos porque otros lo han hecho también. ¿No lo sabe usted? Aguárdenos tantito a que nos lleguen instrucciones y entonces le averiguaremos la causa. Por lo pronto ya estamos aquí." (2) p. 96. Perseverancio sí sabe la causa, pero tiene dificultad en expresarse, en hallar los términos adecuados: "Nos hemos rebelado contra el gobierno y contra ustedes porque ya estamos aburridos de soportarlos. Al gobierno por rastrero y a ustedes porque no son más que unos mondregos bandidos y mantecosos ladrones. Y del señor gobierno ya no digo nada porque le vamos a decir a balazos lo que le queremos decir." (2) p. 97. Ante un lenguaje elusivo y engañoso, erigen otro lenguaje metafórico, que al fin y al cabo no es otro lenguaje, sino el mismo: se hace la revolución con valores ideológicos que precisamente se quisieran superar. Allí está la simiente de la pérdida del movimiento revolucionario mexicano. Si los patrones son "ladrones", pues con dinero dejan de serlo, pero siguen poseyendo las tierras: "¿Cuánto necesitan para hacer su revolución?, preguntó Pedro Páramo. Tal vez yo pueda ayudarlos. Dice bien aquí el señor, Perseverancio. No se te debía soltar la lengua. Necesitamos agenciarnos un rico pa que nos habilite, y qué mejor que el señor aquí presente [...]" (2) p. 97.

          Los revolucionarios no tienen una percepción cabal de las implicaciones del sistema latifundista y esto permite a Pedro Páramo “urdir en la sombra”, “chingar”, asumir astutamente la dirección del grupo a través de Damasio. Se vale de un ardid: Damasio se enrola en la revolución con la condición de velar por las propiedades de su patrón. Pudiera pensarse que Pedro Páramo está en una relación de dependencia con respecto a Damasio, aparentemente ha disminuido su poder de dominación. Lo que sucede es que los tiempos han cambiado y ahora su manipulación ideológica se ha vuelto mucho más sutil y refinada. Él concilia sus intereses con el "nuevo orden" revolucionario. La revolución finalmente la mueven y controlan los latifundistas, porque los revolucionarios no desarrollan una conciencia revolucionaria. Entre "ladrones", "mondregos bandidos" y explotadores hay dos perspectivas diferentes. El que es ladrón es porque roba, y si devuelve "paternalmente" lo "robado" deja de ser un "bandido". Así se mantiene el orden, donde los ricos pueden ser (son) patrones "buenos" y "generosos" en la medida en que no sean "ladrones"; pero no se erradica el latifundio, porque la norma es el sometimiento. Pedro Páramo desde su infancia ya es una voluntad férrea, sin sumisión, sin "resignación", porque vuelve a encarnar y perpetuar un orden ya preestablecido: el de don Lupe Páramo, su padre. Pedro pertenece a la casta de “los fuertes, los chingones sin escrúpulos, duros e inexorables, que se rodean de fidelidades ardientes e interesadas.” (1)  p 86. Lo que hace es reforzar y perpetuar un “orden” del mismo espacio, pero con otro nombre (Lupe Páramo - Pedro Páramo)

          Al final de esta visión sobre el “poder”, nos queda la profunda reflexión que hace Octavio Paz en su libro El Laberinto de la Soledad sobre el ser mexicano; las voces que hablan en la obra de Rulfo Pedro Páramo son “Los hijos de La Malinche”, cuya privacidad es develada en esta tentadora cita: “es revelador que nuestra intimidad jamás aflore de manera natural... esclavos, siervos y razas sometidas se presentan siempre recubiertos por una máscara, sonriente o adusta. Y únicamente a solas, en los grandes momentos, se atreven a manifestarse tal como son. Todas sus relaciones están envenenadas por el miedo y el recelo. Miedo al señor, recelo ante sus iguales. Cada uno observa al otro, porque cada compañero puede ser también un traidor.” (1) p. 78.


Pedro Páramo; El machismo y el deseo

          Si afirmamos que en la obra de Rulfo todos los encuentros están desfigurados por el temor y la duda, el miedo al “amo”, la desconfianza ante los semejantes, y que cada uno acecha al otro en el lugar de la envidia, podríamos especular que todas las relaciones de las distintas figuras de esta novela están signadas por lo que René Girard llama el deseo triangular, que cuenta con tres elementos: “el sujeto deseante, el mediador del deseo y el objeto deseado”. (3) p. 30. Ahora bien, es necesario advertir que en la novela de Rulfo hay personajes que se distancian, permaneciendo fuera del deseo "triangular". Me refiero a Pedro Páramo y a Susana San Juan. Ambos son seres pasionales y se distinguen por su autonomía sentimental, por la espontaneidad de sus deseos, por su indiferencia absoluta a la opinión de los otros. El ser pasional extrae de sí mismo y no de los demás la fuerza de sus anhelos.

          Pero ese no es el caso de Dolores Preciado, ella es la madre mítica y sufrida, que a partir de la pérdida de su prestigio de mujer organiza su represalia, ella transfiere su odio y todos los resentimientos acumulados sobre Pedro Páramo, a una víctima propiciatoria que es Juan Preciado, “el hijo de la chingada o el engendro de la violación”. Dolores estimula el machismo de Juan, su hijo, manipulando sus aspiraciones, anulándolo, colocando sobre él los apetitos de reivindicación que alberga en su corazón. Desde que Pedro la abandonó, están presentes en ella el rencor y la ira, es su ansia de venganza infinita lo que la impele a concebir la orden de sacrificio, que dejará caer sobre los hombros de su hijo, éste como macho deberá cobrarle, en un duelo, a su propio padre, la perpetua violación de los derechos de su madre. “Lo único que vale es la hombría, el valor personal capaz de imponerse”. (1) p. 86. Escuchemos los ecos de las palabras que surgen de la boca de Dolores: "No dejes de ir a visitarlo (a Pedro Páramo), me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte". “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”. (2) p.3. De esta manera el rostro que se perfila en Dolores es el de la “chingada”, abierta, violada o burlada por la fuerza. Pasiva, mientras era la esposa de Pedro Páramo y se dejaba canjear por una deuda, se torna contradictoriamente activa cuando tiene a su alcance a la víctima propiciatoria que cobrará caro el olvido y el maltrato en que la mantuvo su marido.

          Pedro Páramo se comporta como un mediador de los "deseos" de su hijo para el cual es un hombre desconocido y a quien, además, Juan Preciado debió haber visto con resentimiento y con odio; a un padre así no se le puede ver con simpatía, ni se le busca para nada, porque sencillamente no vale la pena, ni siquiera para reclamarle, "El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro". Dolores repleta de afanes de venganza, es la “chingona” que establece una relación dura con el hijo presidida por “la violencia y el recelo”, tiene más motivos que Juan para ir en busca de Pedro Páramo. Juan Preciado no es más que el chivo expiatorio manejado por su madre, flácido y lánguido acude a una empresa sin saber como ni porqué empieza a hundirse en ese mundo irreflexivo y extraño que lo aprisiona. Aunque se da cuenta de su situación, no puede luchar para liberarse de los peligros que lo acechan. Los estímulos para seguir luchando llegan de afuera (los recuerdos de su madre) pero no de su conciencia. “Me sentí en un mundo lejano y me dejé arrastrar. Mi cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo”. (2) p. 10. “Hubiera querido decirle (a su madre): Te equivocaste de domicilio. Me diste una dirección mal dada. Me mandaste al ¿dónde es esto y dónde es aquello? A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe." (2) p. 15.

          Cuando Juan Preciado pronuncia estas palabras, ya sabe que Pedro Páramo murió hace mucho tiempo. No obstante, sigue hurgando. Es tan fuerte la presión que ejercen sobre él los recuerdos de su madre, que importa más el deseo del "otro" que las propias ambiciones o propósitos que pudiera tener éste en la vida, Pedro Páramo no es más que el pretexto de Juan Preciado, para ir en busca de su madre, él va a rastrear a su padre,  pero lo cierto es que va a encontrarse con su madre en la muerte: "Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti". Dicho de otro modo, todo lo que Juan va descubriendo de Pedro Páramo le sirve para conocer mejor el pasado de su madre; cuando Juan Preciado llega al pueblo de Comala no distingue ya entre lo real y lo irreal, no puede discernir entre lo vivo y lo muerto, él va en busca de “No una Madre de carne y hueso, sino una figura mítica”. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la Maternidad, como la Llorona o la "sufrida madre mexicana". De esta manera Juan encuentra a Dolores en la historia, en la leyenda y en el mito.

          Es en la hacienda “La Media Luna”, lugar inmenso, vacío, ninguna parte, donde se da inicio al maltrato, a la destrucción del cuerpo y del alma de Dolores Preciado: es evidente que su marido no la ha amado nunca, la canjeó por una deuda que mantenía con los Preciado, el mismo día de la boda durmió con otra. Dolores es usada por Pedro Páramo, “el que chinga, que jamás lo hace con el consentimiento de la chingada”, “chingar es hacer violencia sobre el otro sin el consentimiento de este”(1) p. 87. Dolores Preciado es tratada como una sirvienta, “por el rigor del macho cruel, que pica, hiere, desgarra y mancha” (1) p.87, ella debe obedecer sin protestar las aborrecibles órdenes emitidas por el patrón, "¡Doloritas! ¿Ya ordenó que me preparen el desayuno?" Y tu madre se levantaba antes del amanecer. Prendía el nixtenco. Los gatos se despertaban con el olor de la lumbre. Y ella iba de aquí para allá, seguida por el rondín de gatos. "¡Doña Doloritas!" ¿Cuántas veces oyó tu madre aquel llamado? "Doña Doloritas, esto está frío. Esto no sirve". ¿Cuántas veces? Y aunque estaba acostumbrada a pasar lo peor, sus ojos humildes se endurecieron”.(2) p. 29.

          El que “chinga” jamás lo hace con el consentimiento de la “chingada”. En suma, “chingar” es hacer violencia sobre otro. “Es un verbo masculino, activo, cruel: pica, hiere, desgarra, mancha. Y provoca una amarga, resentida satisfacción en el que lo ejecuta” (1) p. 85. Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. “La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de "lo cerrado" y "lo abierto" se cumple así con precisión casi feroz.” (1) p. 85. Casi siempre el deseo de los personajes de Rulfo es prestado, la relación entre Pedro Páramo y su hijo Miguel sólo puede interpretarse en términos de rivalidad. Entre ellos se da una extraña relación de amor y odio, amistad e indiferencia, de vanidad y envidia, aunque en el terreno de la seducción ambos personajes son exactamente iguales: padre e hijo, machos chingones, van en busca de las mujeres de Comala.

La vanidad, chingadas y chingones

          El problema de la vanidad, en la novela de Rulfo, se formula a partir del violento deseo "triangular". Dolores Preciado es vanidosa, porque al ver que otras desean a Pedro Páramo, ella también lo ambiciona. Y aunque sabe que éste, después de usarlas las abandona, no le importa nada con tal de ser suya, aunque sea por poco tiempo. Lo que sucede es que la rivalidad que hay entre las mujeres de Comala, hace que el prestigio de Pedro Páramo, como macho chingón, crezca más, él se siente con derecho de poseer a la que se le antoje. En el relato de Rulfo, ellas son presa fácil del cacique, todas caen en sus brazos: unas fascinadas, otras seducidas, unas más violadas, pero casi ninguna se le escapa. Dolores, Eduviges, Damiana, la chacha Margarita, Ana, sueñan con poder acostarse con Pedro o con darle un hijo, creen que de esta forma saldrán de su pobreza. Fantasean con la idea de ser "la señora", tener un hijo de él como la única vía de ser reconocidas, económica, social y existencialmente. Como esto no ocurre, mantienen su ilusión toda la vida, mezclada con un sentimiento de culpa. Entre las falsas esperanzas y el pecado, quedan aniquiladas, enterradas en sus casas o en sus tumbas:

"Me acuso padre que ayer dormí con Pedro Páramo."

"Me acuso padre que tuve un hijo de Pedro Páramo."

"De que le presté mi hija a Pedro Páramo." (2) p. 63.

          El de Dolores no es el único caso en que una mujer confiesa su deseo por Pedro Páramo; escuchemos lo que dice Eduviges Dyada cuando Dolores le pide que la sustituya en su noche de bodas: “Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella (Dolores) no sabía: y es que a mí también me gustaba Pedro Páramo. Me acosté con él, con gusto, con ganas. Me atrinchilé a su cuerpo; pero el jolgorio del día anterior lo había dejado rendido, así que pasó la noche roncando”. (2) p. 16.

          Recordemos también lo que le sucede a la pobre de Damiana Cisneros, la caporala de las sirvientas, "por haberse dado a respetar", esperó toda su vida la visita de Pedro Páramo, visita que nunca se realizó. “¡Damiana! oyó. Entonces ella era muchacha. ¡Ábreme la puerta, Damiana! Le temblaba el corazón como si fuera un sapo brincándole entre las costillas. Pero, ¿para qué, patrón? ¡Ábreme, Damiana! Pero si ya estoy dormida, patrón. Después sintió que don Pedro se iba por los largos corredores, dando aquellos zapatazos que sabía dar cuando estaba corajudo. A la noche siguiente, ella, para evitar el disgusto, dejó la puerta entornada y hasta se desnudó, para que él no encontrara dificultades. Pero Pedro Páramo jamás regresó con ella”. (2)  p. 96-97.

          Si Damiana codicia a don Pedro es porque éste busca a las sirvientas de la hacienda, ella lo hace más por presunción que por un verdadero deseo. En los casos de Dolores, Eduviges y Damiana, se comprueba la presencia del deseo "triangular". Es la única razón por la que se establece una rivalidad entre las mujeres que suspiran por Pedro Páramo; lo que se provoca con esto es que él sea el “macho” más codiciado conforme va creciendo su reputación como seductor, “chingón”. En medio de estas escenas surgen los rostros obsesionados de estas mujeres que sólo piensan en Pedro Páramo, los otros hombres son anodinos por que no son apetecidos por nadie, tan insignificantes, que ni siquiera figuran como rivales de Pedro Páramo, excepto su hijo Miguel y el caso concreto de Inocencio Osorio quien es el "amansador" de La Media Luna y como adivino tiene un lugar especial entre las hembras de Comala. Todas cifran en él su buena suerte, que está ligada a la que les pudiera ofrecer Pedro. Y para adivinar se aprovecha también de las falsas aspiraciones de ellas: "Mi compadre Pedro decía que estaba que ni mandado a hacer para amansar potrillos; pero lo cierto es que él tenía otro oficio: el de “provocador”. Era provocador de sueños. Eso es lo que era verdaderamente. Y a tu madre la enredó como lo hacía con muchas. Entre otras conmigo. Una vez que me sentí enferma se presentó y me dijo: 'Te vengo a pulsear para que te alivies'. Y todo ello consistía en que soltaba sobándola a una, primero en las yemas de los dedos, luego restregando las manos; después los brazos, y acababa metiéndose con las piernas de una, en frío, así que aquello al cabo de un rato producía calentura. Y, mientras maniobraba, te hablaba de tu futuro. Se ponía en trance, remolineaba los ojos invocando y maldiciendo; llenándote de escupitajos como hacen los gitanos. A veces se quedaba en cueros porque decía que ése era nuestro deseo." (2) p. 22.

          Hay un mundo de ilusiones y sueños en cada personaje: el padre, el jefe, el macho, el hijo, la mujer, el poder, el dinero, pueden formularse como mitos. Pero no es esto lo que nos señala la obra. Procura más bien develar una certeza "mitificada" por las almas,  intocable. Preservar, vencer e impugnar esa mirada mítica como visión nula y fatal, sería redimir la trampa de la fascinación y del supuesto, sólo nosotros podemos enfrentarnos a nuestros fantasmas, la historia nos ayuda a comprender ciertos rasgos de nuestro carácter, y si Rulfo en su magnífica novela denuncia, retrata o devela el ahistoricismo inmenso en que estamos sumergidos los latinoamericanos, somos nosotros los únicos que podemos contestar a las preguntas que nos hacen la realidad y nuestro propio ser.


Bibliografía:

Girard, René, Mentira romántica y verdad novelesca, Editorial Anagrama, Barcelona, 1985.
Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, 2ª. Ed. F. C. E., Colección Popular No. 107, México, 1959.
Rulfo, Juan, Pedro Páramo, Edit. Origen Seix Barral, S. A., Colección Obras maestras del siglo XX, tomo I, México, 1984.

Notas: Todas las citas marcadas (1) pertenecen al libro “El laberinto de la soledad”.
           Todas las citas marcadas (2) pertenecen al libro “Pedro Páramo”.
           Todas las citas marcadas (3) pertenecen al libro “Mentira romántica y verdad novelesca”.

Bibliografía general:

Althusser, Louis, Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado, Escritos, Editorial Laia, Barcelona, 1974.
Ferrer Chivite, Manuel, El Laberinto Mexicano en “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, Editorial Novaro, 1972.
Maduro, Otto, Marxismo y Religión, Monte Avila Editores, Caracas, 1977.
Miliani, Domingo, La realidad mexicana en su novela de hoy, Monte Avila Editores, Caracas, 1968.

Ilustraciones:

Alvarez, Mariela, Textos de anatomía comparada, Cuadernos de difusión 24, Fundarte, Caracas, 1978.


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