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Salud, canto y cuento*
por Roberto Martínez Bachrich (robmarbach@hotmail.com)
Cantar y contar los vericuetos del amor en una ciudad tan caótica como Caracas puede convertirse en una excusa perfecta para novelar. No otra cosa hace Rapsodia. Valiéndose de un pastiche de referencias musicales, cinematográficas, literarias, arquitectónicas, bíblicas y pare usted de contar, Kozak va coreografiando los encuentros y desencuentros de una relación amorosa entre Sarracena –una deliciosa arquitecta “de cierta edad”– y Andrés –un joven estudiante de Arte. Los ingredientes de la novela son sencillos: un par de protagonistas –casi absolutos–, uno que otro personaje de reparto –para redondear el vestuario y la escenografía de la obra–, un asunto tan hondamente simple como el amor –y con él ciertos condimentos que perfeccionan la sazón del plato: la diferencia de edad y de clase, la divergencia de perspectivas vitales, los prejuicios sociales–, muchas cervezas, moteles y bulevares; y un triángulo geográfico de coordenadas muy específicas: Caracas, Valencia y el Litoral. La ciudad es dibujada, sentida y vivida desde su carácter polifónico y desafinado. Nadie mejor que una arquitecta para desentrañar con todo el desenfado posible la personalidad secreta de Caracas: “El Silencio es épica pura y Parque Central es una tragicomedia”, apunta Sarracena en algún momento. Valencia y la costa surgen, entonces, como contrastes bien definidos de la gran y desdichada ciudad. Arcadia y Youkali frente a una cuna de podredumbre y malos hados. Pero cuna en la que el bebé no se permite llorantinas. Sobre esa mirada ingeniosa y sobre la actitud resignada y bien humorada de relacionarse con los espacios y la gente de la ciudad, recaen, en buena medida, los encantos del personaje. De la “redomada bola de mierda” que es la vida y de la náusea perpetua que puede representar, Sarracena siempre se atreve a sacar el mejor partido, arreglándoselas para ser feliz a toda costa y le duela a quien le duela. Y Caracas, caldo de cultivo perfecto para la queja, el desacuerdo, la rabia y las ganas de huir, es aquí pintarrajeada para ofrecer su mejor semblante. Se sabe: el amor suele borrar las sombras de los más inhóspitos paisajes. En un artículo publicado hace 30 años, Elisa Lerner decretaba la “Muerte de la novelista de recámara”, celebrando “el análisis urbano y la narrativa del pavimento” al que la “novela conyugal”, finalmente, parecía dar paso. Una nueva generación de escritoras se proponía acabar con el lastre intimista de cierta retórica femenina. Una generación que rompería los encajes y los faralaos, que quitaría el papel tapiz de rosas opacas de los cuartos, que abriría la puerta, tiraría la llave y se quedaría a presenciar y a formar parte del paisaje gris y fétido de la urbe. Que entendería que narrar es simplemente narrar y no puede una autora seria estarse sujetando a temas de moda, calientes o gastronómicos, temas que venden y se reciclan en una desvencijada y podrida rueda literaria. Que se liberaría de ese cinturón de castidad que mientan “discurso femenino”. A esa borrosa –por el aún escaso número de integrantes de calidad con que cuenta– generación de novelistas pertenece Kozak. Su manera de narrar la ciudad, su afinado y afilado sentido del humor y su capacidad de mantener la tensión narrativa a lo largo de toda la obra, son sólo algunos de los rasgos que la distinguen de tanta escritora mediocre abrasada –y, desde luego, quemada– por la pastosa fogosidad del tema femenino. Sarracena, probablemente, pertenezca a esa misma generación, sólo que ella la llama la “generación jodida”. Una generación de gente que quiere vivir el presente, porque el pasado pesa y el futuro no luce tentador. De gente a la que no le gustan los finales. Porque lo ideal es que el presente pique y se extienda. Así nunca alcanzará al futuro. Así el pasado jamás le pisará los talones. El final de la novela es (entre)abierto. Se convierte así al lector en un rapsoda más que tendrá que cantar y contar su propio final. Aunque ciertas señales parecen hacer evidente un final particular: el lugar de indeterminación no es tan indeterminado. Quien se acostumbra a los tentáculos de la ciudad, a sus violencias y horrores, termina siempre por rendirse o ser derrotado en la primera vuelta, aunque luego grite por la revancha. Caracas no es la mejor ciudad del mundo para el amor. Eso, quizá, la hace tan sabrosamente novelable, tan saludablemente cantable y contable. Kozak, Gisela (2000). Rapsodia. New Jersey: Ediciones Nuevo Espacio.
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