Los signos negativos de Martha Kornblith

Por Tatiana Rojas Ponce

 

 

          Después del estructuralismo, es prácticamente un error en los estudios literarios confundir al hablante lírico de un poema con la persona real que lo firma, pero el caso de Martha Kornblith es una gran excepción. Casi sobra explicar el porqué. La muerte que circunda a la suicida de Oraciones para un dios ausente, más que el objeto del deseo es un atractor inevitable, la pulsión que llama a regresar a lo inorgánico, a lo no-vivo; la fuerza que hace que la poesía de Kornblith pugne por dejar de existir, por reintegrarse al silencio:

Me quedo mirando la palabra,
la ruina que originó mi primer verso,
sólo cosas diciéndose por siempre y nunca más,
no habrá más talento surgiendo en los escombros,
sólo letras de otros que anuncian el desastre.

 
          Es un poemario que está cruzado por todos los signos negativos, no sólo es el silencio, también la renuncia, el olvido, el hambre. La palabra se dirige a quien no la escucha, se reza para alguien que no está, que no es; y sólo queda la angustia del vacío, el camino por la cuerda floja que separa de la locura. Agónica, Kornblith se debate entre la paranoia ("Tus padres te miran/ ellos habitan tus delirios") y la esquizofrenia ("Somos dos/ las que asistimos a un cielo / imperfecto"), y sus versos son violentamente irrumpidos por arrebatos de rabia y grosería.

          El azar es también aquí un elemento fundamental, como ya lo había sido en su anterior poemario El perdedor se lo lleva todo, escrito por Kornblith en 1980 y publicado por Pequeña Venecia en 1997. En él se recrea el ambiente de Las Vegas, en donde ganar y perder se encuentran separados apenas por un pequeño movimiento de la ruleta, siempre metáfora de una vida en la que tan pronto se está arriba como abajo. Esta imagen cobra fuerza en Oraciones para un dios ausente,  "Fortuna se llamó mi segunda madre", escribe la tormentosa Martha Kornblith. La utilización de un lenguaje en el que las oposiciones se han difuminado "en el que ganar o perder es indiferente, y morir es a fin de cuentas la verdadera vida", relativiza el sentido del mundo e introduce al lector en el principio de una nada lingüística, en la que todo es indistinto. Lo cual sólo contribuye a plasmar la expresión del angustioso clima en el que finalizó la vida de Kornblith.

          Es muy frecuente creer que escribir ayuda a los poetas a sublimar sus penas, a encerrar el sufrimiento en el plano simbólico para seguir adelante con sus vidas. De ser esto cierto, Oraciones para un dios ausente es un auténtico fracaso. En cambio es todo un éxito si logramos ver a este poemario como el largo epitafio que Martha Kornblith quiso escribir ella misma para su tumba.

 



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