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Holanda Castro
La hija de la nube Cuando era pequeña no me extrañaba desvanecer mi corporeidad en una danza con las nubes y mis antepasados. Sólo después de treinta años he debido darme cuenta de la monstruosidad que eso significa. Siempre fue fácil para mí abstraerme del mundo, que me aburría terriblemente, y convertirme en un soplo, rodear la sala de mi casa hecha una espiral, tal como se ven en los radares las masas de aire, los cúmulos de las lluvias o, en los telescopios, las nebulosas constelares. De hecho, cuando niña, me sorprendió mucho ver cómo las máquinas meteorológicas con las que trabajaba mi tío podían describir con tal perfección la danza que llevaba a cabo sobre los techos junto a mis abuelas. Pero, como ya he dicho, no aceptaba que esto fuese anormal. Y, de hecho, aún lo sostengo, aunque esa extraña convicción me haya llevado a ser el cadáver canjeado que ahora soy. Nunca ascendí más allá del techo, es decir, si el rapto me sobrevenía en el caserón caluroso en que nací o en mi casa de Caracas, en alguno de los pisos del edificio, nunca trascendía el techo y, por otro lado, sólo una vez me desvanecí en el éter en el patio de la hacienda, es decir, a cielo abierto. Ese día, cuando aún no había llegado a la adolescencia, unos ladrones entraron a la casa y robaron joyas y electrodomésticos. Las sirvientas fueron encerradas en el almacén de la parte de atrás; fue un trabajo rápido y silencioso, o al menos eso me pareció a mí. Esa misma noche supe de mi anomalía. Estaba en shock, mirando el techo, tratando de evadirme nuevamente ante el horror que me había tocado enfrentar al regresar de mi viaje etérico. Pero el rapto no venía a mí por voluntad propia y lo que había visto ese día en el aire, una nube que me hablaba y me confortaba, junto a lo que había pasado en el plano terrenal, de mi familia y mis allegados, acabó con mis evasiones y mi paz. Mientras la nube me hablaba con una suave voz, que no sabría definir como masculina o femenina, mi padre regresaba a la casa luego del hurto, liberaba a las mujeres en la cocina y averiguaba lo sucedido. Mientras me acercaba a esa nube ardiente, que me llamaba por mi nombre Eva... Eva..., mi padre tomaba la pistola y salía junto a uno de mis tíos a buscar a sus enemigos; mientras me acercaba y jugaba a atrapar la llama blanca que se posaba como una pluma en la rama de un árbol, mi padre entraba disparando a un taller mecánico en el centro de San Felipe; mientras la nube tibia me acunaba y me adormecía para regresar a la tierra sin darme cuenta, mi padre era abaleado a su vez, y quedaba muerto junto a los dos ladrones. Cuando desperté en mi habitación, mamá lloraba desesperada, y la policía encarcelaba a mi tío meteorólogo ante los gritos insulsos de la gente del pueblo. Mamá vendió la finca y fuimos a vivir a Caracas. Los raptos continuaban, pero ya no compartía con mis abuelas ni con la nube ardiente, eran otros los personajes que danzaban suspendidos en el techo conmigo. Sin embargo, muchas veces eran allegados fallecidos, incluso del siglo anterior, que me advertían sobre enfermedades o sobre errores que mamá o yo estábamos cometiendo, pero sobre todo me consolaban y se hacían cargo de mis tristezas y soledades, que fueron recurrentes a lo largo de mi corta vida. Me advirtieron del cáncer de mamá, pero casi siempre hablaban en parábolas y yo tardaba en comprender; la mayoría de las veces lo que podía hacer era observar el hecho y entender ah... a esto es que se referían... Al igual que con papá, yo estaba suspendida cuando murió mamá, con la diferencia de que estaba bajo el techo de la clínica. Ahora podía regresar normalmente, sin desvanecimientos o largas siestas, como cuando niña y, lo más importante, ya no dejaba que los demás se diesen cuenta. Yo tenía dieciséis años. Pasó el tiempo, estudié educación especial y me especialicé en el tratamiento de puérperas en Europa. Con esta extravagante formación, decidí regresar a la casa de San Felipe, pero esta vez no como dueña, sino como empleada. Los nuevos dueños me recibieron muy amablemente, conociendo mi historia y necesitando mis originales servicios: estaba hecha a la medida de esta familia. Vivían en la casa dos sirvientas, Julia, la joven madre, Juan, su esposo, la madre de éste y tres niños: el hijo autista, de un primer matrimonio del hombre, la bebé recién nacida y la hijita mayor de la pareja. Los acontecimientos posteriores me hicieron alejarme del trabajo inicial de acompañamiento de la puérpera, quien, al parecer, estaba bajo una severa depresión que le impedía ocuparse de la casa y los niños. Como saben, yo controlaba mejor mis imprevistos raptos síquicos (los que no consideraba como tales), pero lo que vi entonces no tenía parangón con lo que había vivido antes. Mi anhelo secreto al regresar a la casa de San Felipe fue reencontrarme con mis abuelas y con la nube tibia a la que llamé Juan del Viento, pero sobre todo con mis padres; cuando tuve los dos o tres primeros raptos de vuelta en la casa no vi a nadie conocido. Se le habían hecho algunas remodelaciones a la casa, que la hacían más fresca y más agradable; especialmente bella era una salida lateral al patio, donde se había colocado un aljibe con un mecanismo que hacía correr agua a través de un canalete. El patio se cercaba con múltiples arbustos y granados, colocados simétricamente, y se había traído juegos de parque para los niños: columpios, ruedas, carruseles... Había desaparecido el cementerio, que era donde yo jugaba, y que estaba donde hoy aparecían los columpios y los granados. Esto, lejos de indignarme, me pareció justo, nunca estuve de acuerdo con pensar que las que yacían allí, corrompiéndose y pasando a convertirse en desecho orgánico, eran mis abuelas, a las que nunca conocí en vida, pero que siempre fueron tan juguetonas y joviales conmigo en el techo. Mientras contemplaba el patio, el dueño de la casa me veía a mí con cara de vergüenza. Yo sabía lo que pensaba y le pedí que no se molestara, que al contrario, lejos de indignarme, etc. (sin el cuento del techo, por supuesto). Él me explicó que, al no lograr encontrar ningún pariente, realizó las operaciones de exhumación e inhumación legalmente, y que en el cementerio de San Felipe hallaría a mis muertas. Sentí dolor, pero debí asumir que esta no era ya mi casa y que debía ir más allá de Chivacoa para visitarlas. Durante la noche, no dejé de salir a meditar en el parque de los niños. Me llevé a Juan, el enfermito y lo senté junto a mí en la rueda. Detrás de los granados se podía divisar el fuerte tronco del árbol donde apareció Juan de los Vientos el día de la muerte de mi padre. Permanecimos horas allí, sin hablar, y yo sentía que de esta manera nos comunicábamos. Cerré los ojos y un viento fuerte azotó mi cara y sacó el chal de mis hombros; asustada miré a Juan, quien estaba tranquilo y sonriente sentado en medio de la rueda, los ojos cerrados, plácido... Respiré hondo y vi luciérnagas alrededor del árbol; me levanté, dispuesta a atravesar los apretados granados y asegurándome que el niño estuviese seguro. Cuando me disponía a desenmarañar la salida al campo abierto, me llamó una de las cocineras, ¡Señorita Eva, su cena! Regresé, con Juan dormido en los brazos, y una extraña preocupación por él. La familia no se reunía para comer, como sí hacíamos nosotros en el pasado. Pregunté por la abuela, ella estaba bien, leyendo en la sala; la madre, dormida; el señor, viendo televisión con las dos niñas; Juan, dormido en su cuarto. Me abandoné a comer, con un cansancio de décadas en mi cuerpo; sentí que la comida me nutría y poco a poco, la deliciosa sopa que me habían servido, el casabe mojado en ella, el jugo de caña que pedí, me hicieron ascender al techo. El temor continuaba, y esta vez las personas que estaban conmigo tenían túnicas malvas, blancas, marrones, tapaban su boca y mantenían una mirada fija, que me asustaba. Quería regresar y no podía. Este estado duró hasta el desenlace de los acontecimientos. Por primera vez me escindía y llevaba a cabo mis labores diarias, mientras me veía cenar e ir a la cama, como a través una cámara cenital. Estaba arriba y abajo constantemente, pero la de arriba no podía salir de la casa, sólo sentía el temor constante de la otra cuando estaba fuera. Decidí que ambas nos concentrásemos en las mismas cosas para tratar de volver a unificarnos. Por ejemplo, en las flores, en los niños; tácitamente, ninguna de las dos entraba a la habitación de la pareja, de donde salían llantos todas las tardes. Logré mi conexión por ratos: todas las mañanas, la abuela colocaba flores frescas (siempre las mismas) en una repisa de la sala, y nunca las dejaba marchitar. Ella era solitaria y malhumorada, constantemente leía la Biblia, especialmente con Juan sentado en sus piernas, mientras Angelina revoloteaba alrededor de su padre en la oficina (a la niña le irritaba enormemente lo sedentario del resto de su familia, incluso conmigo se aburría; prefería jugar sola o estar cerca de su padre). Una mañana, le comenté a la abuela lo hermoso de las flores, y le pregunté por qué siempre traía lirios señalando con un dedo las flores amarillas. Ella me contestó amargada que los que yo señalaba no eran lirios, yo tímidamente pregunté ¿tulipanes? Asintió secamente y se fue a desayunar. Transcurrieron los días entre la angustia y el hastío de encontrarme desconectada de mí misma, hasta que notamos en días consecutivos que las sirvientas no me hablaban, enojadas, que la abuela no cambiaba las flores, las cuales empezaban a marchitarse, y supuse que estaba enferma. Tampoco podíamos entrar a su habitación, entonces nos dimos cuenta que no había sido decisión nuestra evitar entrar al cuarto de la dueña de la casa, que una fuerza más potente no lo permitía. Tomé, es decir, una de mis partes, la terrena, tomó a Angelina y a Juan de las manos y se apresuraba asustada a salir de la casa. La otra yo, arriba, pegada al techo e igualmente asustada, sentía presencias pesadas y malolientes, veía ráfagas de viento oscuras y desconfiaba de todos. Cuando salía hacia el patio de granados, ambas sirvientas salieron corriendo de la cocina a preguntarme a dónde iba; disimulé un poco mi premura y dije que los lirios y los tulipanes se marchitaban, agradeciéndoles que me indicaran dónde podía encontrar unos frescos. Ante su silencio y amenazante cercanía, apreté a Juan contra mi cuerpo y balbuceé que Angelina me llevaría, apretando su manita. Una de ellas tomó a la niña de la mano para llevársela a desayunar, y la otra miraba a Juan, sin saber cómo dirigirse a él. Hube de rendirme y lo llevé al comedor junto a su hermana. Nerviosa, tumbando la leche en la mesa y las sillas, me dispuse a llamar al padre para que nos acompañara, pero estaba encerrado con su madre en la habitación de ella, y la cocinera me impidió entrar. Al terminar de comer, reintenté ir por las flores, pero sin los niños. Cuando salí del patio, más allá del cerco de granados, vi mi nube tibia. Miré hacia arriba, yo no estaba sobre mi cabeza. Me subí al árbol desesperada, pero la llama parecía escapar de mi alcance. Mientras, la otra, la que estaba pegada del techo de la cocina, acosada por sombras que revoloteaban alrededor, trataba de escuchar lo que Juan de los Vientos decía. Entonces, sentí un tercer nivel en mi escisión, y mi cuerpo, golpeado y rasguñado, saltó de una de las ramas más altas del árbol y cayó de rodillas en el pasto, corriendo de vuelta a la casa. Atravesé la sala, el comedor, la cocina, sin encontrar a nadie; subí las escaleras y traté de entrar a cada habitación. Ninguna abría. Grité ¡Juan!, esperando que me ayudara la nube o el padre de los niños. Silencio, soledad. Bajé de nuevo hacia el aljibe, millares de duendes pequeñísimos reían en el agua de forma ensordecedora, los granados comenzaron a pudrirse, el cielo se nublaba y mi luz permanecía muda más allá de los arbustos muertos. El olor a lirio se hizo penetrante, salía de la casa. Me recosté de la pared aterrorizada, llorando de angustia por los niños. Dentro de la casa, los llantos que salían de la habitación de la esposa de Juan se esparcían, compitiendo con el canto febril de las chicharras y las burlas inacabables de mezquinos duendes. Cerré los ojos en un llanto desesperado, intentando orar por Juan, Angelina y su padre, los únicos seres vivos que quedaban en la casa. Caí al piso derrotada y recordé a la bebé. La había olvidado, y la angustia se volvió insoportable, pero ya mi cuerpo no respondía a los intentos de mi conciencia por moverme. Desperté mareada, con el pulso aún lento. Silencio, soledad. Temblando me incorporé, vi a los niños en la rueda, junto a su padre y la recién nacida. Era yo reunida de nuevo. Nunca quise aceptar que el pánico era el único estado religioso. Volví a la tenebrosa cocina, allí me esperaban las sirvientas ataviadas como indígenas, y una dama imponente peinaba su largo cabello con un peine de oro, sentada en un trono al fondo. Una jovencita se me acercó y me entregó lirios y tulipanes, los cuales llevé a la sala y arreglé prestamente en la repisa, como le gustaba a la abuela. Salí al patio, besé a los niños y deposité un beso en la boca del padre en el que le dejaba mi vida. Ninguno pareció sorprenderse, ninguno me miró, todos continuaron en sus juegos. Atravesé los granados, vivos y hermosos de nuevo. Me desprendía de todo, me convertía en aire y me unía a mi nube, que me decía Ven Eva, esta tarde estarás conmigo en el paraíso, tal como había escuchado el día de la muerte de mi padre. El día de la muerte de mi padre, yo recibí un disparo errado del capataz de la hacienda dirigido a los asaltantes. Me atravesé cuando iba caminando hacia la nube. Desde ese momento, al separarme de ella por miedo, empecé a vivir en otro cuerpo, en un mundo que no me pertenecía, donde mis seres queridos ya no existían, y donde me casé con un hombre maravilloso que tenía un hijo autista. Tuve dos niñas, y el miedo que me apartó de Juan de los Vientos, hizo que regresara junto a él, aceptando mi condición, para salvarlas de la locura a la que había llevado a Julia, cambiándola por la abuela, dejándolas vivir y morir, respectivamente, en paz.
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