DEL CLICHÉ AL DOGMA, ALGUNAS PRÁCTICAS ANACRÓNICAS DEL SIGLO XXI

Por Paula Cadenas

Por tanto, ¿qué es la verdad? Un ejercito móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en breve, una suma de relaciones humanas que fueron poética y retóricamente intensificadas, traducidas y adornadas y que, luego de un largo uso, a un pueblo le parecen sólidas, canónicas y vinculantes: las verdades son ilusiones de las que uno se ha olvidado que son tales, metáforas que se han desgastado y se han vuelto sensorialmente débiles, monedas que han perdido su sello y que ahora ya no son tomadas en consideración como monedas, sino como metal...

Nietzsche

          La pérdida de fe en las instituciones tradicionales suele leerse como señal de una nueva época, un comienzo paradójicamente esperanzador a partir del cual, ya desarmados los ejes Rey/Dios, el poder quedaría atomizado y diseminado, y quién sabe si equitativamente repartido. Para entonces una nueva fe, especie de naciente optimismo moderno, impulsaba al sujeto a apostar a la historia como proyecto. No hay que desestimar tal ilusión por necesaria. Sin embargo, por otra parte, no quisiera perder de vista ese enfoque en el que siempre –y, ahora, esto podría tomarse como cierto pesimismo metafísico– un tenaz impulso buscará restituir pares hegemónicos tradicionales. Filosa paradoja: una mirada puesta en la Historia como Obra trae consigo la tentación megalómana de querer erigirnos una y otra vez en autores. De pronto, volvemos a estar en presencia del re-entronamiento de ciertas funciones que creíamos desterradas: regímenes totalitarios a la medida de una retórica democrática, mientras sus mandatarios viven la fantasía de monarca elegido.

          La atmósfera apocalíptica de este siglo XXI ya nos va armando una trama  desalentadoramente irresoluble. Pero con los cambios tecnológicos y la ilusión de lo nuevo tendemos a olvidar la tentación del retorno. Seguimos entre dos fuerzas: progreso y repetición inexorable. Hoy, el discurso político, legal y económico se ha visto obligado a configurarse para una escenografía de mutaciones despiadadas:  los medios de comunicación. Y aunque el impulso de poder pareciera ser el mismo siempre, hoy se vuelve sumamente volátil en estos entramados magnéticos de significaciones, que circulan al ritmo de una bolsa de valores; estereotipos que buscan fijarse en el lenguaje en defensa de ciertas prácticas. Pero el hombre es terca y brutalmente burlado una y otra vez por su propio narcisismo. Y a qué costos.

          Estos tiempos nos han acostumbrado a la visita en horarios estelares del horror gracias a los avances tecnológicos. Y a pesar de la cantidad de imágenes y cifras seguimos hipnotizados e indefensos frente a los compactos mensajes elaborados por las agencias de noticias. Pero justamente esa rapidez y uniformidad con que se instalan ciertos usos en la lengua de todos los días es lo que nos lleva a preguntarnos por nuestro papel, pues somos responsables de servir de cable conductor para que transiten palabras vaciadas. Y estos tiempos de excesos y confusión exigen una fuerte conciencia del uso del lenguaje, sólo así se resiste a esta voluntad amnésica.

          El 11 de septiembre el mundo se despertó a una representación de hechos sin nombre, a prácticas que quizás estaban en el imaginario occidental, pero no en los límites de “la realidad”, de lo realizable. Ese día, a esa hora, el desplome del World Trade Center no sólo se marca como un evento más en la línea de la Historia Universal, sino con las implicaciones de una diabólica conciencia mediática. Los protagonistas planearon un ataque dramático, y consiguieron que una enorme audiencia transnacional fuese testigo del episodio, antes que lector de versiones oficiales cuidadosamente vigiladas. El mundo presenció ‘en vivo y directo’ el brutal desmantelamiento de los símbolos de una nación. Quizás no haya cambiado mucho la historia del hombre, sólo es que ahora las noticias de la guerra viajan a la velocidad del satélite, y no al galope de los mensajeros de la corte. La pregunta persiste: ¿qué se quebró en esos segundos frente a la pantalla? Más allá de cualquier explicación oficial que se nos dé, sabemos que el sangriento ritual de la guerra tiene sus formas y sus gestos, pero aquí irrumpió brutalmente lo inesperado, se rompió todo molde, incluso la retórica bélica se quedó sin palabras.

          Pero a la incertidumbre de los espectadores del mundo, el presidente tejano declararía una campaña de “Justicia Infinita”, sólo para matizarla unas horas más tarde en “Guerra contra el Terrorismo”. Y antes de la popularización de estas  palabras, y sus encadenamientos de sinónimos, ya se armaban como términos/cabecillas dentro del campo legal, político o económico con toda la carga semántica dispuesta a restituir “el orden” y justificar sus medios. Suena a una práctica usual desde espacios de poder. Pero no deja de sorprenderme el vertiginoso recorrido discursivo que se ha encendido como una mecha de pólvora desde aquel otoño. 

          Antes del 11 de septiembre, por ejemplo, el común de los occidentales quizás no sabía qué o quién era un talibán (al menos no está incluido en el vocabulario del procesador de palabras de Windows); en tal caso, no era un uso común en el vocablo norteamericano, eran términos que no circulaban en el habla. Es  decir, “el talibanismo” no existía dentro de aquella realidad, aunque quizás sí se practicara o se practique entre grupos, no está llamado a identificar tendencias norteamericanas, pero sí extranjeras. Sin embargo, hoy como ayer, la bélica cotidianidad de Afganistán sigue siendo reseñada en frases sintéticas entre noticieros nocturnos internacionales. Sólo nombres y números de víctimas para informarnos de los sucesos. Pero se trata finalmente de textos uniformes que nos dificultan la reflexión e impiden perfilar alguna imagen para la memoria colectiva de estos tiempos. Seguimos sin saber qué está sucediendo a pesar de la inmediatez y el exceso de información (acaso sean nuevas formas de censura). Para ello, como siempre, tendremos que esperar que el futuro traiga los turbios resultados de la historia.

          Mientras tanto, el alcance de la palabra Terrorismo se legitima, el espectro legal se amplía y, con ello, las acciones políticas, de Afganistán a Colombia, de allí España,  pronto en Irak... Sin que nadie se haya detenido a pensar qué significa Terrorismo, qué o quién determina sus implicaciones, simplemente todos contribuimos en echarlo a andar, transitar por el lenguaje según nos lo dictan. La trama se tensa entre paradigmas de lenguaje, ejes fuertemente enfrentados: organizaciones terroristas: Al Qaeda, las Farc, Batasuna... Mientras, ciertos sustantivos van erigiéndose en esperanzas mesiánicas, o tal vez soluciones finales. Es el clarín de la guerra que anuncia la instalación de campos bélicos. El peligro está en que estas ‘verdades’ acaben por barrer como huracanes las posibilidades de articulación individual. ¿Cómo puede una sola palabra soportar la carga de tanto? “Auschwitz no comenzó a construirse con ladrillos, sino con palabras”, declaraba un sobreviviente del campo de concentración para un documental de la BBC sobre la Segunda Guerra Mundial.

          Hoy en Venezuela, por ejemplo, no acabamos de entender todavía por qué tipo de analogías, metonimias o combinatorias, el discurso político ha acabado por limitar los sinónimos, endurecer la cadena sintagmática, y restringir las posibilidades de combinatorias. El terreno político está minado, y la función argumentativa del lenguaje, anulada. De repente, nos descubrimos presos entre bloques monolíticos: en nuestra historia actual, el sujeto protagonista es el signo Chávez, quien, por un pastiche de asociaciones e identificaciones atávicas, ha venido a fundirse con un gastado signo heroico del pasado venezolano, Bolívar, y con visos mesiánicos de otro mártir de Occidente, Cristo. Las posibilidades de acción, por su parte, se configuran a partir de un solo verbo, ya sustantivizado, que todo lo puede, es la Revolución, o Proceso. Y el adjetivo ‘bolivariano’ o ‘bolivarianismo’ configura el terreno para definir a los grupos que están a favor o en contra, y no importan las prácticas, sólo bastará con agregar ‘democrático’ y todo quedará justificado. Mientras que el signo ‘Constitución’ se ha vuelto depositario en sí, como la Biblia, de todas las justificaciones y todos los medios; las leyes ya no son frases ambiguas abiertas a una gama de interpretaciones para los ciudadanos, sino son dictados de verdades absolutas desde su propia abstracción. El pueblo, el Soberano, se ha convertido en la superficie especular del mandatario. Quienes lo apoyan hacen eco de esos tres años de frases huecas. “El pueblo” es un sujeto pasivo, limitado receptáculo de los discursos del único interlocutor que lo entiende. ¿No se trata acaso de la simbiótica relación entre monarca y pueblo? Quizás sea cierto que la última década del siglo XX nos tenía todavía adormilados con una jerga democrática ya viciada, y el tedio mueve a reinventos y practicas ‘originales’. También resulta inminente ver en la pobreza de nuestro lenguaje el campo fértil para que este duro adoctrinamiento eche raíces.

          Mientras tanto, Nietzsche retumba: Cada concepto surge mediante la igualación de lo desigual. El poder va barriendo matices y rasgos individuales, pero según esta perspectiva, ¿cómo leer el transito de sustantivos neutralizadores y únicos como Terrorismo, Globalización o Revolución?, y, ¿cómo seguir ese ejército de significaciones y prácticas que acaban reordenando el sistema de relaciones legales, políticas y económicas? Pues afortunadamente los basamentos del discurso “oficial” son movedizos, y la creatividad o el humor surgen como elementos desestabilizadores. También los fragmentos de Nietzsche sugieren un camino: que entendamos y practiquemos el lenguaje en su doble función, reguladora y creadora; que frente al impulso de vaciamiento en toda jerga o de sedimentación de conceptos, la metáfora surja como posibilidad vivificadora, de discriminación o dislocación. Como si al sujeto le correspondiera un proceso de individuación del lenguaje.


Entre el hombre trágico y el pesimista ilustrado

          (...) decía Vittorini, [que] el intelectual no debe tocar el clarín de la revolución. No para eludir la responsabilidad de una elección (que puede hacer como individuo), sino porque el momento de la acción requiere que se eliminen los matices y las ambigüedades (...) mientras que la función intelectual consiste en excavar las ambigüedades y sacarlas a la luz”. (Eco, p. 15)

          Es cierto que las honduras del pensamiento y la escritura exigen estar necesariamente distantes, y un poco al margen de la noticia, de la opinión, de las declaraciones, en fin, de ese ritmo casi inhumano que imponen los medios de comunicación. Pero la reinstalación de discursos bélicos en el siglo XXI ya va exigiendo a todos una revisión de “la función intelectual”. Si bien estamos sujetos a los intempestivos discursos políticos, esos que tocan a los hombres de acción, como nos dice Eco, también queda en nosotros la responsabilidad de revisar atentamente lo que ciertas declaraciones echan a andar: palabras ejes, dardos, eslóganes... ¿Una palabra que nombra una decisión política?, ¿una práctica que activa una jerga determinada?, ¿una gramática gestual que desencadena fanatismos?, ¿un anacronismo que consentimos en volver a adoptar?

          En este entramado interdisciplinario de discursos y relecturas que viene a llamarse simplemente ‘posmoderno’, debemos detenernos, de nuevo, en el ejercicio del detalle y practicar la inconformidad nominal. Quizás se trate de que en esta puesta en duda de las instituciones y prácticas del pasado que ha traído la modernidad, en este cuestionamiento al reino de las luces, no se abandonen las interrogantes sobre ‘viejos’ temas: ¿cómo restituir una pequeña fe en el individuo y la ética?, ¿cómo apostar a un régimen cuya libertad no esté en permanente amenaza?, ¿cómo seguir creyendo en una posible paz incluso más allá de los sucesivos fracasos históricos?

          Savater en su ensayo “El pesimismo ilustrado” localiza como protagonistas de tal movimiento a Schopenhauer, Nietzsche y Freud. En cada una de estas obras se trazan vías de renuncia a la benevolente providencia del Dios monoteísta, y es que sólo así se comenzaría a desvanecer el peligroso espejismo de un porvenir mejor. Obras que proponen formas para abandonar la esperanza, la tentadora apuesta a un final paternalmente protector para los hijos obedientes.

          (...) es el final de la ilusión de que la trama del universo, el argumento incesante de la vida y de la muerte, nos tiene por protagonistas: la muerte de Dios es el más terrible atentado contra nuestro narcisismo metafísico. (Vattimo, p. 123).

          Para Savater el pesimismo ilustrado entonces se muestra como un abrazo  al hombre trágico de Nietzsche. Tensión entre estoica y compasiva que reconoce en su humanidad lo sagrado. Ya al ejercitar la duda sobre esa Primera Verdad monoteísta, el sujeto abre espacio a cierta saludable rebeldía en contra de postulados monolíticos, canónicos. Nos toca practicar –pues no se trata de fijar posición–  la renuncia sostenida a pares opositores, polarizaciones hegemónicas, que insistan en mesianismos o fundamentalismos. Optar, sí, por la contemplación celebratoria de un presente humano, antes que a la idea de evolución puesta en un horizonte incierto. Savater continúa en este ensayo rescatando a su Nietzsche:

          Hoy es más importante evitar el regreso (a oscurantismos de la sangre, del pueblo o de la nación) que propiciar el progreso; y es más urgente, ante cada promesa de salvación por el terror o la guerra, resistir a la perdición. En evitar el regreso y resistir a la perdición consiste la ley no escrita del actual pesimismo ilustrado (Anthropos: 127)

          Estar atentos a la conversación entre los hombres, aguzar los sentidos al coro de la tragedia humana en la que todo nos configura. Pero no entonar los himnos de las grandes promesas. En fin, por un leer, visto como un cincelar insistente sobre los bloques de palabras que tienden a solidificarse tras una exposición continua.

          En obras escurridizas y herméticas, como las de un Freud, Schopenhauer o Nietzsche, se hallan, desde la propia apuesta casi reverencial a la contingencia, las combinatorias de sentido más variadas, como para recordar al ego que nunca será posible un dominio total del texto. Justamente tras ese estilo invitador hay un texto que se resiste al dominio, a la comprensión global. En la invitación a comprender está ya su imposibilidad, y el deseo es lo que nos mantiene gustosa e irremediablemente atados. Y es por la gracia liberadora de la forma, como lo individual dispondrá de espacios para moverse.

          Nietzsche, vidente nuestro, ha dejado escrito desde la profunda conciencia física de los límites de sí mismo, de lo individual, la Historia del Hombre de hoy. Voz que quedó ahogada en la tarea desquiciante de entender un más allá para luego traducirlo en metáforas a esta época que tanto necesita recordarlas. Una obra que parece correr hacia nosotros con el enigma, la melodía y honduras de ese sagrado río heracliteano que es el lenguaje.


Bibliografía:

Eco U.: Cinco escritos morales. Barcelona, Editorial Lumen, 2000.

Revista Venezolana de Filosofía II. “Acerca de la verdad y la mentira en sentido extramoral”, Nietzsche. Caracas: USB.

Vattimo G. y otros: En torno a la posmodernidad. España, Anthropos, 1994.

 


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