Estado social de América antes del descubrimiento*    

 

    Alejandro de Humboldt

 

Imposible es hablar del primer reconocimiento de las costas de América por los normandos, a principios del siglo undécimo, sin exponer antes algunas graves consideraciones acerca de los destinos de la especie humana. Si este reconocimiento hubiera sido algo más que un suceso pasajero, si le hubiera seguido una conquista permanente y progresiva, avanzando de Norte a Sur, el estado moral y político del Nuevo Mundo fuera muy distinto del que ha llegado a ser por la conquista de los españoles en los siglos XV y XVI. No fundo esta afirmación en hechos generalmente conocidos; en el contraste entre las rudas costumbres de la Europa escandinava y la floreciente civilización de los Estados del Mediodía, en los cambios que la sociedad europea ha experimentado en el espacio de cuatro o cinco siglos; pero deseo que el lector fije su atención en el carácter individual impreso a las diferentes partes de América por los matices de barbarie o de civilización más o menos avanzada que distinguen a los indígenas, en la época del primer establecimiento de las colonias españolas, portuguesas o inglesas.

En la región de los pueblos, por ejemplo, en los Estados Unidos y en el Brasil, las hordas errantes, fácilmente vencidas, huyeron de la vecindad de los europeos. Rechazadas poco a poco detrás de la cordillera de los Alleghanys y después más allá de las márgenes del Mississippi y del Missouri, sufriendo a la vez un desmejoramiento en las costumbres y en la constitución física, al aislarse, se empobrecieron y casi se extinguieron.

Los indígenas no intervienen para nada en el cuadro político de esta parte del Nuevo Continente, frontera a Europa, porque evacuaron el país en todas aquellas comarcas donde, por su primitiva barbarie y su manera de entender la libertad, les fueron odiosas las instituciones de nuestro orden social.

No sucedió lo mismo en los pueblos montañeses de los Andes y en el litoral frontero al Asia, centro de la civilización más antigua de la especie humana. Méjico, al sur del río Gila, Teochiapán, Nicaragua, Cundinamarca, el imperio de los Muyscas, Quito y el Perú estaban ocupados a fines del siglo XV por pueblos agrícolas que gozaban una civilización más o menos avanzada, unidos por comunidad de culto y de creencias religiosas, formando sociedades políticas, sencillas unas por efecto de larga tiranía, raras y complicadas otras en su organización interior; favorables en algunos puntos a la tranquilidad pública, a la prosperidad material, a una civilización en masa, pero contrarias a todo desarrollo de las facultades individuales.

En Méjico la corriente de los pueblos montañeses verificóse de Norte a Sur; mientras en la América meridional, en la teocracia de los Incas, el movimiento civilizador se realizó en todas direcciones. Desde la meseta de Cuzco se propagó casi al mismo tiempo hacia los Andes de Quito, los bosques del Alto Marañón y las cordilleras de Chile.

En esta región, que era desde antiguos tiempos agrícola, los conquistadores europeos se limitaron a seguir los rastros de una cultura indígena. Los indios no se apartaron de la tierra que cultivaban desde hacía tantos años, y algunos pueblos tomaron nombres españoles.

Méjico solamente cuenta 1,700.000 indígenas, de raza pura, cuyo número aumenta con la misma rapidez que el de las otras razas. En Méjico, en Guatemala, en Quito, en el Perú, en Bolivia, la fisonomía del país, a excepción de algunas grandes ciudades, es esencialmente india; en los campos, la variedad de las lenguas se ha conservado con las costumbres y los usos de la vida doméstica. Allí sólo hay de nuevo algunos rebaños de vacas y de ovejas, algunos cereales y las ceremonias de un culto mezclado con las antiguas supersticiones locales.

Preciso es haber vivido en las altas mesetas de la América española o en la Confederación angloamericana para comprender bien lo que este contraste entre los pueblos cazadores y los agrícolas, entre los países desde largo tiempo bárbaros y los que gozaban de antiguas instituciones políticas y de una legislación indígena muy desarrollada, ha facilitado o detenido la conquista, e influido en la forma de los primeros establecimientos de los europeos y cómo ha impreso, aun en nuestros días, carácter propio a las diferentes regiones de América.

El P. José Acosta, que estudió sobre el terreno el drama sangriento de la conquista comprendió ya estas diferencias notables de la civilización progresiva y de la completa ausencia de orden social que presentaba el Nuevo Mundo en la época de Cristóbal Colón, o poco tiempo después de la colonización española, y dice (según la ingenua traducción de Roberto Regnauld, hecha en 1597) "ser cosa bien demostrada que lo que mejor prueba la barbarie de los pueblos es el gobierno que los rige y la forma en que se dejan mandar; porque cuanto mayor es el número de los hombres que se aproximan a la razón, tanto más humano y menos insolente es su gobierno y más tratables los reyes, y se acomodan mejor con sus vasallos, reconociendo que la naturaleza les hizo iguales. Por ello muchas naciones de estos indios no han querido, en sus comunidades, reyes o señores absolutos; porque, entre los bárbaros, los gobernantes tratan a los súbditos como bestias y quieren ellos ser tratados como dioses". El jesuita, quizá intencionadamente, atribuye a sabia previsión lo que sólo se debía al imperio de las circunstancias y de los intereses.

Acabo de exponer cómo el estado social en que Europa encontró a América a fines del siglo XV modificó profundamente la marcha de la conquista, la forma de los primeros establecimientos y, lo que es más importante y no ha sido bien apreciado en las discusiones de la política americana, el carácter que hoy conservan los diferentes estados libres del Nuevo Continente. Pero este estado social era distinto cuatro siglos antes de la conquista. De ir los europeos a América tras las huellas de los marinos escandinavos, hubieran encontrado allí un orden de cosas totalmente diverso.

Desde la primera llegada de los aventureros normandos a Salerno y a la Pulla, hasta la destrucción del poder de los árabes en España, es decir, desde el principio del siglo XI hasta fines del XV, sufrió sin duda Europa cambios considerables en el estado de su civilización; sin embargo, las revoluciones ocurridas en América durante esta misma época son mucho más asombrosas.

Los imperios contra los cuales lucharon Cortés y Pizarro no existían cuando los escandinavos llegaron a las costas del Vinland. El pueblo azteca no apareció en la meseta de Anáhuac hasta 1190; la ciudad de Tenochtitlán (Méjico) fue fundada en medio de un lago alpino en 1325, es decir, unos setenta años antes del viaje de los hermanos Zeni.

Lejos de mi ánimo suponer que en el Anáhuac, antes de los aztecas, y en el Perú, antes de la misteriosa llegada del primer Inca, no había habido nunca cultura intelectual u orden social. Los grandes monumentos piramidales de Teotihuacán, de Cholula y de Papantla son más antiguos que los aztecas; y de igual modo en los alrededores del lago Titicaca, en la meseta peruana, las ruinas de Tiahuanaco son señales de una civilización anterior a las construcciones de los Incas de Cuzco. Pero el Nuevo Mundo ha tenido sin duda, como el antiguo, vicisitudes de barbarie y de civilización.

Sabemos con certidumbre que los pueblos del Perú vivían muy embrutecidos antes de la legislación teográfica de Manco Cápac; sabemos que la población industriosa de los tucultecos que habitaba en Méjico quinientos años antes que los aztecas, que empleaba como éstos la escritura jeroglífica y que tenía una medida del año más exacta que los pueblos de Europa, decayó desde el siglo XI, hasta llegar a gran envilecimiento. Estos datos bastan para probar que la Europa escandinava hubiera encontrado las hermosas regiones alpinas de la América tropical muy distintas de lo que eran en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro.

En la primitiva época acaso hubo otros centros de cultura parcial en Guatemala, Utatlán, Copán, Petén y Santo Domingo Palenque; al norte de Méjico, en Quivira (el Dorado del rey barbudo Tatarrax), célebre por las fábulas de fray Marcos de Niza; y al norte de la Luisiana, entre las orillas del Ohio y los lagos del Canadá, desde los 39 grados a los 44 grados de latitud.

Compréndese que haya frecuentes cambios de lugar en la cultura por efecto de grandes emigraciones de pueblos a quienes rodean hordas bárbaras.

Los rastros de algunos progresos en las artes son indudables hasta en las regiones más boreales; pero es imposible hasta ahora asignar fechas de origen a los túmulus y a las circunvalaciones polígonas de la Alta Luisiana, como a los edificios de Palenque, adornados con tanta riqueza de esculturas.

Propio es de sana crítica histórica detenerse donde faltan los datos precisos, sin desdeñar por ello las ingeniosas combinaciones que pueden ocasionar probables conjeturas. Lo que se trata de probar aquí es que América, entre las épocas de Leif y de Colón, cambió de aspecto, sin influencia alguna del Antiguo Mundo, y que estos cambios en el orden social modificaron esencialmente en muchos puntos del Nuevo Mundo el estado de las sociedades europeas que se establecieron en medio de pueblos indígenas que de muy antiguo eran agrícolas.

 

* Extraido del libro Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, publicado por Monte Avila Editores,  Caracas, 1992, en base a la publicada por el Centro Difusor del Libro, Buenos Aires, 1946. 1era. Edición, Librería de la viuda de Hernando y Cía, Madrid, 1892.

Imágenes:

1.  Ferdinand Bellermann. Bosque cerca de Galipán. 1844

2.  Ferdinand Bellermann. Troncos nudosos.

3.  Ferdinand Bellermann. Helechos, Árboles y Palmas en Galipán. 1844

Influencia del descubrimiento de América en la civilización

 

    Alejandro de Humboldt

Corto número de ejemplos han bastado para caracterizar la grandeza de miras y las sagaces observaciones físicas que revelan los escritos del marino genovés. La erupción del colosal volcán de Canarias, al principio del primer viaje de descubrimientos, preparaba, por decirlo así, los ánimos para la contemplación de las maravillas que la Naturaleza, en su salvaje fecundidad, pone de manifiesto en las montañosas costas de Haití y de Cuba.

Limitándonos al corto período de catorce años que media entre el descubrimiento de América y la muerte de Colón, reconocemos en la correspondencia y en las Décadas de Angleria cuán grave y numerosas son las cuestiones de geografía, física y de antropología promovidas desde entonces por los hombres ilustrados de España e Italia. Estas cuestiones, cuyo interés aumentaban tantos hechos nuevos, no preocupaban sólo a los sabios en aquel siglo de grandes descubrimientos, en aquellos tiempos de ardoroso entusiasmo, sino también al público, lo mismo en Toledo que en Sevilla, en Venecia que en Génova o Florencia, en todas partes donde la industria comercial había extendido el horizonte y ensanchando la esfera de las ideas.

El contraste que ofrecían las dos costas opuestas, habitadas en los mismos paralelos por la raza negra de cabellos cortos y rizados, y la raza cobriza, de larga y lisa cabellera, ocasionaba grandes disputas literarias acerca de la unidad, de la degeneración progresiva y la posibilidad de emigraciones lejanas del género humano. Discutíase la influencia que ejercen los climas en la organización; las diferencias entre los animales americanos y los de Africa, las causas generales de las corrientes pelágicas, las modificaciones que experimentan por la configuración de las tierras, y los cambios de forma que a su vez hacen sufrir a los continentes y a las islas. Estos asuntos preocuparon extraordinariamente los ánimos desde fines del siglo XV hasta los primeros años del XVI. ¡Cuánto mayor no fue el interés que inspiraban estos problemas físicos cuando los conquistadores avanzaron de las costas al interior de un vasto continente, y subieron a las mesetas de Bogotá, de Antioquia, de Popayán, de Quito, del Perú y de Méjico!

Los efectos del crecimiento de la temperatura y las modificaciones que experimentan la forma y la distribución de los vegetales, en una escala perpendicular, llaman la atención de los hombres menos habituados a reflexionar sobre los fenómenos naturales, desde el momento en que entran en una zona tropical donde, de la región de las palmeras y de los plátanos, suben en un día hasta la región de las nieves perpetuas.

Esta influencia de las mesetas sobre los climas y las producciones orgánicas no se ocultó por completo a la sagacidad de los griegos, sea en sus sistemáticas discusiones relativas a la altura de las tierras situadas en el Ecuador, sea en su comparación directa de los productos y de la temperatura de las altas y bajas comarcas del Asia Menor; pero las mesetas del Tauro, de Persia y del Paropamiso, accesibles a la observación de los sabios antiguos, no presentan los pintorescos y maravillosos contrastes que, en corto espacio de terreno, aparecen en gigantesca escala en la zona ecuatorial del Nuevo Continente.

Las inmensas planicies del Asia central, recorridas en la Edad Media por Marco Polo y por monjes más bien diplomáticos que misioneros, están situadas lejos de los trópicos. Las alturas de Abisinia y del Congo, o de la India meridional, a igual latitud que las mesetas de Anáhuac o del Cuzco, fueron más conocidas de los árabes y de los sacerdotes budistas viajeros, que de los europeos del siglo XV. No cabe, pues, duda de que los grandes conceptos sobre la configuración de la superficie del globo y acerca de las modificaciones de la temperatura y de la vida orgánica, nacieron y condujeron a resultados generales después del descubrimiento de América, región en que el hombre encuentra inscritas, en cada roca de la rápida pendiente de las cordilleras en aquella serie de climas superpuestos o escalonados, las leyes del decrecimiento del calórico y de la distribución geográfica de las formas vegetales.

Sirvió Colón al género humano, ofreciéndole de una vez tantos objetos nuevos al estudio y la reflexión; engrandeció el campo de las ideas, e hizo progresar el pensamiento humano. La época en que aparece en el teatro del mundo, no es, sin duda, la de las tinieblas que envolvieron un período de la Edad Media; pero la filosofía escolástica sólo ofrecía al espíritu formas. En comparación de esta abundancia y de este artificio de formas, cuyo estudio absorbía todas las facultades, la penuria de ideas era notoria, sobre todo de esas nociones que, naciendo de contacto más íntimo con el mundo material, alimentan sustancialmente la inteligencia.

En ninguna otra época, repetimos, se pusieron en circulación tantas y tan variadas ideas nuevas como en la era de Colón y de Gama, que fue también la de Copérnico, de Ariosto, de Durero, de Rafael y de Miguel Angel. Si el carácter de un siglo “es la manifestación del espíritu humano en una época dada”, el siglo de Colón, ensanchando empensadamente la esfera de los conocimientos, imprimió nuevo vuelo a los siglos futuros. Propio es de los descubrimientos que afectan al conjunto de los intereses sociales, engrandecer a la vez el círculo de las conquistas y el terreno por conquistar. Para los espíritus débiles, en diferentes épocas la humanidad llega al punto culminante en su marcha progresiva, olvidando que, por el encadenamiento íntimo de todas las verdades, a medida que se avanza, el campo por recorrer se presenta más vasto, limitándose un horizonte que sin cesar retrocede. Un guerrero puede quejarse de que “quede poco por conquistar”; pero la frase no es aplicable, por fortuna, a los descubrimientos científicos, a las conquistas de la inteligencia.

Al recordar lo que el pensamiento de dos hombres Toscanelli y Colón, ha ayudado al espíritu humano, no es justo limitarse a los admirables progresos que simultáneamente hicieron la geografía y el comercio de los pueblos, el arte de navegar y la astronomía náutica; en general, todas las ciencias físicas y, finalmente, la filosofía de las lenguas, engrandecida con el estudio  comparado de tantos idiomas raros y ricos en formas gramaticales.

Conviene también fijar la atención en la influencia ejercida por el Nuevo Continente en los destinos del género humano, desde el punto de vista de las instituciones sociales. La tormenta religiosa del siglo XVI, favoreciendo el vuelo de una reflexión libre, preludió la tormenta política de los tiempos en que vivimos. La primera de estas revoluciones concidió con la época del establecimiento de colonias europeas en América; la segunda se hizo sentir allí al final del siglo XVIII, y ha concluido por romper los lazos de dependencia que unían los dos mundos. Una circunstancia en la que acaso no se ha fijado bien la atención pública y que se relaciona con esas causas misteriosas de que ha dependido la distribución desigual del género humano en el globo, favoreció, y aun podría decirse que hizo posible la referida influencia política. Tan pobremente poblada estaba la mitad del globo que, a pesar del largo trabajo de una civilización indígena vigente entre los descubrimientos de Leif y de Colón en las costas americanas fronteras a Asia, en las inmensas comarcas de la parte oriental, apenas vivían en el siglo XV algunas dispersas tribus de pueblos cazadores. Esta despoblación en países fértiles y eminentemente aptos para el cultivo de nuestros cereales, permitió a los europeos fundar allí establecimientos en escala infinitamente mayor que las colonizaciones en Asia y Africa. Los pueblos cazadores fueron rechazados de las costas orientales hacia el interior; y en el norte de América, en un clima y con una vegetación muy análogos a los de las islas Británicas, formáronse por emigración, desde fines del año 1620, comunidades cuyas instituciones reflejaban las libertades de la madre patria. La Nueva Inglaterra no fue primitivamente un establecimiento industrial y de comercio, como aún son las factorías de Africa; no fue la dominación sobre pueblos agrícolas de distinta raza, como el imperio británico en la India, y durante largo tiempo el imperio español en Méjico y el Perú; recibió la primera colonización de cuatro mil familias de puritanos, de las que descienden hoy la tercera parte de la población blanca de los Estados Unidos, y era un establecimiento religioso. La libertad civil fue allí, desde el principio, inseparable de la libertad del culto.

Ahora bien; la historia nos demuestra que las instituciones libres de Inglaterra, Holanda y Suiza, a pesar de la proximidad, no han influido en los pueblos de Europa latina tanto como ese reflejo de formas de gobierno completamente democráticas, que lejos de todo enemigo exterior, y favorecidas por una tendencia uniforme y constante de recuerdos y antiguas  costumbres, tomaron, en medio de una prolongada tranquilidad, desarrollos desconocidos en los tiempos modernos. De esta suerte, la falta de población en las regiones del Nuevo Continente situadas frente a Europa, y el libre y prodigioso crecimiento de una colonización inglesa al otro lado del gran valle del Atlántico, contribuyeron poderosamente a cambiar la faz política y los destinos del Nuevo Mundo.

Washington Irving dice que si Colón no cambia el 7 de octubre de 1492 la dirección de la ruta, que era de Este a Oeste, dirigiéndose al Sudoeste, hubiere entrado en la corriente del Gulf Stream,  llevándole ésta hacia la Florida, y acaso desde allí al cabo Hatteras y a Virginia, incidente de inmensa importancia, porque hubiera podido dar a los Estados Unidos, en vez de una población protestante inglesa, una población católica española.

Este aserto, íntimamente relacionado con la cuestión de saber cuál fue la primera tierra que descubrió Colón, merece espacial examen.

 

* Extraido del libro Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, publicado por Monte Avila Editores,  Caracas, 1992, en base a la publicada por el Centro Difusor del Libro, Buenos Aires, 1946. 1era. Edición, Librería de la viuda de Hernando y Cía, Madrid, 1892.

Imágenes:

1.  Ferdinand Bellermann. La Cueva del Guácharo. 1843

2.  Ferdinand Bellermann. En la Desembocadura del Orínoco (Detalle). 1843

3.  Ferdinand Bellermann. Atardecer en el Golfo de Cariaco (Detalle).

4.  Ferdinand Bellermann. Bosque y Quebrada en Campanero. 1842


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