Corto número de ejemplos han bastado para caracterizar la grandeza de miras y las sagaces observaciones físicas que revelan los escritos del marino genovés. La erupción del colosal volcán de Canarias, al principio del primer viaje de descubrimientos, preparaba, por decirlo así, los ánimos para la contemplación de las maravillas que la Naturaleza, en su salvaje fecundidad, pone de manifiesto en las montañosas costas de Haití y de Cuba. Limitándonos al corto período de catorce años que media entre el descubrimiento de América y la muerte de Colón, reconocemos en la correspondencia y en las Décadas de Angleria cuán grave y numerosas son las cuestiones de geografía, física y de antropología promovidas desde entonces por los hombres ilustrados de España e Italia. Estas cuestiones, cuyo interés aumentaban tantos hechos nuevos, no preocupaban sólo a los sabios en aquel siglo de grandes descubrimientos, en aquellos tiempos de ardoroso entusiasmo, sino también al público, lo mismo en Toledo que en Sevilla, en Venecia que en Génova o Florencia, en todas partes donde la industria comercial había extendido el horizonte y ensanchando la esfera de las ideas. El contraste que ofrecían las dos costas opuestas, habitadas en los mismos paralelos por la raza negra de cabellos cortos y rizados, y la raza cobriza, de larga y lisa cabellera, ocasionaba grandes disputas literarias acerca de la unidad, de la degeneración progresiva y la posibilidad de emigraciones lejanas del género humano. Discutíase la influencia que ejercen los climas en la organización; las diferencias entre los animales americanos y los de Africa, las causas generales de las corrientes pelágicas, las modificaciones que experimentan por la configuración de las tierras, y los cambios de forma que a su vez hacen sufrir a los continentes y a las islas. Estos asuntos preocuparon extraordinariamente los ánimos desde fines del siglo XV hasta los primeros años del XVI. ¡Cuánto mayor no fue el interés que inspiraban estos problemas físicos cuando los conquistadores avanzaron de las costas al interior de un vasto continente, y subieron a las mesetas de Bogotá, de Antioquia, de Popayán, de Quito, del Perú y de Méjico! Los efectos del crecimiento de la temperatura y las modificaciones que experimentan la forma y la distribución de los vegetales, en una escala perpendicular, llaman la atención de los hombres menos habituados a reflexionar sobre los fenómenos naturales, desde el momento en que entran en una zona tropical donde, de la región de las palmeras y de los plátanos, suben en un día hasta la región de las nieves perpetuas.
Las inmensas planicies del Asia central, recorridas en la Edad Media por Marco Polo y por monjes más bien diplomáticos que misioneros, están situadas lejos de los trópicos. Las alturas de Abisinia y del Congo, o de la India meridional, a igual latitud que las mesetas de Anáhuac o del Cuzco, fueron más conocidas de los árabes y de los sacerdotes budistas viajeros, que de los europeos del siglo XV. No cabe, pues, duda de que los grandes conceptos sobre la configuración de la superficie del globo y acerca de las modificaciones de la temperatura y de la vida orgánica, nacieron y condujeron a resultados generales después del descubrimiento de América, región en que el hombre encuentra inscritas, en cada roca de la rápida pendiente de las cordilleras en aquella serie de climas superpuestos o escalonados, las leyes del decrecimiento del calórico y de la distribución geográfica de las formas vegetales. Sirvió Colón al género humano, ofreciéndole de una vez tantos objetos nuevos al estudio y la reflexión; engrandeció el campo de las ideas, e hizo progresar el pensamiento humano. La época en que aparece en el teatro del mundo, no es, sin duda, la de las tinieblas que envolvieron un período de la Edad Media; pero la filosofía escolástica sólo ofrecía al espíritu formas. En comparación de esta abundancia y de este artificio de formas, cuyo estudio absorbía todas las facultades, la penuria de ideas era notoria, sobre todo de esas nociones que, naciendo de contacto más íntimo con el mundo material, alimentan sustancialmente la inteligencia. En ninguna otra época, repetimos, se pusieron en circulación tantas y tan variadas ideas nuevas como en la era de Colón y de Gama, que fue también la de Copérnico, de Ariosto, de Durero, de Rafael y de Miguel Angel. Si el carácter de un siglo es la manifestación del espíritu humano en una época dada, el siglo de Colón, ensanchando empensadamente la esfera de los conocimientos, imprimió nuevo vuelo a los siglos futuros. Propio es de los descubrimientos que afectan al conjunto de los intereses sociales, engrandecer a la vez el círculo de las conquistas y el terreno por conquistar. Para los espíritus débiles, en diferentes épocas la humanidad llega al punto culminante en su marcha progresiva, olvidando que, por el encadenamiento íntimo de todas las verdades, a medida que se avanza, el campo por recorrer se presenta más vasto, limitándose un horizonte que sin cesar retrocede. Un guerrero puede quejarse de que quede poco por conquistar; pero la frase no es aplicable, por fortuna, a los descubrimientos científicos, a las conquistas de la inteligencia. Al recordar lo que el pensamiento de dos hombres Toscanelli y Colón, ha ayudado al espíritu humano, no es justo limitarse a los admirables progresos que simultáneamente hicieron la geografía y el comercio de los pueblos, el arte de navegar y la astronomía náutica; en general, todas las ciencias físicas y, finalmente, la filosofía de las lenguas, engrandecida con el estudio comparado de tantos idiomas raros y ricos en formas gramaticales. Washington Irving dice que si Colón no cambia el 7 de octubre de 1492 la dirección de la ruta, que era de Este a Oeste, dirigiéndose al Sudoeste, hubiere entrado en la corriente del Gulf Stream, llevándole ésta hacia la Florida, y acaso desde allí al cabo Hatteras y a Virginia, incidente de inmensa importancia, porque hubiera podido dar a los Estados Unidos, en vez de una población protestante inglesa, una población católica española. Este aserto, íntimamente relacionado con la cuestión de saber cuál fue la primera tierra que descubrió Colón, merece espacial examen.
* Extraido del libro Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, publicado por Monte Avila Editores, Caracas, 1992, en base a la publicada por el Centro Difusor del Libro, Buenos Aires, 1946. 1era. Edición, Librería de la viuda de Hernando y Cía, Madrid, 1892. Imágenes: 1. Ferdinand Bellermann. La Cueva del Guácharo. 1843 2. Ferdinand Bellermann. En la Desembocadura del Orínoco (Detalle). 1843 3. Ferdinand Bellermann. Atardecer en el Golfo de Cariaco (Detalle). 4. Ferdinand Bellermann. Bosque y Quebrada en Campanero. 1842 [ Home
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