| Picón
Salas y el petróleo recelado
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Miguel Angel Campos |
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Sorprende no poco que al revisar cientos de páginas de ensayos de Picón
Salas dedicadas al análisis de la cultura venezolana, no hallemos ni una
sola reflexión extensa, ni un solo artículo, dedicados expresamente al
evadido tema del petróleo. Lo que al principio se nos antojara pura casualidad,
puro desencuentro de circunstancias, aflora lentamente, con pausas afirmativas,
como una voluntad impasible. Después de constatar esa determinación, que
no deja lugar a dudas, clara como una renuncia que se expone públicamente,
es preciso preguntarse por los intereses de un intelectual que atraviesa
los años estelares del siglo veinte venezolano apostado en una posición
desde la que el panorama de un proceso podía verse con la nitidez que
da el privilegio de la distancia. Algo se ha dicho en relación con la
manifiesta apatía de los hombres de ideas, escritores y sociólogos, por
el petróleo, especialmente en los años en que el tema deja de ser un puro
motivo para convertirse en una presencia definitoria, perturbadora, de
un presente huidizo. Esos años coinciden con la insistencia de un enfoque
anacrónico, por un lado, y con la ineficacia de un esquema mental, que
ya no es una vanguardia intelectual, por otro. Criollismo y positivismo
conviven así como puras fórmulas, encarados con problemas que habían dejado
de ser reales desde el momento mismo en que el esquema de poder se trastoca
desde arriba: desde el Estado, que en Venezuela ha sido el generador e
impositor de proyectos en una sociedad que desde su nacimiento declinó
sus prerrogativas naturales en beneficio de la vida de la República.
Sin embargo, aun cuando pueda decirse que Picón Salas incurre en esta
apatía, el suyo no es propiamente un descuido, ni tampoco el desliz de
un hombre poco atento. SI una generación entera no encuentra la fisura
para entrarle a la novedad o simplemente se abandona a la creencia de
que hay otros intereses más estables, más dignos de la indagación que
supone la grave tarea de descubrir la patria, otros optan por recelar
de lo que luce abordable y abandonan la posible presa a la espera de un
mejor tiempo. Ese tiempo, para Picón Salas, sobreviene con la fuerza del
ruido que más que anunciar unos cambios expresa una actitud en la que
el escritor que toma distancia sólo ve la emergencia de lo advenedizo,
la legitimación del bárbaro igualitarismo. País de conspiraciones
cuarteleras, llamará a Venezuela en momentos en que la riqueza fiscal
no parece garantizar otra cosa que no sea el éxito de las ambiciones más
ordinarias. Esa frase sella su segundo exilio y condiciona definitivamente
toda su reflexión en torno a la cultura venezolana que se erige a partir
de los determinantes económicos del petróleo. De alguna manera esta disposición
un tanto resentida, de quien se duele de un orden alterado, incidirá en
esa dramática simplificación que a ratos agobia las escasas líneas en
las que se tropieza con esa suerte de intruso. Economía diabólica
sentencia en una frase que parece tan sólo destinada a conjurar el tremendo
desorden que aquel catalizador instaura en un medio de poca complejidad
y por lo tanto susceptible de una máxima reorientación. Que nuestro ensayista
más dedicado, el indagador por excelencia de la naturaleza de nuestros
procesos socioculturales, soslaye un condicionante de la más viva contemporaneidad
sólo prueba que la necesidad de establecer los cimientos de la venezolaneidad
en una generación de la que el propio autor es el acabado remate
está aferrada a valores antes que a actitudes. La patria, para ellos,
es una suerte de legado, una heredad que debe atesorarse y defenderse
por medio de la laboriosa tarea de fijar su genealogía, fundamentar sus
momentos representativos; después de todo, en ellos el concepto de nacionalidad
está revestido de esas convicciones que lo identifican con blasones de
familia, herencia de los mayores, cultura local. No resulta sorpresivo,
entonces, que quien se atreva a poner en tela de juicio la estabilidad
de estos puntos de partida se convierta en el objeto de persistentes enconos.
Contra Vallenilla Lanz, sociólogo positivista que apela a los rigurosos
métodos de organización marxista, descargan estos vindicadores su artillería
argumental.
2
Constatar la ausencia de una
reflexión directa (frente a la presencia cierta de un interés nervioso,
permanente) sobre el fenómeno del petróleo, en la obra de Picón Salas,
es de alguna manera darse de frente con la situación de un humanista para
quien la cultura es el haber de los hombres en reposo, apreciación de
ascendencia renacentista que encuentra en el Iluminismo y su exégesis
de los sentidos su acabada justificación. Para él, el arte más que la
visión del artista es la respuesta del hombre que ha tenido tiempo de
reparar en su entorno, en los sucesos de su tiempo, es el observador que
filtra su mirada en las fisuras. Cuando se pasea por la novela realista
del siglo XIX busca sin afán de sociólogo aquello que le muestre la obra
de unos hombres prevenidos, la evolución de unos sentimientos que hayan
superado el caos de lo emocional; así, cuando se refiere a Madame Bovary
señalará con anticipación su alma presa de la novelería, de lo frágil,
de lo aéreo, pero no por ello inorgánico. La fuerza que impulsa a Emma
a romper con la mediocridad de la rutina de los días provincianos es la
misma que prepara el escenario en el que sobrevive el hombre atomizado
de las urbes industriales del siglo XX, la novelería sería así un movilizador
digno de atención. Esa observación, típica del ensayista, nos está mostrando
su afecto por la cultura como sistema que anuda secretamente con la memoria,
con lo colectivo social, con los condicionamientos locales del individuo
y que rechaza las imposiciones presentistas de las masas. Conocidas son
sus posiciones y juicios reactivos sobre la cultura de masas; igualmente,
verá en la fuerza improvisadora de la cultura material que adviene con
el petróleo una circunstancia al margen del verdadero flujo y reflujo
que encauza al país desde sus orígenes en el siglo XVI.
Sin embargo, esas líneas a veces lacónicas y sentenciosas, otras dolidas
y proféticas, cruzan buena parte de su obra mostrando el esfuerzo de un
pensamiento eficaz, intuitivo, donde la puntualización se nutre y se ampara
en la amplitud de la información, pero sobre todo en una clara interpretación
de la noción de civilización. No faltan en ellas los señalamientos solidarios
sobre los obreros exigidos al máximo y la discriminación de los portadores
de la american way of life, así como las aguadas indicaciones respecto
a los reacomodos los nuevos ricos filisteos, la aristocracia fundada
en usos, la clase media emergente, tampoco el humor cargado de ironía
como sola conclusión.
3
Los rasgos de negatividad que le asigna al petróleo se magnifican en
tanto que el espacio donde ejerce su acción corresponde a una tríada que
orienta la vida pública: pueblo, tradición y Estado. El pueblo, nostalgia
de la democracia liberal, resulta un blanco fácil, cede con facilidad
y hasta con entusiasmo a la promesa de un orden impreciso pero estimulante;
a la autoridad, cuyos orígenes se pierden en el rebenque señero de los
primeros jefes de la República, la muchedumbre opone la libertad de quienes
pueden intercambiar trabajo por la mágica abstracción llamada dinero.
Para disfrutar de ese pasaporte, el mundo irá apareciendo con el cambio
mismo de costumbres.
Para Picón Salas no hay sino la sola entrada a saco; el deterioro de
un carácter y el relajamiento moral de la población instalan la amenaza
de la disolución de aquello que ha prevalecido como firme sedimento de
la gens tras los procesos de formación de lo que pueda ser la nacionalidad.
(El hombre venezolano que hasta entonces había sido previsor y modesto
se contagió de la megalomanía...) Reconvenciones de este tono se
multiplican a lo largo de páginas en las que alienta un reclamo que ha
ido asentándose. La gradación de ese catálogo de reclamos llega hasta
el disgusto por aquellas actitudes de unos hombres embobecidos ante las
maneras industriales y las habilidades de los petroleros.
Ese asombro se expresa en alabanza y rápidamente incuba el servilismo,
en la raíz de todo parece estar esa novelería que tanto detestaba.
Seguros de que este concepto tiene un largo alcance en sus convicciones,
recordemos el párrafo final de su ensayo Tratado de la novelería:
Y habría preguntado, el buido autor de Madame Bovary, si
ciertas formas y presiones de la sociedad contemporánea, ciertos slogans
de la publicidad, el comercio y la política no han emprendido la horrible
aventura de despersonalizarnos y hacernos colectivamente más tontos.
[1]
No deja de resultar desconcertante
que el perspicaz observador de la vida doméstica nacional no repare en
que buena parte de esos vicios que se muestran con el aluvión de una economía
súbitamente trastornada, siempre habían estado allí, encarnados en los
prohombres, que no eran sino la consecuencia de décadas de ejercicio de
poder carismático, de la organización gamonal de los poderes públicos.
El dinero fácil compraba los hombres o los hundía en el carnaval
de favores, humillaciones o indagaciones (b). Por supuesto, antes
del petróleo, esas prácticas instaladas en los negocios públicos aparecían
como conductas privadas, no permeaban las relaciones inmediatas del pueblo,
pero sí lo educaban en una tensa expectativa: las maneras del Estado serían
sus maneras. ¿No es hoy el más gravísimo problema de reeducación que debe
enfrentar la sociedad venezolana? Con el rompimiento de unas barreras
adviene lo esperado, la uniformidad de las maneras, las masas y su recelo
ceden a lo populachero, se integran a ese nuevo tiempo del siglo XX que
comienza en 1936. Esas gentes que ni siquiera se habían
capacitado para ser ricos van a buscar su modelo de civilidad en
la administración pública, en los funcionarios que desbordan en
el uso y abuso el precario escenario de la civilidad. Lo que hacen
los Joseíto Uberth o aquel Barco que el propio Picón Salas forja en Regreso
de tres mundos, ¿no era lo mismo que desde un país baldío venían haciendo
los jefes civiles y sus mujiquitas desde el primer día de la República?
Detentadores de un podercito alienado que muy tempranamente deja de ser
el fruto florido de la barbarie para fluir, totalmente configurado, del
escritorio de los letrados y doctores, como queda probado en el inteligente
ensayo de Augusto Mijares, El libro de Mujiquita, en el que
Santos Luzardo, recriminador de mujiquitas amanuenses, es descubierto
como hijo de ductores de Ño Pernaletes.
Para mostrar sus preocupaciones por la tradición conmovida, habría que
ir a buscar en su definición de venezolanidad buena parte de los haberes
de esa tradición. En primer lugar, para él la tradición existe como una
determinación, lo venezolano corresponde a un perfil sustentado en la
suma de unos atributos intransferibles, una herencia dada en la que la
historia de un proceso define el país y le otorga una identidad. De tal
manera que existe un haber local, doméstico, que remite a unos padres
y a unos sucesos tutelares. Esa venezolanidad no está descolgada, se inserta
en una cultura histórica que evoluciona desde el hábitat. Con frecuencia
contrapone al nuevo orden aquella tradición que convoca como recuerdo
visual, maneras y paisajes como antídoto para el pesimismo; la nostalgia
pesarosa se abre paso, y sin asomo de duda denuncia el mal gusto del complicado
y costosísimo merengue, revestido de chocolate, fresa y sapote, de la
Basílica de la Chiquinquirá(c). La ciudad apacible es un grato recuerdo,
ella todavía era capaz de retener el sentido de la vida ciudadana liberado
de abstracciones y del vértigo de las metrópolis. En ese Maracaibo
anterior al petróleo que yo alcancé a conocer de muchacho, el de las grandes
casas con azoteas, un poco morisco, de aljibes en los patios para recoger
la escasa agua de lluvias... (d) Pero ya aquí la ciudad para él
ha cedido su alma, rediseñada para el caos y la eficiencia de las premuras;
en ella deambulan los hombres atrapados por el desencanto, los expulsados
por la maquinaria o los amargados que nunca fueron llamados, los ciudadanos
truncados, las nuevas generaciones sin sentido de adscripción. Son ya
los habitantes depauperados, para los que no queda sino la caña
mala y el berrito, que daban a los hospitales una alta
cuota de desnutridos, tuberculosos o cirrósicos (c). Es la ciudad
como espacio de crisis de lo nacional. Por lo demás, es la misma que,
premonitoria, aparece en los duros años iniciales de su estadía chilena:
Santiago y Valparaíso son como el asfixiante encierro que maltrata la
sensibilidad de un joven montañés.
Como buen analista de la cultura,
la teoría del cambio no le era extraña, su nostalgia por las maneras perdidas
se hace atenta cautela ante las normas caducas. Es así como la observación
más aguda que se le haya hecho a Vallenilla Lanz, un verdadero maestro
argumentista, la saca Picón Salas de su concepción de lo social como conflicto,
es decir, como organismo que busca un orden ideal. A la fe vallenillana
en las instituciones naturales opone la acción permanente
del cambio, la búsqueda de un equilibrio en la que la ideología
de los ideólogos sí es importante; de esta manera, entre otras
cosas, se libera la comprensión de la democracia de cierto reduccionismo
étnico o racial. Venezuela es democracia para Vallenilla porque
algunos hombres de color o de humilde origen se convirtieron, merced a
las guerras civiles del siglo XIX, en clase dirigente (b). La continuidad
de la cultura colonial y el traspaso del estatuto social sustentados por
Vallenilla para explicar, por ejemplo, la condición de guerra civil del
movimiento emancipador, lo inducen a afirmar la existencia de Venezuela
como una sociedad suprahistórica en lo mediato, incondicionada en su dinámica
más raigal, refractaria a las constituciones de papel. Para
él Venezuela ya es y no comprende y no quiere comprender que Venezuela
deviene (b). La sutil paradoja aparece cuando Picón Salas
se hace reo de ese mismo cargo. La misma objección es preciso hacerla
a su estatismo que quiere resguardar los valores de una cultura entendidos
como heredad definitiva y positivamente sancionada. Para él ese devenir
parece cesar cuando surge un elemento confrontador y condicionador
que se sitúa fuera de la propia tradición histórica. Y así, para él, toda
cultura parece ser de origen nacional. La dinámica del petróleo parece
estar proscrita de una ronda en la que lo extraño es definitivamente ajeno,
y tal cosa no es tanto una manera de xenofobia como de desconfianza por
lo artificial, la prevención ante la novelería. Es claro que
le angustia el destino de esa cultura nacional, al extremo de estar
dispuesto a sacrificar parte de la bonanza en aras de esa imprecisa venezolanidad.
(Y contra la misma prosperidad debemos insistir en la dura tarea
de ser venezolanos.)
Si la Guerra Federal supone un caos, una mixtura sin final feliz, el
ruido del petróleo es un escándalo que introduce la movilidad más sospechosa.
Ya no hay cambios en el sentido transformacional, sólo transplantes y
sustitución. Al comparar la explotación petrolera con la conquista
¡y no se parecía a una nueva conquista la que ahora empezaba, dislocando
nuestra vida sedentaria con gentes invasoras que hablan inglés y conducen
extrañas máquinas? (e), y establecer la igualdad de condición,
que remite a una edad pura, ubica su perspectiva de búsqueda y vindicación
de un carácter nacional en un criterio teleológico. Obviamente, toda esa
escalada de modificaciones que trastorna el panorama de un país relativamente
cerrado a los intercambios, casi usuales en otras repúblicas sudamericanas,
provoca una reacción de rechazo en quienes, como Picón Salas, han visto
transcurrir la vida social y política desde un atisbadero que permite
las previsiones y en algunos casos las predicciones. Ve cómo un cierto
perfil de esa venezolanidad, más deseada que hallada, está a punto de
sucumbir en manos de la propia gente, intuye un tremendo impacto en unas
estructuras desprevenidas. En los primeros escarceos nota la desbandada:
la erosión de un ingenio y una espiritualidad que es tomada por asalto
mediante la entronización del mal gusto. Sectores enteros de la sociedad,
sorprendidos por esa riqueza miliunanochesca, son empujados
a gastar fortunas para las que ni siquiera hay un proyecto personal. Igualmente,
las aspiraciones se truecan en ambiciones que desembocan en el vacío de
la codicia. A los veinte años los muchachos quieren ser ricos, miembros
de los clubes plutocráticos, irresistibles dominadores de la sociedad...(c).
Su escepticismo lo hace preguntarse por el destino latinoamericano, al
que ve en aprietos ante la disyuntiva de retener sus valores raigales
o decidir tomar el más expedito camino del progreso. Lo aterra la posibilidad
de un mundo uniformado por la tecnocracia, y que quizás sea éste el más
categórico aporte de esa formidable actitud suya de recelo ante el progreso
como dimensión puramente material: se trata de la característica respuesta
intelectual de un pensamiento crítico, que se hace disidente en el momento
en que una oleada de indiferencia hace presa de Occidente, en que el desarrollo
engendra un poder vacío que ya no se interroga en torno a su destino.
Ese orden" emocional en el que la simpática corazonada
sustituye el cálculo cartesiano es visto con afecto por el escritor, por
el hombre que ha habitado la soledad de un continente, que lo ha recorrido
en un exilio a veces densamente espiritual. Interroga el futuro inmediato,
como una sibila rendida que presiente que hay un derrotero marcado: ¿o
habitaremos, más bien, en un aséptico y reglamentado mundo tecnócrata
donde lo colectivo y abstracto predomina sobre lo personal e individualizado?
(f). En un texto singular, Teoría de las sinfonolas, donde
expone su opinión de los juke boxes, de las rockolas, se muestra
de cuerpo entero; las llama máquinas del hombre frustrado,
hechas para hacer rentable la fatiga. Si en las pianolas descubre un grado
de cursilería espiritual, en las rockolas verá un matonismo
arrogante y belicoso. Desliza apreciaciones en tropel sobre la cultura
de masas, en general irónicas y no exentas de agudeza, como cuando señala
la necesidad de la industria de hacer obsoleto lo que acaba de lanzar
al mercado, o cuando enumera inventos inútiles.
Quizás la suprema amargura,
el desencanto por excelencia, aparece cuando encara la situación de la
institución bajo cuya acción recae la responsabilidad inmediata de encauzar
la riqueza petrolera. Si en el pasado ha buscado el camino,
evitando un Estado bárbaro que como agua estancada todo lo inficiona,
en el presente de las nuevas y grandes tareas encuentra que el poder en
Venezuela sigue determinándose a partir de la fuerza de los jefes improvisados.
La prolongación del gomecismo la atribuye al oxígeno que le suministra
la renta fiscal, que en esos años finales se eleva sensiblemente. El fortalecimiento
del poder arbitrario en medio de una prosperidad que aumentaba la discrecionalidad
del Estado retrasa el desarrollo civil y simplifica las perspectivas de
crecimiento; no lo escribe pero lo dice, que esa riqueza de contabilidad
retardó la modernidad. Aquí coincide plenamente con Briceño Iragorry cuando
éste juzga el estado de la cultura por la condición del Estado, uno sirve
de índice para medir la otra. Curiosamente, en un conato de polémica con
el propio Briceño Iragorry, éste le reprochará su exaltación desmedida
de la generación positivista a la que le atribuye un saldo favorable en
su acción intelectual y artística, y Briceño un balance negativo desde
el punto de vista cívico y educativo. Picón Salas, para quien la cultura
es la expresión del desarrollo espiritual de un pueblo, enaltece la gestión
actualizadora de aquella vanguardia intelectual, y en su consideración
pesa más esto que las justificaciones, en algún caso teóricas, del Estado
arbitrario. Briceño Iragorry no se permite concesiones, de alguna manera
para él la cultura es como una cruzada moral, de allí su sobredeterminación
de la educación. En este punto, es interesante contrastar los dos alegatos
en relación al trastorno del petróleo: en uno la crítica se reviste de
señalamientos concretos (la pequeña tradición, el fin de la pulpería,
la irrupción de los cómics) y una clara beligerancia jurídica y
política; en otro, los juicios solemnes y las indicaciones admonitorias
dominan una posición en la que el asunto no termina de ser totalmente
nacional.
De esta visión de un Estado
advenedizo e inculto extrae Picón Salas una conclusión certera respecto
al destino del petróleo. Hasta ahora ella luce solitaria e indiscutible,
ningún plan la ha refutado, nada de la bizantina política de estos tiempos
la ha desmentido. Esa tremenda intuición que alienta en multitud de líneas
perdidas, en su implícito desdén por el tema se resume así: la sociedad
venezolana carece de proyecto para la riqueza petrolera. Él personalmente
lo probará en los primeros años de su regreso del exilio, se da cuenta
que todo está en el aire, que el pueblo es una muchedumbre atrapada en
su desconcierto. Constata que los hombres no están preparados para conducir
las novedades que advengan. Debió darse cuenta con horror que en casi
150 años de vida republicana no se habían formado las instituciones que
garantizaran la eficacia necesaria al momento de enfrentar la construcción
de un país al margen de los intereses de los compadres. Su profundo recelo
de los efectos de la prosperidad en una sociedad no organizada lo incita
a concebir espacios donde al menos sea posible representar la sociedad;
así, la reflexión debe imponerse sobre la acción, completar lo civilizatorio
antes que ensalzar la vida pública, que por lo demás está reducida a la
política que gira en torno a la administración. Como respuesta a la fragilidad
que adivina en la sociedad indefensa frente a la capacidad de conmoción
del Estado rico, organiza, desde la discrecionalidad burocrática que se
le permite, aquello que aspira a lo permanente: el Pedagógico Nacional,
la Revista Nacional de Cultura, la Facultad de Filosofía y Letras.
Son los órganos liberales del siglo XIX, constituidos a su tiempo en otros
países de América. Si hay un Gabaldón que en un una empresa característica
del saneamiento petrolero acomete la expulsión del paludismo, quien piensa
en la educación y el arte desde la posibilidad miliunanochesca
está pendiente de las incompletitudes, le acosa más el ser que
el hacer frente a unas circunstancias en las que las ejecutorias
materiales están libradas al arbitrio de lo supranacional. Otro hallazgo
se desprende de su desconfianza obsesiva en esa relación Estado filisteo-sociedad
sin proyecto. El hombre que hace sus mejores halagos a la saludable remoción
que instala la técnica, el lector complacido de las revistas de economía
en las que se da cuenta de la eficacia de las máquinas, pasa de la euforia
de la moderación cuando intenta dilucidar la estrategia de la educación.
Si se entusiasma con la pulcritud de las escuelas norteamericanas, igualmente
descree de la parafernalia: la educación no es un hecho físico. Ciertamente,
no lo oímos, hoy se pretende exorcizar el caos del sistema escolar a través
de la inversión, que sólo es una palabra vacía. De todos modos, oigámoslo:
Pero el enigma de una cuestión como la educativa es que actuando
sobre elementos mucho más diversificados y complejos, está más allá de
la técnica, o la técnica es en ella solamente un procedimiento y de ninguna
manera un fin exclusivo (g). Técnica, inversión, salarios, corresponden
a los componentes de una típica gestión desarrollista.
No creamos, sin embargo, que su declarada aversión por la ruidosa avanzada
de la cultura de masas la disminuía para mirar con provecho al fondo de
las novedades que se hacen espacio en un país que no acaba de romper con
el más rancio caudillaje. Sabe que los gobernantes deben ser auxiliados,
pero detesta demasiado el olor de las poltronas enmohecidas desde donde
con manos más sarmentosas que férreas se ha dirigido el país. Al menos
suficiente coherencia hay en esta conducta de alguien que ha optado por
evitar las dictaduras estúpidas, que ha marchado a construirse
lejos de la patria, en la angustia de las penurias, que ha cortado con
su generación, pero que sobre todo ha cortado con las tentaciones de las
lisonjas. En los no menos duros años en que le toca enfrentar la recriminación
de los que se quedaron, de quienes le exigían más acción,
se encierra en la suficiencia de su mundo andado, se atrinchera en su
sólido prestigio de autor latinoamericano. Y es de esos años una confesión
pública, en la que se juzga a sí mismo casi con humildad, con no poco
desencanto. Pretendí pedir a mi trabajo intelectual mucho más que
un artificio: una norma para ser más avisado, más tolerante y más libre
(e). Aquellos que le hacen reparos en su época, digamos, de sosiego (permítasenos
la comparación con los cargos que se les ha hecho a los intelectuales
de la República de Weimar: haber dado la espalda a los negocios de la
política, no haber interactuado con los intereses del pueblo y haberlo
entregado en manos de los demagogos) han debido reparar en el alcance
de esta confesión en la que nada se procura justificar y, por el contrario,
se nos muestra un hombre que aspira sólo a ser juzgado en sus límites.
Se olvida, también, que el filisteísmo es el principal caldo de cultivo
de la demagogia, hasta hoy altamente apreciado por quienes han procurado
y detentado el poder en Venezuela. Pues bien, si muchos maestros dignos
ha habido que han trabajado por la civilidad y el alfabetismo, Picón Salas
combatió el filisteísmo desde sus convicciones y con hechos concretos,
pues nada protege más a un pueblo de los embaucadores, más allá de la
salud pública y el alfabetismo, que el sentido de las maneras espirituales
y el buen gusto.
En 1948 escribe en Comprensión
de Venezuela lo que es hasta hoy el juicio más denso, mortal por lo
que en él hay de serenidad, sobre el drama que se aproxima. Sabe que no
hay hombres nuevos, que no existen grandes ambiciones en una colectividad
que es espectadora pasiva. Lo peor que podría ocurrirle a Venezuela
es que al amparo de un presupuesto próvido como el que la riqueza petrolera
vuelca sobre el Estado nos trocásemos en un país de burócratas y parásitos;
en una inmensa oficina de pensiones que comenzando en el Distrito Federal,
se ramificase por todo el territorio, de hombres que escriben sobre papel
oficial y cobran el día quince... (g). Esto ocurrió con la puntualidad
con que está escrito. Ningún otro intelectual venezolano desde la posición
tácita de recelo de la abundancia y aun de la cultura de masas, fue capaz
de adelantar un pronóstico como éste. Abundan los criterios de naturaleza
económica y sociológica, desde la cruzada legal de Gumersindo Torres hasta
las preocupaciones por el derroche de Uslar Pietri sembrar
el petróleo significa ser previsor hacendoso. Pero nadie estaba
viendo en una fecha que ya ni siquiera era temprana, cuando
todos se ocupaban, en el mejor de los casos, del modelo administrativo,
cuál sería el venezolano de cincuenta años después. Solo aquella mirada
atisbaba en magnífico alarde de comprensión de procesos anteriores,
pesimista, el futuro que aguardaba. Su angustia se alimenta de los testimonios
del pasado: los proyectos han sido los planes de un hombre y sus compadres;
si el endeble poder de unos gobernantes en un país despoblado ha carecido
de proyecto, menos lo tendrá una riqueza para la que no hay más imaginación
que las partidas firmadas por los ministros y que crean la ilusión de
una sociedad demandante. La distancia, siempre saludable, le permite ver
desde afuera lo que otros han podido intuir desde adentro. Su conocimiento
del proceso chileno le previene contra los simplismos y eventualmente
ha podido ayudarle a terminar de convencerse de que, avanzado el siglo
XX, Venezuela es una de las repúblicas más inciviles de América Latina.
4
Quizás su rechazo de las masas esté íntimamente vinculado a su definición
de cultura. No la concibe como un espacio en conflicto como comprende
claramente que sí lo es la historia donde unas fuerzas, incluso
patológicas, estén configurando las formas públicas (arte, ciencia, comportamiento);
por el contrario, refuerza su condición de acción de acción consensual.
De haber enriquecido su punto de vista con algunos elementos próximos
a la antropología, hubiera disentido menos de los movimientos contraculturales
que aparecen a finales de los años cincuenta, en los que sólo percibe
ruido y desfachatez.
La reaparición de las conspiraciones
cuarteleras no hace sino confirmar sus temores, que ven galvanizado
el autoritarismo y disuelta la cultura que pudiera garantizar la continuidad
de lo nacional que se refugia latente en una manera de ser
venezolano, resguardada, hasta ahora, en cierto saludable conservadurismo
que encarna en ese mirar con prudencia las maneras que engendra la nueva
economía. Pero quizás el más grave cargo que hace Picón Salas a la cultura
del petróleo no esté referido ni a la amenaza del relajamiento ni al impacto
en las formas inmediatas. Un viejo tema aparece solapado, implícito en
su extendida reflexión sobre lo nacional. Lo encara cuando escribe sobre
la Independencia, cuando recrea el orden Colonial, y de manera directa,
casi amarga, cuando toca el largo episodio donde, a su juicio, el igualitarismo
adquiere carta de nacionalidad. En su barbarie, en el encuentro
del ímpetu rural e igualitario que venía de las grandes llanuras, con
la demagogia urbana, la Federación entre muchos desastres
sirve para fundir y emulsionar definitivamente las clases sociales
(h). Para él la Guerra Federal es un tosco golpe de Estado contra la sociedad,
suprime definitivamente la mejor herencia de la cultura colonial y de
alguna manera la continuidad del país histórico. Si Briceño Iragorry remite
el hilo de esa continuidad a los padres peninsulares, en este caso se
reafirma una heredad de primera generación, que políticamente ha empezado
con la República. De allí que entienda lo popular como formación y no
como traspaso, lo nacional como una saga local; somos, en ese sentido,
una comunidad que ha generado sus propias jerarquías. Si en el primer
caso ese origen tutelar nos igualaba, en éste las aptitudes nos diferencian,
si bien es cierto que las maneras ya no son un accidente aristocrático:
el esfuerzo personal y la educación dan derecho a otros destinos que no
sean aquellos del país poblado por el peonaje y su indulgencia secular.
Las diferencias así fundadas se hacen, en virtud del amor propio del
self-made-man, más raigales, ellas son la expresión del Liberalismo
más franco, y nada hay que engendre más desacuerdo en quienes se hacen
por sí mismos que la demagogia igualitarista. Pero si en la sociedad de
castas mantuana surge ese tuteo criollo, un poco brusco y francote,
si en la Guerra Federal una de las consignas era pasar a cuchillo a todo
el que fuera blanco y supiera leer, en los días en que las ciudades venezolanas
se ven inundadas por aquellas multitudes impávidas que ni siquiera saben
lo que quieren, ya nadie tiene nombre. La nivelación por el rasero más
bajo, punto neurálgico del programa igualitarista, crea la ilusión de
la participación; pero esta ilusión, en el pasado, se atemperaba con la
certeza de que aquello que fueran los privilegios habían sido arrebatados
en una acción de fuerza, y así digamos que un oscuro orgullo se engendraba
a partir de aquel discutible valor. Nada hay que deteste más Picón Salas
en la avalancha petrolera que ese sentido de intromisión que el dinero
otorga a unas masas liberadas sólo del escozor que causa la presencia
del amo, y que sin embargo ahora se presentan como en una feria, guiándose
por el ruido de la música de victrola. Primero sonríen cautelosas, después
ya se demoran en grupos sin impaciencia y luego derivan con facilidad
hacia la desfachatez. Este es el origen de los nuevos sectores, los que
ya pueden prescindir de las maneras y de la educación, los que estallarán,
quizás, en raptos de violencia cuando se desvanezca la ilusión de la participación,
los que como adquisición sólo pueden esgrimir la impunidad del dinero.
Gentes que ni siquiera se habían capacitado para ser ricos...
Capacitarse para ser ricos es, en la apreciación sensata de un humanismo
liberal, educarse, aquilatar la sensibilidad y hacerse de un proyecto
personal que vaya más allá de una bodega próspera. Es desplazar el
empirismo, la violencia, la eterna sorpresa y la aventura criolla
para invocar la inteligencia que planea. El petróleo es, pues,
para Picón Salas, agente del igualitarismo, en él distingue su efecto
más drástico y perdurable, y como no tiene sino una carga negativa, ésta
condicionará, como consecuencia, toda la acción de aquél. Tal vez sea
Augusto Mijares quien más densamente ha visto los efectos de la tendencia
igualitaria en el proceso venezolano. En un brevísimo texto que titula
Respeto refiere la anécdota del soldado que con total desparpajo
entra al salón donde Bolívar y Morillo conversan y desfachatadamente se
lava las manos dándoles la espalda. La falta de respeto puede convertirse
en una falta de entusiasmo por todo..., dice en una precisión concluyente.
¿Pero hemos reparado realmente en cuál ha sido el precio pagado por ese
igualitarismo que escandaliza a unos intelectuales convencidos de que
la patria no la edifican ni facciones ni demagogos? Nuevamente Augusto
Mijares viene en nuestro auxilio, sólo para corroborar la tremenda eficacia
del proyecto menos debatido de la sociedad venezolana. Así se vio
la paradójica antítesis de que mientras se hundía verticalmente nuestra
democracia política, se afirmaba más y más nuestra democracia social;
cuándo ya no teníamos nada de libertad, teníamos igualdad...
(¿Cuál es el gran haber del igualitarismo social? Frente al abismo creciente
entre pobres y ricos, en el que la aristocracia del dinero se impone concluyente
y filistea, sólo nos queda como sombrío dividendo la vulgaridad, el mal
gusto, y el irrespeto por el cultivo personal y las buenas maneras, que
es de lo que se jacta el recluta al que alude Augusto Mijares). Se rechazan,
y se temen, aquellos levantamientos que disuelven un fermento al que periódicamente
apela la patria para rehacerse: la guerra con sus pasiones desbordadas,
sus odios frenéticos, los extravíos del poder personalista. El largo azar
que va desde los días de la Independencia hasta la paz fúnebre del gomecismo,
aparece ante los ojos de quienes enfatizan el sentido de la venezolanidad
como una trágica imposibilidad, como extravíos de familia, corresponde
al ciclo oscuro de una civilidad que no termina de nacer. Diríamos que
casi se acepta como el discurrir aunque ciertamente no ideal
de un destino interior, como la actividad normal de unas fuerzas que están
buscando el camino, el torcido camino. Sentimientos extremos
cruzan la perspectiva de este escenario, desde la franca ojeriza del mismo
Picón Salas por Zamora y su exculpación, casi frontal, de Castro por el
crimen de Antonio Paredes, hasta los elogios
canónicos que González Guinán dispensa a Guzmán Blanco. Pero cuando entra
en escena un condicionador extraño, que no está en el proteísmo de la
propia historia, y que obliga a tomar posición frente a sí mismo, a un
reexamen, entonces parece irse sin pausa a una suerte de reconciliación
familiar. (Resulta sintomático que en estos tiempos asistamos a una forma
de rehabilitación del gomecismo, en la que el principal argumento parece
ser la imagen de lo patrimonial en relación a la estabilidad de la noción
de patria que ella sustentaría. Rehabilitación que pareciera coincidir
con la disolución final de una identidad de símbolos que se fueron vaciando
lentamente: lo petrolero como presencia pero sin características, como
vacuidad, originaría esta reacción nostálgica.) Lo nacional aparece entonces
como el espacio puro, en el que unos ritos de formación y de salvación
se han cumplido. Ante la ausencia de comprensión las definiciones copan
la escena: la planta insolente del extranjero, excremento
del diablo. Hasta hace muy poco el más sereno pensamiento de la
disidencia marxista veía en un factor externo como el imperialismo toda
la causa de los males del continente; esa aglutinación informe, esos juicios
sumarísimos, han impedido pensar a cabalidad el incierto pero rico núcleo
cultural del continente. Cuán diferente el tono y la sutil indagación
de Bolívar que hasta cuando parece exaltarse conserva las prevenciones:
Los Estado Unidos parecen destinados por la Providencia...
Sus pronósticos de la sociedad naciente se empinan sobre lo aldeano y
juzgan la naturaleza más que las maneras.
El advenimiento de unas muchedumbres autorizadas por una economía aérea,
en la que ya son claros los rasgos de improvisación, en la que todo es
brusca asunción e imposición, previenen al ensayista contra la justicia
que promete una igualdad ruidosa, que sacrifica los mejores e instaura
el calculado mito de la felicidad por el confort. Es la llamada
hora cadillac que desplaza unas virtudes individuales por
unas habilidades de facción que encarnan en los nuevos ricos, aquellos
que comenzaron como advisers, políticos que toda compañía
americana paga para entenderse con la mañosa gente criolla, y concluyen
en la progenie, propuesta como modelo, de quienes hacen del modo consumista
toda su patria. Pero mal haríamos si viéramos en Picón Salas sólo una
posición moral. Esa civilización que contiene, junto a muchas cosas
útiles, una serie de objetos estúpidos y embrutecedores, está siendo
evaluada por alguien cuyo atisbadero crítico es fundamentalmente de naturaleza
intelectual. Si pudiera haber fundamentos conservadores, y ciertamente
los hay, en su actitud hacia una modernidad material, lo determinante
es que la suya no es una diatriba parroquial. Cuando objeta (en un artículo
publicado en mayo de 1952 en El Nacional) la creencia uslariana
en el poder nivelador del progreso, está descreyendo de ese enunciado
redentorista que hace de la alianza tecnología-democracia el fin de la
mala conciencia. Nunca insistiremos lo suficiente en el hecho capital
de ser Picón Salas el venezolano que en el siglo XX con mejor solvencia
observa los procesos continentales. Vio con claridad, por ejemplo, el
alcance de la relación entre la cultura de masas y lo que entendía por
imperialismo, concepto que actualizado desde su perspectiva
podríamos definir hoy como totalitarismo cultural. Cuando
la civilización se alía con el imperialismo no es necesariamente filantrópica,
dice en una comprensión certera de la cultura material. Cita el ejemplo
del imperialismo romano instalándose en el centro de la herencia helénica,
incapaz de dar continuidad a lo mejor de aquella compleja visión del fenómeno
humano.
Unificación y uniformidad, en la dirección que se mire, significan esquematismo
y empobrecimiento en aras del fortalecimiento de un control. Y el
viejo ejemplo de Roma acaso es saludable advertencia para quienes, contra
la varia y hermosa pluralidad de las culturas, auspician una civilización
igual y regimentada, que en los pueblos débiles desquicia costumbres y
formas propias, sin sustituirlas por mejores y sin más feliz concordia
humana (i). Tal es la conclusión de alguien que no ve en el progreso
sólo la fuerza dinámica del saber científico aplicado a las riquezas naturales,
que antepone la libertad a la igualdad, de quien recela de los planetarismos
sin fórmula, sean económicos o ideológicos o simplemente culturales.
5
Como en la alegoría árabe que
Borges recrea (en Historia de los dos que soñaron), viajar es una
forma de destierro en la que puede estar la fortuna. Para Picón Salas
irse del país no significó nunca darle la espalda, sus destierros fueron
útiles para todos; al evitar las tiranías estúpidas no sólo
se preservaba, sino que retenía la posibilidad de contrastar los cambios
desde la posición de quien ha aquilatado los progresos y procesos de los
vecinos latinoamericanos. Muchas de las novedades que se implantan casi
con naturalidad en el corto espacio de veinte años no podían ser vistas
en su justo dramatismo desde la observación diaria, el peso mismo de la
disensión y el conflicto que suponía (como en el caso de Briceño Iragorry)
podía enmascarar la verdadera naturaleza de ese devenir. El
juicio moral teñía, sin duda, una sentimentalidad en la que los actores
podían esquematizarse excesivamente. Todas esas prevenciones frente a
la globalización y los mass media que son, sin duda, momentos estelares
de un pensamiento que busca situarse, ponerse al día, nacen de la misma
distancia que le ha permitido superar cierta autarquía del análisis de
lo nacional que es evidente en otros autores. Oscar Rodríguez Ortiz que
no por casualidad ha dado un orden esclarecedor al proceso del ensayo
venezolano dice que el humanismo clásico salva a Picón Salas de
los juicios apocalípticos [2] en los años finales cuando le
toca confrontarse con la escalada contracultural. Esa formación, en la
que reluce su idealismo individualista señalado como cargo, lo sustrae
de las posiciones filisteas en las que incurren sus detractores, para
quienes el pueblo ha llegado a ser una escueta herida y lo nacional sólo
frivolidades de mantuanos. El notable alcance de sus juicios, las tendencias
que percibe, las nuevas maneras que encarnarán como moral social, no hubieran
sido posibles desde la pura confrontación de los incestuosos procesos
republicanos, de los cronicones de la guerra de Independencia, desde el
solo análisis constitucional. Detrás se percibe al lector de Gibbon y
Harold Lamb, la observación a tiempo que cuestiona el darwinismo social,
de cuya influencia no siempre escapa. Es desde esta obsesión por indagar
lo nacional que descubre aspectos que se escondían a la mirada urgente
o reposada de quienes evaluaban los efectos inmediatos. En un texto
de 1953, la coda de Los Andes pacíficos, conseguimos claramente
identificados los dos efectos de largo alcance menos debatidos de la cultura
del petróleo, no obstante ser quizás de los más concluyentes desde lo
que sería un balance transcultural. Marginalidad y desarraigo son
esas presencias que en el lenguaje del ensayista aparecen descritas y
no definidas, pues esta categoría, en el proyecto intuitivo de jerarquización
de problemas, aparece en quien el pensamiento es todavía una manera
de acción implícita en el discurso, no es exterior ni está en método
alguno. Cuando habla de las ciudades, con su rockola dominguera
y sus borrachitos que dan una buena cuota de desnutridos a los hospitales,
está identificando una condición que hace de lo urbano un espacio colapsado,
sin haber llegado a satisfacer expectativas que las formas de vida no
urbanas sí llegaron a conocer. La ciudad reaparece en Picón Salas como
un lugar de la desesperanza (¿no es acaso, un escenario de caos y fractura
psíquica en la novela realista del siglo XIX?), surgida de la nada, está
hecha para albergar también a unos hombres que huyen, que van hacia la
nada. A hacinarse, perder el buen color y el prudente estilo de
vida campesino... A eso marcharon los hombres a las ciudades. Cometeríamos
un error si viéramos en esa apreciación nada más que una disposición conservadora
contra las ciudades, porque el campamento petrolero era la ciudad en su
expresión de mito inacabado, de centro conciliador de lo novelero.
Así como la Guerra Federal irrumpe con su imperativo de igualdad, pero
sin sustituir ni reponer aquello que fue preciso destruir, de la misma
manera la promesa de liberación de un hombre atado a la fatalidad
de la tierra se muestra altamente demagoga: las ciudades son como
grandes sacos vacíos en los que lo real será la madeja de relaciones,
la nueva solución que unas masas sin caudillo se imponen. Esas relaciones,
que en su direccionalidad no son tan nuevas como parecen, constituyen
una heredad no desdeñable, es lo que esas masas exponen como suyo en el
espectáculo, a falta de actualización; desde ellas organizan la
reacción, unas de cuyas expresiones es el desarraigo. La necesidad de
cortar con el pasado, de anular unos hábitos que hasta ahora sólo han
garantizado la pobreza y su oscuro fatalismo. A otros, el camión
de carga con que van a Caracas, Maracaibo y Puerto Cabello, llevando o
trayendo mercancías, los emancipó de la fuerte raíz tribal de la familia
y se trocaron en gente nómada y escotera, casi sin querencia en ningún
sitio (j). El sentido de la patria se disuelve, la tierra es desplazada
de su función aglutinadora. Hasta entonces era la patria quien moría o
revivía, ahora los salvados son los damnificados, esos inmigrantes que
se instalan para acometer ese gran proyecto que aguarda al final de la
sujeción, del feudalismo y de la indigencia como estigma. Ese camión,
que antes que símbolo es instrumento de acción en una novela como Los
pequeños seres de Salvador Garmendia, es señalado por Picón Salas
en su exacta dimensión de máquina movilizadora; si en el pasado las máquinas
eran los hombres mismos y quedan los nombres de los lugares donde cayeron:
Santa Inés, la Mata Carmelera, ahora ellas son la encarnación, la mediación,
de las ideas, de la ciega esperanza o de la planificada frustración, como
esas sinfonolas en las que un hombre cansado sucumbe a la
próspera vulgaridad que lo obliga a declararse débil y sin
vida interior. Aquellos camiones son el símbolo del desarraigo,
el inopinado desdén por la patria chica y la grande, por los enseres y
las pequeñas cosas, el viaje a la nada. Mientras otros debatían las ventajas
fifty-fifty o en el mejor de los casos descubrían el imperialismo,
Picón Salas observa la penumbra; con su característico recelo de toda
avanzada en la que el Estado y las instituciones representativas
siembran banderas, busca los efectos en la zona más vulnerable. Si lo
real en una venezolanidad difusa pero de raíces constantes: el territorio
santiguado y la indiada, la atención, entonces, debe dirigirse a esas
filas de gente nómadas y escoteras que fluyen a los campamentos,
las ciudades nacidas por decreto y a las que van a ejecutar, por primera
vez, un destino personal; atrás parecen haber quedado los días de los
jefes, de los guías bárbaros, los caudillos dueños únicos de la redención
que como gestores diligenciaban ante la nación. En más de una línea de
ese no configurado ensayo disperso en cientos de páginas reaparece la
convicción de que unas formas efectivas en la retención del poder y una
conducta que desde la República ha alimentado las relaciones que de él
emanan, permanecerán. Esas intrigas cuarteleras con que justifica
su segundo destierro encierra más que un gesto despectivo: es el juicio
sintético de más de 100 años de imposible civilidad. No cuesta trabajo
ver cómo los negocios del gobierno siguen siendo hoy, probablemente
con hombres de partido menos pudorosos, un mundo en el que no incide la
ciudadanía, de hecho constituyen la actividad más próspera de la deprimida
vida social. Lo que está a punto de desaparecer, para bien o para mal,
es lo que moviliza la atención de quienes, como Briceño Iragorry y Picón
Salas, han dedicado su obra a definir los contornos culturales de la nacionalidad.
Pero mientras para el primero lo urgente es una tradición concreta, de
usos y maneras morales, que encarna en el pueblo, para el segundo hay
un drama que se está resolviendo en el rumor sordo de unas transformaciones
sin rito, de unas asunciones sin pausa en las que la espiritualidad de
unos hombres, más que la herencia de un pueblo, se templa al fuego o es
puesta en una balanza. Hay detrás de los cerros blancas aldeas donde
predominan las mujeres porque la mayor parte de los hombres partieron
en busca de una lejana riqueza. La aguda y dolida observación
nos está hablando de la soledad de unas mujeres que ya eran amantes abandonadas
pero que juzgaban con nobleza la dureza de sus hombres. La salvación al
precio de esta soledad, parece decírsenos. Y la marginalidad pobreza
con una desgarradura espiritual más elevada aparece como subproducto
de la expulsión de la fatalidad, pero al precio de la angustia. Pocas,
poquísimas conclusiones de carácter antropológico tenemos sobre el petróleo;
ésta, que perfila el desarraigo con su tremenda carga de enajenación
como una presencia más allá de un trastorno, es una de ellas. Pocas podían
resultar tan sutilmente evidentes como ese hacinamiento de las ciudades,
con él viene un calidoscopio de costumbres que se constituyen en escenario
de lo rural redivivo, en ese asimilamiento desestructurado tiene su origen
la nueva indigencia: las multitudes trasladan a la periferia su esperanza
pero fortalecen su desencanto en esos largos días en que nada sucede,
cuando el hambre aprieta y los amaneceres vienen acompañados de la luz
lechosa de los barracones. Este panorama sombrío lleva a Picón Salas a
indicar una defensa biológica de esa población venida del
campo; esas decadentes masas rurales que, sin embargo, no
son de ahora. Las llamadas" industrias extractivas han
puesto en evidencia un colapso de vieja data. ¿Colapso?, más bien condición
crónica, la ruina de la sociedad postcolonial fue el precio de la fundación
de un nuevo tiempo, el duro vacío de la emancipación. A los hombres de
la era de la Independencia los suceden unos constructores civiles que
no logran articular el plan del nuevo orden, el fruto más eficaz de aquella
temporada militar es el devastador caudillismo, que contra lo que parece
es de naturaleza civil: los iletrados y compadres que se atrincheran tras
los símbolos de la invisible patria y ponen sus toscos Ño Penaletes a
vigilar y a cobrar rentas. Prósperos estancieros y banqueros se disputan
el control de un Estado que sólo posee sellos mal entintados, en el que
la riqueza, por largo tiempo proviene de la intimidación y de la entrada
a saco en la desvaída propiedad privada. Resulta claro cuál es la fuente
de esta pobreza secular, de este debilitamiento progresivo. La precaria
estructura que se afianza tras la repartición de los despojos que deja
la Independencia sólo podía garantizar el atraso social y la miseria en
una nación sin grupos humanos organizados, en la que la tradición civil
de la Colonia había agonizado hacía tiempo. Los males de la República,
tema obsesivo de muchos intelectuales, aparece fijo, inmutable, en el
paisaje para el gran momento cuando la emergencia del petróleo, en fastuoso
ritornello, parece vincularlo, a los ojos de los desprevenidos,
a un alma, a una cultura herida.
Por una suerte de insistencia en el pasado, de visión fija en unos procesos
inquietantes, Picón Salas escapa al coro de lamentaciones que ha visto
en el petróleo la causa de nuestro drama actual. Nuestra agricultura
es tosca y rutinaria como el alma rural que la produce. Y nada hacemos
reemplazando con el tractor o el arado mecánico los viejos implementos
agrícolas si no se transforma fundamentalmente la deprimida existencia
material y moral de nuestra masa campesina (g). Pudiera acusársele
de determinista pero no de fariseísmo; frente a quienes apuntan, en el
mejor de los casos, en la dirección de la administración saludable de
la riqueza , él insiste en la transformación, es decir, en la educación.
Para él todo proceso material evoluciona desde una visión intelectual
de la realidad, y aquello que sea sometido al solo influjo de las fuerzas
materiales va hacia el caos o el aniquilamiento. Es así como confía antes
en el impacto de la inmigración y no en los hábitos del consumo petrolero,
como conflicto que reconduzca la venezolanidad, capaz de producir la ansiada
unidad que acaso los una frente al extranjero, o impulse a éste
respetar una tradición venezolana, como requisito para arraigar y fundar
en la tierra (k). Es una respuesta en la que privilegia la cultura
como conducta y como valores , pero no pierde de vista los riesgos propios
de toda convivencia fundada en aquella definición: ...porque hay
siempre el peligro de que el legítimo sentimiento nacional degenere en
xenofobia, o en nombre del tradicionalismo disfracemos tan sólo un soterrado
sentimiento de inferioridad (k).
Esta elección por la inmigración como elemento movilizador de una venezolanidad
dormida, que es más un deseo que una certeza, nos descubre al creyente
del internacionalismo, el mismo que reaparece en aquella proposición que
le hace a Betancourt para establecer una colección destinada a contrarrestar
el efecto de la intelligentzia marxista; y ya antes, adelantando
el proyecto de una Historia Cultural de Hispanoamérica. [3]
Venezuela fue, después de la era de los viajeros de la Independencia,
el país más cerrado de Sudamérica, sus amplias fronteras y su considerable
costa marítima constituían un murallón detrás del cual una población paralizada
iba y venía sin ninguna clase de expectativas. Quienes, como Picón Salas,
salen de él, y contra él están en posición de evaluar, al menos, el tremendo
impacto de un aislamiento que se prolonga como atraso político e
institucional desde la rodada de las estatuas de Guzmán. La desolación
y el silencio reinan en el país desde el fin de una guerra civil que nunca
redimió ni a los macheteros descalzos ni al callado campesino, y que irónicamente
concluye con un pomposo tratado y un empréstito que hipotecaba las aduanas.
El hombre que regresa al país tras la muerte de Gómez tiene razones para
ser incrédulo, una incredulidad que paradójicamente lo impulsa a la gestión
cívica, pues era la única salida y esto lo saben cabalmente ese grupo
de gestores, más orgánico de lo que parece, al que se le debe el más dramático
intento de actualización de la realidad institucional venezolana que conocemos
hasta hoy: economistas como Egaña, sanitaristas como Gabaldón, arquitectos
como Villanueva, son sólo una muestra de una generación que quiso estar
atenta a su tiempo y dispuesta en su turno. Picón Salas conoce el efecto
de ese aislamiento y se muestra atento a las debilidades de una sociedad
que no está preparada en su secreto complejo de fatalismo, en su
desesperanza hecha hábito para la fortuna inesperada, para la felicidad
como plan. La única tradición cierta y a la mano es la de los caudillos,
extinguidos por la misma tierra extensa y vacía, y allá se van a buscar
las equívocas virtudes que de alguna manera ejercitan aún hoy los hombres
públicos. El temor de que el petróleo por sí solo no haga ciudadanos lo
hace concebir aquella frase sibilina: Y contra la misma prosperidad
en la dura tarea de ser venezolanos. La malaria es expulsada y se
libera a unos hombres para el trabajo rendidor y optimista. La población
se alfabetiza y una cierta dignidad se instala en esa convivencia no orientada
de quienes todavía no saben en qué son iguales, aparte de la indigencia.
Sin embargo, ese potencial de trabajo creador no encuentra cauce y hoy
vemos cómo la profesionalización no ha significado verdadero desarrollo
social. Asimismo, Uslar Pietri constata en unas estadísticas de 1954 que
la mitad de la población en edad escolar es analfabeta, mientras que de
6.172 presos, el total de la población penal, 4.060 sabían leer y escribir.
Puede decirse que, por lo menos en el caso de ellos, nuestra escuela
no ha contribuído en nada a mejorarlos ni a darles mejores oportunidades
en la vida [4] . Esta conclusión teñida de desaliento
pudiera presidir hoy, sin mayor injusticia, el juicio sumario que la escuela
actual está esperando.
6
La decidida admiración que la
figura cuasi trágica de Alberto Adriani suscita en Picón Salas nace del
reconocimiento de los azares de su propia y paralela vida. Ha escrito
cómo ambos se instalan en Caracas en el año 1920; la silla de extensión
en la que su compañero leía plácidamente aquellas revistas especializadas
de economía es como el augurio confortable de la técnica en la que veían
la solución de buena parte de los problemas. Adriani representa ante sus
ojos el espectáculo que él mismo ha evitado: muerto en la plenitud de
sus aptitudes, de alguna manera es el tributo rendido a las fuerzas bárbaras
del país inmóvil e inficionado que persiste más allá de Gómez. En un homenaje
que se le rinde en 1942 habla de el magnetismo que imprimió en mí
su personalidad extraordinaria; éste es un reconocimiento notable
tratándose de quien sí alcanzaría ciertamente a ejecutar cabalmente aquel
destino imaginado en las duras pensiones de estudiantes. El fondo sentimental
prevalece en esta exaltación, pero unas ideas comunes también fortalecen
esta administración. El pensamiento económico de uno, su afán de estudioso,
deslumbran al otro. El proyecto que no alcanza a ejecutarse supone una
visión del país saturada de determinantes no sociales: básicamente se
trataba de aplicar el plan argentino del siglo pasado, en el que la revitalización
es esencial. La figura de Sarmiento, tomando él mismo los instrumentos
de labranza y yendo al campo, seduce a los dos compañeros. Adriani lleva
su convicción hasta el extremo de un rigor moral cuando se interna en
la montaña a cultivar unas tierras en el alto Uribante. Al margen del
desencanto y el pesimismo, estados inevitables con los que siempre había
que contar, la fórmula resultaba clara para este hombre, el mejor dotado,
el sacrificado de los dioses. La inmigración revitalizadora y la actualización
del campo por la vía de la adquisición de la técnica; todo esto está situado
en la perspectiva de la fundación, instituciones ad hoc y ajuste
del orden civil. Parece no percibirse el estado avanzado de un proceso
de reacomodo social, tampoco el equilibrio del poder en la fase de aparición
de nuevos sectores sociales. La economía petrolera, determinante en la
configuración de los nuevos patrones de inversión, no entra en unas consideraciones
en las que el país es un papel en blanco, en el que luego del fin del
tirano la agricultura y las estadísticas se muestran como el gran secreto.
Nos preguntamos, sin embargo, hasta qué punto el propio Picón Salas estaba
convencido de estas conclusiones mediadas por un discutible análisis,
excesivamente aséptico y economicista, diríamos.
[5] Pareciera que el economista no está viendo el impacto inmediato
de la renta petrolera en la animación que no es conservadora sino tímida,
la timidez de los espectadores que esperan el fin del espectáculo para
entusiasmarse con el triunfador. De alguna manera, el análisis de Adriani
deja afuera la acción de unos actores sociales para los que consumo y
confort, al menos como expectativa, no es algo menos novedoso que la promesa
de su incorporación como ciudadanos en la diversidad de los intereses
cívicos.
Se trataba, en amplio sentido, del pensamiento profiláctico del positivismo
de la segunda mitad del siglo pasado. Raptar lo mejor de la cultura
europea para transformar nuestro medio bárbaro, es una frase de
Adriani que Picón Salas cita con aprobación. ¿Es, acaso, que ante la angustia
de la patria disminuida, la nación vacía en plano siglo veinte, la necesidad
urgente de reanimar un moribundo, se descree de Simón Rodríguez, se le
omite temporalmente? Podría ser, también, que nunca se creyó en él. Pero
al margen del enfoque, de la idoneidad de unas opiniones, persiste como
una lección, como un hallazgo aún no suficientemente valorado, la voluntad
de Adriani de formarse para enfrentar las exigencias que vendrán. Esta
actitud es nueva y totalmente ajena a la improvisación y a los golpes
de mano que dominan la administración pública. El encanto que esta figura
tiene para Picón Salas gravita en torno a ese aire de saber secular, al
gesto desenvuelto que rodea los hábitos del conjurador, de aquel que va
a imponer la tremenda eficacia de una moderna gerencia pública. Él
no amaba esa literatura pura en cuya busca de formas sin contenido malgastó
tanto tiempo la juventud del país. Ciertamente, se trataba del tipo
humano, del ciudadano avisado que las tiranías estúpidas no
podían haber producido; esa literatura pura resulta un alimento
demasiado pasivo, muy cercano a la contemplación del espectáculo oprobioso
y no es de extrañar que sea señalada casi como un cargo al lado del aguardiente
malo de los botiquines. Será injusto no reconocer en quien ha decidido
expulsar atrasados esquemas de análisis de la realidad económica, una
visión práctica, influida de saludable objetivismo anglosajón. El Positivismo
sociológico que informa su juicio de la sociedad se torna instrumento
ágil y prometedor cuando es aplicado al diagnóstico de la economía como
instancia técnica: el resultado de sus gestiones en el breve tiempo en
que adelantó funciones así lo prueban. Probablemente su concepción del
Estado y de la ecnomía como circuitos no mediados por la dinámica del
poder político inevitablemente hubiera entrado en conflicto con la reformulación
populista de la participación que tempranamente muestra sus aristas hacia
los inmediatos años cuarenta. Quizás sea la simpatía sentimental por la
patria, el amor acendrado que impone la tierra natal, lo que une definitivamente
a dos hombres puestos en el trance de restaurar la heredad. Es conmovedora
la fe de Adriani en esa hacienda arruinada que es Venezuela
a la muerte de Gómez, ni resentimientos ni lamentos; esa casa buena
y extensa en la que ambos creían ver la posibilidad de las futuras
generaciones es lo que los acerca, la pasión venezolanista
se muestra así como una tarea en la que es preciso insistir más allá de
la claridad de un programa, frente a la culpa parece bueno vindicar la
inocencia y la juventud, frente al refinamiento insistir en aquello de
que somos todavía un poco bárbaros y eso nos salva de la corrupción
definitiva. Así completaba Picón Salas la casa buena,
posibilidad exaltada por el propio Rómulo Gallegos cuando en Doña Bárbara,
casi literalmente, dice por boca de Santos Luzardo que la sabana nos salvó,
es decir, la inexistencia de cercas permitió la recuperación de las tierras
de los Luzardo, de los civilizadores.
Vale la pena hurgar en las razones de una amistad que identifica a estos
dos hombres, emblema de aquello que ha faltado en los grandes planes del
país. Adriani es el arquetipo del hombre salido de la conventual vida
familiar de una provincia cualquiera que se dispone a mirar mundo,
y a formarse para enfrentar los nuevos tiempos del caudillaje desterrado.
Estudios formales calmadamente meditados, aprendizaje de lenguas, acercamiento
a la geopolítica mundial desde los foros internacionales, todo esto es
lo que el propio Picón Salas hubiera deseado hacer y que a su manera hará,
pero desde la tradición hispanoamericana de la huida, viviendo un destino
que resulta casi impuesto. Hay como una soterrada nostalgia en la base
de esa simpatía que profesa a Adriani: ninguno de los dos alcanza a ejecutar
ese plan que debía regir sus vidas, acaso porque era anacrónico, acaso
porque la realidad estaba colmada de otros imperativos. Es evidente que
se quería modificar un escenario encarándolo desde la perspectiva de los
solos poderes intelectuales, quizás desdeñando el orden de la riqueza
artificial que había significado el fortalecimiento del gomecismo.
Cargadas de las mejores intenciones, hay mucho de demodé en esas
conclusiones respecto al tratamiento que debe imponérsele al país si no
enfermo, privado del aire saludable. En sus artículos sobre la política,
la diplomacia y los hombres de estado de los países que visita bien
conocidos desde sus lecturas andinas, Adriani se nos muestra como
un Gómez Carrillo de la política internacional, una especie de adelantado
para el que no habrá ya escenario en el panorama venezolano: la muerte
lo arrebata en el momento en que se dispone a alcanzar la máxima tensión
de su arco, cuando se muestra completado en su formación profesional y
cívica, cuando regresa hecho ciudadano armado, el mismo que había escrito,
doble ironía, aquella frase de tono sarmientino y que constituye quizás
su más notable sentencia: Antes de hacer la República debemos hacernos
nosotros, porque todavía no somos
7
En un breve texto que escribe
para un Almanaque de 1952 (envío que hombres y técnicos de la ciudad,
escribiendo en modernísimos escritorios hacen a la gente del campo),
reaparece aquella expresión sentida de la tierra lacerada, característica
de esa oposición entre la ciudad y el campo que Picón Salas convierte
en un motivo personal, a ratos pintoresco, de definir lo venezolano. La
tierra, el campo acogedor es esa gran casa que contra el aluvión
cosmopolita y la tentación financiera de las grandes ciudades persiste
como el hogar que muchos han extraviado. Insistimos en esta idealización
de la heredad agraria pues mucho de la indiferencia presente en su análisis
misceláneo del proceso petrolero pudiera estar relacionado con una serie
de circunstancias familiares, capaces de convertirse en una especie de
argumento ad hominen a la hora de juzgar la importancia del tema
y su potencial efecto bienhechor. En Regreso de tres mundos consigna
la amarga impresión, a su regreso del fallido intento de establecerse
en Caracas, ante la ruina de la familia; el fin de un orden y hasta una
dispersión de unos afectos saltan de aquel azar no tan azariento. Asiste
así a otro drama de la precoz consumación de la juventud.
La plaga, las lluvias violentas precipitan (la tierra y sus alianzas,
curiosamente) la crisis y anulan el esfuerzo de peones pisatarios y propietario.
Los telegramas anuncian la baja de los precios del café y las hipotecas
son ejecutadas por los acreedores. Esa época, mediados de los años veinte,
es la del primer crecimiento de las ciudades, inmigración prepetrolera
asociada a la ruina de la economía de subsistencia. Al general le dicen
que el café ya no costea los gastos de producción y no se le ocurre otra
cosa que repartir unos auxilios que convierten a los agricultores en mendigos.
De alguna manera, la ruina de la familia es vista como la consecuencia
de ese influjo de la ciudad parásita, la ciudad como oficina donde se
conciben los cambios que introduce el nuevo orden: esa tentación
financiera es también el atisbo de una riqueza inorgánica en la
que no habrá espacio para las fuerzas movilizadoras de la economía tradicional.
Cuando los rábulas del Tribunal se apersonan para la ocupación
que dará al remate judicial, un mundo nuevo ha emergido, en él la riqueza
se hace impersonal y el destino de la gente se determina desde un escritorio.
En páginas emotivas nos ha dicho cómo se despidió de aquella tierra viva,
pedacito de patria entrañable. Espoleé el caballo; pasé
por última vez la quebrada y su puentecito de tierra, y como si las moviera
mi desesperación, las ramas del camino parecían azotarme. Va de
paso a la ciudad oprobiosa, a establecerse en otro lugar, más allá de
esas ciudades venezolanas, asiento de fuerzas que hacen de la patria un
lugar amargo. Esas tierras, a las que vuelven unos peones a buscar el
aire fresco de las montañas, a curarse unas fiebres
palúdicas obtenidas en selvas y ciénagas del Zulia, son ahora, para
siempre, tan sólo la pura nostalgia.
Muchos años después, en manos ya ajenas, volví a ver esas tierras.
Y casi apartaba los ojos como borrando pues la vida no había hecho
otra cosa sino borrar aquel paisaje que sigue siendo el más entrañable
de mi sangre. Ciudad y petróleo son en él la misma entidad y el
mismo espacio.
En los admirables tres retratos de Caracas que nos ha dejado podemos
ver cómo el quehacer y el murmullo de las gentes van siendo desplazados
por el ruido de las cosas, por la presencia de esas cosas que son objetos
desplazando paisajes y visiones. La vida es cara y economistas y
sociólogos analizan los efectos que nos produce la racha petrolera,
dice casi con desdén. Se refiere a ese acontecimiento para el cual
él está dotado excepcionalmente como cronista como si de un suceso
lejano y curioso se tratara. La palabra prepetrolera le parece
antipática, no podía serlo menos, lo que está antes se expresa
en ella como dismunuido, no es más que una referencia humilde que señala
el nacimiento de lo que no es humilde sino opulento, ni siquiera tiene
nombre y el pre ni tampoco el anónimo, es el genérico con
su uniformidad cercana a la nada. La Caracas stendhaliana
de mujeres adormiladas y la ampulosidad oficial. Veloz Goicotía,
con su emplumado tricornio bajo el brazo, a guisa de gallina muerta, anunciaba
los nombres de los dignatarios, y también de la repartición
a los pobres de las sobras de los banquetes en la Casa Amarilla, da paso
a las palas mecánicas y al Equanil, sedante de los años cincuenta.
Notas:
[1] De los ensayos citados muy
pocos corresponden a libros orgánicos, otros aparecen en selecciones y
antologías. En general, no puede decirse que un cierto grupo de ellos
forme permanentemente un libro, quizás sólo en Comprensión de Venezuela
esta norma tiende a romperse, aunque no totalmente, pues las diferentes
ediciones que de este libro se conocen han agregado o quitado uno u otro
título, es así como el índice de la edición original de 1948 no es exactamente
el mismo de la más reciente de Monte Ávila en la Colección El Dorado.
De tal manera que hemos optado por dar los nombres de los ensayos, independientemente
del libro en el que se encuentren. Las letras de las citas en el texto
corresponden a las asignadas a los ensayos.
(a) Tratado de la novelería.
(b) Proceso del pensamiento venezolano.
(c) Caracas en 1945.
(d) Comprensión de Venezuela.
(e) Regreso de tres mundos.
(f) Retrato de un caraqueño.
[2] Picón Salas y la imaginación del presente,
en: Placebo, Fundarte, Caracas, 1990.
[3] En una carta que le escribe a Rómulo Betancourt
desde París, como embajador ante la UNESCO, esboza un rápido panorama
de los efectos de la propaganda marxista y le hace varias sugerencias
en ese sentido: una agresiva política editorial, un folleto en francés
e inglés en el que se enuncie el pensamiento político-social del propio
presidente. Betancourt agrega otras perspectivas de su propia cosecha:
Le he escrito a Juan Liscano sobre la necesidad de que un
pequeño y prestante grupo de valores de la cultura, refuten en un breve
comunicado de circulación mundial la inepcia del señor Sartre...
El Plan de esa probable Historia Cultural de Hispanoamérica fue esbozado
por el propio Picón Salas. Quizás el Apéndice Suramérica, período
Colonial, reproducido en el tomo III, correspondiente a De la
Conquista a la Independencia, de la obra completa que lleva adelante
Monte Ávila desde hace algunos años, corresponda a aquel esfuerzo inicial.
En una carta dirigida a Rómulo Betancourt, fechada en febrero de 1951
en México, le dice que ha sostenido conversaciones con Silvio Zavala.
Más adelante precisa la orientación de la obra y apunta: pero hay
que defender en todo caso el punto de vista de que es una obra hispanoamericana
y hecha por hispanoamericanos. Meter a norteamericanos en la obra sería
desviarla de su intención. Estos comedimentos podrían entenderse,
independientemente del conocimiento y la simpatía que Picón
Salas tenía de la obra de hispanistas norteamericanos como Irving Leonard,
en tanto que mediaba la circunstancia de sus vínculos con la Universidad
de Columbia, y que también se intentaba conseguir financiamiento de la
UNESCO. (Las cartas pueden consultarse en: J.M Siso Martínez y Juan Oropesa,
Mariano Picón Salas, correspondencia cruzada entre Rómulo Betancourt
y Mariano Picón Salas 1931-1965. Ediciones de la Fundación Diego Cisneros.
Caracas, 1977.)
[4] Véase Materiales para la construcción de Venezuela.
Ediciones Orinoco. Caracas, 1959.
[5] Al concluir este trabajo descubrimos no con poco
regocijo un texto rescatado por la excelente edición de Suma de Venezuela
anotada por Cristián Álvarez. Fechado en 1940, despeja cualquier duda
sobre la evolución inmediata de las ideas de Picón Salas respecto al carácter
determinante de la técnica: Acaso la idea de Adriani de estructurar
un gran movimiento nacional a base de un programa técnico pudo tener validez
hace cuatro años. Hoy estoy seguro el propio Adriani, si viviera,
habría rectificado su punto de vista. Sencillamente porque querámoslo
o no no se puede evadir en un tiempo tan cargado de emoción política,
es decir, a la lucha de ideas, a la responsabilidad pública, es así, en
este instante, una necesidad venezolana.
Imágenes:
1 Del libro Vigencia de Mariano Picón-Salas.
Cuatro Ensayos. Compilación Julio Miranda. Casa Nacional de las Letras
Andrés Bello. Caracas, 2001.
2 Del libro Vigencia de Mariano Picón-Salas.
Cuatro Ensayos. Compilación Julio Miranda. Casa Nacional de las Letras
Andrés Bello. Caracas, 2001.
4 Plumilla de Ramón Martín Durbán, 1940.
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