Picón Salas y el petróleo recelado
 
    Miguel Angel Campos

 

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Sorprende no poco que al revisar cientos de páginas de ensayos de Picón Salas dedicadas al análisis de la cultura venezolana, no hallemos ni una sola reflexión extensa, ni un solo artículo, dedicados expresamente al evadido tema del petróleo. Lo que al principio se nos antojara pura casualidad, puro desencuentro de circunstancias, aflora lentamente, con pausas afirmativas, como una voluntad impasible. Después de constatar esa determinación, que no deja lugar a dudas, clara como una renuncia que se expone públicamente, es preciso preguntarse por los intereses de un intelectual que atraviesa los años estelares del siglo veinte venezolano apostado en una posición desde la que el panorama de un proceso podía verse con la nitidez que da el privilegio de la distancia. Algo se ha dicho en relación con la manifiesta apatía de los hombres de ideas, escritores y sociólogos, por el petróleo, especialmente en los años en que el tema deja de ser un puro motivo para convertirse en una presencia definitoria, perturbadora, de un presente huidizo. Esos años coinciden con la insistencia de un enfoque anacrónico, por un lado, y con la ineficacia de un esquema mental, que ya no es una vanguardia intelectual, por otro. Criollismo y positivismo conviven así como puras fórmulas, encarados con problemas que habían dejado de ser reales desde el momento mismo en que el esquema de poder se trastoca desde arriba: desde el Estado, que en Venezuela ha sido el generador e impositor de proyectos en una sociedad que desde su nacimiento declinó sus prerrogativas naturales en beneficio de la vida de la República.

Sin embargo, aun cuando pueda decirse que Picón Salas incurre en esta apatía, el suyo no es propiamente un descuido, ni tampoco el desliz de un hombre poco atento. SI una generación entera no encuentra la fisura para entrarle a la novedad o simplemente se abandona a la creencia de que hay otros intereses más estables, más dignos de la indagación que supone la grave tarea de descubrir la patria, otros optan por recelar de lo que luce abordable y abandonan la posible presa a la espera de un mejor tiempo. Ese tiempo, para Picón Salas, sobreviene con la fuerza del ruido que más que anunciar unos cambios expresa una actitud en la que el escritor que toma distancia sólo ve la emergencia de lo advenedizo, la legitimación del bárbaro igualitarismo. “País de conspiraciones cuarteleras”, llamará a Venezuela en momentos en que la riqueza fiscal no parece garantizar otra cosa que no sea el éxito de las ambiciones más ordinarias. Esa frase sella su segundo exilio y condiciona definitivamente toda su reflexión en torno a la cultura venezolana que se erige a partir de los determinantes económicos del petróleo. De alguna manera esta disposición un tanto resentida, de quien se duele de un orden alterado, incidirá en esa dramática simplificación que a ratos agobia las escasas líneas en las que se tropieza con esa suerte de intruso. “Economía diabólica” sentencia en una frase que parece tan sólo destinada a conjurar el tremendo desorden que aquel catalizador instaura en un medio de poca complejidad y por lo tanto susceptible de una máxima reorientación. Que nuestro ensayista más dedicado, el indagador por excelencia de la naturaleza de nuestros procesos socioculturales, soslaye un condicionante de la más viva contemporaneidad sólo prueba que la necesidad de establecer los cimientos de la venezolaneidad –en una generación de la que el propio autor es el acabado remate– está aferrada a valores antes que a actitudes. La patria, para ellos, es una suerte de legado, una heredad que debe atesorarse y defenderse por medio de la laboriosa tarea de fijar su genealogía, fundamentar sus momentos representativos; después de todo, en ellos el concepto de nacionalidad está revestido de esas convicciones que lo identifican con blasones de familia, herencia de los mayores, cultura local. No resulta sorpresivo, entonces, que quien se atreva a poner en tela de juicio la estabilidad de estos puntos de partida se convierta en el objeto de persistentes enconos. Contra Vallenilla Lanz, sociólogo positivista que apela a los rigurosos métodos de organización marxista, descargan estos vindicadores su artillería argumental.

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Constatar la ausencia de una reflexión directa (frente a la presencia cierta de un interés nervioso, permanente) sobre el fenómeno del petróleo, en la obra de Picón Salas, es de alguna manera darse de frente con la situación de un humanista para quien la cultura es el haber de los hombres en reposo, apreciación de ascendencia renacentista que encuentra en el Iluminismo y su exégesis de los sentidos su acabada justificación. Para él, el arte más que la visión del artista es la respuesta del hombre que ha tenido tiempo de reparar en su entorno, en los sucesos de su tiempo, es el observador que filtra su mirada en las fisuras. Cuando se pasea por la novela realista del siglo XIX busca sin afán de sociólogo aquello que le muestre la obra de unos hombres prevenidos, la evolución de unos sentimientos que hayan superado el caos de lo emocional; así, cuando se refiere a Madame Bovary señalará con anticipación su alma presa de la novelería, de lo frágil, de lo aéreo, pero no por ello inorgánico. La fuerza que impulsa a Emma a romper con la mediocridad de la rutina de los días provincianos es la misma que prepara el escenario en el que sobrevive el hombre atomizado de las urbes industriales del siglo XX, la novelería sería así un movilizador digno de atención. Esa observación, típica del ensayista, nos está mostrando su afecto por la cultura como sistema  que anuda secretamente con la memoria, con lo colectivo social, con los condicionamientos locales del individuo y que rechaza las imposiciones presentistas de las masas. Conocidas son sus posiciones y juicios reactivos sobre la cultura de masas; igualmente, verá en la fuerza improvisadora de la cultura material que adviene con el petróleo una circunstancia al margen del verdadero flujo y reflujo que encauza al país desde sus orígenes en el siglo XVI.

Sin embargo, esas líneas a veces lacónicas y sentenciosas, otras dolidas y proféticas, cruzan buena parte de su obra mostrando el esfuerzo de un pensamiento eficaz, intuitivo, donde la puntualización se nutre y se ampara en la amplitud de la información, pero sobre todo en una clara interpretación de la noción de civilización. No faltan en ellas los señalamientos solidarios sobre los obreros exigidos al máximo y la discriminación de los portadores de la american way of life, así como las aguadas indicaciones respecto a los reacomodos –los nuevos ricos filisteos, la aristocracia fundada en usos, la clase media emergente–, tampoco el humor cargado de ironía como sola conclusión.

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Los rasgos de negatividad que le asigna al petróleo se magnifican en tanto que el espacio donde ejerce su acción corresponde a una tríada que orienta la vida pública: pueblo, tradición y Estado. El pueblo, nostalgia de la democracia liberal, resulta un blanco fácil, cede con facilidad y hasta con entusiasmo a la promesa de un orden impreciso pero estimulante; a la autoridad, cuyos orígenes se pierden en el rebenque señero de los primeros jefes de la República, la muchedumbre opone la libertad de quienes pueden intercambiar trabajo por la mágica abstracción llamada dinero. Para disfrutar de ese pasaporte, el mundo irá apareciendo con el cambio mismo de costumbres.

Para Picón Salas no hay sino la sola entrada a saco; el deterioro de un carácter y el relajamiento moral de la población instalan la amenaza de la disolución de aquello que ha prevalecido como firme sedimento de la gens tras los procesos de formación de lo que pueda ser la nacionalidad. (“El hombre venezolano que hasta entonces había sido previsor y modesto se contagió de la megalomanía...”) Reconvenciones de este tono se multiplican a lo largo de páginas en las que alienta un reclamo que ha ido asentándose. La gradación de ese catálogo de reclamos llega hasta el disgusto por aquellas actitudes de unos hombres embobecidos ante las maneras industriales y las habilidades de los “petroleros”. Ese asombro se expresa en alabanza y rápidamente incuba el servilismo, en la raíz de todo parece estar esa “novelería” que tanto detestaba. Seguros de que este concepto tiene un largo alcance en sus convicciones, recordemos el párrafo final de su ensayo Tratado de la novelería: “Y habría preguntado, el buido autor de Madame Bovary, si ciertas formas y presiones de la sociedad contemporánea, ciertos slogans de la publicidad, el comercio y la política no han emprendido la horrible aventura de despersonalizarnos y hacernos colectivamente más tontos”. [1]

No deja de resultar  desconcertante que el perspicaz observador de la vida doméstica nacional no repare en que buena parte de esos vicios que se muestran con el aluvión de una economía súbitamente trastornada, siempre habían estado allí, encarnados en los prohombres, que no eran sino la consecuencia de décadas de ejercicio de poder carismático, de la organización gamonal de los poderes públicos. “El dinero fácil compraba los hombres o los hundía en el carnaval de favores, humillaciones o indagaciones” (b). Por supuesto, antes del petróleo, esas prácticas instaladas en los negocios públicos aparecían como conductas privadas, no permeaban las relaciones inmediatas del pueblo, pero sí lo educaban en una tensa expectativa: las maneras del Estado serían sus maneras. ¿No es hoy el más gravísimo problema de reeducación que debe enfrentar la sociedad venezolana? Con el rompimiento de unas barreras adviene lo esperado, la uniformidad de las maneras, las masas y su recelo ceden a lo populachero, se integran a ese nuevo tiempo del siglo XX que “comienza en 1936”. Esas “gentes que ni siquiera se habían capacitado para ser ricos” van a buscar su modelo de civilidad en la administración pública, en los funcionarios que desbordan –en el uso y abuso– el precario escenario de la civilidad. Lo que hacen los Joseíto Uberth o aquel Barco que el propio Picón Salas forja en Regreso de tres mundos, ¿no era lo mismo que desde un país baldío venían haciendo los jefes civiles y sus mujiquitas desde el primer día de la República? Detentadores de un podercito alienado que muy tempranamente deja de ser el fruto florido de la barbarie para fluir, totalmente configurado, del escritorio de los letrados y doctores, como queda probado en el inteligente ensayo de Augusto Mijares, “El libro de Mujiquita”, en el que Santos Luzardo, recriminador de mujiquitas amanuenses, es descubierto como hijo de ductores de Ño Pernaletes.

Para mostrar sus preocupaciones por la tradición conmovida, habría que ir a buscar en su definición de venezolanidad buena parte de los haberes de esa tradición. En primer lugar, para él la tradición existe como una determinación, lo venezolano corresponde a un perfil sustentado en la suma de unos atributos intransferibles, una herencia dada en la que la historia de un proceso define el país y le otorga una identidad. De tal manera que existe un haber local, doméstico, que remite a unos padres y a unos sucesos tutelares. Esa venezolanidad no está descolgada, se inserta en una cultura histórica que evoluciona desde el hábitat. Con frecuencia contrapone al nuevo orden aquella tradición que convoca como recuerdo visual, maneras y paisajes como antídoto para el pesimismo; la nostalgia pesarosa se abre paso, y sin asomo de duda denuncia el mal gusto del “complicado y costosísimo merengue, revestido de chocolate, fresa y sapote, de la Basílica de la Chiquinquirá”(c). La ciudad apacible es un grato recuerdo, ella todavía era capaz de retener el sentido de la vida ciudadana liberado de abstracciones y del vértigo de las metrópolis. “En ese Maracaibo anterior al petróleo que yo alcancé a conocer de muchacho, el de las grandes casas con azoteas, un poco morisco, de aljibes en los patios para recoger la escasa agua de lluvias...” (d) Pero ya aquí la ciudad para él ha cedido su alma, rediseñada para el caos y la eficiencia de las premuras; en ella deambulan los hombres atrapados por el desencanto, los expulsados por la maquinaria o los amargados que nunca fueron llamados, los ciudadanos truncados, las nuevas generaciones sin sentido de adscripción. Son ya los habitantes depauperados, para los que no queda sino “la ‘caña mala’ y el ‘berrito’, que daban a los hospitales una alta cuota de desnutridos, tuberculosos o cirrósicos” (c). Es la ciudad como espacio de crisis de lo nacional. Por lo demás, es la misma que, premonitoria, aparece en los duros años iniciales de su estadía chilena: Santiago y Valparaíso son como el asfixiante encierro que maltrata la sensibilidad de un joven montañés.

Como buen analista de la cultura, la teoría del cambio no le era extraña, su nostalgia por las maneras perdidas se hace atenta cautela ante las normas caducas. Es así como la observación más aguda que se le haya hecho a Vallenilla Lanz, un verdadero maestro argumentista, la saca Picón Salas de su concepción de lo social como conflicto, es decir, como organismo que busca un orden ideal. A la fe vallenillana en las “instituciones naturales” opone la acción permanente del cambio, la búsqueda de un equilibrio en la que la “ideología” de los “ideólogos” sí es importante; de esta manera, entre otras cosas, se libera la comprensión de la democracia de cierto reduccionismo étnico o racial. “Venezuela es democracia para Vallenilla porque algunos hombres de color o de humilde origen se convirtieron, merced a las guerras civiles del siglo XIX, en clase dirigente” (b). La continuidad de la cultura colonial y el traspaso del estatuto social sustentados por Vallenilla para explicar, por ejemplo, la condición de guerra civil del movimiento emancipador, lo inducen a afirmar la existencia de Venezuela como una sociedad suprahistórica en lo mediato, incondicionada en su dinámica más raigal, refractaria a las “constituciones de papel”. “Para él Venezuela ya es y no comprende y no quiere comprender que Venezuela deviene” (b). La sutil paradoja aparece cuando Picón Salas se hace reo de ese mismo cargo. La misma objección es preciso hacerla a su estatismo que quiere resguardar los valores de una cultura entendidos como heredad definitiva y positivamente sancionada. Para él ese devenir parece cesar cuando surge un elemento confrontador –y condicionador– que se sitúa fuera de la propia tradición histórica. Y así, para él, toda cultura parece ser de origen nacional. La dinámica del petróleo parece estar proscrita de una ronda en la que lo extraño es definitivamente ajeno, y tal cosa no es tanto una manera de xenofobia como de desconfianza por lo artificial, la prevención ante la “novelería”. Es claro que le angustia el destino de esa cultura nacional, al extremo de estar dispuesto a sacrificar parte de la bonanza en aras de esa imprecisa venezolanidad. (“Y contra la misma prosperidad debemos insistir en la dura tarea de ser venezolanos.”)

Si la Guerra Federal supone un caos, una mixtura sin final feliz, el ruido del petróleo es un escándalo que introduce la movilidad más sospechosa. Ya no hay cambios en el sentido transformacional, sólo transplantes y sustitución. Al comparar la explotación petrolera con la conquista – “¡y no se parecía a una nueva conquista la que ahora empezaba, dislocando nuestra vida sedentaria con gentes invasoras que hablan inglés y conducen extrañas máquinas?” (e)–, y establecer la igualdad de condición, que remite a una edad pura, ubica su perspectiva de búsqueda y vindicación de un carácter nacional en un criterio teleológico. Obviamente, toda esa escalada de modificaciones que trastorna el panorama de un país relativamente cerrado a los intercambios, casi usuales en otras repúblicas sudamericanas, provoca una reacción de rechazo en quienes, como Picón Salas, han visto transcurrir la vida social y política desde un atisbadero que permite las previsiones y en algunos casos las predicciones. Ve cómo un cierto perfil de esa venezolanidad, más deseada que hallada, está a punto de sucumbir en manos de la propia gente, intuye un tremendo impacto en unas estructuras desprevenidas. En los primeros escarceos nota la desbandada: la erosión de un ingenio y una espiritualidad que es tomada por asalto mediante la entronización del mal gusto. Sectores enteros de la sociedad, sorprendidos por esa “riqueza miliunanochesca”, son empujados a gastar fortunas para las que ni siquiera hay un proyecto personal. Igualmente, las aspiraciones se truecan en ambiciones que desembocan en el vacío de la codicia. “A los veinte años los muchachos quieren ser ricos, miembros de los clubes plutocráticos, irresistibles dominadores de la sociedad...”(c). Su escepticismo lo hace preguntarse por el destino latinoamericano, al que ve en aprietos ante la disyuntiva de retener sus valores raigales o decidir tomar el más expedito camino del progreso. Lo aterra la posibilidad de un mundo uniformado por la tecnocracia, y que quizás sea éste el más categórico aporte de esa formidable actitud suya de recelo ante el progreso como dimensión puramente material:  se trata de la característica respuesta intelectual de un pensamiento crítico, que se hace disidente en el momento en que una oleada de indiferencia hace presa de Occidente, en que el desarrollo engendra un poder vacío que ya no se interroga en torno a su destino. Ese “orden" emocional” en el que la “simpática corazonada” sustituye el cálculo cartesiano es visto con afecto por el escritor, por el hombre que ha habitado la soledad de un continente, que lo ha recorrido en un exilio a veces densamente espiritual. Interroga el futuro inmediato, como una sibila rendida que presiente que hay un derrotero marcado: “¿o habitaremos, más bien, en un aséptico y reglamentado mundo tecnócrata donde lo colectivo y abstracto predomina sobre lo personal e individualizado?” (f). En un texto singular, “Teoría de las sinfonolas”, donde expone su opinión de los juke boxes, de las rockolas, se muestra de cuerpo entero; las llama “máquinas del hombre frustrado”, hechas para hacer rentable la fatiga. Si en las pianolas descubre un grado de “cursilería espiritual”, en las rockolas verá un “matonismo arrogante y belicoso”. Desliza apreciaciones en tropel sobre la cultura de masas, en general irónicas y no exentas de agudeza, como cuando señala la necesidad de la industria de hacer obsoleto lo que acaba de lanzar al mercado, o cuando enumera inventos inútiles.

Quizás la suprema amargura, el desencanto por excelencia, aparece cuando encara la situación de la institución bajo cuya acción recae la responsabilidad inmediata de encauzar la riqueza petrolera. Si en el pasado ha “buscado el camino”, evitando un Estado bárbaro que como agua estancada todo lo inficiona, en el presente de las nuevas y grandes tareas encuentra que el poder en Venezuela sigue determinándose a partir de la fuerza de los jefes improvisados. La prolongación del gomecismo la atribuye al oxígeno que le suministra la renta fiscal, que en esos años finales se eleva sensiblemente. El fortalecimiento del poder arbitrario en medio de una prosperidad que aumentaba la discrecionalidad del Estado retrasa el desarrollo civil y simplifica las perspectivas de crecimiento; no lo escribe pero lo dice, que esa riqueza de contabilidad retardó la modernidad. Aquí coincide plenamente con Briceño Iragorry cuando éste juzga el estado de la cultura por la condición del Estado, uno sirve de índice para medir la otra. Curiosamente, en un conato de polémica con el propio Briceño Iragorry, éste le reprochará su exaltación desmedida de la generación positivista a la que le atribuye un saldo favorable en su acción intelectual y artística, y Briceño un balance negativo desde el punto de vista cívico y educativo. Picón Salas, para quien la cultura es la expresión del desarrollo espiritual de un pueblo, enaltece la gestión actualizadora de aquella vanguardia intelectual, y en su consideración pesa más esto que las justificaciones, en algún caso teóricas, del Estado arbitrario. Briceño Iragorry no se permite concesiones, de alguna manera para él la cultura es como una cruzada moral, de allí su sobredeterminación de la educación. En este punto, es interesante contrastar los dos alegatos en relación al trastorno del petróleo: en uno la crítica se reviste de señalamientos concretos (la pequeña tradición, el fin de la pulpería, la irrupción de los cómics) y una clara beligerancia jurídica y política; en otro, los juicios solemnes y las indicaciones admonitorias dominan una posición en la que el asunto no termina de ser totalmente nacional.

De esta visión de un Estado advenedizo e inculto extrae Picón Salas una conclusión certera respecto al destino del petróleo. Hasta ahora ella luce solitaria e indiscutible, ningún plan la ha refutado, nada de la bizantina política de estos tiempos la ha desmentido. Esa tremenda intuición que alienta en multitud de líneas perdidas, en su implícito desdén por el tema se resume así: la sociedad venezolana carece de proyecto para la riqueza petrolera. Él personalmente lo probará en los primeros años de su regreso del exilio, se da cuenta que todo está en el aire, que el pueblo es una muchedumbre atrapada en su desconcierto. Constata que los hombres no están preparados para conducir las novedades que advengan. Debió darse cuenta con horror que en casi 150 años de vida republicana no se habían formado las instituciones que garantizaran la eficacia necesaria al momento de enfrentar la construcción de un país al margen de los intereses de los compadres. Su profundo recelo de los efectos de la prosperidad en una sociedad no organizada lo incita a concebir espacios donde al menos sea posible representar la sociedad; así, la reflexión debe imponerse sobre la acción, completar lo civilizatorio antes que ensalzar la vida pública, que por lo demás está reducida a la política que gira en torno a la administración. Como respuesta a la fragilidad que adivina en la sociedad indefensa frente a la capacidad de conmoción del Estado rico, organiza, desde la discrecionalidad burocrática que se le permite, aquello que aspira a lo permanente: el Pedagógico Nacional, la Revista Nacional de Cultura, la Facultad de Filosofía y Letras. Son los órganos liberales del siglo XIX, constituidos a su tiempo en otros países de América. Si hay un Gabaldón que en un una empresa característica del saneamiento petrolero acomete la expulsión del paludismo, quien piensa en la educación y el arte desde la posibilidad “miliunanochesca” está pendiente de las incompletitudes, le acosa más el ser que el hacer frente a unas circunstancias en las que las ejecutorias materiales están libradas al arbitrio de lo supranacional. Otro hallazgo se desprende de su desconfianza  obsesiva en esa relación Estado filisteo-sociedad sin proyecto. El hombre que hace sus mejores halagos a la saludable remoción que instala la técnica, el lector complacido de las revistas de economía en las que se da cuenta de la eficacia de las máquinas, pasa de la euforia de la moderación cuando intenta dilucidar la estrategia de la educación. Si se entusiasma con la pulcritud de las escuelas norteamericanas, igualmente descree de la parafernalia: la educación no es un hecho físico. Ciertamente, no lo oímos, hoy se pretende exorcizar el caos del sistema escolar a través de la inversión, que sólo es una palabra vacía. De todos modos, oigámoslo: “Pero el enigma de una cuestión como la educativa es que actuando sobre elementos mucho más diversificados y complejos, está más allá de la técnica, o la técnica es en ella solamente un procedimiento y de ninguna manera un fin exclusivo” (g). Técnica, inversión, salarios, corresponden a los componentes de una típica gestión desarrollista.

No creamos, sin embargo, que su declarada aversión por la ruidosa avanzada de la cultura de masas la disminuía para mirar con provecho al fondo de las novedades que se hacen espacio en un país que no acaba de romper con el más rancio caudillaje. Sabe que los gobernantes deben ser auxiliados, pero detesta demasiado el olor de las poltronas enmohecidas desde donde con manos más sarmentosas que férreas se ha dirigido el país. Al menos suficiente coherencia hay en esta conducta de alguien que ha optado por evitar las “dictaduras estúpidas”, que ha marchado a construirse lejos de la patria, en la angustia de las penurias, que ha cortado con su generación, pero que sobre todo ha cortado con las tentaciones de las lisonjas. En los no menos duros años en que le toca enfrentar la recriminación de los que se quedaron, de quienes le exigían “más acción”, se encierra en la suficiencia de su mundo andado, se atrinchera en su sólido prestigio de autor latinoamericano. Y es de esos años una confesión pública, en la que se juzga a sí mismo casi con humildad, con no poco desencanto. “Pretendí pedir a mi trabajo intelectual mucho más que un artificio: una norma para ser más avisado, más tolerante y más libre” (e). Aquellos que le hacen reparos en su época, digamos, de sosiego (permítasenos la comparación con los cargos que se les ha hecho a los intelectuales de la República de Weimar: haber dado la espalda a los negocios de la política, no haber interactuado con los intereses del pueblo y haberlo entregado en manos de los demagogos) han debido reparar en el alcance de esta confesión en la que nada se procura justificar y, por el contrario, se nos muestra un hombre que aspira sólo a ser juzgado en sus límites. Se olvida, también, que el filisteísmo es el principal caldo de cultivo de la demagogia, hasta hoy altamente apreciado por quienes han procurado y detentado el poder en Venezuela. Pues bien, si muchos maestros dignos ha habido que han trabajado por la civilidad y el alfabetismo, Picón Salas combatió el filisteísmo desde sus convicciones y con hechos concretos, pues nada protege más a un pueblo de los embaucadores, más allá de la salud pública y el alfabetismo, que el sentido de las maneras espirituales y el buen gusto.

En 1948 escribe en Comprensión de Venezuela lo que es hasta hoy el juicio más denso, mortal por lo que en él hay de serenidad, sobre el drama que se aproxima. Sabe que no hay hombres nuevos, que no existen grandes ambiciones en una colectividad que es espectadora pasiva. “Lo peor que podría ocurrirle a Venezuela es que al amparo de un presupuesto próvido como el que la riqueza petrolera vuelca sobre el Estado nos trocásemos en un país de burócratas y parásitos; en una inmensa oficina de pensiones que comenzando en el Distrito Federal, se ramificase por todo el territorio, de hombres que escriben sobre papel oficial y cobran el día quince...” (g). Esto ocurrió con la puntualidad con que está escrito. Ningún otro intelectual venezolano desde la posición tácita de recelo de la abundancia y aun de la cultura de masas, fue capaz de adelantar un pronóstico como éste. Abundan los criterios de naturaleza económica y sociológica, desde la cruzada legal de Gumersindo Torres hasta las preocupaciones por el derroche de Uslar Pietri – “sembrar el petróleo” significa ser previsor hacendoso. Pero nadie estaba viendo –en una fecha que ya ni siquiera era temprana–, cuando todos se ocupaban, en el mejor de los casos, del modelo administrativo, cuál sería el venezolano de cincuenta años después. Solo aquella mirada atisbaba –en magnífico alarde de comprensión de procesos anteriores–, pesimista, el futuro que aguardaba. Su angustia se alimenta de los testimonios del pasado: los proyectos han sido los planes de un hombre y sus compadres; si el endeble poder de unos gobernantes en un país despoblado ha carecido de proyecto, menos lo tendrá una riqueza para la que no hay más imaginación que las partidas firmadas por los ministros y que crean la ilusión de una sociedad demandante. La distancia, siempre saludable, le permite ver desde afuera lo que otros han podido intuir desde adentro. Su conocimiento del proceso chileno le previene contra los simplismos y eventualmente ha podido ayudarle a terminar de convencerse de que, avanzado el siglo XX, Venezuela es una de las repúblicas más inciviles de América Latina.

4

Quizás su rechazo de las masas esté íntimamente vinculado a su definición de cultura. No la concibe como un espacio en conflicto –como comprende claramente que sí lo es la historia– donde unas fuerzas, incluso patológicas, estén configurando las formas públicas (arte, ciencia, comportamiento); por el contrario, refuerza su condición de acción de acción consensual. De haber enriquecido su punto de vista con algunos elementos próximos a la antropología, hubiera disentido menos de los movimientos contraculturales que aparecen a finales de los años cincuenta, en los que sólo percibe ruido y desfachatez.

La reaparición de las “conspiraciones cuarteleras” no hace sino confirmar sus temores, que ven galvanizado el autoritarismo y disuelta la cultura que pudiera garantizar la continuidad de lo nacional que se refugia –latente– en una manera de ser venezolano, resguardada, hasta ahora, en cierto saludable conservadurismo que encarna en ese mirar con prudencia las maneras que engendra la nueva economía. Pero quizás el más grave cargo que hace Picón Salas a la cultura del petróleo no esté referido ni a la amenaza del relajamiento ni al impacto en las formas inmediatas. Un viejo tema aparece solapado, implícito en su extendida reflexión sobre lo nacional. Lo encara cuando escribe sobre la Independencia, cuando recrea el orden Colonial, y de manera directa, casi amarga, cuando toca el largo episodio donde, a su juicio, el igualitarismo adquiere carta de nacionalidad. “En su barbarie, en el encuentro del ímpetu rural e igualitario que venía de las grandes llanuras, con la demagogia urbana, la Federación – entre muchos desastres– sirve para fundir y emulsionar definitivamente las clases sociales” (h). Para él la Guerra Federal es un tosco golpe de Estado contra la sociedad, suprime definitivamente la mejor herencia de la cultura colonial y de alguna manera la continuidad del país histórico. Si Briceño Iragorry remite el hilo de esa continuidad a los padres peninsulares, en este caso se reafirma una heredad de primera generación,  que políticamente ha empezado con la República. De allí que entienda lo popular como formación y no como traspaso, lo nacional como una saga local; somos, en ese sentido, una comunidad que ha generado sus propias jerarquías. Si en el primer caso ese origen tutelar nos igualaba, en éste las aptitudes nos diferencian, si bien es cierto que las maneras ya no son un accidente aristocrático: el esfuerzo personal y la educación dan derecho a otros destinos que no sean aquellos del país poblado por el peonaje y su indulgencia secular.

Las diferencias así fundadas se hacen, en virtud del amor propio del self-made-man, más raigales, ellas son la expresión del Liberalismo más franco, y nada hay que engendre más desacuerdo en quienes se hacen por sí mismos que la demagogia igualitarista. Pero si en la sociedad de castas mantuana surge ese “tuteo criollo, un poco brusco y francote”, si en la Guerra Federal una de las consignas era pasar a cuchillo a todo el que fuera blanco y supiera leer, en los días en que las ciudades venezolanas se ven inundadas por aquellas multitudes impávidas que ni siquiera saben lo que quieren, ya nadie tiene nombre. La nivelación por el rasero más bajo, punto neurálgico del programa igualitarista, crea la ilusión de la participación; pero esta ilusión, en el pasado, se atemperaba con la certeza de que aquello que fueran los privilegios habían sido arrebatados en una acción de fuerza, y así digamos que un oscuro orgullo se engendraba a partir de aquel discutible valor. Nada hay que deteste más Picón Salas en la avalancha petrolera que ese sentido de intromisión que el dinero otorga a unas masas liberadas sólo del escozor que causa la presencia del amo, y que sin embargo ahora se presentan como en una feria, guiándose por el ruido de la música de victrola. Primero sonríen cautelosas, después ya se demoran en grupos sin impaciencia y luego derivan con facilidad hacia la desfachatez. Este es el origen de los nuevos sectores, los que ya pueden prescindir de las maneras y de la educación, los que estallarán, quizás, en raptos de violencia cuando se desvanezca la ilusión de la participación, los que como adquisición sólo pueden esgrimir la impunidad del dinero. “Gentes que ni siquiera se habían capacitado para ser ricos...” Capacitarse para ser ricos es, en la apreciación sensata de un humanismo liberal, educarse, aquilatar la sensibilidad y hacerse de un proyecto personal que vaya más allá de una bodega próspera. Es desplazar “el empirismo, la violencia, la eterna sorpresa y la aventura criolla” para “invocar la inteligencia que planea”. El petróleo es, pues, para Picón Salas, agente del igualitarismo, en él distingue su efecto más drástico y perdurable, y como no tiene sino una carga negativa, ésta condicionará, como consecuencia, toda la acción de aquél. Tal vez sea Augusto Mijares quien más densamente ha visto los efectos de la tendencia igualitaria en el proceso venezolano. En un brevísimo texto que titula “Respeto” refiere la anécdota del soldado que con total desparpajo entra al salón donde Bolívar y Morillo conversan y desfachatadamente se lava las manos dándoles la espalda. “La falta de respeto puede convertirse en una falta de entusiasmo por todo...”, dice en una precisión concluyente. ¿Pero hemos reparado realmente en cuál ha sido el precio pagado por ese igualitarismo que escandaliza a unos intelectuales convencidos de que la patria no la edifican ni facciones ni demagogos? Nuevamente Augusto Mijares viene en nuestro auxilio, sólo para corroborar la tremenda eficacia del proyecto menos debatido de la sociedad venezolana. “Así se vio la paradójica antítesis de que mientras se hundía verticalmente nuestra democracia política, se afirmaba más y más nuestra democracia  social; cuándo ya no teníamos nada de libertad, teníamos igualdad...” (¿Cuál es el gran haber del igualitarismo social? Frente al abismo creciente entre pobres y ricos, en el que la aristocracia del dinero se impone concluyente y filistea, sólo nos queda como sombrío dividendo la vulgaridad, el mal gusto, y el irrespeto por el cultivo personal y las buenas maneras, que es de lo que se jacta el recluta al que alude Augusto Mijares). Se rechazan, y se temen, aquellos levantamientos que disuelven un fermento al que periódicamente apela la patria para rehacerse: la guerra con sus pasiones desbordadas, sus odios frenéticos, los extravíos del poder personalista. El largo azar que va desde los días de la Independencia hasta la paz fúnebre del gomecismo, aparece ante los ojos de quienes enfatizan el sentido de la venezolanidad como una trágica imposibilidad, como extravíos de familia, corresponde al ciclo oscuro de una civilidad que no termina de nacer. Diríamos que casi se acepta como el discurrir –aunque ciertamente no ideal– de un destino interior, como la actividad normal de unas fuerzas que están “buscando el camino”, el torcido camino. Sentimientos extremos cruzan la perspectiva de este escenario, desde la franca ojeriza del mismo Picón Salas por Zamora y su exculpación, casi frontal, de Castro por el crimen de Antonio Paredes, hasta los elogios canónicos que González Guinán dispensa a Guzmán Blanco. Pero cuando entra en escena un condicionador extraño, que no está en el proteísmo de la propia historia, y que obliga a tomar posición frente a sí mismo, a un reexamen, entonces parece irse sin pausa a una suerte de reconciliación familiar. (Resulta sintomático que en estos tiempos asistamos a una forma de rehabilitación del gomecismo, en la que el principal argumento parece ser la imagen de lo patrimonial en relación a la estabilidad de la noción de patria que ella sustentaría. Rehabilitación que pareciera coincidir con la disolución final de una identidad de símbolos que se fueron vaciando lentamente: lo petrolero como presencia pero sin características, como vacuidad, originaría esta reacción nostálgica.) Lo nacional aparece entonces como el espacio puro, en el que unos ritos de formación –y de salvación– se han cumplido. Ante la ausencia de comprensión las definiciones copan la escena: “la planta insolente del extranjero”, “excremento del diablo”. Hasta hace muy poco el más sereno pensamiento de la disidencia marxista veía en un factor externo como el imperialismo toda la causa de los males del continente; esa aglutinación informe, esos juicios sumarísimos, han impedido pensar a cabalidad el incierto pero rico núcleo cultural del continente. Cuán diferente el tono y la sutil indagación de Bolívar –que hasta cuando parece exaltarse conserva las prevenciones–: “Los Estado Unidos parecen destinados por la Providencia...” Sus pronósticos de la sociedad naciente se empinan sobre lo aldeano y juzgan la naturaleza más que las maneras.

El advenimiento de unas muchedumbres autorizadas por una economía aérea, en la que ya son claros los rasgos de improvisación, en la que todo es brusca asunción e imposición, previenen al ensayista contra la justicia que promete una igualdad ruidosa, que sacrifica los mejores e instaura el calculado mito de la felicidad por el confort. Es la llamada “hora cadillac” que desplaza unas virtudes individuales por unas habilidades de facción que encarnan en los nuevos ricos, aquellos que comenzaron como advisers, “políticos que toda compañía americana paga para entenderse con la mañosa gente criolla”, y concluyen en la progenie, propuesta como modelo, de quienes hacen del modo consumista toda su patria. Pero mal haríamos si viéramos en Picón Salas sólo una posición moral. Esa civilización que “contiene, junto a muchas cosas útiles, una serie de objetos estúpidos y embrutecedores”, está siendo evaluada por alguien cuyo atisbadero crítico es fundamentalmente de naturaleza intelectual. Si pudiera haber fundamentos conservadores, y ciertamente los hay, en su actitud hacia una modernidad material, lo determinante es que la suya no es una diatriba parroquial. Cuando objeta (en un artículo publicado en mayo de 1952 en El Nacional) la creencia uslariana en el poder nivelador del progreso, está descreyendo de ese enunciado redentorista que hace de la alianza tecnología-democracia el fin de la mala conciencia. Nunca insistiremos lo suficiente en el hecho capital de ser Picón Salas el venezolano que en el siglo XX con mejor solvencia observa los procesos continentales. Vio con claridad, por ejemplo, el alcance de la relación entre la cultura de masas y lo que entendía por “imperialismo”, concepto que actualizado desde su perspectiva podríamos definir hoy como totalitarismo cultural. “Cuando la civilización se alía con el imperialismo no es necesariamente filantrópica”, dice en una comprensión certera de la cultura material. Cita el ejemplo del imperialismo romano instalándose en el centro de la herencia helénica, incapaz de dar continuidad a lo mejor de aquella compleja visión del fenómeno humano.

Unificación y uniformidad, en la dirección que se mire, significan esquematismo y empobrecimiento en aras del fortalecimiento de un control. “Y el viejo ejemplo de Roma acaso es saludable advertencia para quienes, contra la varia y hermosa pluralidad de las culturas, auspician una civilización igual y regimentada, que en los pueblos débiles desquicia costumbres y formas propias, sin sustituirlas por mejores y sin más feliz concordia humana” (i). Tal es la conclusión de alguien que no ve en el progreso sólo la fuerza dinámica del saber científico aplicado a las riquezas naturales, que antepone la libertad a la igualdad, de quien recela de los planetarismos sin fórmula, sean económicos o ideológicos o simplemente culturales.

5

Como en la alegoría árabe que Borges recrea (en Historia de los dos que soñaron), viajar es una forma de destierro en la que puede estar la fortuna. Para Picón Salas irse del país no significó nunca darle la espalda, sus destierros fueron útiles para todos; al evitar las “tiranías estúpidas” no sólo se preservaba, sino que retenía la posibilidad de contrastar los cambios desde la posición de quien ha aquilatado los progresos y procesos de los vecinos latinoamericanos. Muchas de las novedades que se implantan casi con naturalidad en el corto espacio de veinte años no podían ser vistas en su justo dramatismo desde la observación diaria, el peso mismo de la disensión y el conflicto que suponía (como en el caso de Briceño Iragorry) podía enmascarar la verdadera naturaleza de ese “devenir”. El juicio moral teñía, sin duda, una sentimentalidad en la que los actores podían esquematizarse excesivamente. Todas esas prevenciones frente a la globalización y los mass media que son, sin duda, momentos estelares de un pensamiento que busca situarse, ponerse al día, nacen de la misma distancia que le ha permitido superar cierta autarquía del análisis de lo nacional que es evidente en otros autores. Oscar Rodríguez Ortiz –que no por casualidad ha dado un orden esclarecedor al proceso del ensayo venezolano– dice que el humanismo clásico salva a Picón Salas de los juicios apocalípticos [2] en los años finales cuando le toca confrontarse con la escalada contracultural. Esa formación, en la que reluce su idealismo individualista señalado como cargo, lo sustrae de las posiciones filisteas en las que incurren sus detractores, para quienes el pueblo ha llegado a ser una escueta herida y lo nacional sólo frivolidades de mantuanos. El notable alcance de sus juicios, las tendencias que percibe, las nuevas maneras que encarnarán como moral social, no hubieran sido posibles desde la pura confrontación de los incestuosos procesos republicanos, de los cronicones de la guerra de Independencia, desde el solo análisis constitucional. Detrás se percibe al lector de Gibbon y Harold Lamb, la observación a tiempo que cuestiona el darwinismo social, de cuya influencia no siempre escapa. Es desde esta obsesión por indagar lo nacional que descubre aspectos que se escondían a la mirada –urgente o reposada– de quienes evaluaban los efectos inmediatos. En un texto de 1953, la coda de “Los Andes pacíficos”, conseguimos claramente identificados los dos efectos de largo alcance menos debatidos de la cultura del petróleo, no obstante ser quizás de los más concluyentes desde lo que sería un balance transcultural. Marginalidad y desarraigo son esas presencias que en el lenguaje del ensayista aparecen descritas y no definidas, pues esta categoría, en el proyecto intuitivo de jerarquización de problemas, aparece –en quien el pensamiento es todavía una manera de acción– implícita en el discurso, no es exterior ni está en método alguno. Cuando habla de las ciudades, con su rockola dominguera y sus borrachitos que “dan una buena cuota de desnutridos a los hospitales”, está identificando una condición que hace de lo urbano un espacio colapsado, sin haber llegado a satisfacer expectativas que las formas de vida no urbanas sí llegaron a conocer. La ciudad reaparece en Picón Salas como un lugar de la desesperanza (¿no es acaso, un escenario de caos y fractura psíquica en la novela realista del siglo XIX?), surgida de la nada, está hecha para albergar también a unos hombres que huyen, que van hacia la nada. “A hacinarse, perder el buen color y el prudente estilo de vida campesino...” A eso marcharon los hombres a las ciudades. Cometeríamos un error si viéramos en esa apreciación nada más que una disposición conservadora contra las ciudades, porque el campamento petrolero era la ciudad en su expresión de mito inacabado, de centro conciliador de lo “novelero”. Así como la Guerra Federal irrumpe con su imperativo de igualdad, pero sin sustituir ni reponer aquello que fue preciso destruir, de la misma manera la promesa de liberación –de un hombre atado a la fatalidad de la tierra– se muestra altamente demagoga: las ciudades son como grandes sacos vacíos en los que lo real será la madeja de relaciones, la nueva solución que unas masas sin caudillo se imponen. Esas relaciones, que en su direccionalidad no son tan nuevas como parecen, constituyen una heredad no desdeñable, es lo que esas masas exponen como suyo en el espectáculo, a falta de actualización; desde ellas organizan la reacción, unas de cuyas expresiones es el desarraigo. La necesidad de cortar con el pasado, de anular unos hábitos que hasta ahora sólo han garantizado la pobreza y su oscuro fatalismo. “A otros, el camión de carga con que van a Caracas, Maracaibo y Puerto Cabello, llevando o trayendo mercancías, los emancipó de la fuerte raíz tribal de la familia y se trocaron en gente nómada y escotera, casi sin querencia en ningún sitio” (j). El sentido de la patria se disuelve, la tierra es desplazada de su función aglutinadora. Hasta entonces era la patria quien moría o revivía, ahora los salvados son los damnificados, esos inmigrantes que se instalan para acometer ese gran proyecto que aguarda al final de la sujeción, del feudalismo y de la indigencia como estigma. Ese camión, que antes que símbolo es instrumento de acción en una novela como Los pequeños seres de Salvador Garmendia, es señalado por Picón Salas en su exacta dimensión de máquina movilizadora; si en el pasado las máquinas eran los hombres mismos y quedan los nombres de los lugares donde cayeron: Santa Inés, la Mata Carmelera, ahora ellas son la encarnación, la mediación, de las ideas, de la ciega esperanza o de la planificada frustración, como esas “sinfonolas” en las que un hombre cansado sucumbe a la “próspera vulgaridad” que lo obliga a declararse débil y sin “vida interior”. Aquellos camiones son el símbolo del desarraigo, el inopinado desdén por la patria chica y la grande, por los enseres y las pequeñas cosas, el viaje a la nada. Mientras otros debatían las ventajas fifty-fifty o en el mejor de los casos descubrían el imperialismo, Picón Salas observa la penumbra; con su característico recelo de toda avanzada en la que el Estado y las instituciones “representativas” siembran banderas, busca los efectos en la zona más vulnerable. Si lo real en una venezolanidad difusa pero de raíces constantes: el territorio santiguado y la indiada, la atención, entonces, debe dirigirse a esas filas de “gente nómadas y escoteras” que fluyen a los “campamentos”, las ciudades nacidas por decreto y a las que van a ejecutar, por primera vez, un destino personal; atrás parecen haber quedado los días de los jefes, de los guías bárbaros, los caudillos dueños únicos de la redención que como gestores diligenciaban ante la nación. En más de una línea de ese no configurado ensayo disperso en cientos de páginas reaparece la convicción de que unas formas efectivas en la retención del poder y una conducta que desde la República ha alimentado las relaciones que de él emanan, permanecerán. Esas “intrigas cuarteleras” con que justifica su segundo destierro encierra más que un gesto despectivo: es el juicio sintético de más de 100 años de imposible civilidad. No cuesta trabajo ver cómo los “negocios del gobierno” siguen siendo hoy, probablemente con hombres de partido menos pudorosos, un mundo en el que no incide la ciudadanía, de hecho constituyen la actividad  más próspera de la deprimida vida social. Lo que está a punto de desaparecer, para bien o para mal, es lo que moviliza la atención de quienes, como Briceño Iragorry y Picón Salas, han dedicado su obra a definir los contornos culturales de la nacionalidad. Pero mientras para el primero lo urgente es una tradición concreta, de usos y maneras morales, que encarna en el pueblo, para el segundo hay un drama que se está resolviendo en el rumor sordo de unas transformaciones sin rito, de unas asunciones sin pausa en las que la espiritualidad de unos hombres, más que la herencia de un pueblo, se templa al fuego o es puesta en una balanza. “Hay detrás de los cerros blancas aldeas donde predominan las mujeres porque la mayor parte de los hombres partieron en busca de una lejana riqueza.” La aguda –y dolida– observación nos está hablando de la soledad de unas mujeres que ya eran amantes abandonadas pero que juzgaban con nobleza la dureza de sus hombres. La salvación al precio de esta soledad, parece decírsenos. Y la marginalidad –pobreza con una desgarradura espiritual más elevada– aparece como subproducto de la expulsión de la fatalidad, pero al precio de la angustia. Pocas, poquísimas conclusiones de carácter antropológico tenemos sobre el petróleo; ésta, que perfila el desarraigo –con su tremenda carga de enajenación– como una presencia más allá de un trastorno, es una de ellas. Pocas podían resultar tan sutilmente evidentes como ese hacinamiento de las ciudades, con él viene un calidoscopio de costumbres que se constituyen en escenario de lo rural redivivo, en ese asimilamiento desestructurado tiene su origen la nueva indigencia: las multitudes trasladan a la periferia su esperanza pero fortalecen su desencanto en esos largos días en que nada sucede, cuando el hambre aprieta y los amaneceres vienen acompañados de la luz lechosa de los barracones. Este panorama sombrío lleva a Picón Salas a indicar una “defensa biológica” de esa población venida del campo; esas “decadentes masas rurales” que, sin embargo, no son de ahora. Las llamadas" “industrias extractivas” han puesto en evidencia un colapso de vieja data. ¿Colapso?, más bien condición crónica, la ruina de la sociedad postcolonial fue el precio de la fundación de un nuevo tiempo, el duro vacío de la emancipación. A los hombres de la era de la Independencia los suceden unos constructores civiles que no logran articular el plan del nuevo orden, el fruto más eficaz de aquella temporada militar es el devastador caudillismo, que contra lo que parece es de naturaleza civil: los iletrados y compadres que se atrincheran tras los símbolos de la invisible patria y ponen sus toscos Ño Penaletes a vigilar y a cobrar rentas. Prósperos estancieros y banqueros se disputan el control de un Estado que sólo posee sellos mal entintados, en el que la riqueza, por largo tiempo proviene de la intimidación y de la entrada a saco en la desvaída propiedad privada. Resulta claro cuál es la fuente de esta pobreza secular, de este debilitamiento progresivo. La precaria estructura que se afianza tras la repartición de los despojos que deja la Independencia sólo podía garantizar el atraso social y la miseria en una nación sin grupos humanos organizados, en la que la tradición civil de la Colonia había agonizado hacía tiempo. Los “males de la República”, tema obsesivo de muchos intelectuales, aparece fijo, inmutable, en el paisaje para el gran momento cuando la emergencia del petróleo, en fastuoso ritornello, parece vincularlo, a los ojos de los desprevenidos, a un alma, a una cultura herida.

Por una suerte de insistencia en el pasado, de visión fija en unos procesos inquietantes, Picón Salas escapa al coro de lamentaciones que ha visto en el petróleo la causa de nuestro drama actual. “Nuestra agricultura es tosca y rutinaria como el alma rural que la produce. Y nada hacemos reemplazando con el tractor o el arado mecánico los viejos implementos agrícolas si no se transforma fundamentalmente la deprimida existencia material y moral de nuestra masa campesina” (g). Pudiera acusársele de determinista pero no de fariseísmo; frente a quienes apuntan, en el mejor de los casos, en la dirección de la administración saludable de la riqueza , él insiste en la transformación, es decir, en la educación. Para él todo proceso material evoluciona desde una visión intelectual de la realidad, y aquello que sea sometido al solo influjo de las fuerzas materiales va hacia el caos o el aniquilamiento. Es así como confía antes en el impacto de la inmigración y no en los hábitos del consumo petrolero, como conflicto que reconduzca la venezolanidad, capaz de producir la ansiada unidad “que acaso los una frente al extranjero, o impulse a éste respetar una tradición venezolana, como requisito para arraigar y fundar en la tierra” (k). Es una respuesta en la que privilegia la cultura como conducta y como valores , pero no pierde de vista los riesgos propios de toda convivencia fundada en aquella definición: “...porque hay siempre el peligro de que el legítimo sentimiento nacional degenere en xenofobia, o en nombre del tradicionalismo disfracemos tan sólo un soterrado sentimiento de inferioridad” (k).

Esta elección por la inmigración como elemento movilizador de una venezolanidad dormida, que es más un deseo que una certeza, nos descubre al creyente del internacionalismo, el mismo que reaparece en aquella proposición que le hace a Betancourt para establecer una colección destinada a contrarrestar el efecto de la intelligentzia marxista; y ya antes, adelantando el proyecto de una Historia Cultural de Hispanoamérica. [3]

Venezuela fue, después de la era de los viajeros de la Independencia, el país más cerrado de Sudamérica, sus amplias fronteras y su considerable costa marítima constituían un murallón detrás del cual una población paralizada iba y venía sin ninguna clase de expectativas. Quienes, como Picón Salas, salen de él, y contra él están en posición de evaluar, al menos, el tremendo impacto de un aislamiento que se prolonga –como atraso político e institucional– desde la rodada de las estatuas de Guzmán. La desolación y el silencio reinan en el país desde el fin de una guerra civil que nunca redimió ni a los macheteros descalzos ni al callado campesino, y que irónicamente concluye con un pomposo tratado y un empréstito que hipotecaba las aduanas. El hombre que regresa al país tras la muerte de Gómez tiene razones para ser incrédulo, una incredulidad que paradójicamente lo impulsa a la gestión cívica, pues era la única salida y esto lo saben cabalmente ese grupo de gestores, más orgánico de lo que parece, al que se le debe el más dramático intento de actualización de la realidad institucional venezolana que conocemos hasta hoy: economistas como Egaña, sanitaristas como Gabaldón, arquitectos como Villanueva, son sólo una muestra de una generación que quiso estar atenta a su tiempo y dispuesta en su turno. Picón Salas conoce el efecto de ese aislamiento y se muestra atento a las debilidades de una sociedad que no está preparada –en su secreto complejo de fatalismo, en su desesperanza hecha hábito– para la fortuna inesperada, para la felicidad como plan. La única tradición cierta y a la mano es la de los caudillos, extinguidos por la misma tierra extensa y vacía, y allá se van a buscar las equívocas virtudes que de alguna manera ejercitan aún hoy los hombres públicos. El temor de que el petróleo por sí solo no haga ciudadanos lo hace concebir aquella frase sibilina: “Y contra la misma prosperidad en la dura tarea de ser venezolanos”. La malaria es expulsada y se libera a unos hombres para el trabajo rendidor y optimista. La población se alfabetiza y una cierta dignidad se instala en esa convivencia no orientada de quienes todavía no saben en qué son iguales, aparte de la indigencia. Sin embargo, ese potencial de trabajo creador no encuentra cauce y hoy vemos cómo la profesionalización no ha significado verdadero desarrollo social. Asimismo, Uslar Pietri constata en unas estadísticas de 1954 que la mitad de la población en edad escolar es analfabeta, mientras que de 6.172 presos, el total de la población penal, 4.060 sabían leer y escribir. “Puede decirse que, por lo menos en el caso de ellos, nuestra escuela no ha contribuído en nada a mejorarlos ni a darles mejores oportunidades en la vida” [4] . Esta conclusión teñida de desaliento pudiera presidir hoy, sin mayor injusticia, el juicio sumario que la escuela actual está esperando.

6

La decidida admiración que la figura cuasi trágica de Alberto Adriani suscita en Picón Salas nace del reconocimiento de los azares de su propia y paralela vida. Ha escrito cómo ambos se instalan en Caracas en el año 1920; la silla de extensión en la que su compañero leía plácidamente aquellas revistas especializadas de economía es como el augurio confortable de la técnica en la que veían la solución de buena parte de los problemas. Adriani representa ante sus ojos el espectáculo que él mismo ha evitado: muerto en la plenitud de sus aptitudes, de alguna manera es el tributo rendido a las fuerzas bárbaras del país inmóvil e inficionado que persiste más allá de Gómez. En un homenaje que se le rinde en 1942 habla de “el magnetismo que imprimió en mí su personalidad extraordinaria”; éste es un reconocimiento notable tratándose de quien sí alcanzaría ciertamente a ejecutar cabalmente aquel destino imaginado en las duras pensiones de estudiantes. El fondo sentimental prevalece en esta exaltación, pero unas ideas comunes también fortalecen esta administración. El pensamiento económico de uno, su afán de estudioso, deslumbran al otro. El proyecto que no alcanza a ejecutarse supone una visión del país saturada de determinantes no sociales: básicamente se trataba de aplicar el plan argentino del siglo pasado, en el que la revitalización es esencial. La figura de Sarmiento, tomando él mismo los instrumentos de labranza y yendo al campo, seduce a los dos compañeros. Adriani lleva su convicción hasta el extremo de un rigor moral cuando se interna en la montaña a cultivar unas tierras en el alto Uribante. Al margen del desencanto y el pesimismo, estados inevitables con los que siempre había que contar, la fórmula resultaba clara para este hombre, el mejor dotado, el sacrificado de los dioses. La inmigración revitalizadora y la actualización del campo por la vía de la adquisición de la técnica; todo esto está situado en la perspectiva de la fundación, instituciones ad hoc y ajuste del orden civil. Parece no percibirse el estado avanzado de un proceso de reacomodo social, tampoco el equilibrio del poder en la fase de aparición de nuevos sectores sociales. La economía petrolera, determinante en la configuración de los nuevos patrones de inversión, no entra en unas consideraciones en las que el país es un papel en blanco, en el que luego del fin del tirano la agricultura y las estadísticas se muestran como el gran secreto. Nos preguntamos, sin embargo, hasta qué punto el propio Picón Salas estaba convencido de estas conclusiones mediadas por un discutible análisis, excesivamente aséptico y economicista, diríamos. [5] Pareciera que el economista no está viendo el impacto inmediato de la renta petrolera en la animación que no es conservadora sino tímida, la timidez de los espectadores que esperan el fin del espectáculo para entusiasmarse con el triunfador. De alguna manera, el análisis de Adriani deja afuera la acción de unos actores sociales para los que consumo y confort, al menos como expectativa, no es algo menos novedoso que la promesa de su incorporación como ciudadanos en la diversidad de los intereses cívicos.

Se trataba, en amplio sentido, del pensamiento profiláctico del positivismo de la segunda mitad del siglo pasado. “Raptar lo mejor de la cultura europea para transformar nuestro medio bárbaro”, es una frase de Adriani que Picón Salas cita con aprobación. ¿Es, acaso, que ante la angustia de la patria disminuida, la nación vacía en plano siglo veinte, la necesidad urgente de reanimar un moribundo, se descree de Simón Rodríguez, se le omite temporalmente? Podría ser, también, que nunca se creyó en él. Pero al margen del enfoque, de la idoneidad de unas opiniones, persiste como una lección, como un hallazgo aún no suficientemente valorado, la voluntad de Adriani de formarse para enfrentar las exigencias que vendrán. Esta actitud es nueva y totalmente ajena a la improvisación y a los golpes de mano que dominan la administración pública. El encanto que esta figura tiene para Picón Salas gravita en torno a ese aire de saber secular, al gesto desenvuelto que rodea los hábitos del conjurador, de aquel que va a imponer la tremenda eficacia de una moderna gerencia pública. “Él no amaba esa literatura pura en cuya busca de formas sin contenido malgastó tanto tiempo la juventud del país”. Ciertamente, se trataba del tipo humano, del ciudadano avisado que las “tiranías estúpidas” no podían haber producido; esa “literatura pura” resulta un alimento demasiado pasivo, muy cercano a la contemplación del espectáculo oprobioso y no es de extrañar que sea señalada casi como un cargo al lado del “aguardiente malo de los botiquines”. Será injusto no reconocer en quien ha decidido expulsar atrasados esquemas de análisis de la realidad económica, una visión práctica, influida de saludable objetivismo anglosajón. El Positivismo sociológico que informa su juicio de la sociedad se torna instrumento ágil y prometedor cuando es aplicado al diagnóstico de la economía como instancia técnica: el resultado de sus gestiones en el breve tiempo en que adelantó funciones así lo prueban. Probablemente su concepción del Estado y de la ecnomía como circuitos no mediados por la dinámica del poder político inevitablemente hubiera entrado en conflicto con la reformulación populista de la participación que tempranamente muestra sus aristas hacia los inmediatos años cuarenta. Quizás sea la simpatía sentimental por la patria, el amor acendrado que impone la tierra natal, lo que une definitivamente a dos hombres puestos en el trance de restaurar la heredad. Es conmovedora la fe de Adriani en esa “hacienda arruinada” que es Venezuela a la muerte de Gómez, ni resentimientos ni lamentos; esa “casa buena y extensa” en la que ambos creían ver la posibilidad de las futuras generaciones es lo que los acerca, la “pasión venezolanista” se muestra así como una tarea en la que es preciso insistir más allá de la claridad de un programa, frente a la culpa parece bueno vindicar la inocencia y la juventud, frente al refinamiento insistir en aquello de que “somos todavía un poco bárbaros y eso nos salva de la corrupción definitiva”. Así completaba Picón Salas la “casa buena”, posibilidad exaltada por el propio Rómulo Gallegos cuando en Doña Bárbara, casi literalmente, dice por boca de Santos Luzardo que la sabana nos salvó, es decir, la inexistencia de cercas permitió la recuperación de las tierras de los Luzardo, de los “civilizadores”.

Vale la pena hurgar en las razones de una amistad que identifica a estos dos hombres, emblema de aquello que ha faltado en los grandes planes del país. Adriani es el arquetipo del hombre salido de la conventual vida familiar de una provincia cualquiera que se dispone a “mirar mundo”, y a formarse para enfrentar los nuevos tiempos del caudillaje desterrado. Estudios formales calmadamente meditados, aprendizaje de lenguas, acercamiento a la geopolítica mundial desde los foros internacionales, todo esto es lo que el propio Picón Salas hubiera deseado hacer y que a su manera hará, pero desde la tradición hispanoamericana de la huida, viviendo un destino que resulta casi impuesto. Hay como una soterrada nostalgia en la base de esa simpatía que profesa a Adriani: ninguno de los dos alcanza a ejecutar ese plan que debía regir sus vidas, acaso porque era anacrónico, acaso porque la realidad estaba colmada de otros imperativos. Es evidente que se quería modificar un escenario encarándolo desde la perspectiva de los solos poderes intelectuales, quizás desdeñando el orden de la riqueza “artificial” que había significado el fortalecimiento del gomecismo. Cargadas de las mejores intenciones, hay mucho de demodé en esas conclusiones respecto al tratamiento que debe imponérsele al país si no enfermo, privado del aire saludable. En sus artículos sobre la política, la diplomacia y los hombres de estado de los países que visita –bien conocidos desde sus lecturas andinas–, Adriani se nos muestra como un Gómez Carrillo de la política internacional, una especie de adelantado para el que no habrá ya escenario en el panorama venezolano: la muerte lo arrebata en el momento en que se dispone a alcanzar la máxima tensión de su arco, cuando se muestra completado en su formación profesional y cívica, cuando regresa hecho ciudadano armado, el mismo que había escrito, doble ironía, aquella frase de tono sarmientino y que constituye quizás su más notable sentencia: “Antes de hacer la República debemos hacernos nosotros, porque todavía no somos”

7

En un breve texto que escribe para un Almanaque de 1952 (envío que “hombres y técnicos de la ciudad, escribiendo en modernísimos escritorios” hacen a la gente del campo), reaparece aquella expresión sentida de la tierra lacerada, característica de esa oposición entre la ciudad y el campo que Picón Salas convierte en un motivo personal, a ratos pintoresco, de definir lo venezolano. La tierra, el campo acogedor es esa gran casa “que contra  el aluvión cosmopolita y la tentación financiera de las grandes ciudades” persiste como el hogar que muchos han extraviado. Insistimos en esta idealización de la heredad agraria pues mucho de la indiferencia presente en su análisis misceláneo del proceso petrolero pudiera estar relacionado con una serie de circunstancias familiares, capaces de convertirse en una especie de argumento ad hominen a la hora de juzgar la importancia del tema y su potencial efecto bienhechor. En Regreso de tres mundos consigna la amarga impresión, a su regreso del fallido intento de establecerse en Caracas, ante la ruina de la familia; el fin de un orden y hasta una dispersión de unos afectos saltan de aquel azar no tan azariento. Asiste así a “otro drama de la precoz consumación de la juventud”. La plaga, las lluvias violentas precipitan (la tierra y sus alianzas, curiosamente) la crisis y anulan el esfuerzo de peones pisatarios y propietario. Los telegramas anuncian la baja de los precios del café y las hipotecas son ejecutadas por los acreedores. Esa época, mediados de los años veinte, es la del primer crecimiento de las ciudades, inmigración prepetrolera asociada a la ruina de la economía de subsistencia. Al general le dicen que el café ya no costea los gastos de producción y no se le ocurre otra cosa que repartir unos auxilios que convierten a los agricultores en mendigos. De alguna manera, la ruina de la familia es vista como la consecuencia de ese influjo de la ciudad parásita, la ciudad como oficina donde se conciben los cambios que introduce el nuevo orden: esa “tentación financiera” es también el atisbo de una riqueza inorgánica en la que no habrá espacio para las fuerzas movilizadoras de la economía tradicional. Cuando los “rábulas del Tribunal” se apersonan para la ocupación que dará al remate judicial, un mundo nuevo ha emergido, en él la riqueza se hace impersonal y el destino de la gente se determina desde un escritorio. En páginas emotivas nos ha dicho cómo se despidió de aquella tierra viva, “pedacito de patria entrañable”. “Espoleé el caballo; pasé por última vez la quebrada y su puentecito de tierra, y como si las moviera mi desesperación, las ramas del camino parecían azotarme”. Va de paso a la ciudad oprobiosa, a establecerse en otro lugar, más allá de esas ciudades venezolanas, asiento de fuerzas que hacen de la patria un lugar amargo. Esas tierras, a las que vuelven unos peones a buscar el “aire fresco de las montañas”, a “curarse unas fiebres palúdicas obtenidas en selvas y ciénagas del Zulia”, son ahora, para siempre, tan sólo la pura nostalgia.

“Muchos años después, en manos ya ajenas, volví a ver esas tierras. Y casi apartaba los ojos como borrando –pues la vida no había hecho otra cosa sino borrar– aquel paisaje que sigue siendo el más entrañable de mi sangre”. Ciudad y petróleo son en él la misma entidad y el mismo espacio.

En los admirables tres retratos de Caracas que nos ha dejado podemos ver cómo el quehacer y el murmullo de las gentes van siendo desplazados por el ruido de las cosas, por la presencia de esas cosas que son objetos desplazando paisajes y visiones. “La vida es cara y economistas y sociólogos analizan los efectos que nos produce la racha petrolera”, dice casi con desdén. Se refiere a ese acontecimiento –para el cual él está dotado excepcionalmente como cronista– como si de un suceso lejano y curioso se tratara. La palabra “prepetrolera” le parece antipática, no podía serlo menos, lo que está “antes” se expresa en ella como dismunuido, no es más que una referencia humilde que señala el nacimiento de lo que no es humilde sino opulento, ni siquiera tiene nombre y el “pre” ni tampoco el anónimo, es el genérico con su uniformidad cercana a la nada. La Caracas “stendhaliana” de mujeres adormiladas y la ampulosidad oficial. –“Veloz Goicotía, con su emplumado tricornio bajo el brazo, a guisa de gallina muerta, anunciaba los nombres de los dignatarios”–, y también de la repartición a los pobres de las sobras de los banquetes en la Casa Amarilla, da paso a las palas mecánicas y al Equanil, sedante de los años cincuenta.



Notas:

[1] De los ensayos citados muy pocos corresponden a libros orgánicos, otros aparecen en selecciones y antologías. En general, no puede decirse que un cierto grupo de ellos forme permanentemente un libro, quizás sólo en Comprensión de Venezuela esta norma tiende a romperse, aunque no totalmente, pues las diferentes ediciones que de este libro se conocen han agregado o quitado uno u otro título, es así como el índice de la edición original de 1948 no es exactamente el mismo de la más reciente de Monte Ávila en la Colección El Dorado.
De tal manera que hemos optado por dar los nombres de los ensayos, independientemente del libro en el que se encuentren. Las letras de las citas en el texto corresponden a las asignadas a los ensayos.
(a) “Tratado de la novelería”.
(b) “Proceso del pensamiento venezolano”.
(c) “Caracas en 1945”.
(d) “Comprensión de Venezuela”.
(e) “Regreso de tres mundos”.
(f) “Retrato de un caraqueño”.
[2] “Picón Salas y la imaginación del presente”, en: Placebo, Fundarte, Caracas, 1990.
[3] En una carta que le escribe a Rómulo Betancourt desde París, como embajador ante la UNESCO, esboza un rápido panorama de los efectos de la propaganda marxista y le hace varias sugerencias en ese sentido: una agresiva política editorial, un folleto en francés e inglés en el que se enuncie el pensamiento político-social del propio presidente. Betancourt agrega otras perspectivas de su propia cosecha: “Le he escrito a Juan Liscano sobre la necesidad de que un pequeño y prestante grupo de valores de la cultura, refuten en un breve comunicado de circulación mundial la inepcia del señor Sartre...” El Plan de esa probable Historia Cultural de Hispanoamérica fue esbozado por el propio Picón Salas. Quizás el Apéndice “Suramérica, período Colonial”, reproducido en el tomo III, correspondiente a De la Conquista a la Independencia, de la obra completa que lleva adelante Monte Ávila desde hace algunos años, corresponda a aquel esfuerzo inicial. En una carta dirigida a Rómulo Betancourt, fechada en febrero de 1951 en México, le dice que ha sostenido conversaciones con Silvio Zavala. Más adelante precisa la orientación de la obra y apunta: “pero hay que defender en todo caso el punto de vista de que es una obra hispanoamericana y hecha por hispanoamericanos. Meter a norteamericanos en la obra sería desviarla de su intención”. Estos comedimentos podrían entenderse, independientemente del conocimiento –y la simpatía– que Picón Salas tenía de la obra de hispanistas norteamericanos como Irving Leonard, en tanto que mediaba la circunstancia de sus vínculos con la Universidad de Columbia, y que también se intentaba conseguir financiamiento de la UNESCO. (Las cartas pueden consultarse en: J.M Siso Martínez y Juan Oropesa, Mariano Picón Salas, correspondencia cruzada entre Rómulo Betancourt y Mariano Picón Salas 1931-1965. Ediciones de la Fundación Diego Cisneros. Caracas, 1977.)
[4] Véase Materiales para la construcción de Venezuela. Ediciones Orinoco. Caracas, 1959.
[5] Al concluir este trabajo descubrimos no con poco regocijo un texto rescatado por la excelente edición de Suma de Venezuela anotada por Cristián Álvarez. Fechado en 1940, despeja cualquier duda sobre la evolución inmediata de las ideas de Picón Salas respecto al carácter determinante de la técnica: “Acaso la idea de Adriani de estructurar un gran movimiento nacional a base de un programa técnico pudo tener validez hace cuatro años. Hoy –estoy seguro– el propio Adriani, si viviera, habría rectificado su punto de vista. Sencillamente porque –querámoslo o no– no se puede evadir en un tiempo tan cargado de emoción política, es decir, a la lucha de ideas, a la responsabilidad pública, es así, en este instante, una necesidad venezolana”.

Imágenes:

1 Del libro Vigencia de Mariano Picón-Salas. Cuatro Ensayos. Compilación Julio Miranda. Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Caracas, 2001.

2 Del libro Vigencia de Mariano Picón-Salas. Cuatro Ensayos. Compilación Julio Miranda. Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Caracas, 2001.

4 Plumilla de Ramón Martín Durbán, 1940.


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