La Cimitarra del Destino*
Lidia Rebrij

 

a Elizabeth Guerrero… increíble

-I-

Cuando sucedieron los hechos que aquí paso a narrar, mi finado amigo, el doctor Heinicke Meilinck era un hombre muy mayor. Nos volvimos a ver con él.

III Congreso Internacional de Arte y Cultura convocado por el Museo de Hamburgo, que logró reunir a los investigadores más importantes en la materia. Para entonces, yo transitaba por una de aquellas épocas infelices de la vida, que hacen que uno se desinterese por el resto del mundo, y como no tenía nada más que hacer, excepto el reponerme de una dolorosa separación que concluyó finalmente en un costosísimo divorcio, acepté encantado la invitación del bondadoso profesor Litovsky, de la cual lo único que me atrajo fue la enorme distancia que pondría entre las desquiciadas aspiraciones económicas de mi ex esposa y yo.

A Meilinck lo recuerdo como un hombre alto y magro, encorvado de espaldas, con una piel traslúcida que discurría sobre un cuerpo como sin sangre, de venas azulosas y muy marcadas. Su rostro blanquísimo destacaba por la palidez que proviene no de la enfermedad del cuerpo, sino de los dolores del alma; la suya era la mirada grave y perdida de los miopes, y sus manos llenas de nudos sabían a ciencia cierta sobre qué posarse… Sin embargo, a pesar de su aspecto desmañado y torpe, era una de las mayores autoridades en Historia del Arte Morisco del siglo XVI. En otros tiempos había sido también director del museo anfitrión.

Una tarde en que un fuerte resfriado me impidió asistir a una conferencia, que dicho sea de paso, se auguraba bajo el más mortal de los aburrimientos, me entretuve releyendo esa narración de Alí Babá y su astuta esclava Marchana. Cuando me encontraba en lo mejor de la historia, me sorprendió la visita del doctor Meilinck, quien muy cortésmente me traía la trascripción resumida de la sesión del día, referida a la influencia de los menhires en las pirámides egipcias… Como su fama de formidable conversador era sabida por todos, no quise desperdiciar la oportunidad de olvidarme un momento de mis problemas, por lo que lo invité a tomarse un trago conmigo, a conciencia de que iba a pasar un rato muy ameno. Por supuesto, no me equivoqué. El doctor Meilinck no tardó en contarme una historia que había protagonizado en sus años mozos, y cuyas repercusiones abarcaron el resto de su vida…

He aquí el extraño relato que tuvo en mí a un fascinado oyente…

-II-

Desde su más temprana juventud, el doctor Heinicke Meilinck tuvo oportunidad de dedicarse al estudio de la Historia del Arte, su gran pasión, a la que ofrendó no sólo más de medio siglo de su fructífera vida, sino también gran parte de la tortura familiar. Acucioso investigador, experto coleccionista, su existencia toda se centraba en la localización de muebles moriscos de la época de Solimán “el Magnífico”, para luego entregarlos en donación a los museos más importantes del mundo.

Tal parece, según documenta la historia, que el Sultán de Turquía, el terrible Selim “el Torvo”, famoso tanto por su crueldad como por su mecenazgo a las artes y las letras, legó a su hijo, Solimán “el Magnífico”, la afición por la ebanistería. Se cuenta que entre un duro guerrear y otro, el joven monarca otomano se encerraba en su palacio para así elaborar las admirables piezas con las más finas de las maderas y las gemas más preciosas de las que aún se conserva memoria…

El caso es que de las cincuenta y siete prendas que se sabe a ciencia cierta que fueron manufacturadas con sus propias manos, sólo se conservaban cinco. Tres están en el Museo Británico, una en el Museo de Budapest y la última estaba perdida. De ella siempre se dijo que era la mejor y más hermosa de todas, una silla del trono de soberbio labrado, taraceada con finísimos materiales, que fue el regalo del Sultán a su aliado el rey Juan de Polonia, y en el que se reproducía la famosa escena de la coronación, cuando éste recibía el cetro de manos de Solimán, su protector y amigo. Fastuoso, el regalo digno de un asiático, de una riqueza y belleza sin par, el Sultán de la Divina Puerta la había confeccionado en su refugio de Izmir, cuando se reponía de los pesares del derrotado, al no poder vencer la resistencia de la ciudad de Viena, a la que sitió durante veinte veces consecutivas sin lograr rendir la plaza.

Meilinck se lanzó detrás de su presa como quien cumple una misión de origen divino. Si he de creer en sus palabras, no dejó rincón de Europa sin registrar, ni hubo biblioteca ni expertos en la materia que dejara de consultar.

Pero todo era inútil.

De aquella maravillosa silla no había el menor rastro.

Apurado por el estado de sus finanzas, que ya empezaban a flaquear en las menguadas arcas, se dio en recorrer a todos y cada uno de los anticuarios, tanto los más famosos como los desconocidos, y más de una vez se vio en apuros, a riesgo de caer en las inescrupulosas manos de algún charlatán, que en cualquier miserable trastienda se vanagloriaba de poseer aquél tesoro digno de los dioses…

Pasó el tiempo, pasaron los años, y la silla seguía sin aparecer. Pero Meilinck no se desesperaba. Algo en su interior le decía que finalmente daría con ella. Y aunque ya de su anterior fortuna no quedaba nada, su fama como investigador y sus enormes conocimientos sobre el Renacimiento le permitían subsistir dictando cátedras en las mejores universidades del mundo, en donde era una figura familiar y querida, tanto en las aulas como entre los más selectos conferencistas. Y de su paso en la Dirección del Museo de Hamburgo, sólo baste con decir que fue gracias a él que se logró la adquisición de los fabulosos manuscritos de Miguel Angel cuyas anotaciones y bocetos para el mobiliario de hoy se sabe pertenecían al papa Julio II y con los que éste enriqueció la Capilla Sixtina, alcanzarían para justificar toda una vida.

-III-

Finalmente, las cosas se decidieron por sí mismas, como suceden los grandes descubrimientos… por obra del más puro azar… Un dato que se encontraba en un libro jamás tomado en cuenta, arrumbado en lo más profundo de un sótano extraviado en la antigua biblioteca de la ciudad austríaca de Grantz, llevó a Meilinck tras la pista de la razón de su vida… El trono no sólo había existido, sino que una nueva luz aportaba datos de la manera en que había sido sustraído del palacio real. Al morir “el Magnífico” en pleno combate, a la edad de setenta años, los jenízaros, pertenecientes a su guardia personal, lograron sacar subrepticiamente al primogénito Selim, llamado así en honor a su abuelo. Escondido en un tonel allí iba el pequeño príncipe muslim, compartiendo suerte con gran parte del tesoro, gracias al cual mucho después se solidificó el imperio que más tarde se perdería en Lepanto. Entre las incalculables riquezas que escaparon en las veloces embarcaciones, iba el trono hecho por Solimán… Siguiéndole los pasos, la historia lo situó en distintos países aliados de los turcos, hasta que después de infinidad de avatares, se sabía que había ido a parar a una remota aldea escocesa, al cuidado de una familia descendiente del bravo Alí Ben Bazawa, jefe turco de la armada real, familia que desde hacía siglos se había convertido al cristianismo. Instalados en las tierras altas de Escocia, aún tenían en su poder algunos objetos tenidos por preciadas reliquias de un lejano y brillante pasado, ya caído en el olvido…

-IV-

Los Benbarzaw eran un antiguo clan de campesinos escoceses en la que ninguno de sus miembros se había destacado particularmente. Se había que en tiempo remotos llegaron desde más allá del Mediterráneo, y de todo aquello sólo había quedado alguno que otro labrador en quien la negrura de los ojos y la intensidad de la mirada delataban los antiguos orígenes familiares…

De aquellos pastores y agricultores se puede decir que eran aferrados a su terruño, que poco y nada sabían de sus verdaderas raíces, y mucho menos del antiguo esplendor al que una vez pertenecieron, pero que guardaban por tradición algunos pocos objetos, cada vez menos, de los cuales no podían dar razón alguna, y que según decían, pertenecieron a sus antepasados.

Allí, en un húmedo cobertizo, los localizó un tembloroso Meilinck.

-V-

Para el doctor Meilinck, el viaje a Escocia fue el más largo de su vida. En un momento de desesperación, cuando el avión se demoró un poco más de lo previsto, llegó a pensar que jamás lo lograría. Pero una vez en Escocia, se dirigió sin detenerse a la aldea de Dingwall, hoy convertida en una próspera y pujante ciudad. En la taberna se informó sobre los Benbarzaw. Así se enteró de que los tres hijos que aún estaban solteros vivían en el mismo solar de sus antepasados. Supo también que eran hombres toscos y huraños, de trato difícil con los lugareños y rudos con los extraños… Pero Meilinck tenía una misión en la vida: encontrar la silla de Solimán y salvarla para el resto del mundo. En su mente enfebrecida, ya la vela en el puesto de honor del Museo de Hamburgo, del cual para aquel tiempo era su director. Entonces pensó y pensó cómo acercarse al objeto de sus afanes sin despertar sospechas, hasta que tuvo una idea… Una gran idea…

-VI-

Una mañana muy temprano, un fraile aterido de frío tocó la puerta de los Benbarzaw. Dijo que se había perdido buscando un convento franciscano que existía por los alrededores. Dijo que tenía hambre, y que se hallaba extenuado de cansancio por la larga y helada caminata. A la vista de ese hombre descalzo, tiritando, medio muerto de frío, los hermanos muy religiosos y temerosos de Dios se condolieron de él y lo hicieron pasar, sentándolo junto al fogón donde bullía, olorosa, una espesa sopa de gallina. Allí Meilinck –pues como ya lo habrán adivinado, de él se trataba–, logró conquistar la buena fe de sus anfitriones, hasta que finalmente, gracias a sus dotes de conversador infatigable, se ganó la confianza de aquellos campesinos, los que no dudaron en brindarle lo mejor de su hospitalidad, y hasta consintieron en mostrarle sus extensas posesiones en medio de las cuales se alzaba el enorme cobertizo. Allí, entre mulas y fardos de heno, se divisaba un revoltijo de maderas y cueros a punto de desintegrarse. Una sola mirada le bastó a Meilinck para ubicar rápidamente el trono de Solimán entre tanta chatarra y piezas deterioradas que atiborraban los fondos. Desguazada, sin engarces, despintada y con una pata de menos, seguía siendo, sin embargo, la famosa silla. La reconoció por instinto, por la mirada avezada de quien frecuenta antigüedades y las reconoce con el mismo vistazo conque el buscador de oro descubre la pepita debajo de la cochambre. De otros objetos, mejor ni hablar. Su ruinoso estado los hacía irrecuperables.

Y entonces comenzó a hablar. Habló y habló, de esto y de lo otro, de lo divino y de lo humano, de cuanto se le ocurría. Habló de todo, de todo menos de la silla. Temblaba de miedo de sólo pensar que la ansiedad pudiera delatarlo…

Pues no. Eso no sucedió. No sólo los Benbarzaw no se dieron cuenta de sus intenciones, sino que accedieron a venderle lo que juraban que era leña para la chimenea de los franciscanos. Por un precio ridículo, vergonzoso, Meilinck compró la silla junto con otras maderas que ya ni recordaba en qué consistían, a cuenta de llevarlos para el convento. Y una vez que hubo pagado, se dirigió a la taberna, ahora sí, temblando sin mesura, y allí alquiló un carromato en el cual se llevaría los trastos.

-VII-

A esta altura del relato, tuve la certeza de que el doctor Meilinck había envejecido súbitamente. Le serví otro trago, sorprendido al notar que la voz se le quebraba en una especie de sollozo.

–Qué pasó entonces, doctor?– le pregunté, inclinándome hacia él para escuchar mejor sus palabras.

Tardó en contestarme. Pero juro por lo más sagrado que esto fue lo que me dijo:

–Cuando regresé con el carro, los hermanos Benbarzaw me estaban esperando. Junto a ellos se apilaban unos haces de leña del alto de un hombre, que cargué sin siquiera mirarlo, pendiente únicamente del tesoro de Solimán. Pero cuando se quitaron el sombrero en señal de despedida, no aguanté más y horrorizado por una idea que se hacía paso en mi mente a pesar de mis esfuerzos por rechazarla, les pregunté por la silla, que dónde estaba la silla.

Emocionado, se sirvió él mismo otro vaso de whisky.

–¿Sabe, doctor? –me dijo en un murmullo–. Casi me muero de la impresión. ¿Sabe lo que me contestaron? No, no lo sabe. ¿Cómo va a saberlo? Nadie puede saberlo–terminó en un susurro…

Entonces se levantó y empezó a dar grandes pasos por la habitación. Hablaba para sí mismo, olvidado de mi presencia.

–Nunca me lo creería –añadió con el pecho agitado–. En realidad siempre pensé que fue un castigo divino por querer engañar a una gente que creó a pie juntillas todas las mentiras que les dije con tal de tener la silla en mi poder… Pero había luchado tanto por ella, había perdido tantas cosas a cambio, que no fui capaz de actuar con honestidad.

–¿Qué le dijeron, Meilinck, qué fue lo que le dijeron? –le pregunté en el paroxismo de esa locura total que resultó ser la confesión de un hecho tan vil.

–Me dijeron con una sonrisa en los labios, muy cortésmente, eso sí, que la habían partido en mil pedazos para que pudiera llevarla con mayor comodidad…

-VIII-

Esa fue la última vez que vi al doctor Heinicke Meilinck. Murió poco tiempo después que concluyó el congreso. Pero creo que jamás podré olvidar aquella tarde, no sólo por el impacto que me produjo el final de su historia, sino porque ese mismo día mi abogado me avisó que había perdido el juicio de divorcio y que mi mujer me había dejado en la ruina.

 

* Extraído de Más frágil que el cristal, publicado bajo el sello editorial de Alfaguara.

Imágenes

Foto 1. George Grosz. Friedrichstrasse. 1918
Foto 2. Wassily Kandinsky. Grosse Auferstehung (Grosses Jüngstes Gericht) / Gran Resurrección (Gran Juicio Final). 1911.
Foto 3. Karl Schmidt-Rottluff. Melacholie / Melancolía. 1914.
Foto 4. Erich Heckel. Straße am Hafen / Calle junto al puerto. 1910.
Foto 5. Emil Nolde (Emil Hansen). General und Diener / General y sirviente. 1906.


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