Historia Clínica un diario íntimo

 

 
  Allan Pauls

 

000Martes once y cuarto de la mañana

Voy del cuarto a la cocina a dejar una taza de café sucia y en el camino, en el living, veo el brillo verde de la luz encendida del equipo de música. No sé por qué, desde hace un tiempo no puedo soportar que los aparatos estén prendidos sin funcionar. Me parece un derroche intolerable. Me desvío y lo apago, y junto al equipo descubro un disco fuera de su caja, para colmo con la cara grabada boca abajo, como me dijeron que hay que dejar los discos si se quiere que acumulen polvo y después dañen, primero de un modo pasajero, más tarde irreversiblemente, el ojo lector del equipo. Lo guardo. Es el disco que Sinatra grabó con Jobim. Lo compré por todos los recuerdos de juventud que suponía que le traía a mi madre: la fusión Brasil-Estados Unidos, la música en los clubes, Río de Janeiro, los descapotables, los playboys, todo lo que los sociólogos llaman un poco rápidamente la Cultura Gin Tonic... El día que le conté que me lo había comprado, mi madre no pudo reprimir (creo que ni siquiera se lo propuso) una mueca de asco. Era el disco preferido de su ex marido, del que se había divorciado seis meses atrás después de treinta años de matrimonio, los últimos diez de los cuales habían sido, según ella misma me lo confesó en la sala de admisiones de la clínica psiquiátrica donde hubo que internarla de urgencia en agosto de 1995, “diez años de pesadilla total”, a lo largo de los cuales no hubo una sola mañana en que no se le pasara por la cabeza la idea de dejarlo o, en su defecto, cuando estaba demasiado débil, de provocarle alguna clase de accidente fatal que la liberara definitivamente de él. Después de meter el disco en su caja lo disimulo intercalándolo en la pila de compilaciones de grandes éxitos; esta noche viene mi madre a cenar: no quiero crear fricciones gratuitas, y menos ahora, que ha dejado de tomar ansiolíticos.

El mismo martes, media hora después

Dejo de escribir y al levantarme veo junto al disco de Sinatra y Jobim la taza de café sucia que nunca llegué a llevar a la cocina. Me pasa cada vez más a menudo. Basta que me proponga hacer algo en un espacio distinto del espacio en el que estoy para que algo me distraiga y eche al olvido lo que me proponía hacer. Consulté con mi médico. Contra todas mis expectativas, no me diagnosticó, pero creo que con un poco de ayuda de mi parte al menos habría mencionado la palabra y podríamos haber tenido una conversación interesantísima sobre el asunto. Me acordé de un artículo que leí hace unos meses sobre unos arquitectos norteamericanos que estaban empezando a desarrollar una arquitectura específica para pacientes con Alzheimer: clínicas, centros de internación cuya estructura espacial, laberíntica y a la vez circular, compleja e infantil al mismo tiempo, impide que los enfermos se pierdan... Me pregunto si mi problema es un problema con el espacio o con el recuerdo, y si hay alguna diferencia entre una cosa y la otra. Como ley general, podría decir –quizás un poco prematuramente– que en esta etapa de mi vida, cuyo final no puedo prever pero cuyo principio, aunque algo turbio, podría fechar el día en que sin darme cuenta grabé una película pornográfica de la señal de cable Venus en el primer casete que atiné a encontrar y borré por completo el parto de mi hijo mayor, el que cumple actualmente una condena por ejercicio ilegal de la medicina en un panel de Olavarría, provincia de Buenos Aires –como ley general, decía, diría que para mí las ideas no tienen, o empiezan a no tener ninguna existencia independiente; están ligadas –la palabra es demasiado tímida: “soldadas”, habría que decir– están soldadas al espacio físico en el que estoy cuando las concibo, y que de algún modo es su propio espacio, tan propio, en rigor, que, como los astronautas cuando alguna maligna criatura alienígena los arranca del ecosistema portátil en el que viven dentro de sus trajes, fuera de ese espacio no tienen la mayor posibilidad de supervivencia.

Jueves cinco y media de la mañana

Completamente desvelado. Busco a mi mujer por toda la casa; no está en ningún lado, no dejó ninguna nota, nada. Hay dos mensajes en el contestador (debo haber dormido tan profundamente que nisiquiera escuche el timbre del teléfono): las obscenidades de siempre. Me doy cuenta de que tengo una frase en la cabeza; es más: si agito la cabeza, la frase golpea contra las paredes del cráneo como un moneda de cinco centavos en una alcancía. La frase es: “Los pueblos que no tienen memoria están condenados a repetir su historia”. ¿ Cómo puedo haber vivido tanto tiempo confundiendo esa puerilidad con una axioma político? La repetición, ¿no es precisamente la obra maestra de la memoria? Suena el teléfono: es mi mujer, pero casi no reconozco su voz. Hay mucho ruido en la línea. Me dice que no me preocupe, que está estudiando en lo de una compañera de facultad. Me distraigo: me miro las uñas de los dedos gordos de los pies, que están completamente amarillas. Ya prácticamente no hay diferencia entre las uñas y la piel de los dedos. “Tengo pies de mutante”, le digo a mi mujer. “No digas pavadas y anda a la cama”, me dice. Nos despedimos, pero tardamos en colgar. Ella espera que yo cuelgue primero; yo, que cuelgue ella. Al final colgamos exactamente al mismo tiempo. Pero yo descuelgo enseguida para sorprenderla todavía escuchando. Ni siquiera sabía que mi mujer que estudiara.

Viernes

Le pido a mi médico que me derive a un neurólogo. Idiota de mí: homeópatas detestan a los especialistas. Me recomienda que lea “Funes el memorioso”, el cuento de Borges. Mi médico tiene el consultorio justo en diagonal a la casa de Borges. Alguna vez me confesó que abordó a Fanny, la mucama que María Kodama desheredó, para sonsacarle alguna intimidad del escritor, y que la mujer lo amenazó con llamar a la policía. Tiene la teoría de que la ceguera de Borges era psicosomática. Cada dos por tres le dejaba en el buzón sus tarjeticas de médico con la dirección del consultorio: decía que si le curaba los ojos a Borges iba a ser el homeópata más famoso de la historia, más famoso que Hahnemann, que Bronfman, que Sánchez de Bustamante, que Fritsche, que todos. En el cuento, el narrador describe a Funes como un “Zarathustra cimarrón y vernáculo”. Me desconcierta un poco la hache después de la te en “Zarathustra”. No recordaba que fuera el cuento tan bueno. A las tres páginas caigo en un sueño muy profundo, como hipnotizado.

Sábado

Fristche: “Toda acción incluye el olvido”. Veo mucha, mucha televisión, hasta hartarme. Me especializo en comedias que tuvieron su cuarto de hora hace dos o tres años, y las veo con un entusiasmo desbordante, como si participara de un gran acontecimiento del presente. Soy el más grande erudito en Seinfeld que debe haber, o quedar, sobre el planeta. Voy a fiestas y reuniones y no hago otra cosa que contar el argumento y las vueltas de tuerca y los chistes del capítulo que vi la noche anterior, o quizás esa misma mañana. Obligo a los demás a recordar lo único que, para mí, está sucediendo ahora. Las invitaciones empiezan a ralear. Mis amigos no me devuelven los llamados. Alguien me habla de Los Soprano; me doy cuenta de que trata de neutralizarme. No entienden: no me interesa la calidad, ni el ingenio, ni siquiera el fenómeno sociológico: lo único que me interesa es llegar tarde.

Lunes, mediodía

Postrado. Hepatitis, dice el médico de urgencias. “¡La hepatitis no existe!”, me grita por teléfono mi médico. “Leé el Diario de una hepatitis de Aira y vas a ver”. “Todavía no terminé Funes”, le digo. Quince minutos después me resbalo al ducharme y me esguinzo un tobillo. “Ah, eso es otra cosa”, dice el médico esta vez, con un tono respetuoso que ninguna otra enfermedad le había inspirado antes. Estoy completamente amarillo; tengo el pie inflado como una pelota, inflado y rojo. Como Funes, como James Stewart en La ventana indiscreta, que, como Funes, veía más que todos y lo creían loco. Hace días que en casa no hay gente. No me sorprende de mi mujer, que siempre me odió, ni de mi hijo, que manda desde el penal las postales que dibujan los presos modelo, pero sí de mi hija menor, a la que siempre consideré una persona de juicios independientes. Sigo con Funes; lo leo tomando café, para no dormirme, y unas cápsulas de gingko bilova que alguien dejó sobre la mesa del comedor, al lado de una taza de café sucia que vaya uno a saber qué hace ahí. Deben estar vencidas, porque apenas las trago siento que se deshacen y caen en el estómago como una llovizna de polvo. Lo interesante es que el narrador del cuento olvida su primer encuentro con Funes. Es su primo Bernardo el que se lo recuerda. Después, la segunda vez, cuando vuelve a Fray Bentos y pregunta por él, Bernardo le cuenta que lo tumbó un caballo y que quedó tullido. Como James Stewart en La  –esto ya lo dije. Y en ese momento el narrador sospecha. Sospecha de la memoria de su primo y, desde luego, de toda memoria. Dice: “El hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores”. Suena el portero eléctrico. Me cuesta muchísimo levantarme de la cama, pero atiendo igual. Podría ser una emergencia. “Masajes tailandeses”, dice una voz de hombre. Reconozco la voz del encargado del puesto de diarios. De golpe me doy cuenta de que le debo tres meses.

Lunes, antes de comer

No quiero tener una vida histórica. Quisiera ser como los animales, que viven en el presente como una cifra que se divide sin dejar resto. Quisiera instalarme en el umbral del instante, olvidarlo todo, tenerme en pie en un solo punto, sin temor y sin vértigo. Pero vuelve a sonar el portero eléctrico y su insistencia, dramática e imperativa, me suena familiar. Es mi madre. Se ha reconciliado con su ex marido; están los dos abajo, quieren contármelo todo. Apuesto todo a su reuma deformante y le digo que yo encantado, pero que no hay ascensor, que van a tener que subir los dieciséis pisos por escalera. A ciegas, además, porque tampoco hay luz: todas las bombitas de la escalera están quemadas o rotas, y el encargado del edificio no aparece desde hace dos semanas. (El administrador sospecha que tenía algo que ver con el sauna que operaba en la planta baja “D”.) Los oigo conversar por el portero eléctrico. Escucho cómo se besan. Después él dice algo que no entiendo pero que no parece caerle del todo bien y discuten. A los diez segundos de mi madre está aullándole. El dice que yo tengo la culpa de todo, como siempre. Cuelgo y vuelvo a la cama. En la televisión dicen que han detenido a un ex presidente. Pasan un montaje de imágenes del tipo “ascenso y caída”, que recorre su vida en los últimos diez años y lo convierte automáticamente en una atmósfera no histórica. Me duermo con el televisor prendido.

Lunes, a medianoche

Este país siempre ha querido liquidarnos, nos ha liquidado siempre, y cuando no nos ha liquidado nos ha obligado a recordar que siempre puede liquidarnos. Nos exige que nos hagamos memoria, que aceptemos todo –la opresión, la violencia, todo– bajo la amenaza de que si no lo aceptamos este país volverá a hacer lo único que sabe hacer como ningún otro: liquidarnos. Me corto las uñas. Después de cortarme las uñas me arranco las cutículas. Me da hambre. En la heladera no hay nada. Debajo de la pileta de lavar, escondida tras el lavarropas, descubro –menos mal– una bolsa de alimento balanceado para perros. Es para cachorros. Espero que no caiga mal. ¿Tuvimos alguna vez un perro, nosotros?

Miércoles, de tarde

Viene a verme mi médico. Jugamos a las cartas. Se perdió el capítulo de Seinfeld de ayer, el que está contado al revés, que empieza en la India y termina cuando Seinfeld, joven, acaba de mudarse al departamento y se encuentra con primera vez con Kramer. Mi médico hace trampa, como me lo imaginé. Es un pésimo perdedor. Cleptómano, además. Se mete el disco de Sinatra y Jobim en el forro descosido del sobretodo, que es mi sobretodo. Se queda dormido en el sillón, con restos del alimento para perros en las comisuras de los labios. Aprovecho y vuelvo a Funes. Nunca pensé que un cuento pudiera durarme tanto. La clave de Funes es que no sacrifica nada.

Viernes, madrugada

El médico se despierta, me descubre leyendo. Le digo que la clave de Funes es que no sacrifica nada. Se pone a gritar: Borges es un canalla, un ladrón, un perro miserable. Caramba. Dice que Funes es en realidad Seresevsky, el paciente más famoso del doctor soviético Alexander Luria. Era hipermnésico: no podía olvidar nada. Tiró unos años mnemonista profesional, como el míster Memory de Los 39 escalones, pero no tardó en desmoronarse. Son palabras de mi médico. Tenía dificultades para formar un concepto general sencillísimo como el concepto de “perro”; no podía dejar de lado las propiedades individuales de todos los perros concretos que había visto en su vida. Así que si no quiere volverse loco debe aprender a olvidar. “Me estás cargando”, le digo. “Palabra”, dice mi médico. Nunca lo vi tan serio, y debe hacer casi diez años que lo conozco. Once, desde que dejé las drogas duras. Así que Luria inventa la letotecnia. Como hay métodos para memorizar, también hay técnicas para olvidar. Y lo primero que hace es lo que más éxito tiene, el colmo de la eficacia: obliga a Seresevsky a escribir en un papel todo lo que quiere olvidar. Hace listas, y todo lo que va escribiendo se le va borrando de la cabeza. Escribe para olvidar. “No está mal”, le digo. Comemos en la cocina. El sigue con mi sobretodo puesto. Quiere meter una mano en un bolsillo, la mete en el forro descosido y tropieza con el disco de Sinatra y Jobim. No lo reconoce. Lo vuelve a meter en el bolsillo, por prudencia. “De chico, en el campo, me dijeron que siempre que encontrara una tranquera abierta la dejara abierta. Al pasar junto a la mesa del comedor golpea sin querer la taza de café sucia y, agachándose, la recoge en el aire justo antes de que se estrelle en el piso.

 

Imágenes:
Foto1. Jason Galarraga. Sin título. 2000
Foto 2. Sinatra / Jobim. Montaje por Michael Martínez.
Foto 3. Christina Yuin. New York City. 1978.
Foto 4. Mimmo Jodice. Ospedale Psichiatrico “Leonardo Bianchi”, Napoli. 1978.
Foto 5. Edward Weston. Casa Colonial en Rovina, New Orleans. 1941.


[ Home | Mouseion | Subir ]