| Cuentos* |
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Miguel Ángel Jusayú
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Nuchiki Eane Atpana Numa
Wane Anuwana
El conejo y el rey zamuro
El rey zamuro1, es un ave grande, se parece a un pavo: negro
por el dorso, blanco por el vientre, de cuello largo, tiene como unas
cuentas en el cuello, y también tiene moco. El rey zamuro no abunda, no
se lo encuentra en cualquier parte. Su lugar habitual es el monte muy
boscoso y también los cerros cubiertos de árboles. Se trata en realidad
de un ave muy arisca. Suele estar posado en la copa de algún árbol muy
alto. Echa a volar en cuento algo se le acerca. Se alimenta de animales
que encuentra muertos por ahí, pero no se come toda su carne, sólo come
la lengua y los ojos.
El rey zamuro es un agente poderoso de mala influencia,2 no
se trata de ningún cuento o exageración. Su influjo dañino recae sobre
el hijo de aquella que lo haya visto antes y también sobre el que haya
comido la carne del animal al que el rey zamuro le ha comido la lengua.
Los afectados son los recién nacidos, los que tienen algunos meses e incluso
los que tienen ya un año. El que sufre el mal influjo del rey zamuro,
se pone gravísimo: vomita, sufre diarrea, y se le pelan la lengua y el
ano. Mientras vive se le ven los ojos blancos, y cuando se muere se le
hunde el globo ocular.
El conejo se encontraba en su tierra. Vivía, se alimentaba y dormía en
un lugar de grandes espacios, el sitio era llano y con abundante vegetación.
No se encontraba solo, tenía mujer e hijos. Tenía también familiares que
vivían por ahí en otras partes.3 No eran muchos sus hijos,
eran sólo cuatro. La mujer era muy prolífica, le nacían hijos con frecuencia;
pero los hijos eran muy enfermizos; eran propensos a las enfermedades,
sufrían mal de ojo y morían fácilmente.
Se había hecho muy amigo del mapurite, del oso hormiguero y del zorro.
Sus amigos lo querían. Si algo le pasaba, lo ayudaban. El conejo sufría
mucho cuando se le enfermaba algún hijo. Corría de un lugar a otro buscando
algún remedio para curarlo. Cuando alguno de sus hijos caía víctima de
la mala influencia, ésta se debía a cualquier animal como el gavilán el
caricare, la cotorra o el rey zamuro. El solía sancochar los huesos del
animal origen del mal influjo, y ese caldo se lo iba aplicando con ligera
presión de las manos por todo el cuerpo. A veces mejoraba el hijo y a
veces se moría a pesar de habérsele aplicado aquello. Solía tener a su
disposición muchos huesos de animales, pero no tenía huesos del rey zamuro;
eran muy escasos y ni él ni nadie los tenía.
Cierto día se puso el conejo a hablar con sus amigos. El los animaba
e invitaba: «Vámonos, acompáñame. Voy a ir a la caza del rey zamuro; me
hacen mucha falta sus huesos». Sus amigos no lo apoyaron. Se reían de
él; le aconsejaban para que no fuese a cazar al rey zamuro. «No pienses
en eso, amigo nuestro, que te vas a perder; el rey zamuro no te va a resultar
a ti manso a la hora de ir a matarlo» se limitaron a decirle. Pero
de todas formas él no abandonaba la idea de ir a cazar. Además veía al
rey zamuro durante el sueño. «¡Qué lástima con ese pájaro! ¡Ojalá pudiera
verlo yo algún día!» decía él como conclusión de todo.
Y al fin se decidió a ir solo a la tierra del rey zamuro. Caminó por
entre el boscaje unos cuantos días y no vio nada de interés. Descansaba
donde se sentía fatigado, pernoctaba donde lo cogía el sueño. Ahora bien,
un día vio el conejo un caballo muerto. Las cosas son así, suceden cuando
menos se esperan. El caballo se hallaba tendido en el suelo, ya estaba
aventado e hinchado y ya empezaba a heder pero estaba todavía intacto
y ningún animal se lo había comido para nada. El conejo estuvo parado
por ahí durante un rato. Contemplaba el caballo que fue para él un motivo
de alegría: «Caramba, me conviene esperar aquí al rey zamuro: es seguro
que llegará a comer la lengua de este caballo» se decía.
Abrió un hoyo cerca del caballo en medio de un grupo muy espeso de tunas.
Se escondió en el hoyo, se hizo una cama de paja, estaba acurrucado debajo
de las tunas. El conejo esperó todo un día al acecho del rey zamuro, no
apareció ante él. Llegaron en cambio unos zamuros, unos caricares y unos
perros. Y como no venían a otra cosa, se pusieron a comer. Los perros
desgarraban la carne del caballo. Los zamuros le sacaban las tripas. El
conejo cuando ya se cansó se marchó. Se llevó un pedazo de la tripa del
caballo, vaya a saber con qué intención.
Llegó después al pie de una montaña. Quería subir al monte, pero tenía
muchos y contrarios pensamientos, tenía miedo de que lo devorara alguna
fiera. Se acostó, pues, en la superficie de un claro. «¿Qué me convendrá?
¡Qué bobo sería ya si regresara sin llevar algo!» pensaba. «Lo
mejor es que me haga el muerto: quizás venga el rey zamuro a comerme la
lengua y a sacarme los ojos» dijo decidido entonces.
Se tumbó patas arriba, introdujo en su ano la tripa del caballo. Fingía
estar aventado, tenía la boca abierta y los ojos bien abiertos. Pues bien,
de pronto, le llegó un moscón verde al conejo. ¿Quién sabe dónde vendría?
«Jerrón, jerrón» se oía el zumbido dando vueltas, posándose y levantándose,
como tanteando alrededor de él.
¡Qué alegre y contento estaba el moscón! «¡Caramba, conque aquí es donde
hay comida!» decía mientras comía la tripa del caballo. Al hartarse
se fue a la cima del monte. Llegó a la presencia de un rey zamuro: «Abuelo,
¿crees que la comida está lejos de aquí? Sábete que está ahí mismo, más
abajo. Acabo de comer; así como estoy (en este momento), estoy lleno»
le dijo el rey zamuro. Se alegró mucho el rey zamuro al decirle
eso, e hizo como que deglutía. «Caramba, ¿qué comida hay por allá, nieto?.»
dijo al moscón. «Caramba, tú, abuelo (si supieras). Por allá está
un conejo tendido en el suelo que aún no ha sido comido» le dijo.
«¿Es verdad, nieto, que el conejo está muerto?» le dijo el rey
zamuro. «De veras que está muerto, abuelo; yo no te estoy diciendo ninguna
mentira mía. Se le han salido las tripas, y además ya hiede, yo me he
metido por su boca y me he salido por su ano» le dijo a él. Se fue
después de eso el rey zamuro con el moscón. «Ven, móntate aquí en mi cola.
Vámonos para que me muestres el conejo» le dijo al moscón.
Entonces, aterrizaba poco después en el área del claro. Estaba alerta,
miraba a todos los lados como hacía allá. Y miró también al que iba a
comer. «Es verdad que está muerto, porque ya hiede. Lo mejor es que me
coma rápidamente la lengua y los ojos y me vaya» dijo él entonces
(decidido). Se asustó mucho el conejo al oír aquello. Se levantó de golpe.
Agarró rápidamente el rey zamuro por una pata y por un ala. Este al principio
se sacudía, después se cansó y se aquietó. El nieto (el moscón), a su
vez, no permaneció ni un instante, voló como hacia allá, el rey zamuro
por su parte estaba furiosísimo con él. «Maldito sea el moscón ese, que
me ha engañado y me ha puesto a merced de alguien. Ya le daré algún día
su merecido» pensaba en su interior.
El conejo se puso muy contento por haber capturado al rey zamuro. Lo
tenía amarrado por las patas y por las alas. Lo llevó para su tierra.
Lo escondió después en el hueco de una piedra. Pues bien, se regó la noticia
del rey zamuro. Se enteraron todos los seres (del reino animal) de todas
las partes. Había quienes lo creían y había quienes no se lo creían. «Quizás
eso es una simple patraña; ya que el rey zamuro no es nada manso para
un pobre conejo» había quien decía. «¡Epa! Vamos a verlo. ¿Será
verdad? hubo también quien dijo. Pues bien, después de todo, fueron
muchísimos los animales que llegaron a donde el conejo a ver al rey zamuro.
Y él lo tenía escondido en todo momento, no se lo mostraba a ellos. «Sí,
ciertamente tengo aquí al rey zamuro en mi poder, ahora él ya se ha vuelto
mi animal doméstico. El es misterioso. El que quiera verlo, tendrá que
pagarme para verlo; el que no pague y lo vea, padecerá su mala influencia
en los hijos» dijo el conejo a los animales. Y tras eso recibió
como remuneración muy buena recompensa. Hubo quien le dio un pedacito
de oro. Hubo quien le trajo prendas; hubo quien le trajo al menos comida.
Hubo animales que se asustaron. «Es preferible que no lo veamos, no sea
que algún día les caiga el mal de ojo a nuestros hijos» se dijeron.
Bien, mucho tiempo después el rey zamuro estaba muy decaído. Dejó de
comer, se iba volviendo cada vez más flaco, el conejo estaba temiendo
por él. «¡Caramba, a ver si se me va a morir mi animal! ¿Que será conveniente
ahora para él?» decía. «Sí, yo te voy a soltar si me muestras el
remedio para el mal de ojo, y el remedio para curar la mala influencia
del rey zamuro» le dijo al rey zamuro. «Sí, te lo mostraré, son
muchas las clases de remedios que conozco. Es necesario que me lleves
ahora esta noche para allá, para mi tierra, donde abundan los remedios»
le dijo al conejo. Y el conejo lo llevó entonces a la montaña. Le
acompañaron los amigos alllevarlo.
Ahora, estando por allá, el rey zamuro le mostró algunas hierbas. «Aquí
están éstas, ahí están ésas, estas otras son las más eficaces a la hora
de curar» le decía a él. Le explicó cómo tenía que prepararlas.
Le dijo de una vez cómo se debían administrar en la cura. Después de
eso, ya no le hicieron nada al rey zamuro, lo soltaron sin más. Los que
lo llevaron se volvieron por donde habían ido. Cargaron cada uno su montón
de hierbas. El conejo estaba muy contento con aquello. Lo elaboró después
en el lugar donde tenía su sitio habitual de dormir, las molió y las preparó
como pasta. A cada uno de sus amigos le dio una parte.
Gracias a los remedios estaba el conejo de lo mejor. Eran muy solicitados,
se los pedían con frecuencia y él los trocaba por cosas que le hacían
falta. Sus hijos ya no se morían tan fácilmente; se ponía a curarlos en
cuanto enfermaban. Después de eso, el conejo se multiplicó mucho. Abundó
en todos los lugares.
Nüchiki Páatashéeinchi
Lo que le pasó a Páatashéeinchi
El Páatashéeinchi era una guajiro tamborero y bebedor. Era muy conversador
y bromista, entremezclaba las bromas y las risas. Si por casualidad le
llegaba la menor noticia de que había un baile, se iba rápidamente al
baile. Y no digamos cuando le avisaban, recibía la noticia conmejor agrado.
Dominaba el arte de tocar el tambor, al tambor le sacaba un sonido precioso.4
Cuando él tocaba el tambor durante el día sin un motivo especial, imitaba
cualquier sonido o voz. Y si él tocaba de noche bebiendo, tenía un gran
repertorio de toques. Tocaba imitando el rebuzno del burro. Imitaba los
pasos de los burros acosándose. Imitaba el ruido del zorro evacuando los
excrementos, cuando éste había venido de lejos a comer caujaro.5
Pues bien, un día, al comienzo de la noche al tiempo que la luna alumbraba,
se encontraba en su casa acostado en su chinchorro. Había estado emborrachándose
durante el día; había estado trabajando en cayapa y tomando ishirrúna;
estaba con ganas de beber. De pronto escuchó el sonido de un tambor lejano,
con su oído lo percibía muy débil. «¡Epa! ¿De dónde vendrá aquel sonido
del tambor?» decía levantándose mientras movía la cabeza a los lados.
«Seguramente se trata del sonido de un tambor de gente que está bebiendo.
De seguro que beberé si voy para allá» decía. Se alistó entonces,
arregló su manta, se puso el sombrero y cogió un garrote.6
Y se marchó entonces hacia el sur, pero ladeándose un poco hacia el este,
se dirigió hacia Julúliwou.
Ahora bien, cuando tenía buen rato de estar caminando dejó de oír el
sonido del tambor. Aunque tenía ganas de regresar a casa, le vinieron
sin embargo muchos pensamientos: «Es mucho mejor que yo vaya hasta allá
a verlo» dijo como conclusión. Pues bien, cuando iba por allá,7
cuando ya estaba por Atuwairruku, a eso más o menos de medianoche,
escuchó el silbido de un wanülû por detrás que le seguía y hacía:
«wih». «¡Epa!» dijo él al tiempo que corría por el camino. Como
el wanülû no era nada lento, poco a poco se le iba acercando. «Wih»
silbaba y casi junto a él. Se asustó mucho Páatashéeinchi. Se le
fue la borrachera, ya no se acordaba del sonido del tambor, al que iba.
«¿Qué irá a hacer conmigo?» pensaba. Pues bien, caminaba, dando
rodeos, en zig-zag, dando vueltas, cruzando por el camino. Se acostó después
boca abajo a la sombra de unos árboles de dividive, bajo ellos la oscuridad
era muy densa. Pues bien, le palpitaba el corazón de miedo a Páatashéeinchi.
«Me voy a quedar pues, aquí, a merced del wanülû, a que me haga
cualquier daño, ya que no sé volar como para ponerme en este momento a
huir de él echando a volar desde aquí» dijo.
Pues bien, «wih» hacía el wanülû por el camino. Vio asomarse
entonces algo parecido a un alijuna,8 montado en una
mula, delante iban dos perros negros. La mula no iba despacio, trotaba:
«tilín, tilín, tilín» se oía el sonido del freno.9 Y
los perros también caminaban con un trotecillo. El vestido del alijuna
era blanco; brillaba el sombrero y también su calzado. Pero no se le distinguía
bien la cara. Pues bien, de pronto el wanülû detuvo la cabalgadura
donde Páatashéeinchi había zigzagueado y dado vueltas. Los perros estaban
sumamente inquietos; olfateaban las huellas y miraban hacia allá. El wanülû
detuvo la cabalgadura durante un rato. Se marchó después y los perros
se dirigieron delante de él al tiempo que silbaba: «wih».
Páatashéeinchi no se levantó, permaneció acostado boca abajo debajo de
los dividives. «¿Qué haré ahora? ¿Hacía dónde iré?» pensaba. Ahora
bien, después de eso, «chòchochocho» sonaba el canto
de un pájaro carpintero por ahí cerca de él. «Ajá, por fin ha pasado»
dijo entonces Páatashéeinchi levantándose. ¡Y a correr se ha dicho
por entre el boscaje! Ya no andaba por el camino. Pues bien, un poco más
allá, de pronto le vino la gana de evacuar, ya que se había hartado de
ishirrúna. Se acomodó pues para evacuar. Puso en el suelo el garrote,
levantó la manta. Quedó listo entonces, se limpió con unos trocitos de
palos. Y se fue. Colocó el garrote bajo el brazo. Ahora bien cuando iba
caminando, había un gran hedor, olía excremento. «¿Qué me pasará a mí?
¿Qué será lo que hiede tanto?» pensaba. Y era su palo que estaba
muy embadurnado de excremento, porque había obrado antes sobre él. «¡Caramba,
conque es mi palo que está embarrado de excremento!» dijo entonces
riéndose. Y quien sabe qué hizo Páatashéeinchi con el garrote. Seguramente
lo arrojó después, porque realmente estaba sucio de excremento.
Pues bien, estuvo caminando ininterrumpidamente por entre la maleza,
llegó después a la entrada de una cerca. «¿Qué será ahora esto?» dijo.
Miró para dentro de la cerca, y era un cementerio: «¡Fuera! ¡Que mala
suerte la mía esta noche! ¿Qué me irá a pasar ya ahora?» dijo alejándose
de allí. Pues bien, se fue alejando y alejando, ya no sentía ningún temor
en sus entrañas. Pues bien, llegó entonces al rancho de un conocido, cuando
ya casi amanecía. «¡Conque él es el que llega!» dijeron de él.10
Ya que él no era desconocido para nadie, en seguida le fue colgado un
chinchorro bajo la enramada. Se puso en seguida a contar lo que le había
sucedido en su caminata «¡Qué mala suerte la tuya!» le decían y
él les hizo después reírse. En aquel día había chicha de millo que estaba
a punto burbujeando en una tinaja. Le sirvieron una totuma llena y se
alegró mucho con aquello. Le entregaron un tambor. «Toca para que oigamos
tamborear» le dijeron. En seguida cogió el tambor, ya que no deseaba
otra cosa. Se emborrachó de nuevo, y allí se quedó tocando el tambor debajo
de la enramada.
Esto ocurrió en cierta ocasión a Páatashéeinchi.
Y eso es todo.
Nüchiki Wané Waiu Wütia Anüliachi
Relato de un hombre llamado Wütia
El Wütia,11 era hijo de gente rica, por lo que él era
rico también. Era muy conocido en su tierra; eran muy conocidas sus actuaciones,
y además era apacible, no era pleitista. Era huérfano, ya había muerto
su madre, que se llamaba Kekípaasü.12 El por su parte tenía
una mujer, que se llamaba Meechónsirrü, y gracias a su compañía se encontraba
siempre bien. Por otra parte sus familiares se habían mudado a lejanas
tierras.13 Al principio su intención al mudarse había sido
trashumar con sus rebaños allá donde hubiese lluvia abundante14
;pero ellos se quedaron y se asentaron allá donde ahora están y no volvieron
más a su lugar de origen.
Algún tiempo después Wütia se echó a perder, se volvió bebedor
de aguardiente. Era muy bebedor, se emborrachaba en cualquier ocasión.
En seguida se ponía a beber cuando había un velorio, cuando la yerra,
y cuando había carreras de caballos. A veces bebía solo en su casa, otras
veces bebía con otras personas en otras partes. Unas veces regresaba pronto
(a su casa) y otras, no regresaba. La mujer estaba muy triste y disgustada
con su borrachera; se impacientaba cuando él no llegaba a casa. Le guardaba
inútilmente la comida, que se agriaba15 y la botaba por fin.
Durante la noche permanecía despierta, pendiente de su llegada. «Ahora
es él, que viene» decía cuando oía el latido de los perros. Algunas
veces Wütia compraba el aguardiente que bebía.16 Otras
veces le brindaban los hombres ricos, le tenían en consideración porque
era rico al igual que ellos.
Después ya no se le veía a Wütia borracho por ahí.17
Ya no atendía la casa, poco a poco se fueron acabando sus animales, los
fue cambiando por aguardiente, así, las reses, los caballos y las mulas.
Meechónsirrü estaba muy enojada con sus constantes borracheras. «Caramba,
¿por qué te has puesto así? Deja ya de una vez la bebida» le decía
algunas veces a él. El no le respondía nada, otras veces se le reía. El
se hacía como que ella le estaba bromeando. «Me lo bebo porque quiero
beberlo; algún día lo dejaré (el aguardiente)» se limitaba a decirle.
Wütia no dejaba de beber; se acabaron sus animales, se los gastó
en la bebida. Cualquier cosa que tuviera, la empeñaba para gastarla en
aguardiente, cosas tales como prendas (piedras, collares, etc.), armas
de fuego largas, la silla de montar, el tambor, el hacha, la faja o cinturón,
el sombrero; y todo aquello se perdía sin volver a recuperarse; ya que
él no contaba ya con animales con qué recuperar los objetos empeñados.
Ya Meechónsirrü fue cogiéndole rabia y odio al marido, ella ya dejó de
preocuparse por él. No interfería para nada en los asuntos de él y ya
no se ocupaba de él para nada. Ella lo esquivaba, y se escondía de él.
Y si él se sentaba al lado de ella, ella volaba de su lado. Y si le decía
a ella «Tengo hambre, quiero comer», ella le respondía: «No sé, aquí no
hay comida». Si le decía: «Tengo sueño, cuélgame el chinchorro», le respondía
de una forma frustrante: «Pues bien, cuelga tú tu chinchorro. 18
Había un cuñado suyo, hermano de Meechónsirrü, llamado Jimáaliyáshi,19
que lo quería, abogaba por él y la reprendía a ella saliendo en defensa
de Wütia. «Atiende a mi cuñado, quiérelo; auxílialo, que él está
sufriendo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué lo has desamparado del todo? Tú no
fuiste entregada a él.20 Tú misma lo aceptaste» le decía
a la hermana. Wütia no hacía nada, tan sólo estaba (subsistía).
A veces dormía en su casa, otras veces andaba entre los conocidos. Le
daban de comer si llegaba cuando estaban comiendo. Le daban de beber aguardiente
si llegaba en medio de la gente que estaba bebiendo. Su ánimo estaba muy
abatido porque él ya era pobre del todo.21 «¡Qué lastima de
mí que ando así a causa de la bebida y del aguardiente! Ahora mi mujer
ya no me quiere, ya no tengo animales y además no tengo madre. ¿Qué me
irá a suceder después? ¿Para dónde me iré? se decía.
Wütia se mudó después
a un cerro, se marchó sin que lo viesen. Cargó hacha, machete, olla, flechas,
un chinchorro harapiento y unos andrajos. Lo echó de menos Jimáaliyáshi
y salió a buscarlo. Pregunto por él. No se sabía donde andaba. «Caramba,
¿para donde se habrá ido mi cuñado? ¿Dígame si se ha ido a morir en el
monte? dijo al fin resignado. Mientras tanto, Wütia se encontraba
allá por la montaña. Construyó rápidamente un troja muy alta para dormir
en la noche. Tenía sus topias 22 debajo de un árbol: colocó
una defensa contra el viento.23 Permanecía mucho tiempo en
el monte; subsistió de lo que rebuscaba. Cazaba conejos, iguanas, o si
no, machorros. Recogía miel silvestre, arrancaba los frutos de los árboles
que eran comestibles..
Después de algún tiempo. Wütia estaba triste; estaba ya disgustado
de tener que vivir siempre en el bosque. No era nadie, estaba en un estado
miserable. Estaba flaco, era víctima de la mugre, de los piojos; tenía
el cabello largo, las uñas largas, tenía por cinturón la fibra de la corteza
de cují.24 «¡Qué lástima de mé que estoy así! Y pensar que
son muchos los días que estaré sufriendo; es mucho mejor que yo me muera
ahora pronto» decía entonces. Empezó después a cavar un hoyo debajo
de un tronco inclinado. Lo iba a hacer hondo y estrecho. Después de tener
el hoyo listo se ahorcaría en el tronco inclinado. La cuerda con que se
iba a ahorcar, iba a ser muy delgada, para que se reventase pronto y cayera
él al fondo del pozo y así no fuera comido por los perros o los zamuros.
Y él dejó ya el pozo listo; había empleado varios días en cavarlo, el
suelo estaba duro.
Un día cuando la noche estaba avanzada,25 Wütia se encontraba
encima de la troja. Tenía muchos y contrarios pensamientos. «Caramba,
¿me entregaré a la muerte o no me entregaré? Sería mejor que yo fuera
por ahí por la superficie de la tierra, puede ser que haya personas que
me ayuden» pensaba. Y enseguida se durmió. Y entonces en el sueño,
llegó donde él la madre; y le habló mucho. «¿Qué hombre has hecho de ti
que estás así y que te entregas a la perdición? Cuando yo te dejé de paso,26
estabas bien, eras rico, y ¿cómo es posible que te encuentres así? ¡Conque
te has echado a perder! ¡Qué cosa! ¡Conque te vas tras de mí, a ti a quien
yo había dejado! Yo te había dejado y tú estabas bien. ¡Conque vas a coger
el camino por el que yo me fui, estando como estás tú todavía joven! Y
además por otra parte, a ti tu mujer te ha rechazado a causa del aguardiente.
Ahora tú tienes que ir a donde el bramadero, que está por allá. Allá al
pie del bramadero está enterrada una tinaja llena de tuuma. Sacarás
unas pocas, y se las llevarás a un hombre, que es abuelo tuyo, llamado
Warralamatüin. El vive por allá en un sitio a donde solían ir a
trashumar con el ganado nuestros familiares. Esto es todo lo que tengo
que decirte, yo por mi parte me voy» le dijo entonces al hijo, y
se retiró de su presencia. El se despertó inmediatamente. Aquello no le
apreció un sueño suyo, le parecía que era la pura verdad. «¿Dónde estás
tú mamá?» dijo por eso él mientras miraba a su alrededor. Wütia
se bajó de la troja y se fue a donde el bramadero que le habían dicho
durante el sueño. Al llegar se encontró una cosa que brillaba al pie del
palo; pero desapareció al momento de llegar él. «¡Sin duda que esto es!»
dijo. Se puso a cavar, y encontró la tinaja: la destapó inmediatamente.
Y ciertamente tenía las tuumas amontonadas dentro de ella: las tuumas
27 no estaban ensartadas ni enhebradas. El cogió unas cuatro
manos llenas. Las envolvió en un harapo que llevaba en el cuello para
protegerse del frío. Tapó la tinaja, le echó tierra nuevamente encima
y se fue.
Después de eso Wütia se fue a la casa a buscar hilo para enhebrar
las tuumas; las escondió en el monte y no las llevaba. Al llegar se encontró
con Jimáaliyáshi, que lo abrazó, y le lloró encima al verlo. «¡Caramba!
¿Dónde estabas, cuñado? Creía que te habías muerto. Has de saber que hace
tiempo te anduve buscando» le dijo. «No me había muerto, cuñado,
sino que me encontraba donde unos conocidos míos» le respondió Wütia
a él. Le colgó a Jimáaliyashi un chinchorro y le dio de comer. No se demoró
Wütia en la casa, conversó un rato con el cuñado e inmediatamente
sacó de adentro un rollo de hilo de algodón. «Yo me voy, cuñado. Vendré
pronto aquí, quiero hablar contigo» le dijo a Jimáaliyáshi,. Enhebró
las tuumas y obtuvo doce sartas regulares, que le colgaban del cuello
y llegaban hasta el ombligo.
Wütia volvió después a su casa; llevó las prendas, pero sin mostrárselas
a nadie. «Cuñado, quisiera que me llevaras a donde un abuelo mío; te digo
que me han dado una información exacta sobre él. Está por allá en una
tierra muy lejana, él se llama, según mis informes. Warralamatüin»
le dijo entonces a Jimáaliyáshi. «Bien, cuñado, yo te llevaré a
donde tu abuelo» le respondió. Después, al día siguiente, estaban
alistados. Se sacrificó una oveja que se comió antes de partir, se sancochó
media oveja.28 Se hizo yaja 29 para acompañar a
la carne. Y se preparó chicha para tomarla por el camino. Jimáaliyáshi
le entregó una de sus cabalgaduras habituales, junto con la silla y la
manta; 30 y para sí mismo pidió prestada a Jimáaliyáshi una
silla. Y ellos se fueron. Caminaban sin interrupción durante el día; pernoctaban
donde les anochecía. En el camino Wütia no hablaba de nada. No comía,
bebía de vez en cuando un poco de chicha. «Come ya, cuñado, ¿qué es lo
que te pasa ahora que estás así?» le dijo Jimáaliyáshia él. «Pero
si a mí no me pasa nada, cuñado; simplemente que no tengo ganas de comer»
le respondió él. No se perdieron, sino que llegaron derechos a donde
iban; la gente con la que se iban encontrando por el camino les iban informando
con exactitud sobre el sitio.
Los hombres llegaron a la casa
al mediodía, se bajaron junto a una enramada grandísima. Desensillaron
las cabalgaduras, las manearon por allá, 31 colgaron las sillas.
Se sentaron dentro de unos chinchorros que se hallaban colgados debajo
de la enramada. Eran unos chinchorros de cocuiza,32 los habían
hecho de hebra gruesa, y estaban destinados a los visitantes.33
Fueron saludados por unas mujeres que les dieron de beber chicha y que
también les dieron de comer. Los recién llegados conservaron dentro de
los chinchorros. Les anocheció sin ver a nadie y sin ver tampoco que
nadie llegase a la casa. Por parte de Warralamatüin no vino a llegar
sino hasta muy adentrada la noche, casi a medianoche. «Has de saber que
ahí tienes a unos hombres que te solicitan» le fue dicho. «Sí, ¿quiénes
serán ellos? dijo. «¿Quién sabe?, no los conocemos» le fue
dicho. Desensilló inmediatamente su cabalgadura, la maneó en su lugar
habitual, y en seguida se plantó donde los visitantes. Se sentó junto
a ellos: «Sí, primos, ¿dónde vienen ustedes?» les dijo. «Sí, venimos
de por allá de Waátkáluu» le dijo Jimáaliyáshi a él. «¡Caramba!
¡Conque ustedes vienen de cerca de mi tierra de origen!» dijo Warralamatuin.
«Duerman, pues, mañana hablaremos; yo estoy muy cansado después de andar
por entre diversos sitios» les dijo entonces él a ellos.
Estaba a punto de amanecer. Jimáaliyáshi se levantó, se metió dentro
de la casa donde estaba Warralamatüin: «He ahí el hombre que te
traigo que es nieto tuyo. «Vamos, llévame a donde un abuelo mío» eso
fue lo que me dijo él (Wütia) allá de donde venimos ahora tal como
nos ves» le digo a él. «Sí, conque es mi nieto, ¿Cómo se llama él?
¿Cómo se llama su madre?» dijo Warralamatüin. Inmediatamente
le dijo el nombre de él junto con el de la madre. Fue mandado a buscar
a Wütia de debajo de la enramada, fue introducido en el interior
de la casa y el abuelo conversó con él y le preguntó de muchas cosas.
El le contó todos los pormenores y sucesos de su vida allá donde vivía.
Después, enseguida, le entregó las tuumas, «Abuelo mío aquí tienes mi
regalo»34 le dijo. Y en el acto las cogió Warralamatüin,
se alegró mucho con ellas. «¡Qué sorpresa tan buena y cuánto siento lo
que te pasa, nieto! Quédate aquí conmigo unos cuantos días; después te
irás por allá para tu tierra» le dijo.
Wütia tuvo que quedarse dentro de la casa. Lo bañaron, le cortaron
el pelo, le arreglaron las uñas y lo vistieron elegantemente. Se alegró
mucho con él el abuelo. Había mandado enseguida que se hiciese un baile
en su honor.35 Muchas personas acudieron al baile. Jimáaliyáshi
participó tocando el tambor y además tomó parte en el baile. Fue muy abundante
el reparto que se hizo durante el baile. Hubo abundancia de carne de res
para la gente; además se repartió aguardiente en grandes cantidades. Wütia
salió después que terminó el baile. ¡No estaba poco elegante! Tenía buena
presencia. Jimáaliyáshi no lo reconoció. «Ah caramba, ¿y es este de verdad
mi cuñado? dijo cuando lo vio salir de dentro (de la casa). El abuelo
le dio un arma de fuego, y de una vez le dio una muchacha. Los huéspedes
permanecieron un tiempo en casa de Warralamatüin, después se fueron
para su lugar de origen. Fueron apartados muchos animales para Wütia:
vacas, caballos, mulas y burros. De una vez le fueron entregados unos
jóvenes que cuidaran de los animales y unas mujeres para el servicio de
su mujer.
Wütia después estaba bien en su tierra. Se volvió muy rico de nuevo,
poseía muchísimos animales y además dejó de beber. Mandaba a buscar a
Warralamatüin cuando se iba hacer la hierra de los animales con
el fin de que se presenciase junto con él. Después sacó las tuumas. Hizo
un baile por ellas.36 Hubo carreras de caballos se hizo un
gran reparto durante todo esto.
Y se terminó
Notas:
* Extraído de Taküjala. Lo que he contado.
Miguel Angel Jusayú. Centro de Lenguas Indígenas/Universidad Católica
Andrés Bello.
1 Sarcoramphus papa.
2 En la concepción guajira una persona enferma por influjo
de algún animal, aunque éste no lo haga intencionalmente. Hay algunos
animales que influyen más poderosamente que otros. Véase las obras de
Jean Guy Goulet y Michel Perrin.
3 Los guajiros no viven en pueblos agrupados, sino en casas
o ranchos dispersos en una región en la que con frecuencia tienen un pozo
en común.
4 Nosotros vivimos aturdidos por los ruidos de los tocadiscos,
no podemos entender que los guajiros observen con mucho exactitud los
ruidos que les rodean y que el tambor les sugiera muchísimo y avive su
imaginación.
5 El zorro, miedoso de que lo vean los cazadores a pleno día,
vuelve rápido a su madriguera y no tiene tiempo ni para detenerse a evacuar.
6 Türrósa es un garrote pequeño con un rolo.
7 El narrador hace un gesto.
8 Irónicamente los guajiros se imaginan su demonio
como un blanco. Los yulujas son los espíritus de los guajiros muertos.
El wanülû es más peligroso y efectivo.
9 El sonido del freno con las cadenas que lo sujetan.
10 Lo han saludado por su nombre, según la costumbre guajira.
11 Literalmente aguja.
12 Literalmente de cabellera abundante y abultada.
13 Uno, sin familiares, está solo y se siente débil.
14 Entre los guajiros la región lluviosa es la occidental o
Wopumüin.
15 Se fermentaba o echaba a perder.
16 No necesariamente con dinero. Podría ser comprado en trueque
con otros productos o con ganado.
17 Se perdía o desaparecía de la casa.
18 Equivale a un no rotundo. Es como decir; yo no tengo nada
que ver con eso. Como se dice ahora: ese no es mi problema.
19 Literalmente de apariencia juvenil.
20 Nadie te obligó a aceptarlo como marido. En la Guajira muchas
veces los padres imponen el marido a las hijas, pero esto no era el caso.
21 Literalmente lloraba su corazón. No quiere decir
que llorase de hecho.
22 Topías son las piedras, que suelen ser tres, sobre las que
se ponen las ollas a cocinar.
23 Suele hacerse con ramas, tablas o latas para proteger el
fuego del fuerte viento que sopla en la Guajira.
24 Indica la extrema pobreza a que había llegado. Suele sacarse
de las ramas tiernas.
25 De nueve a diez de la noche.
26 A la hora de la muerte. La muerte es una partida.
27 Piedras coralinas muy apreciadas por los guajiros.
28 Se entiende partida a lo largo, que comprende una pierna
delantera, las costillas y una pierna trasera. Tulujashi es carne
sancochada y secada que se lleva como avío.
29 Bollos de maíz.
30 Vestido de varón. Era una manta de Jimáaliyáshi.
31 Gesto del narrador por el que traslada el mundo de la narración
al mundo presente a los oyentes.
32 Muy ordinarios, eran los usuales en la Guajira.
33 Para las visitas en general.
34 Regalo que hace el visitante o el viajero.
35 El baile o fiesta guajira no indica necesariamente alegría.
Sirve para expresar o representar la importancia de algo; sirve también
para aplacar a los seres fantásticos.
36 Cuando uno encuentra un tesoro, junto al tesoro está el
dueño invisible o anterior. El baile aplaca la ira del dueño invisible.
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