Costado Indio*
 
 

Gustavo Pereira

Aspectos Culturales del Caribe Precolombino

Si bien el proceso de dominación (y su secuela de transculturación) logró perpetuar hasta hoy el marbete degradatorio que pesa sobre las naciones caribes, caribanas y arawacas, las hechuras indias que escaparon a la hecatombe son capaces todavía, aisladas y fracturadas, de despertar admiración.

Cercenada su evolución histórica por el etnocidio, constreñidas las manifestaciones más vivas de sus culturas al desván del desprecio o la ignorancia, no sorprende hallar, sin embargo, en varios testimonios de expedicionarios europeos, muestras de sincera exaltación ante las artes indígenas.

Los primeros asombros provienen de los mismos albores del llamado descubrimiento, cuando marinos españoles constatan en las Antillas y en la costa continental llamada Tierra Firme, comunidades que fundían y labraban el oro en láminas, escudos o chaguales de singular belleza y tecnología, probablemente bajo el influjo de las grandes civilizaciones chibcha y maya o acaso resultado de un particular desarrollo. Alonso Niño y Cristóbal Guerra, según relata Navarrete, rescatan en la costa venezolana y colombiana “joyeles de hoja delgada y algunas perlas, dispuestas en figuras de aves, ranas y otros animalejos. A estos objetos se les llamaba guanines”1.

La costa que navegan los expedicionarios está apreciablemente poblada por naciones de diversa índole y dispar desarrollo. Los indios del Darién, dicen, llevan grandes penachos en la cabeza y los señores y principales “visten mantas de algodón, a fuer de gitanas, blancas y de color. Las mujeres se cubren de la cinturaa a la rodilla y si son nobles, hasta el pie”. Los del Sinú colombiano tienen “gentil platería (…) labran de vaciadizo y doran con yerba”. Los de Cartagena llevan “zarcillos de oro, y en las muñecas y tobillos cuentas y un palillo de oro atravesado por las narices y sobre las tetas, bronchas2.

Es usual en los cronistas y relatores de las cosas de Indias hacer referencia a la pulcritud de las poblaciones y viviendas aborígenes, perfectamente integradas a un hábitat menos paradisíaco que aquel que los primeros escritos nos revelan. La arquitectura india variaba con la región, aunque en las zonas cálidas era habitual el rancho, bohío o churuata de palma y paredes de barro o cañas, sin duda la casa más apropiada para resistir las altas temperaturas diurnas o el frío nocturno de algunas zonas del trópico.

Ruiz Blanco, quien escribe su obra a fines del siglo XVII (la edición príncipe es de 1690), observa que los caribes de la costa venezolana hacían “sus casas con mucho primor” y que éstas albergaban a varias familias. “son muy grandes, esféricas, formadas de madera, con tres naves y techadas de palma con curiosidad. En lo interior usan de particiones, en que se alberga cada familia y ordinariamente son todos parientes los que habitan en una casa”3.

Otro tipo de vivienda observado por Ruiz Blanco era de madera, redonda, “al modo de los almiares, con su encaramado y la techumbre empieza desde la tierra, hecha de corteza de árboles, de enea, junco, palma o de otras hierbas (…) hay diversos pilares de madera, en que cuelgan sus hamacas para dormir” (p.39). Ruiz observa que en cada población existía un patio o plaza, grande, plano y limpio, en medio del cual hacían una enramada que servía para reuniones, bailes y fiestas colectivas.

Fernández de Piedrahita cuenta que cuando el aventurero alemán Felipe de Hutten (a quien él nombra Utre) sale de Coro hacia el país de los Omeguas o El Dorado, tiene conocimiento de una población indígena singular, Macatoa, situada a orillas del río Guaviare (que Piedrahita llama Guayure). “Era la población como de ochocientos vecinos, de vistosas casas, bien tiradas calles y plazas anchurosas, siendo lo que más la hermoseaba la limpieza con que la tenían, pues no era fácil hallar en su recinto alguna piedrecilla en que tropezarse la vista, ni la menor yerba en que se reparase. Teníanla bien proveída de toda suerte de víveres de los que permite la tierra y con disposición tan bien ordenada que, maravillados los nuestros de ver aquellas urbanidades y policías tan extrañas que experimentaban, preguntaron al cacique la causa de ellas (…)4.

La arquitectura, la ingeniería y el urbanismo entre los taironas del litoral caribeño colombiano están siendo redescubiertas en los últimos decenios, pues la Conquista truncó violentamente el desarrollo de esta cultura. Grandes núcleos de población tairona se asentaron desde la costa próxima a Santa Marta hasta las estribaciones de la Sierra Nevada, a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar, en ciudades ubicadas en terrazas o asientos de piedra comunicadas por escaleras del mismo material.

“Pueblos estendidos en asientos
distantes unos de otros pocos trechos”

Escribe Juan de Castellanos en el canto Primero de sus Elegías de varones ilustres de Indias. Y para referirse a Taironaca, la ciudad situada en las márgenes del río Don Diego:

“Ciudad pajiza, pero bien fundada,
escombrada por parte del oriente:
en una de sus plazas enlosada
de lajas grandes, puestas igualmente,
y su hechura va triangulada…”

Las viviendas taironas estaban construidas sobre anillos de piedra, en forma de terrazas protegidas por muros de contención y rodeadas por patios enlosados o plazoletas y canales para el desagüe. Eran de planta circular, entre cuatro y catorce metros de diámetro (y hasta de treinta metros para las casas ceremoniales o de gobierno), aunque se cree que existieron también construcciones de planta rectangular.

Juan de Castellanos informa sobre viviendas “que son también pajizos aposentos / do suelen morar muchos en consumo, / y se podrían bien sobre trescientos / soldados alojar en cada uno…”.

En la llamada Ciudad Perdida puede apreciarse la técnica tairona de construcción: los anillos de piedra para los bohíos iban precedidos de entradas de losas talladas, dispuestas entre metates en desuso, volteados. “Todo esto era la obra de infraestructura y cimentación que seguía al aterrazamiento. Luego venía la construcción del bohío propiamente dicho, con su estructura principal de madera, las paredes cilíndricas de estantillos o cañas, entretejidas o reforzadas con esteras o esparto, y la gran cubierta cónica con su acabado de paja. Estos elementos, con cambios determinados por la topografía del terreno, al cual sabían amoldarse y aprovechar admirablemente los taironas, se repiten en la mayoría de las terrazas de habitación, adquiriendo impotencia, grandeza y aspecto de fortín, cuanto más escarpado es el terreno. Y si se trataba de plazoletas o lugares de reuniones ceremoniales o comunitarias, el aspecto de las mismas, levantadas sobre enormes muros escalonados de hasta veinte metros de altura, que forraban y contenían la montaña, debieron ser grandiosos, vistos desde las calzadas enlozadas o las graderías de los caminos principales y secundarios”, anotan Valderrama y Fonseca5.

Una extensa red de caminos de piedra o losa unía a las numerosas aldeas y ciudades taironas (entre ellas Posiguaica y Betoma) a la que se cree pudo ser capital de la nación, Taironaca. Asombra la sabiduría de este pueblo para adaptarse armoniosamente a su entorno geográfico sin alterarlo ni deprimirlo, respetando la topografía de valles y montañas, haciendo a las fuerzas de la naturaleza servidoras y no destructoras, encauzando las aguas de lluvia mediante canales, acueductos y filtros subterráneos y practicando, en definitiva, en forma por demás admirable “la distribución del hábitat y su explotación, de acuerdo con el momento que vivían, en integración perfecta con su medio ambiente y con perspectivas hacia el futuro. El equilibrio, el desarrollo normal, los rompieron los españoles con su presencia de conquista, saqueo, violencia y dominación.” (ibid.).

Fue en la cerámica, la orfebrería y la cestería donde se hallaron los más conspicuos ejemplos del desarrollo cultural de algunas comunidades del Caribe precolombino. Los estudios arqueológicos de Cornelius Osgood y George Howard, culminados en 1943 y continuados por J.M. Cruxent e Irving Rouse en 1958, determinaron así la importancia de las culturas del Bajo Orinoco y su participación en el poblamiento de las de las islas meridionales antillanas.

Asentadas a comienzos del primer milenio a C., las sociedades aborígenes que convergieron en la región de Saladero y Barrancas, en el vértice del delta del gran río venezolano, crearon una portentosa artesanía cuyos numerosos vestigios en cerámica y piedra han sido clasificados como pertenecientes a dos tipos sucesivos de ocupantes, acaso remotos antepasados de los pueblos caribes y caribanos hallados por los europeos: saladoides (c.a. 900 a.C.) y barrancoides. Sus series se caracterizaron por la presencia de piezas decoradas en blanco sobre rojo, rojo sobre blanco y blanco y rojo sobre superficie sin pintar (en el estilo saladoide) y el uso del modelado y la incisión en los segundos. “La corta separación cronológica entre la aparición de ambas series –observa Mario Sanoja–, parecería implicar que los barrancoides expulsaron a los saladoides del Bajo Orinoco en un tiempo muy breve, dividiéndolos en dos grupos: uno que habría emigrado hacia la costa oriental de Venezuela, donde permanecería por casi mil años antes de moverse hacia las Antillas y otro que se habría asentado en el Orinoco Medio, dando origen al estilo Ronquín”6.

Algo vino a sorprender, sin embargo, a los estudiosos que habían trazado las rutas de las presuntas migraciones de estos pueblos: la presencia, en la costa caribe colombiana, de una milenaria, desconocida e impresionante cultura manifestada, entre otros rasgos, por una cerámica de idénticas características a la barrancoide, particularizada por el predominio de la decoración modelada incisa. Arqueólogos colombianos llegaron incluso a incorporar este complejo cerámico a la Serie Barrancoide hasta que Carlos Angulo Valdés, en una investigación que se extendió a lo largo de los últimos 111 kilómetros del curso bajo del río Magdalena, determinó, en 1980, que ambos complejos formaban parte de la misma tradición alfarera cuyo ámbito geográfico se extendía desde Puerto Hormiga y Bucarelia, en Colombia, hasta Monagrillo, en Panamá, Barrancas, Guyana, Alto y Medio Amazonas; Valdivia y Machalilla en Ecuador; Kotoch, en los Andes peruanos y las Antillas. La importancia de la Tradición Malambó estudiada por Angulo Valdés era innegable, tanto más cuanto que entre sus hallazgos figuraban un cemí trigonolito o de tres puntas (datado como cercano al siglo II a. C.) y similar a los que en las Antillas usaban los aborígenes arawacos como propiciadores de las buenas cosechas. El cemí de Malambó es muy anterior a los hallados en Cuba, Santo Domingo o Puerto Rico, los cuales se tienen como posteriores al siglo II de nuestra era.

En la región de Barrancas los arqueólogos hallaron multitud de objetos de primera importancia para desvirtuar el presunto nomadismo de los pueblos indígenas venezolanos: instrumentos, utensilios y artefactos líticos, óseos y arcillosos, afiladores o pulidores de hachas; huesos aserrados, percutores de hueso, cuentas para collares, pendientes, gubias y anzuelos de concha; puntas de proyectil, puntas de concha, punzones o leznas de hueso; tiestos de arcilla de diversos tamaños y formas, de indescriptible belleza y plasticidad, entre los que descollaban figuras rectangulares, triangulares, ovales o trapezoidales (botellas, ollas, cuencos, vasijas, budares), artefactos discoidales con perforaciones o sin ellas (probablemente usados como volantes de huso para el hilado), volantes de huso cónicos, anulares y discoidales, cuentas, orejeras, topias y afiladores de arcilla y tiestos con impresiones de tejido (en el que los orinoquenses eran y continúan siendo verdaderos maestros).

Sanoja anota: “Algunos fragmentos de alfarería provenientes de diversos sitios arqueológicos barrancoides del Bajo Orinoco, presentan impresiones de cestería tejida cruzada (twilled) o en damero (checker-board). Según O’Neale ambas técnicas son muy comunes en el norte de Suramérica empleándose particularmente para la fabricación de los implementos de cestería que integran el complejo técnico relacionado con el aprovechamiento de la yuca amarga: sebucanes o exprimidores de la harina de yuca, platos circulares o ‘wa’pa’, cedazos para cernir la harina de yuca y diversos receptáculos con tapa (…) El tejido en damero o checker-board parece haber tenido, según O'Neale, una difusión mucho más amplia que el tejido cruzado, hallándose no solamente en la parte tropical de Suramérica, sino también entre grupos de la región andina central tales como los quechuas y los aymaraes. Algunas evidencias arqueológicas, remontan la utilización de este tipo de técnica cestera hasta el período proto-Chimú (ob. cit., pp. 82-83).

La mayoría de estos objetos se hallan pintados con grafitos, uno de los rasgos caracterizadores de la decoración barrancoide. Sanoja observa que la complejidad y estandarización de esta decoración alcanzan niveles sorprendentes, pues pareciera que los artesanos indios se hubiesen acordado en una fórmula común que uniformase incluso determinados aspectos morfológicos funcionales de las vasijas, tales como el diámetro de la boca y las bases. Esta regularidad –escribe– sólo podría haberse logrado si hubiesen existido especialistas: “cuando uno estudia la regularidad o estandarización de la técnica alfarera en otros sitios donde el nivel de desarrollo del grupo social parece haber sido menor, digamos, que el de la Tradición Barrancas, se notan claramente las variaciones y la erraticidad de la decoración producto de la interpretación personal o casual de los modelos ideológicos tradicionales que gobiernan el trabajo del artesano, proceso característico de las sociedades donde cada individuo fabrica su propia alfarería y donde ésta es una actividad que en general todos dominan y ejecutan sin que exista una especialización clara, excepto aquel que por dotes particulares sobresale en el oficio” (ibid., p. 272). El investigador venezolano comparte las conclusiones de Meggers y Evans, en el sentido de que parece probable que el desarrollo socio-político y religioso de una civilización, o por lo menos de uno de ellos, pueda evidenciarse, en el campo tecnológico, por el progreso de la calidad de su cerámica, “aunque este progreso debe ser siempre apreciado dentro del cuadro de la totalidad cultural”.

En definitiva, que es improbable para una comunidad arribar a un alto desarrollo ceramístico si no existen individuos especializados en la producción de esos bienes.

Se estima que las civilizaciones del Bajo Orinoco se asentaron en la región de Barrancas en un período ubicado aproximadamente entre los años 874 y 515 a.C. El inicio de su período final se sitúa en una fecha cercana al año 945 de nuestra era y se extiende probablemente hasta 1565 y 1640, fechas de los últimos registros arqueológicos.

Aunque acaso la Tradición Barrancas haya sobrevivido algún tiempo a la penetración colonizadora, es evidente que ésta frustró de alguna manera, desde las primeras décadas, el desenvolvimiento de la vida sedentaria de las comunidades indias y con ello el progreso de su cerámica. La historia de las artes y artesanía aborígenes vivió una paulatina y permanente degradación causada por la violencia del coloniaje y paralelamente por la desculturación del sometido. Conquistadores y frailes, funcionarios y soldados, despojaron al artista indio de sus vinculaciones míticas y religiosas y lo encauzaron, bajo la férula de la acción misional, hacia el desprecio de sus símbolos mágicos y el abandono de su mundo espiritual.

Porque artistas verdaderos fueron aquellos anónimos creadores, admirados por sus pares europeos, que hicieron con la arcilla y los metales portentos, en su mayor parte destruidos por la saña colonialista. Grandes artistas fueron sin duda los ceramistas y orfebres taironas de la zona costera y montañosa de Santa Marta, sorprendidos por la conquista española cuando su cultura despuntaba. “Hay en Santa Marta –escribió Gómara– mucho oro y cobre, que doran con cierta yerba majada y exprimida; friegan el cobre con ella y sécanlo al fuego: tanto más color toma cuanto más yerba le dan, y es tan fino, que engañó muchos españoles al principio” (ob. cit., p. 109)

Los jarrones, cuencos, copas, vasijas, ocarinas, pitos y alcarrazas taironas hallados en los restos de sus aldeas y ciudades son de una belleza y variedad sorprendentes y revelan no sólo un alto sentido estético sino avanzadas técnicas de confección. Las figuras zoomorfas o antropomorfas se distinguen por un colorido uniforme, de un negro característico, y resaltan no por sus matices cromáticos sino por la decoración incisa, de trazos perfectos. Los adornos de oro (narigueras, chaguales, patenas) representan seres fantásticos, mitad animales, mitad humanos, que destacan por sus impecables filigranas y revelan la maestría alcanzada por sus creadores. Otras piezas tienen decoración repujada, presumiblemente destinadas a embellecer trajes de ceremonia o vestimentas de dignatarios y principales.

Durante la conquista y colonización de la región, el saqueo cultural arrasó con los objetos de orfebrería tairona y sus talleres de fundición, sus tumbas y viviendas fueron despojadas de todo vestigio espiritual, pero ¿cuánto desdén, cuánta indiferencia de tiempos ulteriores no terminó de sellar para la historia aquellas refulgencias apenas hoy semirrecuperadas del olvido?

Notas

*  Pereira, G.,Costado Indio. Sobre poesía indígena venezolana y otros textos. Fundación Biblioteca Ayacucho, Colección   Paralelos, Caracas, 2001.

1 Martín Fernández de Navarrete, Exploradores y conquistadores de Indias, Madrid, 1934, Vol. I, 15-16.

2 Francisco López de Gómara, Historia general de las Indias, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979, pp. 104-107.

3 P. Matías Ruiz Blanco, Conversión de Píritu, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1965, p.37.

4 Lucas Fernández Piedrahita, Historia general del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, Editorial ABC, 1942, Libro X, Cap. II.

5 Bernardo Valderrama Andrade, Guillermo Fonseca Truque," Exploraciones en la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta", en Boletín del Museo del Oro, Bogotá, Banco de la República, Año 4, mayo-agosto 1981, pp. 1-41.

6 Mario Sanoja, Las culturas formativas del oriente de Venezuela (La Tradición Barrancas del Bajo Orinoco), Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1979, pp. 25-26.

Imágenes:

Extraidas de Theodoro de Bry. La Qvarta Parte del Mundo - La Conquista en Imágenes. Centro de Arte Félix. 1992.

1 Gviana, 1599. (Detalle).

2 La manera como suelen comer.

3 Los indios vierten oro fundido en la boca de los españoles para saciar la codicia de ellos.

4 Cómo el emperador de Guaianasuele preparar a sus nobles / cuando los tiene de invitados.

5 Cómo los indios sacan el oro de las montañas.


[ Home | Letras | Subir ]