Homenaje a Salvador Garmendia

 
  Mónica Marinone*

“Él había ejecutado el más complicado de sus trucos; había salido despedido en la más arbitraria y dislocada pirueta que alguien hubiera podido imaginar  y quizás todavía se encontraba girando en el aire; quizás  estaba aún a tiempo para alargar el brazo y romper  el hollejo del globo que lo aislaba de este lado plano del mundo…”.

Son palabras de Salvador para contar la muerte. Vuelvo a ellas como uno de sus personajes, confiando  en “su magnífica serenidad de experto”, [1] para pensar otra vez, cómo su escritura  propicia  la salida de ciertos precisos lugares de interpretación logrando descomponer la armadura  de lo establecido. Memorias de Altagracia (de allí es el fragmento a modo de epígrafe) fue el primer volumen de Salvador que llegó a mis manos hace mucho y es  ejemplo magistral de su estética reivindicatoria de la intimidad, de los mundos cotidianos, a veces alucinados e irreales, del trabajo con la materialidad del lenguaje en beneficio de la interferencia o la  contaminación de planos, de  la disolución de límites (aun del que nuestra condición de ajenos  impone) Y, quizás,  de su valoración de la consistencia del cuento y de lo breve como lo intenso, que en casos como Hace mal tiempo afuera, llega a puntos de máxima exaltación. Porque en Memorias…  cristaliza una disposición por la que apuesta a una sucesión de relatos que en diálogo o integrándose en una totalidad, a su vez pueden ser leídos como unitarios, liberando la decisión del corte y la continuación a partir de cualquier lugar. Salvador juega con esta posibilidad  y sutilmente nos incluye en un terreno inestable entendido como  de la  no-fijación, de una  ausencia de control reforzada por la falta de explicaciones o  de un orden  sometido a parámetros habituales.

Pero si estas opciones prometen el desacomodo entendido como la salida del lector de un preciso lugar, debo decir que el proceso se inicia  antes, con la elección del título. La palabra “memorias” instaura, en un sentido, cierto pacto de lectura que tiende a  suspenderse cuando se cae en la cuenta de que el texto está sometido, en su mayor parte, a la perspectiva de un niño (las memorias suelen generar grandes hombres a partir de los que se funde el recuerdo de la historia subjetiva y su verdad psíquica con el recuerdo de la  Historia y su verdad histórica [2] ). Cuando digo “perspectiva” no me refiero a una  escritura en la infancia desde un saber reflexivo acerca de la misma (dice N. Rosa, “un infante no puede escribir la infancia porque no sabe nada de la infancia” [3] ); hablo de la recuperación de un modo de percepción ligado a los afectos y al cuerpo, modo esforzado en desactivar una intermediación que, aún vislumbrándose en ciertas divergencias que algunos verbos suponen (divergencias temporales y entonces de identidad, que implican la reflexión y el acto de escritura), termina siendo olvidada. Exploración notable desde el prisma de una mirada que revela el carácter transubjetivo de las experiencias iniciales, las que no disocian el sentimiento de sí del sentimiento del otro o de lo otro [4] . Podría decir una cartografía, una puesta  hecha de puntos de referencia cognitivos, de rituales, de vínculos compartibles y no compartibles, de costumbres orgánicas fijados en alguien (en cualquiera), los que,  inscriptos  en dicha  subjetividad en estado naciente, son fundantes y, por esto  llevarán la marca de lo recurrente, como dice Guattari leyendo a Stern, reaparecerán  en el sueño, el delirio, la exaltación creadora o el sentimiento amoroso. Lo interesante entonces, una de las  virtudes que conlleva la plena realización de esta opción, es que a pesar del indicio personal constante, el “yo” parece decolorado, diluido en una totalidad aprehendida, borrado hasta el punto de llegar a la prescindencia de un nombre (y desde este otro sentido regreso al pacto de lectura  y a su  reactivación, a la pertinencia del uso “memorias” anticipando un ejercicio dirigido al exterior. El título prefija el protagonismo de Altagracia (a pesar de la subordinación), que surge  tensando la fundación de dicho sujeto, el cual, como corresponde también  a las “memorias”, no vacila [5] ).

La elección de la palabra “cartografía” no es arbitraria. Aquí  la memoria es claramente facultad, pero también sitio restituido, puro lugar de acumulación, como la escritura. Ya ha sido señalado [6] , la memoria no registra la duración concreta, el tiempo no la anima y es en el espacio donde encontramos los fósiles de duración y la localización de la intimidad. Es decir, para  el conocimiento de la intimidad es más urgente que la determinación de las fechas, la localización en el espacio, que es aquí todo, de ahí la necesidad de pensar dicho concepto en un sentido lo más amplio posible, porque alcanza  tanta saturación que  llega  a comprometer todos los órdenes: el tiempo es espacio, los seres también lo son.

La casa es el primer centro que Garmendia funda en su carta geográfica: nos llama a él, como a un núcleo de fuerza [7] , en la apertura de Memorias…,  a partir de un fragmento inolvidable que la constituye como cuerpo vivo (“… la casa comienza a ensancharse por todos lados. Aquel cuerpo grande y lastimado se cubre de pálpitos y manifiesta los más angustiados síntomas de vida. Es posible que en cualquier momento pretenda enderezarse en un esfuerzo retardado de animal renco, encogiendo las articulaciones secas , estirando los huesos  y las viejas carnes arrugadas. Se le ven salir brazos por los lados, cavidades largas y oscuras…”41) Es el centro de fuerza que se arrastra siempre como un poder de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños (Bachelard) (“También se puede llevar  por la calle toda la casa con sus ruidos, las caras distraídas que parecen ir de viaje a lugares de mucha gente donde hay gritos y música,…llevarla así, del diestro, como un caballo grande y huesudo”, 42)  El segundo centro es Altagracia, sus calles, la botica, el estudio del fotógrafo, el espacio pueblerino estable y tranquilizador, con casas de  habitaciones enigmáticas y  cuartos para el loco de la familia, donde el tiempo se rige por ciclos y el ritmo cotidiano no se ve  interrumpido.

Las citas quizás revelen, en alguna medida, el trabajo con el lenguaje:  desde la elección de las palabras a la manera como se configuran ciertas descripciones, al vigor que se otorga a la descripción como posibilidad  profunda y abarcadora, se trata de operatorias conductoras de un pensado proceso de atracción o disolución de nuestra distancia, por las que se intenta “mostrar” (claro, describir no es analizar ni explicar), llegando a la exacerbación  cuando se trata de la descripción de percepciones. Entonces la forma, el movimiento, el color o el sonido, aun de lo mínimo, surgen en el acto de lectura,  con un sentido inmanente, tal como se presentarían a nuestros sentidos [8] . El campo perceptivo está lleno de  reflejos, crujidos, impresiones táctiles fugaces,  por eso  algunos seres, algunos  objetos, ciertos momentos se nos dan desde un universo de datos, con la extremada precisión de los detalles y al mismo tiempo, como un todo indivisible,  antes de cualquier juicio. De este modo se nos acerca, instalándonos en un tiempo que es presente (la percepción es conocimiento del presente), y que contribuye a  la unidad del yo en un ser y estar (Cerca de la piel verde de ese estanque, que se arruga de nada más soplar por encima, la cara de uno que nunca llega a hundirse más allá de donde se puede tocar con los dedos, es una telita delgada de agua sólida que hace ondas o se deshace por los lados, o se destruye por completo en trozos desunidos o trémulos entre los cuales se suceden visiones repentinas de ojos  y pedazos de piel que intentan reunirse muchas veces y se despegan nuevamente acometidas por innumerables reflejos; hasta que la figura se rehace  por sí sola.” 17).

Lenguaje afanado en trabajar el borramiento en toda la red textual por quiebras semánticas que dan notable densidad al discurso. Así es como  todos los planos son homologados. Ningún orden se jerarquiza respecto de los otros. Hasta  la  vivencia de la muerte se mediatiza por el juego y la imaginación, lo mismo que las acciones  de las películas, de los relatos o las que involucran una tradición o  un pasado heroico. Todo cobra la misma consistencia, desde los sueños, propios y ajenos, a los inventos del mecánico o las herramientas del castrador de chivos. Y lo inquietante es el efecto de  naturalidad  induciendo esa vocación de intimidad que la perspectiva o la cuestión elegidas instalan. Naturalidad que empieza por constituirse en cada comienzo, una de las mayores dificultades que entraña el acto de escritura. El saber de los comienzos que  vislumbro en los textos de Salvador sería esa competencia  por la que pareciera no haber habido preparación o reorganización de una carga previa, como si ese imaginario acumulado a  que se refiere  Jitrik [9] , que está saturándose constantemente, no pesara, no planteara una inminencia; o como si la escritura en tanto acto físico no sólo descansara en esa red, sino que le fuera inherente, digo, instancia de un previo librado de conflicto y de hiatos que prevé lo que sigue. Quizás aquí resida el principio de ese efecto de naturalidad que otras estrategias orientan en cada desarrollo,   en la  posibilidad  de  unos comienzos como zonas que parecieran restituir un diálogo sólo suspendido en apariencia, cuya  particularidad, por lo contrario, sería la pura continuación.

He leído repetidas veces la extensa dedicatoria que abre Hace mal tiempo afuera [10] . Salvador hablaba de este volumen como de un regalo para los amigos, para sus afectos, seres puntualmente indicados en el inicio de cada relato. Me he preguntado, también repetidas veces, por qué  esa  extensa dedicatoria a Hermann me resulta un texto operador: se trata de una vasta enumeración de objetos, de imágenes sensoriales, de impresiones, nada extravagantes porque, se entiende, son propios de un espacio íntimo compartido, sencillamente próximas, congruentes. Sin embargo este encuentro tan poco desconcertante posee, para mí, un “poder de encantamiento” [11] , la fuerza seductora de una primera escena textual (aquí el comienzo es la dedicatoria) Quizás sea porque a través de la feliz acumulación nominal como  simple nombrar, Salvador logra restituir la vitalidad de un tiempo, el intenso modo de haberlo vivido. Probablemente las dos frases que enmarcan dicha enumeración contribuyan a este poder: “Para mi hermano Hermann Garmendia, en nombre de…. Para Hermann, en fin, donde comenzó todo”. Hoy deseo permanecer en  el efecto  que ese  “episodio” de lenguaje me produce y en la frase final (“donde comenzó todo”) como marca muy susceptible en su implicar un principio, de un universo mayor, el de Memorias de Altagracia. Centros de energía de su escritura, actos generadores que, en la posibilidad de constitución de una pertenencia, de un sujeto en su recordar, de imágenes precisas de los mundos que nos cuenta, vuelven (volverán) a constituirlo, cada vez, para siempre.            



Notas:

*  Universidad Nacional de MdP. Argentina.

[1] Salvador Garmendia, Memorias de Altagracia (1974) Madrid, Cátedra, 1982: 48. Las citas anotadas de ahora en más corresponden a esta edición.

[2] Señalado por  N. Rosa, El arte del olvido. Bs.As., Puntosur, 1990: 55.
[3] Cfr. Ibidem: 57.
[4] Félix Guattari se basa en D. Stern para formular este concepto. En  Caosmosis (1992). Bs. As., Manantial, 1996.:17 (D. Stern, The Interpersonal World of the Infant. NY; Basic Books, 1985.
[5]   Cfr. N. Rosa, op. cit: 56.
[6] Para esta consideración de la casa me baso en G. Bachelard, La poética del espacio. México, FCE, 1974: 38 y ss.
[7] La expresión es de Bachelard.
[8] Merleau Ponty, Fenomenología de la percepción. México, FCE, 1957.
[9] Cfr. Los grados de la escritura. Buenos Aires, Manantial, 2000: 93 y ss.
[10] Salvador Garmendia, Hace mal tiempo afuera. Caracas, Fundarte,1986.
[11] La expresión es de Foucault  respecto del efecto que  la enumeración de Borges,  por razones opuestas, le producía (Cfr.  Las palabras y las cosas. Barcelona, Planeta, 1984).

Imágenes
Foto 1. Enrique Hernández D´Jesús
Fotos 2 y 3. Extraidas del Catálogo “Salvador Garmendia en la Biblioteca Nacional”. Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y de Servicios de Bibliotecas, 1989.
Foto 4. Caricatura por Pancho Graelis. Extraida del Catálogo “Salvador Garmendia en la Biblioteca Nacional”. Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y de Servicios de Bibliotecas, 1989.


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