Él había ejecutado el más complicado de sus trucos; había salido despedido en la más arbitraria y dislocada pirueta que alguien hubiera podido imaginar y quizás todavía se encontraba girando en el aire; quizás estaba aún a tiempo para alargar el brazo y romper el hollejo del globo que lo aislaba de este lado plano del mundo . Son palabras de Salvador para contar la muerte. Vuelvo a ellas como uno de sus personajes, confiando en su magnífica serenidad de experto, [1] para pensar otra vez, cómo su escritura propicia la salida de ciertos precisos lugares de interpretación logrando descomponer la armadura de lo establecido. Memorias de Altagracia (de allí es el fragmento a modo de epígrafe) fue el primer volumen de Salvador que llegó a mis manos hace mucho y es ejemplo magistral de su estética reivindicatoria de la intimidad, de los mundos cotidianos, a veces alucinados e irreales, del trabajo con la materialidad del lenguaje en beneficio de la interferencia o la contaminación de planos, de la disolución de límites (aun del que nuestra condición de ajenos impone) Y, quizás, de su valoración de la consistencia del cuento y de lo breve como lo intenso, que en casos como Hace mal tiempo afuera, llega a puntos de máxima exaltación. Porque en Memorias cristaliza una disposición por la que apuesta a una sucesión de relatos que en diálogo o integrándose en una totalidad, a su vez pueden ser leídos como unitarios, liberando la decisión del corte y la continuación a partir de cualquier lugar. Salvador juega con esta posibilidad y sutilmente nos incluye en un terreno inestable entendido como de la no-fijación, de una ausencia de control reforzada por la falta de explicaciones o de un orden sometido a parámetros habituales. Pero si estas opciones prometen el desacomodo entendido como la salida
del lector de un preciso lugar, debo decir que el proceso se inicia
antes, con la elección del título. La palabra memorias instaura,
en un sentido, cierto pacto de lectura que tiende a suspenderse cuando
se cae en la cuenta de que el texto está sometido, en su mayor parte,
a la perspectiva de un niño (las memorias suelen generar grandes hombres
a partir de los que se funde el recuerdo de la historia subjetiva y su
verdad psíquica con el recuerdo de la Historia y su verdad histórica
[2] ). Cuando digo perspectiva no me refiero a una escritura
en la infancia desde un saber reflexivo acerca de la misma (dice N. Rosa,
un infante no puede escribir la infancia porque no sabe nada de
la infancia [3] ); hablo de la recuperación de un modo de percepción ligado
a los afectos y al cuerpo, modo esforzado en desactivar una intermediación
que, aún vislumbrándose en ciertas divergencias que algunos verbos suponen
(divergencias temporales y entonces de identidad, que implican la reflexión
y el acto de escritura), termina siendo olvidada. Exploración notable
desde el prisma de una mirada que revela el carácter transubjetivo de
las experiencias iniciales, las que no disocian el sentimiento de sí del
sentimiento del otro o de lo otro
[4] . Podría decir una cartografía, una puesta hecha de puntos de
referencia cognitivos, de rituales, de vínculos compartibles y no compartibles,
de costumbres orgánicas fijados en alguien (en cualquiera), los que,
inscriptos en dicha subjetividad en estado naciente, son fundantes y,
por esto llevarán la marca de lo recurrente, como dice Guattari leyendo
a Stern, reaparecerán en el sueño, el delirio, la exaltación creadora
o el sentimiento amoroso. La elección de la palabra cartografía no es arbitraria. Aquí la memoria es claramente facultad, pero también sitio restituido, puro lugar de acumulación, como la escritura. Ya ha sido señalado [6] , la memoria no registra la duración concreta, el tiempo no la anima y es en el espacio donde encontramos los fósiles de duración y la localización de la intimidad. Es decir, para el conocimiento de la intimidad es más urgente que la determinación de las fechas, la localización en el espacio, que es aquí todo, de ahí la necesidad de pensar dicho concepto en un sentido lo más amplio posible, porque alcanza tanta saturación que llega a comprometer todos los órdenes: el tiempo es espacio, los seres también lo son. La casa es el primer centro que Garmendia funda en su carta geográfica: nos llama a él, como a un núcleo de fuerza [7] , en la apertura de Memorias , a partir de un fragmento inolvidable que la constituye como cuerpo vivo ( la casa comienza a ensancharse por todos lados. Aquel cuerpo grande y lastimado se cubre de pálpitos y manifiesta los más angustiados síntomas de vida. Es posible que en cualquier momento pretenda enderezarse en un esfuerzo retardado de animal renco, encogiendo las articulaciones secas , estirando los huesos y las viejas carnes arrugadas. Se le ven salir brazos por los lados, cavidades largas y oscuras 41) Es el centro de fuerza que se arrastra siempre como un poder de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños (Bachelard) (También se puede llevar por la calle toda la casa con sus ruidos, las caras distraídas que parecen ir de viaje a lugares de mucha gente donde hay gritos y música, llevarla así, del diestro, como un caballo grande y huesudo, 42) El segundo centro es Altagracia, sus calles, la botica, el estudio del fotógrafo, el espacio pueblerino estable y tranquilizador, con casas de habitaciones enigmáticas y cuartos para el loco de la familia, donde el tiempo se rige por ciclos y el ritmo cotidiano no se ve interrumpido. Las citas quizás revelen, en alguna medida, el trabajo con el lenguaje: desde la elección de las palabras a la manera como se configuran ciertas descripciones, al vigor que se otorga a la descripción como posibilidad profunda y abarcadora, se trata de operatorias conductoras de un pensado proceso de atracción o disolución de nuestra distancia, por las que se intenta mostrar (claro, describir no es analizar ni explicar), llegando a la exacerbación cuando se trata de la descripción de percepciones. Entonces la forma, el movimiento, el color o el sonido, aun de lo mínimo, surgen en el acto de lectura, con un sentido inmanente, tal como se presentarían a nuestros sentidos [8] . El campo perceptivo está lleno de reflejos, crujidos, impresiones táctiles fugaces, por eso algunos seres, algunos objetos, ciertos momentos se nos dan desde un universo de datos, con la extremada precisión de los detalles y al mismo tiempo, como un todo indivisible, antes de cualquier juicio. De este modo se nos acerca, instalándonos en un tiempo que es presente (la percepción es conocimiento del presente), y que contribuye a la unidad del yo en un ser y estar (Cerca de la piel verde de ese estanque, que se arruga de nada más soplar por encima, la cara de uno que nunca llega a hundirse más allá de donde se puede tocar con los dedos, es una telita delgada de agua sólida que hace ondas o se deshace por los lados, o se destruye por completo en trozos desunidos o trémulos entre los cuales se suceden visiones repentinas de ojos y pedazos de piel que intentan reunirse muchas veces y se despegan nuevamente acometidas por innumerables reflejos; hasta que la figura se rehace por sí sola. 17). He leído repetidas veces la extensa dedicatoria que abre Hace mal tiempo afuera [10] . Salvador hablaba de este volumen como de un regalo para los amigos, para sus afectos, seres puntualmente indicados en el inicio de cada relato. Me he preguntado, también repetidas veces, por qué esa extensa dedicatoria a Hermann me resulta un texto operador: se trata de una vasta enumeración de objetos, de imágenes sensoriales, de impresiones, nada extravagantes porque, se entiende, son propios de un espacio íntimo compartido, sencillamente próximas, congruentes. Sin embargo este encuentro tan poco desconcertante posee, para mí, un poder de encantamiento [11] , la fuerza seductora de una primera escena textual (aquí el comienzo es la dedicatoria) Quizás sea porque a través de la feliz acumulación nominal como simple nombrar, Salvador logra restituir la vitalidad de un tiempo, el intenso modo de haberlo vivido. Probablemente las dos frases que enmarcan dicha enumeración contribuyan a este poder: Para mi hermano Hermann Garmendia, en nombre de . Para Hermann, en fin, donde comenzó todo. Hoy deseo permanecer en el efecto que ese episodio de lenguaje me produce y en la frase final (donde comenzó todo) como marca muy susceptible en su implicar un principio, de un universo mayor, el de Memorias de Altagracia. Centros de energía de su escritura, actos generadores que, en la posibilidad de constitución de una pertenencia, de un sujeto en su recordar, de imágenes precisas de los mundos que nos cuenta, vuelven (volverán) a constituirlo, cada vez, para siempre. Notas: * Universidad Nacional de MdP. Argentina. [1]
Salvador Garmendia, Memorias de Altagracia (1974) Madrid,
Cátedra, 1982: 48. Las citas anotadas de ahora en más corresponden a
esta edición. [2] Señalado por N. Rosa, El arte del olvido.
Bs.As., Puntosur, 1990: 55.
[3] Cfr. Ibidem: 57.
[4] Félix Guattari se basa en D. Stern para formular
este concepto. En Caosmosis (1992). Bs. As., Manantial, 1996.:17
(D. Stern, The Interpersonal World of the Infant. NY; Basic Books,
1985.
[5] Cfr. N. Rosa, op. cit: 56.
[6] Para esta consideración de la casa me baso en
G. Bachelard, La poética del espacio. México, FCE, 1974: 38 y ss.
[7] La expresión es de Bachelard.
[8] Merleau Ponty, Fenomenología de la percepción.
México, FCE, 1957.
[9] Cfr. Los grados de la escritura. Buenos
Aires, Manantial, 2000: 93 y ss.
[10] Salvador Garmendia, Hace mal tiempo afuera.
Caracas, Fundarte,1986.
[11] La expresión es de Foucault respecto del efecto
que la enumeración de Borges, por razones opuestas, le producía (Cfr.
Las palabras y las cosas. Barcelona, Planeta, 1984).
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