Verdad y experiencia
|
|
|
|
| |
Sergio Chejfec |
Es raro asistir a un homenaje a Victoria de Stefano. En primer lugar,
porque si hay una narrativa resistente a los honores es precisamente la
suya; y también porque su misma personalidad, refractaria a este tipo
de eventos, nos coloca a todos en el inseguro lugar de celebrar lo obvio
y lo necesario, lo que está en el mundo de modo imprescindible pero sin
llamar la atención. Quienes la conocen saben de su voz baja, su tono menor,
su conversación cavilosa y sus razonamientos aproximativos. Debe haber
pocas personas como ella que, en una curiosa mezcla de sencillez, honestidad
y delicadeza, se llaman a silencio antes de terminar de hablar. Por otra
parte, en un país que acostumbra a convertir escritores en funcionarios
y a la inversa, funcionarios en escritores, y figuras públicas
superlativas, se distingue el caso de esta autora, que no tiene dificultades
en considerar la vida de todos los días como la medida de su relación
con la literatura. Una vida civil, para contraponerla a literaria, que
no le pide prestada a la experiencia, en ninguno de sus posibles avatares,
una convalidación que debe provenir de los libros.
Esta forma de ser y de pensar es consistente con el mundo que se presenta
en sus libros. Son historias inacabadas, alucinantes en su definición
alejada de cualquier idea de heroísmo, y de una empeñosa domesticidad,
que se adaptan al vehículo elegido para ser transmitidas, el relato, pero
cuya desavenencia continua con lo que se dice, y la decepción con lo que
ocurre, tiene como resultado un sentimiento de sosegado fracaso, de un
éxito inútil, alcanzado además a destiempo. Los personajes de De Stefano
tienen un primer objetivo, vencer el profundo tedio en el que se hallan
atrapados y que promete hundirlos. Después, una serie de complicaciones
mundanas, mitos caseros y sentimientos irreductibles como culpas
del pasado o mandatos morales los condenan a la inacción y la desesperanza.
Desde un punto de vista, es previsible que una compleja y personal propuesta
literaria como esta tienda a ocupar el sitio asignado a lo raro y lo extemporáneo
que las generalizaciones críticas suelen repartir. Pero el caso es que
los libros de De Stefano también demuestran la inutilidad de tales clasificaciones.
Porque su literatura tiene el mérito, no en último lugar, de advertir
que entre los escritores desplazados existe una asociación más firme y
problemática que la construida por las versiones generalizadas de la crítica.
De un modo sutil, cuando leemos a De Stefano estamos por ejemplo frente
a lo menos necesario y quizá por ello más intransigente de
la escritura de Teresa de la Parra: el acto de escribir proviene de la
interioridad, consecuentemente el mundo se representa en voz baja. En
ese tono menor que distorsiona la propia tarea, ya que busca sobrevivir
gracias a las reglas del secreto, pero para ello debe invadir el terreno
de la convención y la formalidad literarias, reside un aliento clandestino
asociado a la subjetividad que después distintas escrituras desdibujaron
al darle una prolongación costumbrista. Creo que De Stefano instala también
ese espacio de intimidad, de trabajo que debe disfrazarse de secundario
para no levantar sospechas, pero esta vez como una forma de restaurar
una inocencia literaria ya imposible, último bastión, sin embargo, de
una narrativa concebida como arte.
Es el caso también de Oswaldo Trejo, cuyos libros, en conjunto una obra
tan enigmática que convive muy problemáticamente consigo misma, encuentran
en la literatura de De Stefano si no un auxilio para su más cabal o distinta
comprensión, sí una comunidad de preguntas y respuestas asociadas. Por
ejemplo, el umbral que habrá implicado para Trejo la escritura de Depósito
de seres, como expresión más tensa de la adopción de una estética
entonces radical y por sobre todo bastante secreta, en la
medida en que luego incursiona en una opacidad que no haría sino profundizarse,
alcanza con De Stefano una continuidad o una resonancia narrativa que
amplifica su importancia original. De Stefano nos permite leer a Trejo
de otra manera, aislar ese momento con sus rasgos asociados a Onetti y
al objetivismo, para verlo como una posibilidad que se concretaría años
después, cuando el complejo sistema de representación de la autora ya
estuviera en gran parte bosquejado con La noche llama a la noche,
de 1985; quince años después de la primera novela.
Es un largo paréntesis entre primer y segundo libro, que se refleja evidentemente
en los textos (y de un modo ya elocuente en las portadas: la autora de
El desolvido es Victoria Duno). Este apellido, en sí mismo una
célula de significaciones para la izquierda venezolana, será reemplazado
15 años después, apartándose también de la propuesta político-testimonial
de aquel relato. Sería interesante preguntarse si desde entonces De Stefano
fue otra escritora respecto de Duno; quiero decir, si el cambio de nombre
producido en algún momento de esos quince años tuvo un reflejo no solamente
en la identidad literaria, sino en la propia sensibilidad como escritora.
Quisiéramos creer que sí; desde un punto de vista, si los nombres no fueran
importantes todos los personajes de la literatura podrían llamarse igual.
Pero el hecho es que las rupturas también traicionan, y en las páginas
de El desolvido puede verse cómo el énfasis autocrítico respecto
de las experiencias guerrilleras se desliza repetidamente hacia una mirada
que prefiere entretenerse ante la imagen de la vida como alegoría del
fracaso, más allá del origen social, antes que sumarse a las distintas
propuestas revisionistas de esa generación de militantes. Esa mirada lateral
a pesar de sí misma, como cuando alguien no puede evitar desviar los ojos
hacia el verdadero interés, prefigura, supongo, el cambio de nombre. Una
mezcla inevitable, en el sentido de que puede ser a la vez necesaria o
inconciente, un desliz particular uno está tentado de decir una
gran equivocación, permitieron entonces la evolución de esta obra
insólitamente personal.
La segunda novela muestra que esta elección fue voluntaria, en La
noche... están ya los elementos a desplegarse en los libros posteriores.
En el estilo de De Stefano se representa un perturbador cruce de experiencias,
a las que la autora se preocupa por presentar no de manera caótica, aunque
sí extrañamente equivalentes, sucediéndose de manera a primera vista aluvional.
Estamos acostumbrados a que los textos sean selectivos con el tipo de
experiencia que ofrecen y alrededor de la cual se organizan. En De Stefano
tienden a borrarse las jerarquías, la experiencia subjetiva (emocional,
moral, sentimental) es consustancial a la experiencia práctica y la política;
del mismo modo como las experiencias de lectura son equivalentes a las
de escritura. Es lógico que estos rasgos obtengan un mejor aire en narraciones
de formato suspendido y variable, que se mueven entre el pensamiento,
la remembranza, la digresión, la guía de lecturas y, por sobre todo, la
indecisión respecto del valor o el sentido de las acciones.
En su "Diario 1988-1989", De Stefano recuerda un hecho del
pasado: "... es de noche, estoy en Zürich, leo La Cartuja de Parma,
paso la noche leyendo. Si no hubiera leído La Cartuja no hubiera
conocido la pasión de escribir". Claro, esta certeza es de una reveladora
ambigüedad: a la autora no le importa aclarar si conoció la pasión de
escribir al verla inscripta en la novela, o si en realidad ésta le transmitió
la pasión, para asumirla desde entonces como propia. Las experiencias
se desordenan, evidentemente no tanto debido a una decisión práctica como
a una convicción estética. El "Diario" concluye con una frase
de los Diarios de Musil: "Vivir, vivir... no desear sino experiencias:
con tal disposición de inventa una novela".
La ausencia en De Stefano de una regla ecuánime para dirimir las experiencias
pone en la superficie otra sigilosa obra venezolana. Al sur del Equanil,
de Renato Rodríguez, al igual que algunos libros de De Stefano (Cabo
de vida, El lugar del escritor, Historias de la marcha a
pie), son una actualización ideológica de la literatura: cómo los
escritores venezolanos se ven a sí mismos, qué destino personal y social
les cabe, de qué trata ese discurso elusivo pero oportunista, transparente
pero traicionero con el que se organizan las novelas. Como pocos, quizá
también La danza del jaguar de Ednodio Quintero, estos libros ponen
en escena cuestiones culturales permanentes (no sólo la relación con la
cultura europea, sino el encuentro físico nunca pacífico ni virtuoso
con el continente; la complicada relación con la alta cultura y los azares
y trabajos necesarios para adquirir una voz; y la siempre difícil construcción
de una idea de realismo que se reconozca en el tiempo en el que les ha
tocado escribir).
En definiiva, es como si los libros de De Stefano contuvieran el programa
que nos permite leer otras obras cada vez más secretas, pero sin embargo
esenciales por la vigencia de las cuestiones que plantean y por el insólito
grado de resolución formal que tuvieron para su época. Y esto es una de
las mejores cosas que puede esperarse de los escritores; que escriban
lo mejor de sí, pero que a la vez permitan leer hacia atrás y adelante
de una forma hasta entonces inédita.
He intentado describir de manera general los momentos y las modalidades
de la literatura de Victoria de Stefano. Sus libros se prolongan sin repetirse
mientras su figura, que tiende al silencio y a la voz baja, sigue escribiendo
en su cuarto de mujer, haciendo verdad un modelo literario y literaria
una forma de verdad.
Foto 2. Tina Modotti. Máquina de escribir de
Julio Antonio Mella. 1929
|