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Los inventores de la selva*
(A propósito de la Colección etnográfica de
Franco Bianchi)
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Luis Alberto Crespo
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Cuando entramos a la selva, entramos a un círculo. Si decimos Amazonas
estaríamos reduciendo la apariencia del mundo verde y mojado en que se
perpetúa o se dilata, como el cosmos de arriba entre su masa
vegetal y acuática, más allá de sus propios límites, nunca políticos o
geográficos, sino selváticos, vale decir, inencontrables. Lo que nos rodea
o lo que nos invade son menos esos 181.000 kilómetros cuadrados
de distancia, esas 63.942 hectáreas de apariencia con los que demarcamos
su hoya en el sur de la espesura y de diluvios donde nace y se engrandece
el Huyaparí, La Gran Agua, el Agua del Agua a la que llamamos Orinoco
mientras ruge en el Raudal de Guaharibos, se traga a los monstruos lacustres
del Ventuari, el Guaviari, el Atabapo, empuja días y noches de selva y
propicia la hecatombe de Atures y Maipures, antes de torcer hacia el poniente
de Venezuela, hacia su juntamiento con el mar, la nada en la nada. Si
repitiéramos que la hoya del Orinoco cubre 800.000 kilómetros cuadrados
nunca lograríamos conocer por entero la verdadera influencia que ejercen
sus maniguas y precipicios de cuarcita, sus enjambres de tributarios,
de anchas orillas sin origen conocido y de vida violenta, como el chubasco
y el aguacero. Insistimos, sin embargo, en circuir el espacio y el tiempo
que tarda su curso en desguazar en el Delta, después de nacer, gota de
sudor de hoja, saliva de las estrellas, según el idioma de
los guaraos, en la piojera de montañas de Unturán y Curupira, sobre un
filo de cerro de 1.047 metros, hasta hender el magma selvático y la rocalla
que lo esperan a lo largo de una travesía de 2.063 kilómetros; mas su
real devenir empieza mucho antes, en el goteo del rocío y la transpiración
de la fronda cada vez que lo inconmensurable se encuentra con el instante
y la perpetuidad, o con un origen otro, que Amazonas oculta: el de la
selva del hombre, la de su imaginario remotísimo y siempre recomenzado.
En el ojo de una inmensidad circular
Lejos de lo que suponemos, no avanzamos, no subimos ni descendemos por
la selva-Orinoco, la selva-Amazonas: giramos en el centro de una rueda
invisible, nos devolvemos sin cesar al principio, un principio jamás demarcado,
nunca reconocible. El grande río mismo traza un semicírculo para poder
afirmar su adiós continuo. Todo en él es curvatura, comportamiento circular,
avance ofídico, desde que nace, se viriliza en el Ocamo, despilfarra su
caudal en el Casiquiare y deriva finalmente hacia Amacuro.
El arriba y el abajo se confunden:
no hay contradicción entre el círculo de la selva y el del cielo. Miremos
el río inmóvil, veámonos en sus espejos de agua: los relámpagos y la canícula,
las constelaciones y la tiniebla continúan en sus entrañas. Yo he visto
los astros en mi sien, al borde de la embarcación; peces saltando entre
Las Pléyades, selvas enteras criadas en el reflejo de la luna, el sol
intacto en un remanso o deshecho por las lianas y el vuelo del martín
pescador.
Si la tierra se vergue, si prospera sobre el borbollón verde que la agobia,
subirá al Autana, el Yapacana, el Duida-Marahuaca. Entonces mostrará sus
flancos del Precámbrico, su osamenta de granito, micasita y gneis, dibujará
su perfil tubular de árbol pétreo, su corteza de arenisca, su tallo decapitado
por el castigo de los dioses salvajes. Los restos de esa tierra de 2.000
millones de años supuran oro y piedra preciosa. Los carroñeros de la mina
se hacen de ellos y fundan una cultura del odio y el desierto.
No miramos la selva: miramos una hoja. No andamos en la espesura: somos
su rama, su flor. Todo árbol gira, abandona su tronco en el embrollo de
las lianas y del agua, se anuda a la parásita, al pecíolo, al mazo de
pijiguaos. El sasafrás, el saquisaqui, el tacamahaco, el ceibo, tocan
el cielo y se enfrentan a la centella y a los ventarrones. La palma
ceje sólo su estremecimiento, el viento con que vive es su delgadez
extrema, por eso gira sobre sí y crea su propio vértigo, su espiritualización.
La palma manaca alborota sus ramas, se quita de encima la tumusa de los
bejucos y las enredaderas y sube hasta la guacamaya y el piapoco.
Las piedras pierden su postura
de rocalla, asoman como islas de acero, desastres de basalto, pedazos
de cosa sensible. Las sostienen la mentira del espejismo, la arena de
la mica y el cuarzo.
Cualquier ave da vueltas sobre su hechizo; se guarece en el secreto de
su canto. No hay animal que no desaparezca, que no niegue su presentimiento.
¿Cuál es la selva verdadera? ¿Dónde se hala el aquí de Amazonas? ¿Dónde
comienza el regreso del Orinoco a su primera gota, desde su estuario hasta
su fuente? Sólo nos sabemos en el centro de un núcleo, en el ojo de una
inmensidad circular, y sin embargo avanzamos hacia el sur, subimos o bajamos.
Nada que no sea su mudez no importa que grazne algo, gima eso, silbe
aquello, se espante nadie, fulge o salte no sé quién responderá
a nuestra incertidumbre.
De pronto, a la vuelta de un
raudal, a la vista de una ensenada, aparece el hombre; no el de carne,
no el que va a morir, sino el otro, el que fue dios en los días del diluvio,
el inventor de todos nosotros. Dejó su recuerdo sobre las rocas, esas
metáforas talladas en forma de círculo o de planeta en cuyo vacío pétreo
y celeste adivinamos el retrato del hombre niño de los tiempos genéticos
junto a los animales y las cosas. La respiración del río acentúa la elocuencia
de la escritura enigmática. Meses enteros será un decir tragado, una parla
ahogada. Cuando baje el nivel del río reanudará su monólogo de talladura
y muesca; pero los hay que han sido escritos en lo último de la roca,
adonde el diluvio y la orilla primigenia escapó a la devoración de las
aguas.
En la soledad de la selva o de lo selvático tal aparición
metafórica del hombre nos sorprende como el miedo; seguimos íngrimos,
sin embargo sentimos que nos observan, más allá de la maleza,
más adentro. De nuevo nos hallamos en un círculo. No vemos
al hombre: lo imaginamos. Somos, otra vez, un ayer: regresamos a nosotros
mismos. El signo nos precede, hemos sido creados con la palabra sobre
la tierra dura de la roca, aquí, en unos de los meandros del Orinoco,
allá, en el fresco de Miguel Angel.
No pensamos la selva: la creamos a nuestra imagen y semejanza. La curiara
y el avión frecuentan menos su realidad que su abstracción; igual el caminante
de sus senderos o el que se detiene en su orilla o en su hondura. Basta
ganar la ribera del agua, pisar la hojarasca o la roca, para que descubramos
cuánto imaginario nos rodea en los 626.000 kilómetros cuadrados de la
hoya del Orinoco amazónico, cuando, por azar, nos amistamos con cualquier
creación humana, siquiera un utensilio, un adminículo apenas visible.
Están hechos de selva, son expresión o sentimiento del hombre que la habita,
no sólo de aquel que ha hecho posible su forma sino del hombre sucesivo,
del hombre del hombre, desde el comienzo hasta la eternidad, como el curso
del río.
¿Quién es el hombre?
¿Cuántos son? ¿Cuántos sobreviven?
La más reciente noticia de su número y su conducta reúne a 200 sociedades
humanas, asentadas sobre los espejos de agua, a la orilla de las cataratas,
sobre la costa o sobre las rocas, en lo alto de las montañas o en el fondo
de las selvas, teniendo por techo la lluvia y la rama, por camino la hojarasca
y la boga. ¿Quiénes son? Los hay que no tienen origen conocido o provienen
de la lluvia y la ceniza. Los más hablan y se comportan a la manera de
los caribes y los araguacos, sus ancestros del Mato Grosso de la casa
tupí-guaraní; caminantes o navegantes, sedentarios o nómadas, del agua
y de la orilla, del afuera y del adentro. Imaginan la selva trazando un
círculo o un punto que es su alfa y su omega, el ocho y el cero que se
muerden la cola. Se llaman en su lengua o en la que nosotros estropeamos,
Baniva, Baré, Curripaco, Hoti, Hiwi o guahibo, Guarequena, Maco piapoco,
Hothuja o piaroa, Puinabe, Yavarana, Yanomami, Yekuana o makiritare.
La población más numerosa a lo sumo sobrepasa las 9.000 personas; otros,
los más diezmados, no llegan a 1.500 y tal vez a estas horas no haya ni
una sola criatura humana que hable su lengua ancestral. Algunos son forasteros;
se paran a vivir en los poblados, a la vera de las carreteras y los campamentos
de bauxita. Acusan sus hábitos de caminantes de sabana. En San Carlos
de Río Negro uno de ellos me confesó que le daba vergüenza hablar en Baré:
sus hijas se burlaban de él cada vez que lo hacía. ¿Sería acaso insensato
suponer que algún día el único confidente de una cultura perdida en nuestra
selva sea de nuevo aquel loro que hallara Humboldt durante su viaje memorable
hablando el idioma muerto de los Atures muertos?
A esos sobrevivientes les queda, con todo, la memoria y las manos para
imaginar su ayer y su presencia en el tiempo verde y mojado de la selva.
Acuden a una flauta, al hilo del algodón o la palma, al barro y la madera,
a un hueso de fruta, a una cáscara o a la pata de un pájaro y recuperan
sus dioses, sus leyendas, su voz.
Los transfiguradores de la tierra
Dicen que los Hiwi o guahibo, oriundos del Vichada colombiano y de los
llanos del Meta y del Apure, ensartan en una cuerda cuentas de vidrio
azul y rojo a modo de collar; que moldean unas jarras con semejanza de
mujer y de ave; que tejen esteras y cestas privilegiando el trazo geométrico,
la simbolización de la evidencia; que son esmerados fabricantes de chinchorros
de moriche, de palma cumare, de telas de corteza para protegerse de las
mordeduras de la selva.
Más alejados y más ribereños, los Baré de Río Negro y del Casiquiare
tallan la empuñadura de sus canaletes, a los que dan perfiles de extrañas
criaturas; usan para vestirse o acaso ya dejaron de hacerlo
la piel de un árbol llamado marima; fabrican sombreros, peines, creen
en plantas sagradas, en las estrellas y le guardan un supuesto fervor
al número cinco.
Tejedores, alfareros, tallistas, los hombres del Orinoco amazónico o
de sus afluentes y aledaños expresan sus dones de distinta suerte
estética. Su estética es menos adorno que utilidad. Aislada de su finalidad
práctica, su belleza la convierte en pieza de arte, en tierra transfigurada.
Los Yanomami del Alto Orinoco, las selvas de Parima y del Ocamo, son gente
desnuda, ligera de equipaje y de apariencia (a lo sumo se adornan con
pieles y plumas de aves, con flores y algodón) convierten sus cuerpos
en objetos pictóricos, los decoran, los visten de rayas y círculos, entenebrecen
o enrojecen sus rostros.
Dejan a sus mujeres el arte de
tejer cestas y guapas a las que pintan de onoto y de puntos negros, bellamente
simples, más próximas a la utilidad que a la estética. Los antropólogos
han dado noticia del wayamou, el hermético lenguaje poético de una conversación
interminable. Se asimila como el idioma de los poetas, tiene ritmo
y se recita, señala Jacques Lizot, quien ha estudiado largamente
la cultura yanomami y difundido admirablemente la iniciación chamánica
y la extraordinaria capacidad fabuladora de sus poetas.
Lo dicho hace un instante prueba cuánta vecindad existe entre el objeto
y el sujeto de la imaginación selvática: nada en ella está divorciada
de la cosa que la origina. Un banco, una maraca, un dibujo, la urdimbre
de determinada cesta o su forma son simultáneamente uso práctico y lectura
de un mito o una leyenda, o como ocurre entre los Hothuja: el dibujo corporal
se reproduce en el espíritu, adviene, simultáneamente, dibujo interiorizado,
camino al conocimiento profundo.
Detenerse en el Orinoco Medio es encontrarse con estos hombres místicos
o con su país, en las riberas del Cuao, Guayapo, Samariapo, Cataniapo,
Paria y Parguanza, casi a la sombra del cerro Autana y de las negras serranías
del Sipapo. Una mañana visité una de sus enormes casas puntiagudas. Entré
a un círculo. En su centro se hallaba el chamán y jefe de lo comunidad,
los dos a la vez, personificados en el título de ruwa. Observé los enseres
que allí habían: una corona hecha de pluma de tucán, un collar con dientes
de roedor, y un pequeño plato de madera, un cepillo, un inhalador hecho
de hueso de garza: el ajuar del chamán. El acabado de esos enseres eran
de una belleza tentadora. Después supe que se podían adquirir en las tiendas
de artesanía indígena de Puerto Ayacucho.
Años atrás había asistido al
warime, el sorprendente festival de los dioses. Tres bailarines, cubiertos
de hojas de palma, irrumpieron en el centro de la casa comunal sacudiendo
unos sonajeros que remedaban a una cartera de mano. Sus máscaras eran
verdaderas obras de arte: la primera de ellas simulaba el parecido de
un váquiro, otra la de un simio y otra más la de Re yo, un espíritu
de la selva. Las que fungían de animales estaban tocadas con plumas de
guacamaya. Hechas de arcilla negra o pasta oscura, pintadas de blanco
y rojo, me produjeron fascinación y espanto al mismo tiempo esa noche
en la soledad de San Juan de Puruname, sentimiento que revivo al mirar
tantas veces la del mono blanco en la pared de mi cuarto.
Músicos, los Hothuja tocaron durante la fiesta varios instrumentos: un
palo zumbador y unas flautas que remedaban a los pájaros o usaban sus
nombres de piapoco o de paloma.
Pero ningún pueblo en el Amazonas venezolano es más artista que el Yekuana.
Su origen proviene del cerro Marahuaka. Wanadi, su dios, hizo la primera
casa en la cumbre del Kushamakari, frente a la sabana de La Esmeralda
y el paso del Orinoco, hasta donde se allegó Humboldt en su viaje a las
regiones equinocciales orinoquenses.
Un chamán en el río Paragua canta así el origen de los Yekuana.
El poema ha sido reproducido por Daniel de Barandarian en su erudita Introducción
a la cosmovisión de los indios yekuana-makiritare1:
Las raíces nos atan al suelo.
El indio Yekuana fue hecho con tierra.
Por eso quedan raíces contra la tierra.
Para ser hombre ágil
hay que cortar las raíces que nos unen a la tierra.
Siempre que se hace algo con tierra
como cuando Wanadi creó al Yekuana
se quedan raicillas,
mezcladas con la tierra misma.
Por eso tenemos que cortar raíces,
para que el hombre sea hombre
y no un muñeco de barro
como lo fue al principio
Conocí a uno de esos grandes señores. Se llamaba Barné Yavarí.
Estuvo observando una petaca
que yo había traído de un pueblo Yekuana del Caura. Más que observarla,
parecía leer lo que decía su tejido en el que avanzaba, repetidas
veces, la figura del mono kushi, criatura mítica del Watunna, el
cielo de creación el Orinoco2 el celebrado libro de Marc
de Civrieux que recoge y tradujera al castellano la cosmogonía de los
hombres de la madera del río, incomparables constructores
de la casa circular y la curiara.
A Wanadi, el demiurgo, deben los Yekuana su presencia en la tierra,
el regalo de sus sabanas, sus selvas y las cabeceras de los ríos donde
habitan; pero, sobre todo, el arte de Tejer y cantar3,
como titula su libro el poeta y antropólogo norteamericano David M. Guss
su estudio sobre el entendimiento estético de la urdimbre y la palabra.
Pero si antes habíamos admirado la cestería de los Yekuana, después
de leer el libro de marras se acrecienta nuestro tributo por su maestría
en la construcción de la casa redonda, en la que reproducen el cosmos
y establecen el vínculo secreto-esotérico de su estructura y del tejido
de las cestas.
La guapa o waja es una escritura del o los mitos. A través
de sus figuras y su urdimbre se muestran los episodios del Watunna. Sostiene
Guss que quien es tejedor es, fatalmente, cantor de mitos. Las cestas
agrega son creadas como una forma de meditación,
y que hay una metafísica de la cestería.
Tejiendo y cantando una cosa por la otra el Yekuana
establece una comunicación simbólica con el otro, poética, sin duda, y
amorosa, además, pues el joven casadero ha de tejer una serie de cestas
para su futura esposa en la que expresa su sentimiento y prueba su destreza
de artesano, de creador. El tejido de la cesta marca su destino en el
conocimiento del Watunna, en la realización espiritual y social.
Una guapa, al tiempo que es objeto de destreza y de arte, habla,
refiere el mito, es un relato tejido, un lenguaje y un crecimiento interior.
Guss glosa las distintas lecturas de su diseño: esta representa
los hombros de OdoSha (la dignidad del mal); esa la serpiente coral,
aquella la cara del jaguar, la de allá el sapo, la mujer de Wanadi. Las
petacas, narran, también, el mito. Las llamadas chakara son desmesuradas,
suerte de estuche del chamán, en cuyo interior guarda la gracia y el maleficio,
la medicina y el veneno. Al igual que las guapas su presencia aparece
en el decir del Watunna.
Oficio de hombre, la cestería exige sensibilidad y destreza, conocimiento
de la cosmogonía y elevación interior. No admiramos una guapa o una petaca
Yekuana: presentimos una narración, un canto. Lo mismo nos ocurre
con la talla de los dos gemelos, personificación del soñador, del viajero
inmóvil, y con las empuñaduras de las maracas o los banquillos chamánicos.
Sobre uno de ellos, en forma de mono blanco, se sentó Wanadi cuando vino
a este mundo. Los hay que remedan al tigre, al oso melero, al mono o bien
carecen de apariencia conocida o muestran cierto sincretismo en el que
apenas se distinguen las patas de algún animal. Tales figuras evocan las
virtudes del chamán, capaz de transformarse en jaguar, en vampiro, en
serpiente, etc. El chamán sentado en el banquillo dice Guss,
puede emprender el vuelo extático con la seguridad de que su alma se reintegrará
a su cuerpo. Además, subraya, un auténtico chamán, sentado
en su banquillo de sesión, ha de elevarse algo sobre el nivel del suelo.
El arte Yekuana no sólo asombra por la delicadeza y fantasía de
sus cestas y guapas, por la estilización y talladura de sus banquillos
y los mangos de sus maracas, el tejido de sus collares y delantales o
guayucos femeninos, ese encuentro del hilo y la mostacilla coloreada.
Piezas de una acabada textura artística son las tablas de rallar yuca
con incrustaciones de astillas de piedra, cubiertas de resina negra, gris,
púrpura, las cuales, aisladas del ámbito y la cultura en la que han sido
creadas, escapan a su propio fin utilitario y recobran su condición de
magnífico objeto plástico.
Menos dados a la confección de máscaras de la que son tan duchos los
Wothuja, los Yekuana tallan rostros de madera para reprender a los
niños. Estas obras compensan su parquedad en la invención de la simulación
fantástica.
Señor terrible de mi risa, exclama el gran poeta Saint-John
Perse. Para el Yekuana, en cambio, la risa escribe Marc de
Civrieux se usa en la difusión de la enseñanza profunda.
Tal goce risueño que aporta el cuidado conocimiento de la estética es
el que ha animado a Franco Bianchi durante muchos años, eligiendo entre
la vasta producción artesanal indígena de Amazonas la pieza única y exacta,
el objeto convertido en cosa estupenda de la destreza y a imaginación.
He estado en su casa y he celebrado la mirada perspicaz y la aguda sensibilidad
que le han permitido atesorar canaletes, collares, maracas, banquillos,
cestas, guapas, chakaras, petacas, tallas, sellos, en los que el artista
anónimo del Amazonas orinoquense inventa la selva en su imaginario arcaico
y le da la forma de la eternidad: la del círculo del comienzo y el fin
que devuelven el Orinoco a la gota de rocío, la selva a la hoja, la roca
al grano de arena, al hombre a su sueño primordial y la tierra al vacío
del eterno comienzo.
* Extraido del Catálogo Inventores de la Selva -
Colección etnográfica de Franco Bianchi. Fundación Corp Group Centro Cultural.
1999.
Notas:
1 Universidad Católica Andrés Bello, Instituto
de Investigaciones históricas, Centro de lenguas indígenas, Caracas, 1979.
2 Monte Avila Editores, 2 edición, Caracas, 1992.
3 Monte Avila Editores Latinoamericana, Caracas, 1994.
Otros libros consultados: El Orinoco en el Amazonas, de Luis Alberto
Crespo y Víctor Hugo Irazábal, Rayuela Taller de Ediciones, colección
Tierra Adentro, Caracas, 1998; Geografía física de Venezuela, de
Antonio Arráiz, Ministerio de Relaciones Interiores, Caracas, 1988; Los
aborígenes de Venezuela, volumen II, Fundación La Salle, Caracas,
1983; Los aborígenes de Venezuela, volumen III, Fundación La Salle/Monte
Avila Editores, Caracas, 1988.
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