Apariciones


Por Elizabeth Schön

 

 

 

Rainer María Rilke dice en su profunda y excelsa obra poética, algo muy cierto, y que elijo para intentar hablar acerca de un difícil y valiosísimo tema perteneciente a la realidad invisible, oculta, que no permanece fija como el árbol en la claridad, pero que aun así lo sentimos real y patente al escucharla en relámpago que vuela y señala, y otras veces, nos llega a través de una visión premonitoria de futura acción vital, nuestra.

No soy experta en el esoterismo ni en teoría alguna. Me aboco a lo que siento pleno y me ayuda a descubrir, o a tantear este estar en lo arduo; por eso cito a Rilke que nos propone lo siguiente: “…Escucha el soplo del mensaje incesante formado de silencio…”

Escojo esta frase que parece acercarnos a la raíz del fuego cósmico, porque de ninguna manera se puede calificar como se califica a una catedral, un paisaje, un andamio. La percibo más en el espíritu creador de los poetas, por ser ellos los oidores sutiles de la tierra, del hombre, de los cielos y los infiernos.

“…Escucha el soplo del mensaje incesante…” es acercarnos a algo que se nos trasmite y le llega a cada quien “formado de silencio”. Vale decir, elaborado mediante aquello que sin hablar nos dice y sin decir nos deja muy dentro, lo intraducible de lo grandioso, lo nunca posible de concretizar. Pero, el pensamiento se asemeja mucho a un ratón buscando hundir el diente, por eso nos preguntamos ¿qué nos queda en el alma si oímos la palabra “silencio”? Es cuando de pronto, nos invade un vacío inabarcable que nos ahoga hasta asustarnos, quedándonos aferrados a una alternativa más exigente: oír “…el mensaje incesante…”.

Andamos dentro del tiempo del reloj y lo seguimos hasta llegar a una conclusión: para entender ese mensaje, se nos hace necesario, como propone Rilke: “…dulcemente debo desprenderme de la apariencia…” Solamente desprendiéndonos de ella, nos acercamos más a ese silencio absoluto que existe y al que no podemos atrapar, no se le percibe dentro de su mudez, pálpito de extensión alguna, ni descubrimos el punto exacto del principio y el fin. Es un suspenso; nos deja sin verbo, envolviéndonos dentro de una neblina difundida sin límites, fronteras, menos oposiciones. “Él es, está y nunca es lo aparente, aun siendo o más completo y poderoso. Recuerdo a Vicente Huidobro al decir: “…Dadme una certeza de raíces en horizonte quieto/ y un descubrimiento que no huya a cada paso…” Y recuerdo aquel gran poeta español, San Juan de la Cruz que escribió: “…Este saber no sabiendo/ es de tan alto poder/ que los sabios arguyendo/ jamás le pueden vencer…”.

El hombre vive lo real, circundante, y tanto lo asume que pareciera no existir otro estímulo superior a ello. Preferimos la barca del oleaje cambiante y feliz catalogación, a vivir en la noche de lo invisible. Por algo dijo Novalis: “…Lo intemporal es el dominio de la noche/lo eterno la dimensión del sueño…” ¿Dónde nos encontramos? ¿En qué lugar poético nos hallamos? ¿Seguimos detenidos entre lo oculto y lo visible? ¿Continuamos pensando en la separación de lo que se mira o no se mira?

Como estamos acondicionados al contacto con la ciudad y sus mil problemas, nos detenemos, y sostenidos por la baranda móvil de la existencia, retornamos rápidamente, a la mirada de amorosa armonía, o recurrimos a establecer mejor nuestras acciones y obtener lo que hemos elegido para vivir.

En otras palabras, volvemos a depender de nuestras realidades existenciales, vivas, pujantes, como son las artes, la ciencia, la política. La economía, la pobreza, la salud, la abundancia y todo aquello perteneciente a la actividad humana; olvidando por completo que esa otra realidad silente, infranqueable, es igualmente nuestra, aun si no se nos muestra con la agilidad del oleaje al bañar los espacios y elevarse hacia la lejana amplitud de las nubes.

Hay un hecho hermoso, único. Al vivir lo intocable dentro de nosotros, este brota, llevado por la imagen, la metáfora, el símbolo. Si leemos la frase de Rilke escogida al principio, sentimos que algo alumbra, es la imagen donde se unen tres elementos distintos, “soplo”, “mensaje” y “silencio” haciéndose tan reales que no es posible dudar de su autenticidad y vigor. Nacieron del poeta, en el instante en que lo inabarcable, innombrable, aun lo invisible del más allá, lo impulsó a tender en la figuración del soplo, del mensaje, de lo incesante, el silencio del silencio mismo, portentoso, interminable.

La imagen surge en nosotros silenciosamente, dentro de un espacio interno que no tiene comparación alguna con el nuestro, ese, el de la lejanía, lo alto, lo bajo, el orden. Su palabra entra en la claridad de los hombres y lo hace sin partir, sin maltratar. Únicamente se yergue y comunica. Pensamos entonces en la aparición que al hacerse presente no hiere, no rompe, sólo entra para ser contemplada, escuchada, aun comprendida. Facultad que nos muestra sutilmente, que la aparición no tuvo ninguna oposición para acercársenos y vernos, debido a que entre lo desconocido, lo invisible e intocable, y nuestro mundo cognoscitivo, no cuentan barreras ni linderos, solamente existe el paso que atraviesa y se entra.

Para confirmar lo que acabo de exponer (no se puede hablar de lo que no se ha vivido; es fácil caer en la fantasía, ésta tiene que estar unida a lo existente). Voy a contar una aparición ocurrida en mi, después de muerta mi madre. Yo solía pedirle a ella insistentemente, que me viniera a buscar para seguir viviendo juntas. No soportaba su ausencia; hacia donde dirigiera la mirada no veía completo, ella faltaba. Esto me hizo perder el contacto con la tierra, aún con los cielos.

Vivíamos frente a la iglesia de Las Mercedes, construcción amplísima, alta, frondosa de samán, cuyo color no era precisamente el verde, era un amarillo casi tostado de horizonte que va cayendo hacia la noche. Una tarde que bajaba desde la azotea de la casa, vi cubiertas todas las paredes del patio con un resplandor naranja que envolvía al árbol de guayaba. Me detuve. El sol comenzaba a ocultarse. Únicamente podía ver aquel esplendor, su luz era distinta, me hacia sentir dentro de un paraje jamás visto. Era una luz especialmente abierta para los ojos y el asombro. Toqué las paredes, sentí el frío del guardián que no se mira. Me pregunté enseguida: ¿Qué está ocurriendo? Descendí lentamente al centro en donde había nacido el árbol, fue cuando advertí que aquel resplandor envolvente, no era solamente anaranjado, tenía de azul, verde, carmín. Yo miraba sorprendida lo inexplicable de esa luminosidad que formaba un óvalo enorme, tejiendo en mi mirada un país lejano mas seguro e imborrable. Descubrí, sin estorbo alguno, el lugar de donde emanaba la luz. Incrustada a la horqueta del ramaje se hallaba la figura pequeña de una virgen. Su presencia irradiaba una tangible claridad, de todo su cuerpo irrumpía un centro blanquísimo, que ni las nubes pueden entregarnos.

No me hice preguntas, nada pensé. Estaba inmóvil, no sentía ni piel ni mano alguna, hasta que oí a alguien decir, con voz suave y sin prisa; “…todavía no te puedo llevar…”

Lo luminoso se esfumó sin dejar rastro. Quedé de pie, sostenida por el suelo y la pared.

Vi al árbol, ni una hoja se movía. Alrededor nada había cambiado. Me fui al corredor y me senté. En ese momento reaccioné preguntándome ¿Qué quiso decirme la virgen? Velozmente me respondí: “…ella, no me puede llevar. Estoy aquí para hacer algo…” La noche, los astros, las constelaciones se me acercaron; había comprendido el mensaje. Frente a mí crecía una extensión muy larga con un final preciso.

En esos días me encontraba en la disyuntiva infantil de ser monja, trapecista o bailarina. Intuía secretamente, que si contaba la aparición de la virgen y decía que me había hablado, se reirían de mí. Es preferible callar lo que se descubre, los demás pueden borrarlo.

Pasó el tiempo y nunca lo comuniqué, eso lo había visto yo y no los demás, por esto puedo hablar sin exageración, de aquella verdadera presencia en el espacio de la penumbra del atardecer.

Es hábil decir que una aparición no es válida debido a que no es real, aprensible. No contiene la duración de una caja, un creyón o un vehículo. Así nos libramos del trabajo de comprender el mundo de lo invisible unido a lo visible. No es agradable agitar lo conocido; de esta manera se rechaza la aparición como si fuera solo producto de la imaginación infantil. El niño sabe distinguir entre lo que hiere o acaricia y tal vez por esa seguridad innata que llevamos desde pequeños, nos es menos difícil aprehender cuando una aparición entra calladamente, semejante a la brisa, ofreciéndonos una silueta cercana y precisa como lo es la llanura, el polvo, el instrumento musical.

Lo increíble de la aparición es que llega, y llega tal cual es. Envuelta en una luz que no es precisamente la del sol, la de los astros. Es una luz que está en lo que no concluye: lo eterno, y que vive en nosotros precisamente por la silenciosa llegada de la aparición.

Desde entonces supe que llegaría a ser algo en la tierra. Lo descubrí mucho tiempo después de haber estudiado un tanto música, filosofía y literatura. Todo esto se confabuló para hacerme llegar al poema, donde me establecí para siempre.

Igualmente, en la infancia la intuición es más fuerte. Tiene más espacio interno donde explayarse sin tener que adherirse a ningún día, a ninguna hora.

El niño cree, los hombres tal vez. De aquí que un niño tenga la posibilidad de sentir, de conocer lo que otros no pueden vivir. Ellos están menos atados al tiempo del segundo, aun al espacio construido. El infante intuye, y no pregunta si esa intuición será cierta o no debido a que descubre lo que aun no se ha hecho realidad, y que se cumple a veces, en pocos días o requiere años para realizarse.

De allí que se pueda agregar que ciertos niños traen consigo, y debido a la intuición, una especie de visión espacial, interna, que pocos entienden, ya que no depende de la medida ni de lo solar.

A los cuatro años intuí la muerte de mi madre. Para mí constituyó una verdad tan grande como la que representaba mi casa, el musgo, el alimento. No podía acercarme a ningún niño que fuese huérfano. Si por casualidad lo hacía, rompía en un llanto tan inmensamente grande que creí jamás detenerse. La certeza de la muerte materna nunca me abandonó. Un día, apenas cumplí los ocho años, falleció.

La aparición, la visión, tienen una característica que las une. Aparecen libremente, y con la velocidad intocable de la tierra al girar. Tienen del sol su blancor y del horizonte el velamen que se nos acerca. Ambas son tangibles, pueden emerger dentro de un espacio oscuro o en un espacio de redonda iluminación. Mas, su realidad la forma el silencio que ellas mismas contienen en el lapso de su duración.

Una aparición es un enorme oleaje sin mar que lo sostenga ni martillo que golpee. Una visión es la figuración de una realidad que vive sin saber cómo, y de la cual somos participes; actores en un escenario infinito pero real.

Hace años conocí a Petra Méndez. Nació en los llanos y por razones del destino llegó a Caracas donde terminó trabajando en mi casa. Después de muchos años enfermó, hubo que hospitalizarla. A medida que pasaban los días su rostro comenzó a rejuvenecer. Me dije: su fin está cercano. Una tarde su rostro adquirió la frescura de una niña de diez años. Mis manos se sujetaron a su brazo izquierdo. En ese instante, el cuarto se transformó y repentinamente las dos nos encontramos caminando por un muelle delgado, largo. De lado y lado, un follaje verde oscuro se convertía en negrura semejante a la noche de la que hablo Novalis. El silencio nos arropaba. Nuestras pisadas no se escuchaban. Llegamos al final del muelle. La oscuridad era más profunda que la del cosmos. Ambas nos detuvimos. Repentinamente ella saltó, desapareciendo dentro de ese negro muro de presencia absorbente. Quedé sola en el muelle. Al quererla buscar, me encontré de nuevo, en el cuarto del hospital. Ella permanecía inmóvil en la cama, no respiraba. Había muerto.

Lao Tse, en el Tao Te King dice: “…Lo visible detiene la mirada…” Rafael Cadenas en su libro Memorial propone: “…Los ojos sólo tienen realidad…” Ambos autores coinciden en que la mirada no va más allá de lo circundante, vale decir, que la mirada no traspasa lo invisible, quedando sólo los ojos llenos de realidad inmediata. Lo que me conduce a pensar que el problema de llegar a lo absoluto, innombrable, de alguna manera depende de la visión. En esta actúa la intuición y no sólo el ver. Tal vez, y no lo podría explicar, un sentimiento reflexivo-intuitivo, llega mucho más allá que el simple hecho del ver. Este es capaz de asimilar lo imposible de mirar, de tocar. De allí que sea el poeta el que pueda plantear tales problemas, y a su vez, encontremos autores que se complementen en la introspección de lo invisible- visible.

La poesía, igual que la aparición, no obliga, brota. Esta aquí, dentro de cada cual, devolviendo el mundo a través de la imagen.

Caracas, 9 de Junio del 2003





 

 

 

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