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Alejandro Oliveros: la poesía como intertexto


Por Beatriz Alicia García

“En el discurso que hoy debo pronunciar, y en todos aquellos que, quizá durante años, habré de pronunciar aquí, hubiera preferido poder deslizarme subrepticiamente. Más que tomar la palabra, hubiera preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me hubiera gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces con encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida. No habría habido por tanto inicio; y en lugar de ser aquel de quien procede el discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de su desarrollo, el punto de su desaparición posible”…
Michel Foucault, El orden del discurso

 

 

 

 

Inicio mi aproximación a la obra del escritor y profesor Alejandro Oliveros con la cita de Foucault por dos razones, porque considero que la obra y la actitud intelectual de Oliveros se acercan a la perspectiva, el lugar en el que allí se situó Foucault y porque yo misma quisiera situarme también allí, en ese intersticio dentro de los discursos dados y por darse en la cultura a la cual pertenezco, esa forma de reflexión y de escritura que Roland Barthes llamó “texto”. Un lugar dinámico, fluyente y difícil de definir con exactitud pero emparentado, quizá también, con aquello que T.S. Eliot llamaba “tradición”.
 
     Hay una distancia considerable entre la noción de texto y discurso foucaultiano y bartheano y el apego a la tradición de Eliot; sin embargo, ese deseo de introducir “subrepticiamente” su discurso en el discurso de la cultura occidental de Foucault no es gratuito. Ese ir a contracorriente es posible precisamente porque hay una tradición intelectual de ruptura que le dio herramientas para ello. También Eliot en su propia obra poética se aleja de la noción de genio intelectual, y de la pretendida originalidad del autor, del artista. Tanto él como su miglio fabro,  Ezra Pound,  reconocen aquella máxima bíblica de que “no hay nada nuevo bajo el sol”, y que su discurso poético puede ser un intertexto  que se ha colado dentro del orden del discurso de su época, y del fluir del discurso de lo cultural en Occidente. Por eso en la obra poética de ambos, Pound y Eliot, abundan citas sin entrecomillar de las más diversas fuentes, incluso no occidentales. En un intento quizá de devolver el oficio poético a lo que originalmente fue: la voz de la tribu.
 
     De igual modo ocurre con la obra poética de Alejandro Oliveros, quien no por casualidad, en las últimas décadas, dedicó cursos universitarios y textos escritos a la obra de Pound y Eliot. Asimismo el mundo clásico griego y sus mitos ha sido una fuente inagotable de la que se ha nutrido su escritura y su quehacer intelectual. Oliveros los retoma y actualiza. Tampoco es casual, supongo, el sano escepticismo que exhiben todos los autores hasta aquí citados en sus textos, Foucault, Barthes, Pound, Eliot y Oliveros. Es una de las razones por las que me interesa su obra, por ese modo reflexivo, a contracorriente y poco optimista con que se aproximan al momento en que les ha tocado vivir. Me gusta su discurso donde la incertidumbre es señora, me gusta esa suerte de “pastiche”, ese “collage” cultural, esos “intertextos”, que me ofrecen en sus textos.
 
     Uno de los temas recurrentes en la poesía de Oliveros es el del exilio, el destierro como una situación externa, real, concreta, pero sobre todo como la expresión de un sentimiento, una forma de desarraigo, de desacomodo frente al mundo (“No son éstas  ciudades para el hombre. Cada ciudad/ es un exilio y nadie conoce/ni pregunta los pasos del amor”). Esto lo expresa Oliveros situándose en lugares de paso, lugares de tránsito de un lugar a otro, eso que algunos teóricos contemporáneos han llamado  los “no  lugares”, una autopista, una carretera, un ascensor; pero él los habita, los usa como espacios poetizables, en los que se nutre su quehacer intelectual. Nos dice Oliveros en uno de sus diarios publicados: “Salgo para Caracas a buscar unos trabajos de unos alumnos. Aprovecho las tres horas de autobús para estudiar italiano, corregir unos exámenes y leer Il Gatopardo”.
 
     En varios de sus poemas agrupados en Fragmentos también se habla de ese ir y venir entre Valencia (ciudad donde vive) y Caracas (ciudad donde da clases de literatura inglesa y occidental en la universidad Central), un tránsito habitual para el escritor desde hace más de dos décadas. En uno de estos Fragmentos, el IX, hace referencia a esos “no lugares” en los que el tiempo y el espacio se aceleran, se vuelven borrosos: “Después fueron las autopistas,/sueño de autócratas y dictadores/desde el Imperio. La visión/acelerada del olivo y la llama/helada del bucare, la mueca/absorta y el hueco cielo/a cientos de kilómetros por hora.// Pero entonces/un viaje comienza/en mi mente,/y desde el balcón/vimos pasar/los trenes perdidos,/los trenes a punto/ de ser perdidos./Por el aire espeso,/frente al valle húmedo,/vimos pasar/la escarcha y el siroco,/la lluvia elísea/y la sequía”.
 
     Tenemos aquí varios espacios y tiempos que confluyen, un presente huidizo, de trayecto; un tiempo histórico, en el que se construyen carreteras y autopistas, otro lugar y tiempo del viaje que “comienza en la mente”, el lugar y tiempo de la memoria personal. Estas confluencias que se superponen, se confunden y confluyen, que parecieran una característica emblemática de la expresión cultural postmoderna, es una forma de composición que se reitera en la obra publicada de Oliveros.
 
     Esta forma de composición está también en los poemas intimistas previos a Fragmentos, Nuevos poemas (recogidos en El sonido de la casa, Monte Avila Editores, 1983) que abarcan sus años de estadía en New York. Si bien en Nuevos Poemas se entrelazan diversos tiempos, suelen concentrarse en un solo tema particular, hay una fuerte presencia del paisaje, o el ambiente, y una reiterada reflexión sobre el paso del tiempo, la fugacidad de los hechos de los hombres, expresado en algunos poemas a través de la vida de otros poetas (Hilda Doolitle , T.S. Eliot, Robert Lowell) o de acontecimientos de la suya propia.  Siempre en un tono profundamente reflexivo, siempre buscando un centro (¿una verdad?) que parece evadirse, que termina en incertidumbre. De ese conjunto de textos quisiera citar “ARS”, ya que su brevedad lo permite, y reitera allí, esa idea con la que iniciamos nuestra aproximación a su obra, la del texto que se inserta en el fluir del discurso cultural, sin pretendida originalidad o genialidad, sino dándole continuidad a un discurso ya establecido; sin mucho ruido, pero procurando asirlo a través de todas las aristas posibles, esa idea de que todos los poemas son el mismo poema, la poesía como “intertexto”:
 
ARS

Con los mismos pronombres y adjetivos,
todos los poemas deben estar escritos
en alguna parte. Tal vez nuestra derrota
sea lo puramente aproximativo, la cercanía
máxima del ave a la rareza de los cuerpos fijos.

A menos que el círculo cuadre y se encierre
en el techo convexo de su doble, que la palabra
resista y se reconozca en el horizonte.
Reconocer los confines del canto, su extensión,
no frente a la muerte en la rama del árbol
sino ante el mismo centro que nos evade.
 
 
     Si vemos su obra en conjunto no deja de sorprender el gran salto expresivo entre la parquedad y limpieza de sus textos iniciales publicados Espacios (1974) y Nuevos poemas. Esa parquedad y relativa “objetividad”, esa distancia de la voz que enuncia, nos recuerda a Eliot, pero lo curioso, es que su poesía posterior, especialmente Fragmentos, los seguimos relacionando con Eliot, pero ya no por el distanciamiento de la voz que enuncia, sino por ese collage intertextual al que ya hemos hecho referencia como recurso compositivo. Hasta el punto que el verso inicial de Fragmentos que dice “En qué pensaba, en qué pensaba, Oh Tom?” siempre lo relacioné con Thomas Eliot, y en realidad hacía referencia al gato de su hija Constanza, que se llamaba Tom.



 
     En Fragmentos esa voluntad compositiva, verdaderamente fragmentaria y plagada de “intertextos”,  además de emparentarlo con Eliot, lo emparenta especialmente con Ezra Pound. Resulta de una complejidad mayor seguir esos fantásticos hilos secretos que hay en sus poemas, hay que tener quizá, como él mismo, una vasta cultura y el manejo o entendimiento de varios idiomas, así como citas en inglés, francés, italiano o alemán, y hasta alguna frase en latín. Así mismo ese amante de la ópera y de la música que es Oliveros se cuela en sus poemas, especialmente en los Nuevos poemas y en Fragmentos. Pero independientemente de que uno pueda compartir y comprender esas claves y disfrutarlas, tanto en su obra poética como en sus ensayos, sus diarios publicados o sus clases, la escritura de Oliveros, entregará también al lector desprevenido una profunda reflexión sobre nuestra época, a través de nuestras ciudades, nuestras autopistas o nuestros dioses ya perdidos, a través de nuestros buenos y malos hábitos y gustos, a través de nuestras vidas desterradas y llenas de incertidumbre. 


 

 

 

 

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