El cuerpo femenino. Una lectura psicoanalítica*

María Cristina Ashworth

 

¿Puede existir una humanidad sin hijos? ¿Es la maternidad un derecho? El hombre y la mujer, frente al hecho de elegir o no procrear un hijo, ¿tienen derecho a ser ayudados y asistidos física, psicológica, social y económicamente? La respuesta es no al primer interrogante y sí a los otros. En parte, son estos cuestionamientos los que motivan mi interés en el tema de la mujer, la pareja, el embarazo como proceso, el parto como punto crucial y el puerperio como corolario. Nuevas preguntas aparecen: ¿qué siente la mujer?, ¿qué tipo de pareja?, ¿qué modalidad familiar? Las respuestas pueden ser varias, según la perspectiva desde donde hablemos. Entiendo como pareja la relación más o menos estable que se establece entre dos personas -en el tema que estoy tratando, heterosexual- donde existe un vínculo afectivo y erótico. El cómo se elige una pareja depende de aspectos inconscientes que se ponen en marcha al darse el encuentro. En dicho encuentro parece estar implícito en forma inconsciente la búsqueda de la fertilidad, a pesar de no ser conscientemente anhelada.

La menarquía

Es importante referirme, antes de entrar en el embarazo, al tema de la mujer, a su ser, a lo femenino, "ese gran enigma", y a los acontecimientos que le son propios, tanto biológicamente como en su estructura psíquica, los cuales se interrelacionan entre sí. La menarquía es para la adolescente muy importante, ya que significa que hay madurez biológica, es decir, que desde el punto de vista físico es capaz de procrear, pero no necesariamente implica madurez en su aspecto psicológico. El cómo se enfrenta este gran momento en la vida de la mujer-adolescente y qué consecuencias traiga, dependerá, entre otras cosas, de las identificaciones con su propia madre y de cómo se haya establecido la relación con la misma. Este momento debería estar significado por la alegría de que la hija deja de ser niña, pero puede aparecer concomitantemente cierto grado de tristeza, que acompaña al duelo de la pérdida de la niñez. Sin embargo, aun hoy en día, en nuestra sociedad un alto porcentaje del ambiente que rodea este acontecimiento, es de indiferencia o de vergüenza, algo de lo que es mejor no hablar, nombrándola como que está "enferma" o "indispuesta". De ese modo, se le da el sentido opuesto, pues este hecho significa que está sana y que es capaz de dar vida. Para la adolescente es un hecho transcendental en su vida, que desea compartir con sus pares y que la coloca en un lugar distinto.

Si la niña-mujer-adolescente posee un ambiente familiar favorable a su ser mujer y a su desarrollo como tal, donde se siente querida y deseada en su ser femenino por su madre y su padre, reaccionará sintiéndose orgullosa y feliz por estar más cerca en su identidad con su madre y con otras mujeres significativas para ella; sus amigas, fundamentalmente, pues no olvidemos que en este período, el grupo de pares posee una fuerza muy especial, de complicidad y contención de las angustias. El primer objeto de amor para el varón y para la niña es la madre; en el primer caso, éste es heterosexua, y en el caso de la niña es homosexual en cuanto a la relación con alguien de su mismo sexo. De allí que con la aparición de la menstruación se reactiven las fantasías y tendencias homosexuales inconscientes, se intensifican las relaciones con amigas y, paralelamente, la búsqueda del hombre-novio. Como certificación y anhelo de su deseo de gratificación heterosexual, dirigiendo su mirada, aunque con temor, primeramente, hacia el padre, y posteriormente hacia otros hombres. Cuando este momento, y las sucesivas menstruaciones, son signo de conflicto, la mujer sufrirá las consecuencias en situaciones propias de su ser mujer, como el embarazo, el parto, el puerperio, la lactancia. La adolescente podrá sentir que es un momento especial y de florecimiento en su ser, o un castigo por ser mujer, especialmente por sus fantasías y por su deseo que podría darle la ilusión del rompimiento de la relación en espejo.

Para Eugénie Lemoine-Luccioni (1982):

La niña entra en el espejo y no sale más. Al contrario de lo que le sucede al varón, ese yo ideal que su madre ve es ella. ¿Cuándo se recuperará? ¿Con la llegada del príncipe encantado? No pensamos que el príncipe encantado tenga el poder de despertarla de su sueño. Hace falta otra cosa y otra persona.

Simone de Beauvoir (1949), refiriéndose a la influencia cultural y social con respecto al inicio de la adolescencia en el varón y en la niña, dice:

El varón admira en su vello crecientes promesas indefinidas: ella (la niña) se queda confusa delante del drama brutal y sin salida que marca su destino. El pene adquiere del contexto social su valor privilegiado, mientras que las circunstancias sociales transforman la menstruación en una maldición. Lo uno simboliza la virilidad, lo otro, feminidad; como feminidad significa alteración e inferioridad, su revelación es recibida con escándalo... La menstruación inspira horror a la adolescente, por precipitarla dentro de una categoría inferior y mutilada.

La dinámica inconsciente trasciende toda posible liberación sexual, avance social, lucha por la mujer, etc. En la adolescente se reactiva el complejo de castración con las angustias que se despiertan, producto de sus fantasías de haber sido castigada, pudiendo entrar en conflicto entre su deseo de ser adulta-mujer -asumiendo su actividad sexual, su posibilidad de maternidad- y su deseo de permanecer niña, quizás como ella supone será aceptada por su madre, especialmente, pero también por su padre, quien desea seguirla viendo como la "niña".

La iniciación sexual

La desfloración trae aparejados también ciertos tabúes, será vivida y sentida en forma diferente según el sexo que se porte. El varón, en general, vive el inicio de la actividad sexual como un logro de su masculinidad, un triunfo en que es apoyado por su entorno tanto social como familiar. A la mujer, quizás en esta época en menor grado, se le presenta como una situación que genera conflictos, donde llega al coito, a veces no tanto por deseo y elección, sino por desafío frente a normas rígidas o por autocastigo, en los casos en los cuales la búsqueda de un partenaire inadecuado le confirma su desvalorización. En cuanto al tabú de la virginidad, el temor a la desfloración, a la sangre, como una "herida" infligida a la mujer, ofrece una doble dirección en su significación. Para el hombre, ser el primero, ejerce el poder y la posesión. En la mujer, entregarse como regalo, casta, intacta para obtener el "amor" tan anhelado, quedando en relación de servidumbre esclava-amo. La mujer, por identificación con la palabra del hombre (padre), habla a través de él como mujer (madre), reforzando la fantasía idealizada de que la entrega de la virginidad le asegurará el amor; falsa ilusión, búsqueda imposible de la mujer.

Las consecuencias de estas circunstancias ya están predeterminadas por la joven frente al hombre y su sexualidad, al igual que en el hombre frente a la mujer y su sexualidad. A la primera experiencia sexual puede llegarse como un acto elegido, asumido con cierta responsabilidad, deseado y productor de placer, o con fantasías aterradoras en uno u otro integrante de la pareja. En el varón pueden aparecer fantasías de ser agredido por la mujer, porque el penetrarla rompe el himen y vierte sangre, produce una "herida", y si la mujer la vive como muy grave, puede reaccionar con hostilidad hacia su compañero sexual, sintiéndola como una herida narcisista que la humilla e inferioriza. A su vez, el hombre teme ser agredido en su órgano, como un ataque al pene. Estas fantasías pueden estar presentes sin que necesariamente tengan que ver con su compañera sexual, sino con sus propias vicisitudes, por las cuales puede sentir a la vagina como agresiva y tener dificultades en el ejercicio de su sexualidad y en el encuentro con la mujer. En cuanto a la mujer, algunas rechazan su ser femenino, fantasean al hombre como un ser todopoderoso por ser el poseedor del pene, y terminan odiando a quien por la penetración las hace sentir que tienen que renunciar a sus fantasías masculinas. La fobia a la desfloración y el vaginismo ligados a la frigidez, impiden muchas veces la maternidad.

Cuanto más fuertes sean las fantasías destructivas, más difícil será embarazarse y continuar su evolución hasta el parto, más complicado será éste y mayores dificultades se tendrá con la lactancia. El embarazo tanto como el parto y la relación con ese bebé, refuerzan su ser diferente al hombre y su aceptación como mujer, su feminidad. Cuando hablo de la aceptación en la mujer de su ser femenino y de la maternidad, no pretendo plantear este último hecho como algo concreto, porque el tener o no tener hijos no define por sí solo, la feminidad.

Una estructura familiar favorable hacia la niña permitirá, como ya mencioné antes, una evolución sexual con mayores satisfacciones, donde el padre puede ser objeto de una relación amorosa con su hija, y la madre que dirige su deseo hacia el padre, no caerá en la tentación de hacer depositaria a su hija de sus propias frustraciones e insatisfacciones. Cada mujer desarrolla un nivel de angustia diferente frente al embarazo y al parto. Trastornos muy graves en la infancia en relación a la figura materna pueden llevar a serias dificultades en la concepción. Existe un alto porcentaje de esterilidad de origen psicológico así como de abortos, sobre todo cuando se teme a la identificación con la madre embarazada, por la culpa despertada, por los sentimientos de odio y destrucción. La identificación con aspectos positivos de la madre y la existencia de un hombre capaz de acompañar a la futura madre, facilitan el desarrollo de la maternidad en su compañera, quien sentirá la concepción y la evolución del embarazo como algo positivo, creativo y dador de placer, más como un premio que como un "castigo".

La gestación

El embarazo es un nuevo estadio normal del ciclo vital de la mujer, pero no por ello deja de ser especial, movilizándose fantasías muy tempranas. Al ser descubierto el embarazo en la pareja, se reactivan fantasías infantiles en relación con las figuras parentales en ambos miembros. En la mujer se actualiza su modalidad de relación con su propia madre, además se cuestiona si será capaz de engendrar vida procreando así un ser sano. En el hombre se actualiza su propia relación e identificación con el modelo del padre, cómo se comportó éste con el embarazo de su madre, y preguntándose si podrá tolerar el sentir que no está incluido en el cuerpo de su mujer y que otro sí lo esté, aunque estos planteamientos no son conscientes generalmente. En el primer trimestre la embarazada experimenta en forma consciente al feto que crece dentro de sí como una parte de ella misma. A través de los sueños se pueden analizar las fantasías y ansiedades que acompañan de manera inconsciente a la mujer, en ocasiones el embarazo es descubierto en el análisis de ser confirmado por el médico.

Durante el primer embarazo ocurren cambios muy importantes tanto en la mujer como en su pareja; es el momento de transición entre el no tener hijos y ser padres, lo cual conlleva trastornos emocionales y psicológicos, a pesar de ser una fase normal dentro de la evolución de la vida. La posibilidad de tener un tiempo de preparación emocional para la maternidad es valioso y fundamental para ambos progenitores. Antes de continuar con el desarrollo de las distintas etapas de embarazo, quisiera introducir el tema del aborto pues el mismo tiene repercusiones en la mujer, en la pareja y en futuros embarazos. Cuando han habido abortos anteriores, o se está en presencia de una paciente que ya ha abortado, es importante considerar en forma especial la situación. Ningún nuevo embarazo obtura una pérdida, pero puede ser utilizado para negarla, y por eso es necesario estar alerta, pues existe la tendencia a suplir las pérdidas sin elaborarlas. Con frecuencia estas pacientes presentan una depresión prolongada, que no siempre es percibida por la familia o por ella misma, mostrando una pérdida de la autoestima y odio a su cuerpo femenino por no dar a luz niños vivos. Algunas mujeres son incapaces de continuar su embarazo, ser madres y traer niños vivos al mundo.

En ocasiones, el embarazo es producto de una relación prohibida, cargada de culpa, y el aborto se presenta como una forma de castigo. El aborto espontáneo puede ser la salida a través del cuerpo, negando vida al feto, de conflictos psíquicos en relación a un objeto sexual prohibido y a aspectos malos proyectados en el feto. El cuerpo es utilizado para expresar estados emocionales de la mente como en los estadios más tempranos infantiles. En otros casos, un aborto espontáneo es una dolorosa pérdida, como si hubiera muerto un bebe a término, pues se ha investido al feto de apariencia física, de identidad sexual, etc. Este tipo de mujeres desea y espera ser una madre suficientemente buena como percibieron que fueron sus propias madres.

La mujer desarrolla durante el embarazo y parto niveles de angustia y trastornos que le pertenecen como tal. Durante este proceso son importantes tanto su compañero sexual, como el grupo familiar de ambos progenitores y las fantasías que se despiertan. Junto a los cambios orgánicos se observan cambios psíquicos tales como ensimismamiento, somnolencia, retraimiento, la libido se vuelve hacia el mundo interior, hacia su cuerpo donde reside su futuro hijo; a veces la aparición de náuseas acompaña este momento, pero no necesariamente señala sentimientos de rechazo, en algunos casos es una manera de trasmitir y tomar conciencia de que de verdad se está embarazada. Se incrementa la angustia relacionada con la capacidad de dar vida y llevar adelante el embarazo, el parto y el cuidado del recién nacido. Al reactivarse sentimientos muy primarios, este momento es vivido como crítico ya que el feto no es visible pero sentido inconscientemente a través de las fantasías y ansiedades, así como conscientemente por sensaciones corporales. Da lugar y favorece sentimientos de unidad primaria con la madre, y a la vez se produce una identificación narcisista con el feto, como si estuviera ella misma dentro del cuerpo de su propia madre. La vuelta de la libido hacia el mundo interior reactiva sus propias vivencias como hija, regresión que le permite conectarse con aspectos profundos de sí misma, acompañado de un retraimiento momentáneo del deseo hacia su pareja. La posibilidad de vivir este momento dentro de un tiempo y un espacio propio, favorecido por la pareja y/o los familiares que rodean a la embarazada, ayuda a identificar, enfrentar y resolver en cierta medida los conflictos entre el deseo de ser madre y el rechazo culpabilizante. Esto último está vinculado a fantasías persecutorias relacionadas con las vicisitudes del complejo de Edipo.

Al iniciarse el segundo trimestre aparecen ciertas evidencias físicas que dan certeza del embarazo, como los movimientos y el crecimiento abdominal. En este momento cuando generalmente desaparecen los síntomas orgánicos. La mujer ha superado el período más fuerte en cuanto a cambios corporales, hormonales y emocionales, comienza a hablar del embarazo y posee la evidencia del mismo, no sólo la representación simbólica. La libido se vuelve a dirigir al mundo externo, reaparece el deseo sexual por su pareja y el interés por los otros significativos, hijos, compañero, trabajo, etc. Los movimientos, cada vez más notorios, la enfrentan con la realidad de tener dentro de su cuerpo alguien vivo, que se alimenta de ella, lo que despierta inquietudes y fantasías. La paradoja es que es alguien que depende de su madre para sobrevivir, pero, a la vez, es ya alguien distinto a ella. En ocasiones los movimientos no son percibidos hasta muy avanzado el embarazo, este embotamiento se debe al mecanismo de negación frente a fantasías y dudas de no ser capaz de llevar adelante la gestación. La reacción de la mujer ante los movimientos no siempre es de placer, puede percibirlos como agresión, y dice que el bebé le da "patadas", "no me deja dormir", "me molesta". El mecanismo utilizado con preferencia es la proyección sobre el feto de una imagen terrorífica, donde la madre se identifica con él, reviviendo impulsos hostiles hacia la propia madre embarazada.

Otro mecanismo de defensa que puede aparecer es el maníaco, desarrollando entonces la mujer una actividad intensa, fantaseando con un hijo maravilloso, etc. La defensa maníaca y el sacrificio máximo, masoquista, son mecanismos que sirven para defenderse de la fantasía respecto a la condición de hijo anormal o mal formado. Cuando la intensidad de la ansiedad sobrepasa los límites tolerables, es porque la fantasía de ser incapaz de criar y educar al hijo, por un lado, y el horror al incesto, por otro, reactivan temores infantiles muy intensos que dan lugar a sentimientos de tipo culposo. Si no se controla el aumento e intensidad de la ansiedad que se produce en la mujer, puede desencadenar en un aborto.

A medida que avanza el embarazo, el cuerpo de la mujer cambia, se hace casi irreconocible; se abomba, los senos se hinchan. El temor a ser abandonada se reactiva, teme ser dejada por otra mujer más esbelta; se activa de nuevo el temor al hijo deforme y a la muerte en el parto. Estos miedos están ligados a la reactivación de situaciones edípicas, las pulsiones incestuosas y las masturbaciones infantiles. En el último trimestre se produce la versión interna del feto, movimiento que puede ser percibido como cuando se sube en un ascensor a alta velocidad. Esta noticia provoca un incremento de la ansiedad por el anuncio de la proximidad del parto. Surge la ambivalencia entre el deseo de conocer al hijo y el temor al vaciamiento, a que el hijo llevado durante nueve meses saldrá ahora de su cuerpo. Desea verlo, cargarlo, acariciarlo, pero teme perder ese contacto. Si estos sentimientos son muy intensos, puede producirse un parto antes de término o retrasarse de tal modo que se hace necesario provocar el mismo.

Parto y puerperio

Con el advenimiento del primer hijo aparecen cambios que tienen que ver con la relación de pareja. Pasan de ser dos a ser una familia, y cambios en su posición, de hijos a padres. Cuando el hombre logra superar su propia ambivalencia, celos y envidia en relación a la mujer y el feto, acompaña amorosamente a su compañera y se va preparando para ejercer su rol de padre. La mujer, a su vez, le hará partícipe de sus sensaciones y ayudará a que se desarrollen en ese hombre sus aspectos más tiernos para recibir al hijo. El parto marca la última etapa. Dar a luz es considerado en cada cultura de manera distinta, si la mujer recibe comentarios de su propia madre y de su entorno desfavorables, como lo doloroso que es, que se puede morir la madre o el hijo en el parto, el hijo deforme que puede tener, el peligro del fórceps, cesárea, anestesia, etc., su angustia frente a lo desconocido aumenta. Estos comentarios son producto de intensos conflictos en las personas que los emiten, y de serias dificultades con el manejo de la envidia que despierta la embarazada al mostrar con orgullo el vientre donde lleva al ser vivo, producto de una relación de disfrute y placer. En cada sociedad y en cada grupo religioso, el parto tiene un significado diferente, puede ser un "milagro" o un castigo porque representa el placer del coito, "parirás con dolor".

Las motivaciones inconscientes están en juego durante este proceso, la dilatación puede detenerse haciéndose necesaria la intervención rápida del equipo médico, el parto puede representar las fantasías de castración proyectadas específicamente en la episiotomía. A la vez, se revive el propio nacimiento, aparece con intensidad la angustia frente al cambio, a lo nuevo, a ese ser tan conocido en un nivel y tan desconocido en otro que irrumpe en el equilibrio de la pareja y de la familia. Según las características de la mujer, puede darse la retención del bebé en el momento del parto; en general son personas muy retentivas, simbióticas y controladoras; en cambio, el parto en expulsión violenta se da en aquellas mujeres que toleran mal la incertidumbre, la espera y la vivencia del proceso. Al progresar el trabajo del parto aparecen sensaciones diferentes tanto en el cuerpo como en la mente que se interrelacionan entre sí. La participación del padre y compañero es fundamental durante este proceso, para que la misma tenga lugar en una forma amorosa es necesario que el hombre tolere sus sentimientos de exclusión que se hacen presentes en esa relación, sentimientos de envidia y celos por ese rival que ocupa un lugar dentro de ella. Las consecuencias serán un parto y un puerperio dentro de un medio favorable donde el aumento de angustias será controlado sin mayores dificultades. Cuando no se da una situación favorable y las fantasías son terroríficas, la situación es sentida como incontrolable, la angustia de aniquilación, de muerte y despedazamiento se apodera de la parturienta y se irradia a la pareja y la familia. Con la aparición de los deseos de pujar, se produce en la mujer una sensación de confusión entre pujar y defecar, es el período propio de la expulsión. Si la parturienta está preparada, y ha sido alertada al respecto y no tiene mayores conflictos anales, se tranquiliza y se dispone a continuar con su trabajo.

El puerperio es el tiempo que necesita el niño para terminar de ser parido; la relación es diádica entre el hijo y la madre, no entra el tercero, a pesar de que su presencia es fundamental, la del padre como apoyo a la madre, quien se encuentra convulsionada ante tantos cambios, pasando por un período de depresión "normal". La evidencia de que ese ser tan desvalido depende de ella para sobrevivir, ya que no está dentro sino fuera, su presencia permanente, su contacto inmediato después del parto, y un compañero que no se sienta abandonado, ayudarán a la mujer a superar este período de manera favorable y permitirán el ejercicio de la maternidad con cierta libertad y tranquilidad.

A veces la depresión post-parto puede ser profunda, incluso, cuando los conflictos son graves, puede llegarse a una situación de tipo psicótico, que debe ser atendida inmediatamente. Generalmente aquellos casos donde se presenta este nivel de patología están relacionados con la aparición en la mujer de fantasías de vaciamiento, robo y pérdida, por ello es importante que el bebé tome contacto con la madre lo antes posible después del parto. No me refiero aquí a casos de patología psicótica previa. La mujer participa en la creación, por ello está dividida. El disfrute, el goce en el momento del amor la constituye en una, momentáneamente, pero a la vez una la hace otra, la separa de su propia "madre". Esto está ligado al conocimiento que le trae tener su propio hijo, donde pasa por su propia y mortal división, como el modelo de las madruscas, unas dentro de otras, pero a la vez, separadas y únicas.

Los hijos

Eugénie Lemoine-Luccioni (1982) dice: "Antígona clamaba que la mujer está dedicada al culto de los muertos y también se ofrece a sí misma en adoración con su fecundidad". El hijo ya como objeto no está más adentro, ni afuera y hace de la madre un afuera, un objeto para ella misma. La separación, al hacerse presente cuando el hijo es arrojado al mundo, se vuelve una amenaza para el equilibrio de la parturienta, cuyos resultados pueden ser ligeros, depresiones o llegar hasta la psicosis puerperal, como lo menciono anteriormente. Tanto la madre como el niño necesitan restablecer "el vínculo violentamente roto", la lactancia a través del objeto pecho, madre, pequeña "a", vínculo narcisista, es la encargada de la acción concreta del hecho en sí, el que no puede estar desligado de la representación del deseo de la madre. Por eso, para la mujer es necesario ser doble (madre-hija), para poder desdoblarse (abuela-madre-hija) en la procreación. La mujer, en una especie de repetición en la que se confunde con su propia madre, podrá representarse lo que ha perdido. La dificultad para entrar en lo simbólico, definido por la posición del tercero, puede llevar a la mujer a desear la muerte del hijo, ese extraño, o de su marido, tratando así de mantenerse en el registro del doble. La madre, después del nacimiento y con el inicio de la lactancia, puede sentir que es tragada, succionada por el niño que la agota, a veces siente que pierde la vida. El hijo en su advenimiento necesita hacerse su lugar, que no es el previsto, el hijo mata a sus padres y viceversa, hay contradicción entre el amor Eros, que quiere a uno y odia al otro, y el deseo que es el deseo del otro. Eugénie Lemoine-Luccioni (1982) dice: "... y aquello que el hombre vive en el amor de la mujer, ella lo vive o lo muere con el hijo, que sabe muy bien que no le queda otra cosa que salvar su pellejo".

La mujer, en su rol de madre, enfrenta también durante este período tan difícil e importante, su relación con los otros hijos, la cual adquiere características particulares. Es quien oficia de moderadora de los vínculos entre los hermanos y de estos con el nuevo hermano. A la vez es tranquilizador observar que esa madre es capaz de dar buenos cuidados a ese ser tan desvalido, lo que estimula la fantasía de que así fueron ellos mismos atendidos por su madre. Ser hermano es tener la misma genealogía, la misma herencia, la misma familia, y la mayoría de las veces, los mismos padres. La inclusión en todo este proceso de los hermanos es de gran utilidad para la aceptación tanto del nuevo integrante como de la nueva ubicación dentro de las relaciones familiares; los desplazamientos, sustituciones y transferencia fraterna juegan un papel fundamental en la elaboración de esta etapa.

En el hijo único, y en el más pequeño, J. Arlow (1972) destaca la constancia de las fantasías de los rivales potenciales, en el origen mismo de su existencia intrauterina. Posee la ilusión de poder controlar la fecundidad de la madre y por lo tanto seguir siendo el único. La realidad del otro (sujeto-hermano) lo golpea con todas sus fuerzas, y al no encontrar un lugar junto a los padres, no es sólo una experiencia más o menos amarga, sino que es una experiencia de aniquilamiento de sí. Lo grave es cuando este hecho no puede ser formulado, de ahí la importancia de que sean trabajadas con la embarazada las diferentes situaciones en las que se encontrará, por ser mujer, madre, embarazada, diferentes a las del hombre, padre, compañero. El niño percibe a través de la mirada de la madre lo que él es, lo que espera ella, lo que ella quiere que sea, y la imagen que tiene del hijo, fruto de sus ilusiones anticipatorias. La llegada del nuevo hijo tiene repercusiones sobre esa madre, sufre al tener la percepción de su indiferencia, y por momentos siente hostilidad hacia sus otros hijos. No siempre esta conducta puede ser comprendida por el grupo familiar, y éste puede a su vez.,, reaccionar con indiferencia y hostilidad hacia el nuevo hermano a quien se hace responsable del estado de su madre. El hijo es producto de la unión de ambos integrantes de la pareja, de un acto sexual, y así como hubo dos para concebir, es necesario que ambos sean los encargados de ese niño, lo que no siempre ocurre. La estructura mental del hombre y de la mujer son diferentes, las vicisitudes de la vida los colocan en posiciones distintas ante la relación con sus progenitores.

El mundo es fálico, está regido por el falo, por el poder, pero tanto el hombre como la mujer nacen bajo el régimen de la falta, de lo que no se tiene o de lo que no se es. Por lo tanto la querella entre ambos no puede resolverse, las mujeres quieren hablar, los hombres quieren alumbrar, la mujer goza al estar encinta de un saber negado al hombre, éste se queja de no participar en la creación, como las mujeres a través del alumbramiento. La mujer es la verdad que él interroga para encontrar el secreto de la creación, en cambio la mujer no interroga al hombre, lo invoca como ideal de unidad. No hay revolución sexual que mueva la línea de partición entre el hombre y la mujer, ni la que divide a la mujer. La pelea por "ese poder" carece de sentido, en cambio sí tiene sentido el trabajo en conjunto especialmente en relación con los hijos. Para que surja un "uno" de ese continuo madre-hijo, para pasar del "dos" al "tres", es necesario que este "uno" rompa el continuo pecho-leche-satisfacción y se enganche en la cadena significante, quizás como la palabra nueva. Para ello es necesario que intervenga otro factor "tres". El padre es quien tiene algo que decir, aunque en un primer momento fuera del juego, sin encontrar nada que decir o hacer (relación diádica madre-hijo), se refugia en una identificación con el otro sexo (rol materno, mujer). En este interjuego fantasmático se establece el vínculo madre-hijo, interjuego del que no puede escapar el ser humano, teniendo irremediablemente consecuencias en lo individual, intrafamiliar y social, en el Ser.

 

Bibliografía
Beauvoir, Simone de (1949). Cit en Langer, Marie. Maternidad y sexo. Buenos Aires: Paidós.
Brusset, Bernard (1987). El vínculo fraterno y el psicoanálisis. París. Revista de Psicoanálisis. T. XLIV, No. 2. A.P.A. Buenos Aires.
Dolto, Francoise (1983). En el juego del deseo. Buenos Aires: Siglo XXI.
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Langer, Marie (1976). Maternidad y sexo. Buenos Aires: Paidós.
Lemoine-Luccioni, Eugénie (1982). La partición de las mujeres. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Pines, Dinora (1989). Embarazo, aborto espontáneo y aborto. Una perspectiva psicoanalítica. Revista de Psicoanálisis, XLVI, No. 5. A.P.A. Buenos Aires.
Rascovsky, Arnaldo (1974). Conocimiento del hijo. Buenos Aires: Ediciones Orion.
Soifer, Raquel (1980). Psicología del embarazo, parto y puerperio. Buenos Aires: Ediciones Kargierman.

 

*Conferencia dictada en el ciclo La Feminidad. Sociedad Psicoanalítica de Caracas, 1997


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