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Fronteras del deseo* Ana Teresa Torres Si algo distingue
al siglo XX es… el gozo libre de culpa de todas las
posibilidades de la mente
Del salón burgués al espacio desterritorializado En la construcción temporal y espacial del sujeto, la lectura
psicoanalítica se realiza a puertas cerradas. Esa familia cerrada, en la que sólo entran aquellas influencias que los padres quieren que entren, pertenece al pasado histórico. Una familia construida desde la perspectiva del espacio privado burgués, separado y a salvo del mundo exterior, en el que se lleva a cabo la educación de los hijos de acuerdo a los parámetros deseados por los padres. Difícilmente podríamos sostener hoy esta concepción. La autoridad patriarcal se ha desestabilizado como consecuencia del desgaste de la credibilidad y la fe que acompaña al mundo contemporáneo, y sobre todo, la sexualidad ha dejado de ser un tema que transcurre entre bastidores. Entre otros factores, ha sido la presencia del psicoanálisis la que ha contribuido a sacar a la sexualidad a la luz, y no es difícil observar la sexualización del lenguaje tanto privado como público. De hecho, gran parte de la industria utiliza esta sexualización en la publicidad y en la producción de los objetos de consumo. No quiere decirse con esto que la humanidad se ha "liberado" sexualmente, como pretendía la utopía sesentista, sino que la sexualidad ocupa un espacio desterritorializado. La vida erótica ya no se circunscribe a la intimidad, sino, por el contrario, ocupa importantes esferas del discurso social. El espacio íntimo ha sido traspasado por el público a través de medios de comunicación más sofisticados, por una parte, y más totalitarios, por otra. Del niño victoriano que nada sabe del mundo sino aquello que su padre, mientras lee el periódico, quiere comunicarle, al niño urbano contemporáneo, testigo -lo quiera o no- de la desolación, el tiempo ha transcurrido irremediablemente. Del púber, asustado por la tentación masturbatoria, al escolar cuyo compañero de clase es quizá portador del HIV, la distancia se hace abismal. No se trata de tener más o menos información sexual, de haber recibido una educación más o menos liberal; se trata de que el espacio público y privado ha dejado de ser delimitable, de que todos, acomodados frente al televisor, estamos obligados a presenciar el mundo sin poderlo evitar. En el medio urbano contemporáneo no vivimos en la intimidad de nuestros hogares. El Yo, esa instancia que nos parece de absoluta propiedad y que suponemos encerrada dentro de nuestro interior, se desborda y se disloca en el espacio urbano en el que existimos dentro de un presente que tampoco nos pertenece del todo y que se produce en un continuo tránsito, del cual cada quien será capaz de recordar algunos elementos, y otros quedarán como despojos del Yo, relocalizados en el espacio público y en la propiedad de aquellos con los que nos relacionamos. La transitoriedad e inestabilidad de la identidad personal son vivencias que la cultura contemporánea experimenta como propias y de las que difícilmente la vida erótica puede permanecer ajena. El sujeto, enmascarado por un Yo inestable, dislocado y fragmentario, se dirige a un objeto cuya estabilidad, permanencia y límites también están en duda. La instantaneidad, como vivencia contemporánea de la sucesión temporal, de velocidad cada vez más vertiginosa por la también vertiginosa complejidad tecnológica, permea la vida sexual. Probablemente, el sexo telefónico, por dar un ejemplo cualquiera de la industria erótica, ahorre tiempo, dinero y preocupaciones a quien de otra manera se vería obligado a procurarse un encuentro en medio de una abrumadora rutina. La instantaneidad y fragmentación de los vínculos, como signo de esta cultura fin de siglo, se introduce en la vida erótica. Nadie se asombra ya de que las relaciones se enlacen y desenlacen sin que el menor compromiso haya quedado entre los protagonistas. En cierta forma, la sexualidad ha adquirido las características del consumo masivo: algo rápido, eficiente, y fácilmente deslastrable; fast food, una experiencia naturista, un paseo por el parque, parte del cultivo corporal. El vínculo erótico contemporáneo se presenta mucho más desde el registro de una apetencia libremente flotante que desde un deseo seducido por un objeto privilegiado, y menos aún desde el registro del amor. Esta sentimentalidad, esta manera de acceder a la vida erótica que tantas páginas ha escrito el psicoanálisis, se dirige al desuso, y no podemos dejar de pensar que ello tiene mucho que ver con las formas de vida y no sólo con las inscripciones particulares de cada sujeto. O más precisamente, que las inscripciones particulares no lo son tanto, y que siempre han estado moldeadas por las inscripciones sociales. ¿Cómo no leer hoy los grandes casos de las histéricas freudianas como novelas de amor victorianas? ¿Cómo no aceptar que las mujeres -antes condenadas por "entregarse sin amor"- son ahora protagonistas de encuentros eróticos fugaces de la misma manera en que lo hicieron tradicionalmente los hombres? ¿Cómo convencer a una joven de los 90 de que si no tiene hijos, quedará "castrada"? ¿Cómo no observar en la casuística psicoanalítica actual la cada vez mayor presencia de sujetos homosexuales "egosintónicos" -para utilizar esta arcaica terminología? ¿Cómo obviar que en la bibliografía psicoanalítica contemporánea la homosexualidad ha ido saliendo del cuadro de las perversiones? (a consecuencia, entre otras cosas, de que el DSM no clasifica a la homosexualidad como "desorden mental" -modificación en la que sin duda actuó la presión de los movimientos gay). ¿En qué problemas tendrá que pensar el analista de la pareja que decide "alquilar" un vientre? ¿Bajo qué premisas de identidad trabajará el analista de un analizado transgenérico? Estamos frente a nuevas preguntas. Indudablemente, sería más tranquilizador refugiarse en el "nada hay nuevo bajo el sol", pero sería igualmente inútil porque sí han ocurrido muchas cosas nuevas bajo el sol, entre ellas el conocimiento de que el sol es una estrella cuya existencia tiene el tiempo contado, y, por consiguiente, este planeta también. No quedan de lado los riesgos de cargar las tintas del lado de la sociogénesis vs. la psicogénesis, o de considerar al psicoanálisis desde otros modelos de pensamiento, pero tampoco pueden obviarse los riesgos del aislamiento del psicoanálisis con respecto a los profundos cambios que se han sucedido. Si Freud introdujo el concepto de compulsión de repetición y de pulsión de muerte, después de haber sufrido la Primera Guerra Mundial, ¿cómo podríamos hoy ser testigos inocentes del mundo en que vivimos? ¿Hasta dónde esa división entre lo psicogenético y lo sociogenético es sostenible? La distribución de ambos campos es cada vez menos nítida. Desde el punto de vista de la teoría psicoanalítica, la distinción de órdenes (real, imaginario y simbólico) propuesta por Lacan es la mejor manera de resolver el dualismo humanista, el cual se asienta en la separación entre lo individual y lo social propia de un mundo que pensaba en términos de espacios divididos, no invadibles, exclusivos, tejidos de esencias originales. Es decir, en términos de un sujeto en-sí, frente a un mundo que también existe en-sí, fuera-de-mí. Esta dualidad del pensamiento cartesiano quizá no nos ha abandonado del todo porque persiste en la educación formal, pero no forma parte de la construcción de la realidad en la que existimos. "Aquel que mira, se mira", dice Lyotard. "Miro al objeto desde mi cuerpo, mirando mi cuerpo que mira; el otro conoce de mí lo que no puedo ver de mi propio cuerpo". El sí-mismo se construye en un movimiento circular entre lo vidente y lo visible que hace que el sí-mismo esté tomado dentro de las cosas, y a las cosas percibidas dentro del vidente. No tenemos imágenes que sean copia fiel de un mundo exterior, en-sí; esas imágenes son ese mundo que hemos incorporado, al ser incorporados dentro suyo. ¿Cómo sabe Narciso que la imagen de su rostro es la suya si no se había visto antes?, se pregunta Lyotard: porque no hay más sujeto que la imagen que el otro ha reflejado. No hay un sujeto y un objeto garantes de su propia y auténtica realidad. No existe el mundo que no he incorporado dentro-de-mí; no existo para el mundo que no me haya incorporado dentro-de-sí. En esa inherencia existimos. En la vida contemporánea el discurso social es producido por lo mediático, por una voz anónima que nos dice qué pensar, qué comprar, qué nos gusta, qué nos disgusta, cómo debemos vivir, y también cómo debe ser el cuerpo del deseo. Podemos preguntarnos si, en términos de ingeniería social, es posible pensar en un sujeto dominante erótico que lanza mensajes erotizantes, y si la sexualidad humana cambia de acuerdo a las necesidades económicas. No pareciera ser posible que la sexualidad fuese un territorio libre del mercado: la ropa, los cosméticos, los tratamientos corporales, el cine, los libros, los comics, los videos, los muebles, los viajes, ¡cuántos objetos del mercado no entran en relación directa con el deseo! Hasta los teléfonos celulares y las tarjetas de crédito pueden ser objeto de sexualización en la imagen o en el texto del aviso publicitario que desliza un contenido erótico más o menos subliminal, y a veces francamente explícito. Lo interesante del fenómeno es no solamente la idea de que el erotismo es aprovechado por la economía, sino de que es el propio mensaje publicitario, o el propio producto, el que moldea ese erotismo. Hay una permanente construcción de fantasías eróticas derivada de la producción económica, del mercado, y el sujeto recibe estas fantasías a través de lo mediático. ¿Estamos frente a una representación que podríamos llamar objeto mediático? ¿Podemos pensar en la construcción del deseo a través de un objeto que no hemos conocido personalmente ni es siquiera un individuo? Indudablemente, siempre podemos inscribir esa situación dentro de la historia individual y considerar que ese objeto exterior es atractivo al sujeto en la medida en que le recuerda un objeto interno. Siempre podemos pensarlo, pero también surge la posibilidad de empezar a pensar que en la construcción de los fantasmas no sólo incluye el "érase una vez con papá y mamá", sino una voluntad anónima que propone imágenes y palabras para que los sujetos fabriquen sus deseos. Una voz mediática capaz de construir narrativas eróticas que, sin necesidad de pasar por el filtro de la intimidad familiar, articulen formas de deseo, es decir, construyan a un sujeto deseante. Si Freud pensaba en 1919 que una niña podía construir su fantasma a partir de la lectura de algunos clásicos infantiles como Las desgracias de Sofía o La cabaña del tío Tom, y que a través del contenido de esos libros "completaba sus propias fantasías y adquiría un caudal de situaciones e instituciones", ¿cómo obviar que la infancia contemporánea tiene a su disposición una fuente de situaciones fantásticas de mayor variedad y más fácil acceso? Por otra parte, fue Freud quien introdujo en la fantasía la noción de accidentalidad y de origen extra-familiar, al decir que puede ser despertada por una escena vista o leída en una obra de ficción, "surgida, quizás, de causas accidentales en la temprana infancia". La noción de que el sujeto no sea el único creador de su propia sexualidad, de que su deseo no se construya en la sola intimidad edípica, es, por supuesto, resistida por el psicoanálisis. Se trata también aquí de que, más allá de la importancia que los padres adquieren para sus hijos, no pueden arrogarse el privilegio de ser su única influencia. Los padres no tienen la posibilidad de constituirse en filtro de ese mundo, estando ellos mismos también atravesados por lo mediático. La producción social del erotismo, en el pasado, estuvo a cargo de los grandes discursos de la religión, la filosofía, la literatura y el arte que construían sus prescripciones y proscripciones. Más allá de que en toda época histórica los cánones estéticos han presentado las formas más apetecibles al deseo, cabe preguntarse si el fenómeno contemporáneo rebasa los límites de la proposición clásica del ideal de belleza que debe ser encarnado en los individuos, para situarnos frente a la construcción de un gigantesco ready-made erótico. Las imágenes, no sólo de belleza sino de violencia que nos presentan los cuerpos en las múltiples posibilidades de encuentro audiovisual, ¿son modelos a imitar, como lo fueron en el pasado las obras de arte, o son ellas mismas los objetos del deseo? La posibilidad de presentación de las relaciones eróticas propuestas por el arte y la literatura, ¿es comparable al alcance y cualidad de los medios tecnológicos? ¿Qué distancia hay en los medios audiovisuales entre el sujeto-espectador y el objeto presentado? El objeto, ¿está construido como mediación del deseo o como objeto del mismo? ¿Somos convocados de la misma manera ante la pintura de una madonna renacentista que ante un video de Madonna? ¿Qué papel juega el consumidor de un video erótico? ¿Es verdaderamente un consumidor que utiliza el producto para su propia vida erótica o su vida erótica es precisamente estar audiovisualmente en la escena? Así como el espectador del arte contemporáneo deja de serlo para convertirse transitoriamente en protagonista de la instalación, pasando de ser sujeto que mira a objeto mirado, el consumidor de videos ¿permanece en el lugar de sujeto deseante, o pasa, insensiblemente, a ser objeto de la imagen presentada? No parece posible mantener aislada la vida erótica del imperio de la cultura audiovisual en nuestro tiempo cuando, precisamente, la relación con el objeto erótico se constituye a través de los órganos distales de la audición y la visión. La cultura contemporánea permite al individuo que el alcance de esos órganos se desterritorialice completamente y desborde ampliamente el terreno de los objetos familiares e inmediatos. Al respecto dice la crítica Celeste Olalquiaga: La propiedad y fronteras del cuerpo se hallan en juego en el video, así como también en el proceso que éste conforma: la simulación... En la pornografía las fronteras entre lo observado y quien observa apenas existen: el espectáculo y el espectador se funden. Con irónica perversión, el anonimato necesario para la liberación de lo imaginario oculta también la identidad del espectador, quien se encuentra así sometido a una materialización similar a la del objeto pornográfico: ambos dejan de ser individuos para actuar como elementos de un mecanismo libidinal. El voyeurismo tecnológico determina una similar suspensión del ser… (1993, p. 28). Una nueva forma de sexualidad, la sexualidad sin sujeto y sin objeto -o al menos no un sujeto y un objeto como los que conocemos-, pareciera estar a las puertas. ¿Cómo considerar las nuevas formas de la vida erótica que se producen a través de la cibernética? ¿Qué objeto es ese que envía mensajes eróticos recibidos en el monitor de la computadora, sin que el receptor sepa si se trata de un hombre o una mujer, un individuo o un grupo, o si los mensajes pertenecen a un ser vivo o a un ser muerto que otro reproduce ahora? ¿En qué forma catalogar clínicamente a esta sexualidad? ¿Como una fobia al contacto? ¿Como una modalidad que permitirá a los seres humanos ejercer una sexualidad que no produzca problemas emocionales, sociales, médicos, y que concede, en brevísimo tiempo y sin abandonar el trabajo, una cuota de placer? ¿Hubiésemos concebido unos años atrás la posibilidad de procrear sin la presencia de una pareja? Hoy es posible pensar en la posibilidad de procrear un ser a partir de materia sexual extraída de sujetos ya muertos, de sujetos ya-no-nunca. Es posible también ir más allá y producir un ser a partir de materia no sexual por clonación. La separación entre sexualidad y procreación no sólo ha traspasado la evitación voluntaria de los embarazos -hecho que también cambió radicalmente la moral sexual-, sino la desvinculación total entre ambos fenómenos. Nada impide pensar que la reproducción humana abandone el método de la gestación y parto sobre los que se creó el inmenso imaginario de la maternidad. Lo queramos o no, presenciamos los indicios de que el erotismo ejercido a través del encuentro de los cuerpos llegue a ser considerado como un fenómeno arcaico.
Bibliografía
*Publicado en Territorios eróticos (1998).Caracas: Editorial Psicoanalítica |