De ruletas y desiertos  

 

Fernando Yurman

Con una devoción verbal que parecía artificiosa, con anacrónica elegancia sintáctica, en la ominosa Viena de la tercera década del siglo XX, la rica voz de Karl Kraus alertaba sobre las sombras del totalitarismo y advertía que el envilecimiento del lenguaje prefiguraba el del pensamiento, y éste a su vez precedía el desastre social. Pero entonces había pasado mucho Danubio bajo los puentes, y su mundo se fundía irremisiblemente con el crepúsculo de otras pérdidas más notorias. Su aviso solamente podía parecer una pretensión estetizante y aristocrática, tan ligera como un decadente efluvio de vals, en ese tiempo práctico, frenético de propósitos y rebalsado de fervor ideológico y prisa política. Pero después de haber pasado algo más de Danubio bajo los puentes, ya apagados los cabarets y las manifestaciones, no fue necesario verificar el rotundo éxito de esa profecía, que Goebbels cumplió con entera cabalidad. Hoy, al visitar esa prehistoria de la barbarie, la voz de Kraus aumenta su premonición en la desolación de los discursos racionales de ese tiempo. Y, para el arqueólogo, ya no son los discursos, sino precisamente los objetos, y también las palabras en condición de objetos ( la poesía ), los restos que permiten reconstruir ese tiempo, imaginar aquella subjetividad o revivir esos miedos. Cuando la palabra resulta envilecida en una sociedad y es totalmente absorbida por su función pragmática, nos queda apenas la poesía como resto creíble. En esos casos, es solamente la palabra poética, la palabra que no está destinada a servir, la que sostiene los relumbrones de alguna verdad. Ciertos fragmentos de Kafka, ciertas poesías, el duro deseo de durar de la literatura, alumbran las oquedades históricas en que resonaba la voz de Karl Kraus.

En nuestro país, hace unos años, el poemario La nada vigilante advertía también con rigurosa inocencia la pérdida de la palabra: "La lucidez desierta no accede a la palabra", avisaba entonces uno de los versos de Armando Rojas Guardia. Trataba del desierto del discurso. En lo único que se equivocaba era en suponer que esa pérdida era suya y no de su sociedad. Con parecida lucidez, el poemario de Martha Kornblith, El perdedor se lo lleva todo, aumenta hoy su resonancia y adquiere también la envergadura del descubrimiento.

Ese pequeño poemario, casi casual, permite admirar la desprevenida y aguda percepción social que reciben las fronteras del alma, la lucidez que tiene en sus límites la subjetividad. Desde ese mirador descuidado, fuera del tiempo, parecen advertirse las lontananzas mayores de una sociedad, el verdadero rumor sordo de la historia. El poemario de Martha Kornblith tiene su flagrante escenario en las Vegas, en los hoteles y salas de juego, pero pocas palabras como ésas han sido tan minuciosamente fieles a la realidad venezolana. Un país entero en un golpe de dados. Para que las salas de juego de Nevada nos representen, es preciso antes que la realidad sea una honda revelación que emerge, y no esa plana aseveración en las cosas de lo que ya habíamos mirado antes en los periódicos o en la televisión. Si la realidad es lo que vemos emerger, con el riesgo impredecible de la verdad, esa poesía resulta entonces documental. Venezuela no necesita explícitamente aparecer porque, como dijo Borges del Corán: la mejor prueba de que es árabe es que falta el camello.

Esta paradoja de que las Vegas represente con tal fidelidad el corazón de Venezuela, adquiere una fruición especial en este tiempo de revelaciones patrióticas: ¿significará que, a su vez, ese nacionalismo exhibicionista y vocinglero es una de las importaciones más crudamente plásticas, espurias y turísticas? Misterios de las paradojas. Por lo pronto, las Vegas del poemario nos concierne: es un símbolo que cifra las últimas décadas de Venezuela y descifra su presente, y quizás también nos adivina. El futuro arqueólogo de este tiempo quizás lo encuentre como una revelación resplandeciente.

Aquel mundo de ruletas y espejos, de ficciones escalonadas, con un suelo insustancial para medir el espacio, esplendores con simulacro de eternidad, de azar infinito, tiene como contrapartida su condición provisoria, porque nadie vive, nadie puede vivir en las Vegas. Es un lugar donde se pasa solamente, se ve y se es mirado, y el hombre se pierde en los espejos de su propia ilusión. Una suerte de tour absoluto que incorpora como paisaje la tentación, una especie de laberinto del afuera-adentro, una acaramelada exterioridad interior. Ciudad que solamente podía ser inventada por gangsters, porque a su vez los gangsters fueron inventados por otro ensueño americano. Sueño de ensueños entonces. Pero, a su vez, ¿qué refracción de los pletóricos espejismos capturó a Venezuela en esa dimensión? Obviamente no es necesario viajar a las Vegas para haber estado en ella ¿Pero una ciudad puede ser un país? ¿Pudo existir un país hecho de ruletas, metafóricamente hablando, donde cada gesto haya remedado la lotería de Babilonia y donde las personas hayan crecido arrulladas en ese azar? ( "Yo no digo que me den, sino que me pongan donde haiga", "¿tendremos suerte con el gobierno...?"). ¿Habría sido Venezuela en algún momento "el doble" de esa metrópolis mítica, su hermano siamés en el espacio de los ensueños?

Ese ensueño en todo caso ha finalizado, sin duda, pero no la pujanza del sueño, que ahora procura otras ruletas. Viejos y nuevos croupiers hacen nuevos pases de la banca, porque el juego no debe cesar y faltan muchas Vegas antes de la realidad. El juego se redobla, pero el agotamiento a veces procede desde adentro del casino, por un influjo irresistible que obliga al jugador a separarse de la ruleta y quizás a escapar de la engañosa metrópolis de luces hacia el desierto. Si "la lucidez desierta no accede a la palabra", como sugería el verso de Armando Rojas Guardia, entonces, como sugería Martha Kornblith, "el perdedor se lo lleva todo".

Algunas novelas, como Las cenizas de Ángela, de Frank Mac Court, o algunos fragmentos de Paul Auster, o algunas exposiciones de desechos en Londres, o algunos cortos vanguardistas, dejan suponer a veces que el mundo desarrollado también se harta de las fichas y tiene nostalgia del hambre. Parece reclamar algo que poseía, una carencia cercana como en aquella novela, Hambre, de Knut Hamsun, cuando el hambre no era una expresionista imagen africana de la televisión, sino algo doloroso y todavía tangible para la sociedad europea. Alguna vez ese anhelo lo había adivinado Kafka, en su cuento "El artista del hambre", y ahora parece que la literatura la trae otra vez a la mesa. Posiblemente, saturados por la falta de sentido, por un carrusel circular de satisfacciones sin respuesta, haya aparecido por allá algún anhelo de falta, algún hambre del hambre. Los huecos siempre dan forma, y el hambre es una de las faltas más sencillas. En Europa hay quien la busca en los intersticios de los restos, o en los desechos, o en la basura enriquecida de agujeros y ausencias. Nosotros, en Venezuela, en cambio, podemos tener hambre de verdad, no ilusiones del hambre. Son nuestras las riquezas de la carencia genuina, y esas condiciones no hacen más que exaltar la mesa de juego. Hasta bien puede suceder que las Vegas se invierta, que retorne en negativo, como en aquella fastuosa Lotería de Babilonia que extendió el azar. Esa lotería había incorporado no solamente el premio, sino también el castigo, y los mínimos gestos de la vida eran también los de la suerte, de modo que desaparecía el accidente y lo fortuito, de manera que lo causal y lo casual se superponían y la norma era el azar. La anomia, la anarquía, lo contingente, tuvieron la forma institucionalizada de lo necesario. Si por lealtad literaria ese destino de dados fuese el nuestro, si eso estuviera ocurriendo alguna vez, nuevamente tendría razón Martha Kornblith: el perdedor se lo llevaría todo.


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