Metafísica, hoy

 

Juan Nuño*

 

 

¿A qué comenzar por suponer que en este hoy impreciso, del que todos hablamos sin saber muy bien a qué aludimos, metafísica ha de ser otra, si acaso realmente es?

Metafísica era ayer un anhelo y antes de ayer una disciplina. Quizás por lo mismo sospeche alguien que hoy tiene que ser apenas una sombra, un mal recuerdo.

En tanto disciplina fue sólida materia de disputación, de modo tal que, como dijera uno de los más grandes metafísicos de todos los tiempos, el español Suárez, sin ella no hay acceso a Dios. Se comenzaba por hablar del mundo y sus divisiones; se distinguía entre el ser y los entes; se acotaban las diferencias entre sustancia y accidente; se marcaban los niveles categoriales, como trazar un mapa de finas carreteras ontológicas, y se terminaba en la terrible y vana empresa de probar lo improbable: la existencia de un Ser por encima de todos los otros, incluyendo a la realidad. Aunque era innegable que el barroco de la metafísica tenía un sentido, es decir, una interna coherencia, y una belleza, esto es, una augusta inutilidad.

La ruptura fragmentaria del gran juguete, la compartimentación del inmenso palacio, redujo la metafísica a un escondido anhelo. O al menos ésa fue la interesada versión positivista del por qué se pasó de la riqueza del ser a los harapos de las variables matemáticas. La verdad es menos poética. Desde Aristóteles, metafísica ha sido más deseo que realidad. Aquel "ser en tanto ser" al que se apunta no pasa de ser un término entrevisto, sin llegar a establecerse como piedra en que apoyarse. Si ya entonces conocer era conocer a pedazos, integrar el conocer en un único abrazo conviértese en un sueño amoroso de grandiosa monstruosidad. La erótica del espíritu metafísico: comerse al amado de un solo bocado. La metafísica se acercó por pasos naturales a la mística. Desde el "más allá de la esencia" de Platón no puede extrañar mucho que el pensamiento de Hegel sea mezcla de religión y filosofía: la trágica ruptura, la escisión sostenida, la radical separación entre sujeto y objeto alude lo mismo a la pérdida de la unidad paradisíaca que a la dialéctica de todo conocimiento. El ser se fragmenta en el mundo, en lo cotidiano, en la caída, como se hunde el hombre en el pecado. O el proletario en su miseria.

El sueño unitario de toda metafísica apunta a la recuperación prístina del primer instante: Espíritu Absoluto, Idea, Sociedad sin clases, The day before que todo comenzara, hombre, historia, mundo, ciencia, metafísica, nostalgia.

También adivino el día del desencanto en que la metafísica era vista como una pesadilla o un trastorno del habla, como quien dice un lapsus mentis. Fueron aquellos días áridos y terribles del empirismo lógico presididos por una policía represiva dedicada a la busca y captura de las criminales expresiones metafísicas, prohibidas en la zona de seguridad del lenguaje. Ser metafísico era ser proscripto, sin darse cuenta de quien firma el decreto de persecución conviértese por ello en el peor de los metafísicos, el que se ignora a sí mismo a través de un nuevo y subterráneo orden de metafísicas ideas.

No suelen faltar inefables optimistas que comienzan por declarar extinta a la metafísica y terminan por soportarla transmutada en física nuclear o en marxismo. La verdad es más prosaica y llevadera: con apenas un discreto cambio semántico, la carga metafísica es constante y se mantiene idéntica de una a otra época filosófica. Cierto que no se habla ni del espíritu objetivo ni de la teoría de las ideas, pero se sigue discutiendo acerca de la fuerza de la dialéctica en la naturaleza y se argumenta sobre el status ontológico de la noción de conjunto. Más que de una eternidad temática, debería hablarse de una persistencia cultural o de una afición occidental a repetir ciertos esquemas, a trajinar senderos repetidos. Ni los más descaradamente anti-metafísicos se libran. Las reivindicaciones de la existencia humana fueron en todo momento un pretexto para retomar el hilo metafísico desde más lejos. Kierkegaard para llegar a Dios, Sartre para dolerse de la pasión inútil del para-sí obsesionado con la imposible plenitud del en-sí, y Heidegger ni se diga: para replantear mejor la diferencia entre ser y ente, y prepararse al extraño silencio de la voz del primero. Cualquiera de los incansables comentaristas de las relaciones mind-body, tan en boga en la filosofía de la pasada década, no se hubiera sentido incómodo ni incomprendido frente a Descartes y su explicación dual de las dos sustancias. El levantamiento de lógicas modales, tensionales, paraconsistentes e intuicionista ha desembocado en la revalorización muy leibniziana de una ontología de los mundos posibles, así como la tendencia a sicologizar la acción lingüística, con la teoría de los speech acts, conduce a la metafísica de los procesos temporales, digna de cualquier neo-hegeliano. Bunge está escribiendo un largo tratado de "filosofía básica" que se diferenciará en los términos (y en las fórmulas), pero en las pretensiones de cualesquiera de aquellas majestuosas Summae de la noble escolástica: desde el lenguaje, es decir, desde el hombre, yérguese allí el esfuerzo teórico hasta proponer una teoría del mundo.

Como ciertos virus de elevado poder de mutación, la metafísica aparece y reaparece, siempre otra y siempre la misma. Benditos los pobres de espíritu (crítico) que nunca la reconocen, pues de ellos será el reino de la filosofía perenne.

*Juan Nuño fue tal vez el filósofo venezolano -de estirpe hispánica como su maestro García Bacca- más completo. Su información era vasta y profunda, y abarcó desde problemas de la filosofía griega, como su Dialéctica platónica, hasta problemas de la filosofía contemporánea, como en su libro La superación de la filosofía. Su estilo era incisivo, irónico y agresivo


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