Crónica
de la memoria

Fragmento IX
Armando Rojas Guardia

 

Tu cuerpo era un secreto. No te llegaban de él, a la conciencia, más que vagas noticias de tu inframundo sensorial y nervioso. Hipersensible como eras, las sensaciones, todo lo que resonaba en el instrumento musicalmente afinado de tus sentidos, constituían tu primigenia entrada al orbe circular de las cosas. Pero las sensaciones no configuraban aún una verdadera captación de la totalidad del cuerpo como ser en el mundo, como la manifestación palpable de tu espíritu. Ni siquiera las emociones coloreaban la percepción que tenías del cuerpo, porque la alegría, la pasión o las lágrimas se te transformaban al instante en ideas y escorzos de la imaginación, sin que vibrasen con exactitud en tu carne, preterida como un estorbo o una imprecisa e indescifrable palpitación con la que no se sabe qué hacer.

Comías sin apetito y gozabas de un baño en el mar, un vaso de agua o un abrazo rápidamente, con rigidez ascética, bloqueada a la sensualidad por un atávico, inconsciente muro de contención, que distaba mucho del autodominio y era más bien una imposibilidad, una especie de mutilación.

El sexo, epifanía rutilante de la corporalidad, era un misterio cuyas atracciones, éstas sí nítidas e indisfrazables, te sobrecogían de miedo y ansiedad. Te enteraste a los ocho años de edad, por boca de un compañero, en qué consistía un acto sexual. No exactamente de cómo venían los niños al mundo, sino de la especificidad inmensamente placentera del acto mismo. Y, para tu mayor pasmo, ese compañero te reveló que aquél podía ser realizado, no sólo entre un hombre y una mujer, sino entre dos hombres o dos mujeres, con idéntico, enorme disfrute.

Puedes decir que a los trece años la autoconciencia de tu sexualidad estaba delineada, sin que mediasen para ello ningún contacto físico con alguien, ni el asomo de un roce furtivo, tan comunes en quienes a esa edad más bien temprana tienen ya introyectados los hallazgos ancestrales del sexo. Dos revelaciones, una prácticamente infantil, y otra casi adolescente, contribuyeron a dotarte de la visión de ti mismo como sujeto, no sólo sexual, sino de una dirección erótica específica.

La primera ocurrió en los vestuarios de un club playero al que acudías los sábados con unos tíos tuyos, accionistas del club. Venías de pasar toda la mañana junto al mar, bañándote en él varias veces, y empezabas a sentir ya en tu piel el ardor que anunciaba una insolación. Decidiste ir a ducharte y vestirte, para pasar la tarde, junto a tus tíos, bajo los uveros y palmeras que abundaban en la costa. Cuando llegaste al vestuario eran alrededor de las dos de la tarde -lo encontraste lleno de gente. No de gente, sino de cuerpos, en su mayoría jóvenes, que ofrecían su desnudez -para ti conformaban repentinamente una sola, blanca, esbelta, deslumbradora desnudez- a todo lo largo y ancho de aquella sala a la que habías entrado otras veces sin sentir lo que ahora comenzaba a invadir tu propia carne, iniciándose como un escozor de la pelvis y terminando en el erizamiento del todavía escaso vello de tus brazos: era el placer, sí, un poderoso placer indiscernible motivado por los cuerpos desnudos que estabas viendo, hasta caer en cuenta de la erección de tu miembro, que no te apresuraste a ocultar porque no sabías aún lo que ella significaba -tus erecciones habían sido siempre del todo inconscientes-, salvo su sincronicidad con aquel vasto deleite que te calentaba la epidermis y empujaba a tu mente hacia zonas desconocidas, en las que apenas te reconocías. Aquel gigantesco placer voyeurista, estético, contemplativo, te hizo buscar reencontrarlo, en el mismo vestuario, cuantas veces ibas a la playa con tus tíos.

La psique porosa

La otra revelación que impulsó la conciencia de tu sexualidad fue más cerebral, y, por supuesto, libresca, vinculada a la biblioteca, que era tu sacrosanto mirador para examinar todo lo insospechado, lo oculto, lo no manifestado a ojos profanos. Había allí un libro, gruesísimo, que se intitulaba Estados psicopatológicos de angustia, de un tal doctor Stekel, austríaco, del cual más tarde te enterarías que llegó a ser discípulo de Freud.

Pasaste por alto las páginas que contenían la sesuda doctrina psicológica, un poco hermética para tus años, del doctor Stekel, y te detuviste en la lectura minuciosa de los informes de cientos de casos clínicos: los de los pacientes que el autor del libro había atendido a lo largo de su vida y con los cuales ilustraba y ejemplificaba aquella su doctrina. Todas las manifestaciones posibles de la sexualidad humana, todas las perversiones eróticas que le era dado fantasear al hombre, todo el caudal de sensaciones -algunas sanas y liberadoras, otras siniestras- que era capaz de despertar en el centro del cuerpo la presencia de los demás cuerpos, tomaban forma y figura delante de tus ojos en aquellos párrafos de letras menudas que leías con la psique porosa como una esponja, llena de imágenes a menudo casi inverosímiles, pero certificadas por la autoridad que les confería el tono académico -no por eso menos detallista y descriptivo- con el que estaba escrito aquello.

Y sucedió lo previsible. Dado el poder de sugestión que en tu mente había llegado a poseer la lectura, su alcance para poblarte de irradiaciones e imantaciones, empezaste a identificar algunos matices de los casos que leías, ciertos síntomas diagnosticados en los pacientes, numerosas atmósferas interiores allí descritas, con el desarrollo incipiente de lo que tú sentías, creías o querías sentir en tu propia psicología sexual, en las nervaduras de tu sexo, ahora despierto y emanante a causa del movimiento del imaginario que el volumen de Stekel motorizaba dentro de ti. En otras palabras: aquella lectura te provocaba verdaderas excitaciones, que la masturbación no podía canalizar y resolver en un espasmo aplacante, porque te la habías prohibido por razones de índole religiosa.

Así, de esta manera que cualquier terapeuta llamaría perversa, por lo puramente mental de los goces que te producía, llegaste a tener, a tus trece años, una panorámica más o menos completa del erotismo humano y unas experiencias del flujo de la líbido que nadie en tu entorno familiar y colegial sabía que poseías.

El afán de la belleza

Uno de esos matices casuísticos que identificabas con lo que en tu carnalidad ocurría, habiendo comenzado a manifestarse desde hacía tiempo -como ejemplo, allí estaba lo acontecido con el vestuario del club playero- era lo relacionado con la atracción que desprendía el cuerpo masculino. En el libro de Stekel, los casos en los que un hombre sentía atracción hacia otro u otros hombres se enredaban en anécdotas tiernas o procaces, pero en las que lo importante era la impetuosidad del instinto sexual considerado ad intra, en sí mismo, despojado, la mayoría de las veces, del juego emocional que tú intuías ya claramente como acompañante insoslayable de ese mismo instinto y de sus excitaciones más crasas. Eso no te lo enseñaba aquel libro, pero otro impulso psíquico, que en ti adquiría el carácter de una auténtica necesidad física, el impulso estético, te hacía reaccionar con repugnancia ante muchas narraciones de Stekel, remontándolas, encontrar la imantación que sentías ante la corporalidad masculina vinculada precisamente al juego emocional, porque era el afán de belleza lo que te convocaba en un talle esbelto, un rostro hermoso, una musculatura proporcionada, una vibrátil sombra de vello atisbándose sobre el último botón de una camisa y hasta una voz ronca y dulce al mismo tiempo. Venía a ser, sí, el deseo de poseer todo aquello, pero también el ansia de contemplarlo y admirarlo, de acariciarlo parsimoniosamente, la necesidad de enternecerse frente a tanta hermosura; mejor dicho, constituía la ternura misma explayándose, tímida, junto al hallazgo repentino, en la calle, el aula de clases o un campo deportivo, del resplandor capaz de aureolar un cuerpo que ostentaba las características de tu mismo sexo. La ternura erotizada, y no el escueto diapasón genital, envolvía tu acercamiento sensible a la masculinidad corpórea, ternura espontáneamente dispuesta a emocionarse ante una configuración gestual, el color de unos ojos o cierto modo visible de aproximarse a un objeto o de reír.

Pero no sería sino hasta muchos años después que tu homosexualidad encontraría los cauces apropiados para desembocar en una expansión feliz, plena y madura. Durante toda tu adolescencia y comienzos de la edad adulta mantuviste aquella ternura erotizada que te causaban los rasgos físicos de los hombres -sobre todo, por supuesto, los de algunos- en el más oculto rincón de tu conciencia, y sólo en tus confesiones ante los sacerdotes ella tomaba el cariz de una confidencia que te avergonzaba si había sido ocasión para un delirio imaginativo dentro del cual se rebajaba a simple instintividad animal, pero que por lo general te enorgullecía, tal era su naturaleza en el fondo espiritual y refinada. Bien poco podían hacer tus confesores mediante la exploración verbal de ese secreto archiescondido, salvo inducirle a reprimir su energía y a sublimarla en mayor fervor religioso, en más cantidad de horas de oración, en lo que entonces se denominaba -traicionando la esencia del Evangelio- "mortificación de los sentidos". Tú sólo callabas y obedecías, pero, eso sí, dominado íntegramente, a través de una salvadora comprensión omniabarcante, por la certeza de que la condición homosexual no ofendía en absoluto a su Creador, de que era buena en sí misma: una variable posible del amor humano.

Dios tiene que amar este amor

Tuviste, más que una percepción, una verdadera sensación de ello, cuando te sucedió enamorarte por primera vez. El objeto de ese afecto erotizado fue un compañero de colegio, quien cursaba contigo el último año de secundaria. La calidad del éxtasis emocional y sexual que estallaba en tu carne ante su sola proximidad física era del todo luminosa, esencialmente perfecta. Interactuaban en ella la hondura de tus vivencias religiosas, tu admiración estética por lo armónico y bien proporcionado y la incapacidad medular para hacer daño. Tanta, que nunca se enteró este compañero del amor quemante que albergabas, persuadido como estabas de que tu revelación a él de ese amor sólo lo desconcertaría y desazonaría, por lo mucho que en verdad te quería. Pero, ante todo, recuerdas, como si hubiera ocurrido hoy mismo, una experiencia cuasimística que te sobrecogió en el recreo, entre una clase de Sociología y otra de Matemáticas, al contemplarlo arrobadamente, sentado en un banco, a pocos metros de distancia de donde tú te hallabas, conversando con otro condiscípulo. "Dios tiene que amar este amor" pronunció una voz dentro de ti, en mitad de tu éxtasis contemplativo, y esa voz resonó con precisión en cada fibra de tu interioridad, invadiéndote de convicción y felicidad, de gratitud al Dador por la excelencia de los afectos, los enamoramientos y las atracciones corporales, de amor incondicional hacia el Amor mismo, cuya huella era también aquel arrobamiento, en el recreo, frente al amado. Esta experiencia espiritual es el envés nutritivo de tu homosexualidad, el suelo que la ha sólidamente sostenido en el transcurso del tiempo, su complacencia básica, su brújula en las horas y lugares de extravío. Tendrían que pasar varios años para que sacerdotes amigos aceptasen la verdad inevitable expuesta por aquella experiencia, asumiéndola como un extraordinario encuentro con Dios en el desarrollo de enfrentamiento con tu afectividad y tu sexualidad.

Tu primer, concreto contacto erótico

Mientras tanto, y a pesar de estos avatares y revelaciones, tu cuerpo seguía cerrado ásperamente, constituyendo a la vez impedimento y molestia. Tiempos de estricta observancia religiosa, de enclaustramiento en la biblioteca, de alejamiento de muchas llamadas del goce y la plenitud vital te escamotearon la visión primordial que deseabas tener de una carnalidad autorrealizada. Esperarías a los veintiséis años para obtener, esta vez de una sabia mujer, tu primer, concreto contacto erótico. Y la obsesión por hallar las verdades soterradas en tu enconchada corporalidad te turbó tan intensamente (habías escrito, en una composición colegial, ya a finales de bachillerato, que te sentías como "una nube en pantalones", tomando prestadas estas palabras al título de un poema de Maiakovski) que se convirtió en una búsqueda voluntaria, decidida, en una aventura peligrosa dentro de la cual arriesgaste tu sensibilidad e inteligencia, tu espiritualidad y modo de ser. Intuías que tendrías que pagar altos precios existenciales para convivir contigo mismo, por fin, sin temor, sin objuraciones rencorosas a causa de no poseer lo que se dice una existencialidad carnal, que no fuera la mera idea de sí; ahíta, desde luego, de sensaciones, pero demasiado prontamente intelectualizadas, vueltas al final alimento neutro del cerebro. Y el principio precio a pagar cuando un día optaste por buscar de veras los hondones de la corporalidad fue la práctica homosexual callejera y clandestina, descubierta a tientas, instintivamente, sin que nadie te introdujese en ella. Recuerdas ese lapso temporal como un pozo de tristeza, como el sueño melancólico de un poeta borracho. Tristeza y melancolía emanando de cuerpos cegados por el egoísmo del instinto, para el cual no tenían espesor, sino de vez en cuando -y eso revelado con vergüenza, como un acorde desafinado-, las emociones, el lúcido donaire de las caricias, el susurro de las confidencias, el detalle inteligente, la sutileza del tacto, la sombra bienhechora del pudor. El hambre incontenible de orgasmo polarizaba esas carnes desnudas, de una desnudez que excitaba el sexo pero no la membranas inconsútiles del alma. Y en medio de ellas te encontrabas tú, jugador arruinado, habiendo apostado inútilmente por una sola emoción que te insuflara la autopercepción buscada, la cual no era, ahora lo sabías, la de la carne entrópica, abandonada a sí misma, sino la de una lucidez atenta, dominado todo el ser y manteniendo sus raíces entrañadas en el grosor de una corporalidad expansiva, cósmicamente situada en el vértice de su vitalidad, pero no por eso menos espiritualizada, menos alerta frente a las solicitudes del mal y de lo sacro, menos consciente en suma, capaz de rechazar lo deletéreo así éste se confundiera con el goce, y de asumir íntegro el deseo, pero refinándolo, esmerándolo.

Saliste airoso de la prueba. Y saliste, entre otras causas, gracias al encuentro inesperado de alguien. Ese alguien se llamaba -se llama- Miguel. La luz que él proyectó bajo la forma de una nueva perspectiva para asir y disfrutar tu carnalidad fue tangencial, involuntaria, aunque profunda. Quieres decir: no es que se propusiera regalarte a tu mirada interior esa perspectiva luminosa, sino que lo hizo simplemente siendo él mismo delante de ti, desarrollando sus experiencias, el anecdotario multicolor de su vida, como un filme en el que podías contemplar, muy próximo, el ejemplo de un cuerpo vivenciándose sin bloqueos, sin trabas, sin prejuicios, sin cortapisas intelectuales o morales, sensible hasta el extremo, de lágrimas fáciles, plenado por su propio ímpetu vital, tan ebrio de éste que parecía ser casi hiperkinético.

Certera intuición

Lo conociste una noche de junio, en su casa, presentados por su hermano, que llegaría a ser otro amigo fraterno, y al poco tiempo lo acompañabas a visitar diversos bares de la ciudad donde no habías entrado nunca -tan exiguo era tu conocimiento de los recovecos en los que resplandecía la vida nocturna capitalina-, y, ya dentro de ellos, conversando y tomando infatigablemente, observabas a Miguel como la encarnación del objetivo de esa tu búsqueda corporal, tan libre se movía él entre las mesas, tan desenvuelto al hablarle respetuosa y sensualmente a una prostituta, tan insaciable era su necesidad de probarlo como certera intuición de lo posible y lo imposible. Jamás el licor había sido para ti, como lo experimentabas en aquellos bares, los cuales si no te asustaban era por la presencia protectora de Miguel, la propiciación de un trance mediúmnico, la introducción en delicados estados de ebriedad dentro de los que nada se transformaba en burda incoherencia de imágenes ahogadas, sino que consistían en una esplendorosa liviandad, una regia ligereza donde el cuerpo anhelado, el conjuro de la conversación siempre maravillada y fulgurante, se sutilizaba hasta vibrar con cada arpegio de música, cada estremecimiento del aire nocturno.

Más adelante te fue dado conocer mejor a Miguel. Lo supiste receptáculo ocasional de depresiones y neurosis. Te enteraste que tenía defectos, como todos, que su psiquismo podía atravesar traumas y conflictos. Pero nunca has dejado de decirle, como se lo dijiste una noche en el automóvil que surcaba velozmente la Cota Mil: "Miguel, yo voy contigo, si quieres, hasta el infierno, pero estoy seguro de que tú me sacarías de allí". Y es que él solo fue capaz de mostrarte, cuando ya tus obsesiones habían recorrido crueles e incluso sórdidos estados iniciáticos, que la carne no sólo representa una ecuación soluble, sino que es un hecho tan elemental como el trinar de los pájaros y las alas de las mariposas. Basta que uno no la conciba como un teorema o una encarnizada batalla con sus propias aspiraciones espirituales. Basta, como diría Miguel, dejarle hacer sólo lo que le corresponde.

Armando Rojas Guardia, Crónica de la memoria,
Fondo Editorial Angria Ediciones, 1a. edición, Caracas 1999


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