Sextinas
Ana Nuño

Sextina de la región ensimismada

No existen los hechos, sólo hay estados
de ánimo como ese azul del cielo,
siempre cambiantes y por eso mismo
siempre confiables, o como ese cerro,
pared y puente entre adentro y afuera,
según la hora o la angustia del día.

La noche breve, la amplitud del día
pasan de largo, nubes en estado
soluble atraídas por lo que afuera
gira con los zamuros en el cielo.
Aquí no hay fondo o forma, sólo el cerro,
como Jano, algo guardián de sí mismo,

y una espera infinita que ni el mismo
Crusoe, sin mañana. Cada día
anuncia el mismo día. Sólo el cerro
se acerca con las horas a su estado
de gracia: ser otra nube en el cielo,
maciza y mudable, lenta por fuera.

El exilio es más certero aquí afuera,
y tan familiar que es casi lo mismo
estar en el infierno que en el cielo.
La noche tarda en morir lo que el día
en dejar ciego al cielo, en un estado
ajeno al dolor y a la dicha. El cerro

mira hacia el mar, pero el perfil del cerro
en el mar es todo lo que de afuera
sabemos. Tan solos hemos estado,
tanto tiempo encerrados con lo mismo,
el perfil móvil, el confín del día,
la sombra íntima y triste del cielo,

el redundante, virulento cielo.
Por eso aguardamos siempre del cerro
la temida confirmación del día
en la sombra y que se adentre el afuera
y el valle dé un vuelco sobre sí mismo,
un latido en falso. Sólo hay estados

del cerro en la región móvil del día,
este cielo plagado de sí mismo,
estado otro, inmaterial del afuera.

 

 

Sextina algo recurrente

Algo ausente, aprendes a anunciar años.
Bajo blancas bóvedas buscas besos
como cielos cálidos: carne, canto.
De días desaparecidos duele
esta espera exacta, engañado eco,
fría forma final fingiendo fuego.

Algo ausente, aprendes a anunciar fuego
bajo blancas bóvedas, buscas años
como cielos cálidos. Carne, eco
de días desaparecidos. Besos,
esta espera exacta. Engañado, duele
fría forma final, fingiendo canto.

Algo ausente, aprendes a anunciar -canto
bajo blancas bóvedas-, buscas fuego
como cielos cálidos. Carne duele
de días, desaparecidos años:
esta espera exacta, engañado. Besos:
fría forma final. Fingiendo eco,

algo ausente, aprendes a anunciar. Eco
bajo blancas bóvedas, buscas canto
como cielos cálidos. Carne, besos
de días desaparecidos: fuego.
Esta espera exacta -engañado años,
fría forma final fingiendo- duele.

Algo ausente, aprendes. Anunciar duele
bajo blancas bóvedas, buscas eco.
Como cielos cálidos, carne, años
de días desaparecidos canto.
Esta espera exacta, engañado fuego,
fría forma. Final fingiendo besos.

Algo, ausente, aprendes: a anunciar besos
bajo blancas bóvedas. Buscas. Duele,
como cielos cálidos, carne, fuego.
De días desaparecidos eco,
esta espera exacta. Engañado canto,
fría forma final fingiendo años.

Ausente, aprendes años, buscas besos,
canto como carne de días. Duele
esta espera, eco fingiendo fuego.

 

 

Sextina lésbica

Tácticas, pero admitiendo el desorden.
Las palabras hechas a la medida
del rechazo, el cuerpo, todos sus cuerpos,
vestidos de día incluso de noche,
siempre dispuestas pero como al margen:
soberbias, desapercibidas, solas.

La imagen precisa, a secas, a solas,
se alza polémica sobre el desorden
de la mente para fijar el margen
en su ámbito: la exacta medida
que los cuerpos publican en la noche,
la nocturna rotación de los cuerpos.

De uno a otro circula entre los cuerpos
un miedo antiguo a despertar a solas,
a caer en el pozo que de noche
fue boca: ahora piedras en desorden
tras el derrumbe, derrota medida
con esmero, contenida en su margen.

Si al menos reconocieran el margen
serenamente: tendidos los cuerpos
muy cerca del brocal, sin más medida
que el latido del agua oscura, y solas,
saciados piel y huesos de desorden,
conocieran el canto de la noche.

Las horas se desprenden de la noche
como cuentas de un collar roto: el margen
entre caricia y herida, el desorden
de los sentidos son, como los cuerpos,
uno vue de l'esprit. Lo que importa es, a solas,
concebir, inventar otra medida

y otro canto en la noche desmedida
y púdica: el corazón de la noche
vacío por fin de arquetipos, solas
las estrellas, solas tú y yo en el margen
estrecho y resbaloso de los cuerpos,
tácticas y entregadas al desorden.

Orden, desorden reza la medida
de otros cuerpos. Los cuerpos, en la noche,
son esta caricia: al margen, a solas.

 

 

Sextina del Buen Salvaje

à losip Alexándrovich Brodsky, si tôt parti

Fue en el Luxemburgo, una de esas tardes
de junio sin una nube en el cielo,
perfecta como una tortura china:
el aire y el césped como de tela
(¿el desayuno en la hierba?), los barcos
dormidos en el centro del estanque,

el ojo sin párpado del estanque
repitiendo la quietud de la tarde,
tan pasajera y fugaz como un barco
visto desde el puerto. Bajo aquel cielo
-pincelada sobre inmaterial tela-
avanzada haciendo crujir las chinas

el buen salvaje, que no nació en China,
como pensó Goethe, ni en un estanque
como el narciso, y que envuelto en su tela
lleva un cuaderno en la mano -ya es tarde,
piensa-, y en él, el poema de un cielo
de invierno y pantanos, y un tenue barco

que se aburre en rada. Piensa que el barco
está de más, como el crespón de china
en el arroyo, rojo. El cielo, el cielo
es un cliché, aunque menos que el estanque
que lo plagia. Tiene prisa en la tarde
inmóvil: con su pañuelo de tela

se enjuga el sudor y roza la tela
de cuando en cuando. Mientras, el gran barco
Panteón, desde lo alto de la tarde,
sueña con un paseo entre las chinas,
la fuente de María y el estanque,
como ahora, hélas, desde tu cielo

prematuro comprobarás, si el cielo
es el balcón que pensamos. La tela
tiesa de los barquitos del estanque
despide, pañuelo triste, tu barco,
salvaje ilustrado del mar de China,
Ladoga o bien de París, esta tarde.

Se hace tarde. Como un mujik en China,
ahora es tuyo el cielo y vana la tela,
recuerdo vano el estanque y el barco.

 

 

Sextina de mis muertos

Ya no los cuento. O, mejor dicho, cuento
los años. Y van cinco. Uno tras otro,
disciplinados y llevando el paso,
desfilaron hasta hundirse del todo
en el reverso blando de las cosas,
donde se alivian de peso los huesos.

Cierro los ojos, pero veo el hueso
del recuerdo, no la carne. El descuento
final comienza entre indistintas cosas
(hierbas, como piedras, quietas), y el otro
saldo, el del pasado, cesa del todo:
sin apremio, el tiempo embarga tus pasos.

¡Y qué largo el tiempo entre paso y paso,
ahora que los tuyos quieren ser hueso!
En las calles, sobre los muros, todo
sigue igual: el tráfico inmóvil, el cuento
infantil de los graffiti, sin otro
alarde que el acopio de las cosas.

Y peor si he de sortear tus cosas
de madrugada, cuando oigo en mis pasos
los tuyos desde otra orilla. Desde otro
vacío que mi corazón, tus huesos
quieren volver al desorden, al cuento
de cada día, a vuelta a empezar todo.

Pero te detienes, lejos de todo.
Nada distrae tu ausencia, las cosas,
como el sueño o tu silla, eran un cuento
de antes de dormir, nada, ni los pasos
que doy sobre la hierba de tus huesos
en la mañana vacía, ni el otro

ramo, dejado siempre por qué otro,
qué otra, sobre tu cabeza, sobre todo
eso que fue tu cabeza, ni huesos
ahora, sólo una cosa entre cosas.
Nada te devolverá al tiempo, al paso
ligero de las horas, y tu cuento

es de otros ahora, de éste, de todos.
Pero sigo viendo el hueso, la cosa
sin nombre, un pasillo desierto de pasos.

 

 

Consejos a un joven poeta

Habla como piensas y escribe poco.
Nunca digas lo que vas a hacer: hazlo.
Escucha a todo el mundo y luego calla.
No te quedes donde naciste: viaja,
viaja y viaja, y descubrirás tu rostro,
el verdadero, que es tuyo y de todos.

Convierte en ajeno lo que es de todos.
Huye de lo pomposo y de lo poco.
No sientas asco, no vuelvas el rostro.
Cuando te llegue la hora de amar, hazlo
como si hoy fuera ayer: el amor viaja
a la velocidad de la luz. Calla

tus deseos y sobre todo calla
si te aplauden o dan la razón todos.
Si es necesario, finge: sólo viaja
quien se acerca al canto aunque sea un poco,
como Ulises. Y si te toca odiar, hazlo
frente al espejo y el familiar rostro.

Estudia celosamente tu rostro,
tus sueños y tus miedos: lo que calla
en ti, eso mismo debe hablar; pero hazlo
de modo que te hable también de todos
los que no tuviste o tendrás, y poco
te importe ese vértigo en el que viajas.

No seas nunca el taimado que viaja
por encargo y regresa sin su rostro.
Domestica el hambre y verás qué poco
importuna, como el perro que acalla
un gesto de su amo. Deja que todos
hagan por hacer; tú, todo deshazlo.

Si te toca tomar partido, hazlo
sin vanidad o afán, como quien viaja
por un país conocido por todos;
pero borra una a una de tu rostro
las arrugas de lo superfluo. Calla,
y en silencio ve haciendo, poco a poco.

No te quejes del poco oficio y hazlo
tú mismo: observa, lee, calla, viaja,
búscate y piérdete en el rostro de todos.


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