de   Juan Liscano

 

Declives

 

Hábito: dudar de la esperanza
       y sentirla como carencia.
Agonía sin crisis, declive, desgaste,
lento derrumbe por trozos,
memoria, ruinas, vestigios.

Cuando impere el desasimiento
¿Advendrá la resurgencia? 

 

 

Canto del alegre deseo

 

Duendecillos de alegrísimos pies recorren mi sangre
y un pájaro, como una vívida llama,
se detiene sobre mi frente.

Una hermosa mujer vestida de amarillo
en la noche vino y besó mis labios.
Una hermosa mujer con un ramo de espigas
entre los brazos, besó mis labios.

Me levanté desnudo y encendido.
Todavía colgaban lianas de la luna
y el agua, como un pez de azogue
reía y saltaba entre las constelaciones.

Por un oculto sendero subí a la montaña
muda y poderosa recostada en la noche.
Me guiaba un geniecillo verde de dorados ojos
que a ratos descansaba en la palma de mi mano.

Entre las zarzas escogí las más dulces moras.
Le robé flores de fuego a la cayena y al bucare.
A la orilla de un charco corté una larga espiga de caña
que lentamente se mecía sobre el rostro de la luna.

Asomada por el ojo de un último lucero, la madrugada
me vio persiguiendo la lapa de suave carne rosada.
Yo agitaba al aire mi arco flexible, y mojaba mi rostro
en el agua del alba y el sol naciente prendía brasas
en mis huellas caídas entre las hierbas.

Una hermosa mujer vestida de amarillo
en la noche vino y besó mis labios.

Para ella he limpiado el camino y he encendido la hoguera.
Para ella he regado con flores el umbral de mi choza.
Para ella he cortado una espiga y he cosechado las moras
y alegremente he cazado por quebradas y por laderas.

Tengo una colcha de gayos colores, un lecho de hojas y pajas.
Tengo una pulsera de hueso y un collar de dientes pintados.
Dulcemente transido de un ansia infinita, entre el sol y la sombra,
mi cuerpo gimiendo la espera.

 

 

Hija del mar y de la noche

A María Valencia

Golpéanos con tu cabellera
hija del mar y de la noche.
Golpéanos con tu cabellera
que despierta las ostras verdes,
los caracoles rojos, la estrellamar,
dormidos en la arena.

Las rocas duras sueñan con tu ternura,
las palmeras negras se ennegrecen más
para hacerte blanca
y las manos del viento quieren ser raíces
para envolverte y arrancar de ti.

Yo me yergo en una hora de olvido y de asesinatos
para salvar tu gran silencio y tu sombra pura.
Yo me pongo a hablar con el suave rumor de tus alas
y es como si me florecieran dalias en los labios.

Golpéanos con tu cabellera
hija del mar y de la noche.
Enciende nuestras venas y nuestras sienes
y la pálida llama de nuestros corazones.

Porque la más espesa ola de aceite cubre los mares.
Porque la más candente ola de llanto seca los bosques.
Porque la más amarga ola de vinagre roe los labios.
Porque asesinos de débiles brazos cortan las flores.

Danos el misterio, de nuevo, para que aneguemos en su clara y milagrosa sombra
esta pequeña angustia retorcida como una culebrilla de hiel.

Golpéanos con tu cabellera
sombría madre de iluminados senos.
El mundo quiere la magia de los primeros días
o la sangre fría de las últimas anunciaciones.

Los hombres se empequeñecen buscando las cosas caídas.
Buscando el reflejo del agua, del fuego, del viento,
de la piedra perenne alzada como un Dios antiguo que no deja de ser.
Y el agua, el fuego, el viento, la piedra permanecen intactos,
desaladamente vivos, emergiendo del mar de cenizas que cubre las urbes.
He aquí por qué yo sueño con un alba de flautas y de árboles.
Por qué yo busco el misterio de tu densa cabellera marina.
Por qué yo muerdo el dolor de mis manos que no pueden sembrar
ni una lágrima.

Me adelanto más allá de mí mismo y grito con tu boca,
agito mis manos con tus dedos ensortijados,
me salgo de mi cuerpo para subir hasta tu cadera caliente,
y digo que te he visto caminando por la ruta de los puntos cardinales,
que te he visto detenida entre la luna y los peces azules,
que un lirio sangraba entre tus manos sensitivas
y que sobre tus hombros desplegaba sus alas el gran murciélago.
Y digo que venías como mensajera de nuevos designios,
como un cuchillo de sacrificio relamido por el fuego,
como un iluminado barco de divinidades tutelares.
Y digo que era más grande que el hombre, más grande que su angustia,
más honda que el árbol de venas cortadas
porque la paz y la vida estaban a los pies de tu impenetrable cabellera.
Hija del mar y de la noche
vuelca sobre la frente del hombre
la lágrima roja de un pez.
Vuelca sobre su pecho, sobre sus frágiles muslos,
la savia del árbol más pequeño y más humilde,
y golpéalo con tu cabellera
¡Ah golpéalo!
hasta que le nazcan del cuerpo las siete espigas de sangre que oculta el sembrador.

 

 

Génesis

 

"Señora Rata, Señora Cucaracha
Señora Sabandija: colmad las larvas
la tierra, será vuestra. Señora
Zamuro, Señora Tiburón, multiplicad
vuestras crías por los aires y los mares.
Señora Piraña, Señora Cocodrilo
aún es tiempo, vuestra prole
se adueñará de los ríos.
Esto está bueno".
Luego el Demiurgo del Paraíso Terrenal
descansó, sobándose la barba.

Blake lo vio despierto y en sus sueños.
Lo grabó cernido sobre la desgracia de Job.
Desde el pie único y caprino hasta la faz
ardiente y la cabellera llameante
estaba ceñido por la gran serpiente.
Soplaba su infierno sobre el rostro de Job,
quien, retenido por tres demonios,
yacía sobre la lápida lamina por el fuego.

Job oraba, extático, bajo el gran ventarrón
de la sierpe envolviendo al Demiurgo.
"Satán se transformó en Ángel de la Luz..."

 

 

Himno a la noche

 

¿Quién sabe de la noche?
¿Quién sabe de la Noche original,
de la undívaga noche derramada y nutricia,
cuando ya la piragua de la tarde
ha naufragado por las orillas del ocaso?
¿Quién sabe de la Noche?
¿De su forma repartida, de su oculto corazón,
de su rostro sepultado, de sus labios palpitantes
que besan la tierra, el agua, el árbol y la piedra
y humedecen las raíces y las hojas
cuando las parejas temerosas se unen y confunden en el seno del silencio?
¿Quién sabe de la Noche?
¿De sus fúlgidas manos sensitivas que palpan tenuemente
el dormido vientre de la niña nubil o el pistilo de las campánulas
o se pierde por la enredadera del viento que perfuman nocturnas flores
o ponen huevecillos de tierra estremecida entre las yerbas
o rasgan la envoltura frágil de las semillas que se abultan y en el amanecer florecen?

¿Quién sabe de la Noche antigua, sustancial y misteriosa,
de sus ruidos, de sus extrañas emanaciones corporales,
de sus formas que se reflejan en las aguas extasiadas,
de sus pisadas, de sus dardos, de sus llamas pálidas y azules,
de sus voces verdes que arden en los bosques como fuegos fatuos,
de la sombra cómplice que a los cuerpos hiere con el puñal de estrellas?
¿Quién sabe de la Noche?
¿Quién dice conocer su inquietante perfil, su cuerpo inverosímil,
su cabellera expresiva que la luna recorre con sandalias de plata,
donde se prenden las brasas verdes y rojas de los luceros?
¿Quién sabe de la Noche?
más antigua que el hombre, más antigua que el árbol,
más antigua que el helecho, las rocas y la arena,
anterior al fuego y a la brisa.
Madre del abismo y de la luz que multiplica y se transforma.
¿Quién sabe de la Noche que camina de Oriente a Occidente
puesto el cinturón de espigas y de frutos
con la Muerte y con el Sueño entre los brazos como dos hijos gemelos?

¿Acaso la Noche es esta sombra,
esta simple y sencilla sombra que discierne las miradas
o estas estrellas que se mueven o esta luna de cambiantes formas?
¿Acaso la Noche es este silencio del agua que reluce
o este canto monótono e inocente del insecto
o este sueño tembloroso que cierra los párpados del hombre?

¿Quién sabe de la Noche multiforme
de la Noche raíz y semilla que florece
y fuego frío y penetrante
y tinieblas que se anidan en los huesos,
y aguas que fluyen ciegamente por la tierra
y pupilas que arden en la sombra densa
y voces de lujuria y de pasión que llaman
y cuernos que de pronto crecen en el follaje obscuro
y duendes que transitan los caminos y animan los paisajes
y bocinas y trompas musicales y grandes vuelos tenebrosos
y serpientes que se agitan y se anudan en el viento?
¿Quién sabe de la Noche Madre
de la Noche Dios,
de la Noche arcaica y hermética
de la Noche encinta, prolífera, inmortal
anunciada por grandes pájaros ignotos
y resacas tumultuosas de la sangre y de las aguas
y pálidos fantasmas suspendidos en el aire
y altos toros constelados que braman por el mundo?
¿Quién sabe de la Noche
confirmada por la luna de mutable vientre semejante a la mujer?

 

 

Nuevo Mundo Orinoco

 

América

 

Dije, maíz. Generaciones de indios fueron rescatados del olvido.

 

Dije, palma. Largas elaboraciones de tejidos, milenios de substancias fibrosas ataron el pasado con el
 

presente.

 

Dije, arcilla. Se mostraron las tinajas de hinchado vientre de mujer encinta, los platos y cazuelas como
 

discos solares arrojados hacia el porvenir.

 

Dije, río. Fluyeron las aguas del diluvio. Fueron ahogadas las razas. Sobre las primeras tierras emergidas
 

y chorreantes, cruzó un pájaro.

 

Dije, selva. Torrencial follaje, explosiones de verdor, vahos zumbantes, tibieza de matriz. El silencio sin
 

rostro y con cuerpo de hormigas voraces, aullaba entre pieles de sierpes como vainas caídas de los árboles.

 

Dije, llanura. Giraron embudos de vientos negros. Se quebró una luz de cristal o de leño seco. Un
 

espejismo de mercurio relucía en el horizonte.

 

Dije, luna. Brotaron fuentes e hilillos de leche, se abultaron humedades, proliferaron hongos, mohos,
 

légamos y se escucharon grandes caídas de agua.

 

Dije, mujer. Un tallo de venas rotas echó una flor.

 

Dije, hombre. Se alzaron escudos y macanas, brillaron filos y puntas de hueso, flotaron los plumajes,
 

pero en alguna parte del combate se abrió una mano como delta.

 

Dije, sol. Truena el verano, un ave deslumbrante e invisible pasa y sólo se mira su sombra. Muestra el
 

cielo una faz roja y rugiente.

 

Dije entonces, Dios, comiéndome las palabras, con la lengua volteada hacia adentro y con los ojos
 

vaciados.

 

El amor era un tigre en acecho.

 

La muerte se acercaba lentamente bajo una nave de árboles estrellados.

 

 

Rito de sombra

 

II

En esa hora pura de la primera estrella,
cuando una luz de plata se enfría entre el follaje
y sobre la mitad de tierra anochecida
las sombras se levantan para unirse a sus cuerpos;

en esa hora última, cuando la noche empieza,
cuando se borran huellas y se avivan olores,
se compactan las masas y precisan las crestas
y el rumor de las aguas es un canto estelar;

es esa hora breve, fugaz, en la vertiente
de un instante de lúcida y serena embriaguez,
cuando parece ahondarse, de súbito, la vida
toda en sonoridades, resplandores y aromas;

entonces, desde el fondo de mí, desde mi entraña,
desde el activo centro visceral que me alienta,
desde sus espesuras de tinieblas carnales
rompen a aullar las bestias salvajes de mi alma.

Entre las sombras arden rojas fauces rugientes,
resecas de furor, se abren recias mandíbulas,
blandas trompas babeantes rabiosamente gruñen
y relucen los húmedos hocicos bramadores.

Las fieras que me pueblan aúllan largamente
de solitarias hambres, de soledad hambrienta,
de querencias nupciales, de miedo al mundo ajeno,
al mundo feroz donde todo es cruda acechanza.

Bajo la paz remota del lucero del vésper,
en la orilla confusa de los ríos nocturnos,
las bestias de mi alma siniestramente braman
a la luna, a los vientos, al peligro, a los hombres.

 

 

Situación

A Rafael Cadenas

Se hizo tarde.
La lucidez protege
de la desolación.

Se hizo tarde
para emprender el viaje
hacia el conocimiento liberador.

Somos siervos
de los artificios inventados
por nosotros mismos.
Siervos de máquinas,
de imágenes sustitutivas
del mundo,
de raudales energéticos hurtados
al cosmos.
Nos infecta el afán de poder,
el ansia de dominar
sin merecimiento.

Sin embargo... a veces...
se oyen llamadas truncas,
ecos de grandes luces,
anuncios de desgarraduras celestes.
Adviene la nostalgia inexplicable
de lo perdido sin haberlo tenido,
de lo nunca vivido.

La multiplicidad ahoga.

Se pertenece a la multitud,
a lo relativo, a lo virtual,
a lo ilusorio.

Sin embargo...
se escucha, de pronto,
fluir en uno mismo el manantial secreto,
se respira un súbito perfume,
se aprende, mirando las olas,
la fuerza de alzarse, de romper
y volver a levantarse intacto.

¡Buscar la piedra ardiente,
seguir el árbol caminante,
cantar a las torres del viento
llenándose de los helechos colgantes!


Pero
¿no será muy tarde?

 

 

Sola evidencia

A José Balza

La más alta poesía consiste
en intuir lo invisible del universo
tal como el chamán de los orígenes.

La poesía verdadera dice el mundo
de otra manera. Asume la mediación
entre lo temporal y lo intemporal,
entre el suceso efímero y el existir.

Transforma los objetos y las parcelas
de realidad en semillero de formas,
en arquetipos de la representación
inicial. El poeta se yergue
en la fronda de los efímeros y es capaz
de hablar del eterno retorno y de las aguas
     de los primeros días.

Inspirado, cuando lo está, establece el vínculo
entre el alma suya y la del planeta.
     Tal función es poesía pura.

Ve con los ojos de la identidad liberada
     espacios desconocidos,
donde puntos luminosos indican vida, fuego,
     dones de los dioses.

Oye los sonidos del cosmos
y la voz desencarnada
del chamán invocando
las fuerzas primordiales.
Indispensable aprendizaje
de la iniciación poética.

La poesía se desmigaja ahora,
en sobras amasadas con los dedos,
en las sobremesas del escepticismo.
Ego exasperado, garita de soledad,
inflación de un personaje enmascarado
en un tablado de farsas y tragedias.

Crear poesía equivale a iluminar
     los sótanos.
Hay que desdoblarse, regresar,
seguir andando hacia lo ignoto,
oír crecer la vibración del origen
en la inmensa soledad preñada de vida.

Flor solar, la poesía se levanta cada día
cuando el poeta se golpea el pecho
y escribe: "Aquí está mi sola evidencia".

          Lenguaje y revelación.
Los géneros literarios importan poco.
Lo que importa es cuando la luz negra
ilumina, velozmente, las formas escritas
con las que se topó en su vuelo.

          Entonces se descubre
en la luz revelada y radiante,
          el paisaje invulnerable
del Delta de todos los deltas.

 

 

Tierra muerta de sed

 

Se detienen ahogados los vientos,
abren cálidas bocas de asfixia,
buscan soplos, arañan la tierra,
la roturan, la escarban, se yerguen,
los derriba un sopor mineral.
Cae el aire en inmóvil abismo
y entre bloques pesados de sombra
centellean torrentes de piedras,
óseas plantas y calvas de cerros.

Descarnado y ardido paisaje,
mundo yermo, lunar, acabado,
todo costras, escombros, detritus,
cicatrices, vestigios y cárcavas,
blancas tiñas y lepras rastreras,
aflorar deslumbrante de osarios,
largo hueso de cruda sequía
que una lumbre de yeso voraz,
entre huecos de sombra, corroe.

No se pudre el cadáver del árbol,
no renace en su podre fecunda
hacia el fértil destino del humus.
Bajo la ácida luz corrosiva
se consume de un golpe, se extingue
y los aires dispersan sus polvos
sobre arenas sembradas de rocas;
devorada osamenta de un cuerpo
que alzó pájaros, savias y verdes.

Aquí tiene la sed sus veneros,
aquí brotan sus rasgos y ruidos:
pedregal, esqueletos de arbustos,
espinares con formas de insectos,
de cristales, de erizos, de clavas,
estallidos de cápsulas, roces,
estridores, zumbidos, siseos;
aquí cava la sed galerías
de lentísimo tiempo geológico.

Se regresa a los días convulsos
en que bestias de lluvia, de viento,
roedores caudales, mamíferos
de pesada osamenta, fundaban
este yermo, esta tierra furiosa
de brutal soledad centelleante,
estos trozos de piel puesta al vivo,
este cuero, estos huesos roídos
que descubren la médula fósil.

Nada invita a vivir, a nacer,
a juntar las ausencias, los ecos,
a romper seminales vesículas,
a mezclar sombras, luces, distancias.
En la tierra se espeja la muerte
y su fósforo alumbra el contorno.
Cuando duerme, se apaga el paisaje:
quedan aires de cuarzo y espinas
sobre un cáncer feroz de sequía.

Sin embargo, aquí pulsa la vida.
Repta y arma en silencio ponzoñas
o alza súbitos vuelos cortantes,
se soterra o veloz cruza el yermo,
rompe fuentes de sangre o de savia,
ramonea hasta puntas del aire
pero entrega la flor de los cactos
y en sus cuerpos de garras y espinas
un frescor de cisternas oculta.

Nada incita a vivir, mas la vida
tenazmente resiste, persiste,
reproduce su sed y sus hambres,
sus arnales combates, sus cópulas
de alacrán, funerales, crueles,
las viscosas de ofidios helados;
las de pluma esponjada y arrullo;
las calientes de activos mamíferos
con sudores, jadeos y lenguas.

Oh calveros, calvarios, barrancas,
roquedad, espinares, eriales,
oh llanura lunar de la tierra
carcomida por ratas de lluvia,
desgarrada por vientos rapaces,
tierra muerta de sed iracunda
donde todo mentía la vida,
hasta aquí, sin embargo, ella impera,
sin embargo hasta aquí llegó el hombre.

Contra lumbres de cal está el hombre,
contra vientos de espina está el hombre,
contra ríos de piedra está el hombre,
contra lenguas de polvo está el hombre,
contra cuernos de fuego está el hombre,
contra dientes y veneno está el hombre,
contra días y noches de arena,
contra el hueso y el tiempo y la muerte
está el hombre, está el hombre, está el hombre.


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