Los tiempos de El Marqués

 

Dormía en un martirizante hospedaje de a bolívar la noche. Su dieta alimenticia debía haber sido la más exigua que pueda resistir un ser humano; pero siempre se las arreglaba para vestir con incomprensible corrección, mientras se movía en el desorden de la acera, de Bolsa a Padre Sierra, con un andar galante y cadencioso.

Aunque le tocó vivir muy cerca de la mugre, parecía que ésta huyera de él como si le tuviera miedo.

Era El Marqués de Oliveira, figurante de un tinglado de farsa medieval, que se levantaba cada día, espontáneamente, en las calles del centro de Caracas.

Su biografía podía ser completada, día por día y a retazos, dentro de esos mismos cien metros de calle, en medio del parloteo de los bares y la confusión de las aceras. Formó filas con los adolescentes predestinados del año 28, en cuyas manos casi chisporroteaba, todavía, la vela de la primera comunión. Sin ver que era margariteño y orgulloso, lo pusieron a llevar sol en los peladeros de Palenque, donde adquirió gallardamente su apodo de El Marqués. Se negó a trabajar. Soportó los castigos más abrumadores pero no lo hizo. Era un aristócrata. Sus manos jamás tocaron el pico y la pala.

Como periodista, El Marqués conoció momentos estelares. A mediados de los cuarenta, fue director del diario El Heraldo de Barquisimeto, hoja rechazada en las casas de familia como maldiciente y atea, y tuvo la osadía inusitada de denunciar al obispo de la ciudad, el arrogante Monseñor Dubuc, por haber efectuado, al parecer, matrimonios no autorizados por la ley entre la población campesina. Su impertinencia le valió ser expulsado del estado Lara.

Una vez reintegrado a la Capital, el círculo de la bohemia alcohólica se fue cerrando sobre él, hasta negarle toda otra compañía.

También escribió poesía y crónica periodística y soñó con una novela, cuyos primeros párrafos, parientes cercanos del estilo de Vicente Huidobro y su imaginismo creacionista, gustaba de repetir de memoria en medio del desatino de las barras.

Recuerdo un día en que anduvimos caminando juntos por esa condenada acera que mira al Capitolio y que por poco me lleva a mí también por delante. Un borracho harapiento dormía de largo a largo en la acera, donde abría un claro entre el ir y venir de la gente: "Mira eso -sentenció. ¿No te parece formidable? Admiro profundamente a ese hombre, pero yo nunca he tenido ese valor".

En esos días de bohemia mal desayunada, Adriano González León y este cronista, solíamos tomarnos la cerveza del mediodía en la barra del bar Ayacucho. El Marqués regresaba de su pasantía cotidiana por los mesones de la Biblioteca Nacional, donde revisaba la prensa del día, antes que se apareciera un duende irracional, tiránico, que unas horas antes lo había perdido de vista sin querer, y lo arrancara de allí de un manotazo.

Hacía 24 horas que Ernest Hemingway se había quitado la vida disparándose un cartucho de perdigones en la boca con su escopeta de matar elefantes. Era el comentario general en la barra, donde El Marqués acababa de aparecer.

-Se cazó él mismo -rezongó, después de empujarse el primer lamparazo de la mañana.

En otra ocasión, esperaba a las puertas de El Nacional la aparición de algún amigo pródigo, cuando vio acercase por el portal del edificio al Guillo Meneses, que entonces dirigía el Papel Literario. Por la cartelera del diario, se enteró de la llegada a Venezuela de John F. Kennedy, paladín de la Alianza para el Progreso. En la foto, vio a Rómulo dando pensativas mordidas a su pipa, mientras el marido de Jaquelín sonreía y el símbolo del dólar parecía que lanzaba chispazos desde cada diente.

-¡Guillermo, tírame algo!- le gruñó, con su voz de metal oxidado.

Guillermo sacó del bolsillo un mediecito. Era todo lo que llevaba encima esa mañana.

Tomó El Marqués la monedita entre el índice y el pulgar; la miró como a un piojo antes de aplastarlo con las uñas y replicó:

-¡Gracias, Kennedy!

De repente, de un día para otro, se abrían a su paso unas lagunas de abstinencia alcohólica, que a veces se prolongaban durante meses. En esos espacios vacíos, rondaba como un convaleciente apático por los lugares de costumbre; los bares, capítulos de su libro de horas, pero ya en plan de virgen intocada: ¡ni oler! Él mismo no sabía cómo llegaban hasta él esos intermedios tediosos y tampoco cuándo les tocaría y esfumarse en silencio como desaparece un mal olor.

En una de esas temporadas, uno de sus benefactores ventiocheros, le obsequió con una cura de reposo gratuito en la ciudad vacacional de Los Caracas. Desde el primer día le fue indicado que podía disponer de cuenta abierta en el mercado, en la farmacia, en la barbería, que no visitó nunca, y hasta en el carrito del raspao, si era su gusto. Pero en el bar, ni gota. Después de unas semanas, parecía un evadido de Cayena. Una gran barba gris, desteñida le salía de los huesos como brota la paja por la rotura de un cojín.

Pero, una mañana de domingo, en la soledad de su cuarto de hotel, la cortina se levantó de un golpe y el mundo verdadero apareció de nuevo ante sus ojos, vivo y resplandeciente. Comprendió que había vuelto a la normalidad y se encaminó al bar más cercano.

Los camareros lo sintieron mucho, pero tragos para el caballero, no hay. En la puerta de acceso a la ciudad vacacional, el guardián le informó que el señor no tenía salida. En ese momento se entero de que había estado preso durante tres meses en Los Caracas, sin saberlo.

Fue cuando hizo su aparición en la piscina. Traía en las manos su brocha de afeitar, su navaja de los buenos tiempos y un tarro rebosante de espuma de jabón. Apartando gente, se metió en la pileta, hasta donde le era posible mantenerse de pie sobre el piso y una vez allí procedió a enjabonarse la cara con toda calma.

Un minuto después, no había quedado un solo bañista en el agua, donde ahora flotaban porciones de espuma, en una alfombra de pelitos canosos. La gente se había amontonaba en la orilla presa de un total desconcierto. Nadie hacía nada. Y allí fue cuando el insólito bañista, sin darse prisa, sin cambiar de expresión en la cara, procedió a quitarse la franela, se desembolsó del traje de baño y de una vez empezó a caminar poco a poco hasta le parte llana. Allí se irguió delante de todos. Era un Adán famélico, que regresa a la tierra mil años después de su expulsión del Paraíso.

Como es de suponer, la policía se encargó de sacarlo de la piscina y depositar su cuerpo sin contemplaciones en la jefatura de policía de Naiguatá. Una hora después, simplemente lo echaron a la calle.

Por la tarde, El Marqués contaba a todos su aventura en la barra del bar Ayacucho.

Menudo, de mirada vivaz, relampagueante, se paraba al borde de la acera, frente a ese engendro de pastelero incompetente que es nuestro Capitolio, a esperar el correteo de los choferes y la prisa más bien sospechosa de sus amos cuando abandonaban el lugar.

A todos los acertaba con el dardo de un apodo ridículo o un comentario malicioso y sarcástico.

Pero, ¿qué pasaría ahora, si todavía tuviéramos a El Marqués en su orilla, parado frente al pálido cascarón guzmancista? No es difícil saberlo. Él, ni siquiera hubiera vuelto la mirada hacia allá. Hombre de aguda espiritualidad e ironía refinadas, El Marqués nunca hubiera establecido tratos ni siquiera de menosprecio con la mediocridad.


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