Cuentos

Verónica Rivero

 

Espejos

 

Sorry, your browser doesn't support Java(tm). La mujer se detiene en la escalera. Un pequeño escalofrío recorre su cuerpo. Un gesto nervioso la hace acomodarse el suéter, primero en el cuello, luego sobre la cintura. Aprieta las manos tensas. No quiere entrar en la sala. Su madre y su marido ya están allí.

Es domingo. El frío del invierno se cuela por las ranuras de puertas y ventanas. La casa está alfombrada, sabe que no la escucharán entrar pero no quiere escuchar el silencio que los envuelve. Con un poco más de decisión, porque es inevitable, abre la puerta. Allí están. Queda parada bajo el dintel.

La habitación es acogedora, al menos eso. Es una pequeña sala de estar. Al fondo la chimenea está prendida, una chimenea eléctrica. Un gran espejo, orgullo de sus búsquedas en las ventas de objetos antiguos, cuelga pesadamente hacia la sala, inclinado. Flores y bellotas doradas le dan carácter. Flanqueado por dos pequeños cuadros, recibe luz de ambos lados. En la pared derecha, una puerta ventana da hacia un pequeño jardín sin salida. En la pared izquierda que lo encuadra, una ventana termina en inmenso florero de plumas y ramas secas. Por aquí entra un poco de sol y la luz cae sobre una mesa alta donde descansan la prensa de la semana, las revistas de mecánica.

Allí está su marido, recostado hojea las revistas, esperándola. Le está dando la espalda a su madre. Sentada en el sofá de dos puestos sus manos reposan en su regazo. Dos suéteres cuelgan pesadamente de sus hombros lo que le da un aspecto de cansancio, como si no pudiera cargarlos. Frente a ella, el servicio de té. Mira, con la mirada perdida hace tantos años, a través de la puerta ventana. Se diría que mira el jardín, iluminado a esa hora de la mañana por el frío sol de invierno. No se hace ilusiones, busca el pasado.

Siempre le ha gustado el invierno, el sol frío y el viento en la cara, la calidez de la ropa. Un poco más decidida, entra, "¡buenos días!". Ambos voltean a mirarla, ambos con esa media sonrisa, una por falta de convicción, la otra porque no recuerda muy bien cuándo hay que sonreír.

-¿Te sirvo té, mamá?- pregunta solícita. Su madre inclina ligeramente la cabeza, no comprende lo que le ha preguntado. Repite suavemente la pregunta, y esta vez, sin esperar respuesta, le sirve. Le ofrece la taza, la acerca, quizás la tibieza le recuerde qué es el té.

-No sé por qué lo haces- dice su marido impaciente.

Así empieza siempre esa conversación. Porque sabe que así empieza se dispone a seguirla. Sirve otra taza de té y se la lleva a su marido, "gracias", responde éste. Vuelve al sofá y se sirve la suya. Es en ese momento, sentada, mirando al suelo cuando se da cuenta. Su madre ha olvidado calzarse. Debe tener los pies helados y cuando lo note comenzará a llorar porque no podrá ubicar qué es lo que la incomoda. Nunca le agradó el frío, los pies y las manos entumecidas, el dolor en los huesos. Sale de la habitación. Cuando regresa los dos siguen en las mismas posiciones, nada ocurre entre ellos. Se acerca a su madre y se arrodilla frente a ella: dos pares de medias y las zapatillas de invierno.

-Por cierto, ¿dónde está mi chaqueta tejida?- es la chaqueta que usa los domingos para dirigirse a la cervecería donde estará con sus amigos hasta las dos de la tarde, cuando regrese a almorzar con los hijos. La usa todos los domingos y todos pregunta dónde está.

-Está colgada en el armario de la entrada- le gustaría decirle que como siempre, que todos los domingos, cuando regresa, él la tira sobre la mesa de la entrada y ella siempre la cuelga en el armario, el mismo desde que viven en la casa. Pero hoy no, no quiere que haya más pesadez de la necesaria.

Su madre comienza a hablar, no se dirige a nadie en particular. Está hilando algún recuerdo de su niñez. Al principio las palabras salen fluidas para luego dar espacio a silencios y con ellos la angustia, el esfuerzo, dónde están esas imágenes de la casa familiar, los primos en el jardín, se escapan. Empieza a golpearse las manos una contra la otra. Mira hacia el espejo como si allí pudiera ver las palabras que no encuentra, lo que ve es el reflejo del marido. La angustia sube por su pecho y la imagen del hombre la golpea, vuelve a fijar la mirada en la mesa de centro. El té reposa allí. Frunce el ceño: ¿qué hay en la cesta?

Su única esperanza es que se interese en otra cosa, algo que la saque del vacío de la memoria y del miedo que le da su marido. -Mamá, ¿quieres galletas? Son tus favoritas, están recién hechas- dice la mujer.

-No sé por qué no la pones en un hogar de ancianos. Allí la cuidarían. Tienen personal especializado. Tendrías tiempo para ti- dice el marido.

Ha decidido insistir. La madre lo exaspera. Hay que hacerle todo, como a un niño.

-No sabe vestirse. No encuentra nada y cuando recuerda ordenar encuentras medias en el refrigerador. Está metida en un mundo que no puedes alcanzar.

Gracias señor porque no comprende. Aun cuando su madre lo escuche, no lo comprende, gracias señor porque está perdida en su mundo. Pacientemente, decide completar el diálogo.

-A veces yo tampoco encuentro lo que busco.

-Pero sabes dónde hacerlo.

-¿Y tú?- la pregunta queda en el aire, como el pensamiento de su madre, sin nada en qué agarrarse.

Su marido levanta la mirada. En el espejo, la madre se refleja.

-No sé cómo la toleras, cómo la comprendes.

Hoy responde: -No más que a ti.

 

Butacas

¿Por qué será de noche? ¿Por qué todo ocurre cuando no estamos preparados? Acaso es el velo que nos imponemos, piensa. Se siente acorralada. Ha limpiado la cocina con una energía que sabe que no es de ella, ha sido tomada. Cuando decidió huir hacia la cocina, se dijo que por lo menos retendría un poco de dignidad y con la excusa de un leve refrigerio y un ‘no me gustan los platos sucios durante el desayuno’ había arremetido contra la cocina. Lavó ollas, llenó el lavaplatos, limpió el mesón y el tope de cocina y había dispuesto la mesa bar con los platos y las fuentes de pan y galletas, frutas y nueces. Y ahora su esposo la veía con esos enormes ojos negros, buscando en ella una fuerza que, como no fuera para la cocina, no tenía. Allí estaban, como dos animales acorralados, él y ella. Si al menos fuera entre los dos, algún problema, alguna irritación, un argumento como los muchos que transitan los matrimonios. Pero no. Son dos niños acorralados en la cocina por ellas. Las madres. Los tomó totalmente desprevenidos, a ellos que tanto han cuidado para que no ocurra.

 

A. Kubin, Il Velo, 1900-03

-¿Cuándo llegó Eleonora?

Eleonora, por supuesto, es mi mamá. Pero uno no puede llamar a Eleonora mamá, tendría que ser Madre, y aún ese nombre no pareciera tener que ver con ella. Eleonora no es madre, Eleonora es Eleonora.

-Fue la que llegó primero. Sabes como es. Se paró en medio de la sala dando su mirada apreciativa, despectiva en realidad, y con toda parsimonia, como si tuviera que acceder a ensuciarse, se quitó los guantes. Aún tenía el abrigo puesto cuando llegó tu madre.

Se queda en blanco, no puede ni reaccionar. Imagina a Eleonora controlando el impulso de acercarse a la biblioteca y pasarle el dedo a ver qué tan limpia está. No porque en realidad sea fanática de la limpieza, sino que el polvo en los dedos en la casa de su hija es después de todo la confirmación de que no es perfecta. Como si el polvo fuera de la hija, algo que la hace apenas terrena.

-¿Y qué hizo Carla?

-Carla la saludó, le preguntó por la salud. Has debido ver el mohín en la cara de Eleonora, pensé que escupiría de asco. Carla no se inmutó, comenzó a hablar de sus enfermedades, el dolor de las várices, las tendonitis. Y mientras más hablaba, su pecho se hinchaba, ese pecho de paloma del que habla Eleonora. Carla es más baja que Eleonora, entrada en carnes, y la respiración pesada, no lánguida como la de Eleonora de la que nadie se percata si respira, suda. -Las dos comenzaron a quitarse los abrigos al mismo tiempo, pensé que se preparaban para pelear.

-¿Estás aquí desde entonces?- pregunta nervioso. -Esto es absurdo. Sabes que me siento como un niño que espera que le digan que todo irá bien, que no ha pasado nada, que no he hecho nada malo. ¡Por Dios! Me dan ganas de reír, me reconozco en él.

-No veo por qué me lo preguntas así. Tú también estás aquí.

-Pero yo acabo de llegar. Cuando las vi a las dos paradas, Carla mirando desaprobadoramente los collares y pulseras, los anillos de Eleonora, el fullard, y Eleonora con la mirada helada, indiferente, mirándola desde arriba, imaginándose las várices que explotan. Pensé que no soportaría la tensión. Pensé que tú sabías, que tenías algo que ver con eso. Por eso me metí aquí. Se recuesta contra la cocina. Se vuelve a erguir, va hacia la nevera y hurga, decide comerse un yogurt de cereales. Un hombre alto y fuerte que ha perdido la fuerza de repente.

Un poco burlonamente, porque sé qué es lo que lo detiene, le pregunto. -¿Por qué no te sirves un whisky? Podrías traerme uno. Así de paso puedes ver qué ocurre. No ha querido hacerme la pregunta inevitable, sigue sin saber qué haremos. ¡Uhm! Nuestras pequeñas debilidades.

-¡Estás loca! Está allá afuera. De pronto cae en cuenta de lo que ha ocurrido y se ríe. -Te sientes muy valiente aquí. Además, te imaginas la mirada reprobadora de Carla: "Hijo es por tu bien, mira que puedes terminar alcohólico. Te acuerdas de Roberto, el hijo de… Así empezó, tomando al llegar del trabajo"- ríen para descargar la tensión. Son capaces de burlarse de sus madres pero no de enfrentar la situación en que están.

-¿Qué vamos a hacer?

-¿No podemos quedarnos aquí?

Nunca hemos sabido qué hacer con el hecho de que nuestras madres no se soportan, es como si no lo aceptáramos. Como si ese hecho nos dice que de alguna manera existen áreas nuestras que tampoco lo hacen, aunque sean inexploradas. Nuestras madres no se toleran, en realidad nosotros tampoco las soportamos juntas y por eso establecimos que sólo recibiríamos una a la vez, dos fuerzas contra lo inevitable. Y como si estuviera leyendo mi mente pregunta:

-¿Qué van a hacer con la butaca? ¿Te fijaste?

-Te das cuenta de que estamos acorralados en la cocina por una simple butaca. Porque cada una se siente reina de casa y se sienta en la butaca, como si fuera su trono, un puesto fijo. Hemos debido comprar una segunda. Así no tendríamos este problema. Sé por qué no lo hicimos, pensamos que si se sentían especiales lograrían contemporizar con el hecho de que hemos formado una casa nueva, una relación donde no tienen arte ni parte. No ha sido así, al final la butaca las hace sentir con un derecho adquirido.

Miro cómo saca nervioso un tercer yogurt de la nevera, de los de medio litro y acomete contra él como si fuera una apuesta.

-¿Qué vamos a hacer?- escucho el ligero temblor de mi voz, la angustia comienza a subir por mi pecho. No quiero oír la respuesta. Hemos pospuesto esa situación por años, cuidando que nunca se encuentren, que no nos tomen desprevenidos si lo hacen, escondiendo la butaca que cada una siente suya, inventando excusas, "están lavándola", "están retapizándola" cuando sé que se encontrarán. Pero es inevitable. Y con la voz temblando más que la mía, porque todo lo que es sentimiento lo incomoda, responde:

-Tendrás que sentarte en ella.

 

Tocata y Fuga

La noche es calma y negra, la soledad me envuelve en la lejanía de los pequeños objetos que deberían acercarme y que insisten en permanecer lejos, indiferentes. El balcón se asoma en el frío abismo y un viento sibilante lo sopla. Todo es penumbra. Sólo una llama persiste tenaz, débil y titubeante, en una luz que no es mía.

Me decido a poner música, una presencia que acorte las distancias, que llene el vacío que me aterra. Me he preguntado muchas veces qué es una tocata, tocata y fuga, tocata y fantasía. Elijo la pieza y el instrumento. No el barroco que me exige una suerte de alegría que no siento. Ni una sinfonía, ahogada por los sonidos que reclaman atención para ser compuesta. Es el órgano, eclesiástico y divino, el que parece apropiado para la ocasión, sólo se necesita a sí mismo. Meger es el autor de la pieza, Tocata y fantasía Bach, en honor a él, a Bach. Sin embargo, el órgano es el centro, Bach una excusa, un accidente. Con suave cadencia, a veces dramática, la música va llenando la sala, montando las paredes para luego caer sobre mí, un manto grave, un vibrar que me calma.

En la mesa la tenue luz de la vela muestra los objetos de mi ritual. Una copa, una botella y un cuaderno, exorcismo escrito que me exige y me toma. Miro la botella y sé que volveré a ser el centro, ese centro arrebatado que sólo recupero en el placer dionisíaco y menádico del vino, en el desmembramiento que me impone, una ofrenda a ti. Soy yo quien se entrega herida, completa. Las notas suben y se tuercen remontando en las esquinas, doblándose contra el techo, escapando por el balcón, y con ellas el vino sube y me tuerce. Y de aquel abandono, tocata y fuga.

Tocata y fantasía. Ya no seré extranjera en mi cuerpo, seré la otra que deseaste. Tú, yo un accidente. Miro la botella, ella me devolverá a mí, tocata, tocata. Repetiré una vez más la experiencia, pequeño ritual de ese culto que me has impuesto.

Veo la botella y me atrapa el momento, el eterno repetir ese pobre sucedáneo que no consuela ni exalta pero que engaña piadosamente mis sentidos. El cuerpo rojo sangre, caliente y amargo, los pechos turgentes. La miro largamente mientras las notas siguen su drama. Insisten en arroparme y el cuerpo se mueve en respuesta. Me sirvo una copa, la acerco a los labios y por primera vez no lo deseo. El aroma no me convoca, su cuerpo no es el mío, su sangre tampoco. Vuelvo a intentarlo con cierto desespero, cómo me arrebatas eso también. Repentinamente, la llama es mía, caigo en cuenta, me has dejado, soy el centro y me has dejado, tú, vino. Tocata y fuga, tocata y fantasía, Bach.

 

Riga, 11 de agosto de 1999


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