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Prólogo para una antología del cuento latinoamericano
Julio Ortega
El futuro está ya aquí, y se adelanta y precipita en algunos
textos recientes que abren los escenarios Demasiadas veces se ha tipificado, y no pocas veces estereotipado, el peso y el gravamen del pasado en la cultura latinoamericana. No se puede descontar, sin embargo, la recurrencia de la generosa visión utopista, entrañable a la versión moderna y propia de una América Latina debida a las sumas del porvenir y la racionalidad de las reformas; este horizonte de virtualidad (poscolonial, novomundista, revolucionario, pluralista) ha sido cooptado muchas veces por la política faccionalista, pero es una memoria cultural que sería un derroche borrar. Esta vocación en concurrencia se ha pensado como una de las grandes articulaciones virtuales: la democracia participatoria, la heterogeneidad cultural, la modernidad popular. Por eso, a la hora de los balances es bueno reconocer que al igual que la pregunta por los orígenes ha animado a la autorreflexión latinoamericana la idea emancipadora de que una historia más plena está por hacerse y una nacionalidad más democrática por construirse. Esa proyección de futuro se tradujo en modelos de representación y en programas de reforma; esto es, en una cultura política de virtualidades, de fundaciones y recomienzos. Esa memoria del futuro cuaja, por lo menos, en las grandes novelas de los años 60 y 70; en las artes que suman la historia cultural a la vanguardia; en las artesanías de la migración; en el discurso de la sociedad civil y sus agencias de negociación y redes de rearticulación. Nunca ha sido más cierto que hoy el dictamen de que conocer la historia es concebir el futuro. La cultura política ha cambiado de repertorios y de agentes, pero su demanda mayor sigue siendo por un horizonte de concurrencia futura; es decir, por el proyecto de una democratización no por minimalista menos radical. Las prácticas son ahora transfronterizas: suponen el mapa de las migraciones, literales y figurativas; el entrecruce de bordes y límites en toda dirección; así como la fuerza descentradora de los discursos que transgreden el archivo y el mercado, tanto la normatividad como el consumo inconsecuente. Si el pasado se reescribe en la perspectiva del presente, la crisis de la temporalidad es nuestra forma de recordar y convocar. Visto desde aquí, el futuro se nos aparece como la temporalidad conflictiva cuya documentación factual (demográfica, económica, educacional, urbana, ocupacional) declara, en efecto, un abismo entre la sociedad moderna y las masas de excluidos; tanto como una relación inversa entre la población y recursos, y entre tecnologías y población educada. Si para el año 2025 Estados Unidos crece en un 25%, para México en un 88%, quiere decir que el mapa de las fronteras habrá producido otra geografía humana y, seguramente, otro lenguaje. Y aun si el gobierno norteamericano ha utilizado el sistema de vigilancia probado en la Guerra de Vietnam y el material de acero usado en la Guerra del Golfo, para cercar y amurallar la frontera con México, todo indica que el futuro norteamericano pasa por su redefinición hispánica (la tercera parte de la población estadounidense hablará español). No pocas voces asumen ahora mismo las urgencias de ese espacio de intersecciones. El artista mexicano-americano Guillermo Gómez-Peña, que reescribe el inglés con el español, representa la inminencia de esos tiempos de hibridez. Una primera conclusión, por lo tanto, sugiere que si el futuro en términos legibles (estadísticos) es impensable porque se cierne con signos catastrofistas, es, en cambio, imaginable en términos culturales, en la práctica artística multigenérica, donde el siglo XXI es ya un lenguaje anticipado. En estos relatos, el nuevo siglo se hace patente en algunos escenarios: el de la memoria sobreviviente, de los flujos de la migración, de la desocialización del yo, de la incertidumbre mutua, de la emotividad exacerbada, de las negociaciones del sujeto, de las identidades mediadoras. Estos escenarios del siglo XXI son las rutas de lo nuevo. Más que evidente, esa problemática es aquí una entonación implícita, y confiere al conjunto su linaje en proceso, su aire de familia muy joven y en curso. Estos relatos vienen de las crisis de los sistemas de representación nacional y se mueven hacia el espacio intermediador de lo que se llama hoy día "la nueva internacionalidad", es decir, la noción de un mundo cada vez más diverso y más intranacional, requerido de redes solidarias capaces de resistir las nuevas hegemonías, homogenizadoras de la ley del más fuerte. Estos escritores de fin de siglo, por lo demás, escriben después de los grandes debates teóricos, cuando se reafirman los valores de la identidad como diferencia, del sujeto como agente de cambio, y de la cultura como matriz de celebración crítica. En este período libérrimo, superados los discursos dominantes del archivo modernista, ganan curso los balances posmodernos (la crítica de los límites del programa de la modernidad compulsiva), que han demostrado ser más pertinentes desde la periferia; esto es, desde los márgenes donde se desintegran, por el lado de las mayorías pauperizadas, las agendas de la modernización, una a una incumplidas. En estos cuentos, este estremecimiento de futuro, esta nueva sensibilidad, se puede verificar en la promesa de un desenlace, en el proyecto de una estrategia, en el acuerdo de un diálogo, en el reconocimiento de una frontera alucinada. Es decir, en la dimensión cotidiana donde se dirime la identidad puesta a prueba de un sujeto trashumante, hecho en la ironía y el simulacro, pero también forjado en la trama vulnerable de su autorreconocimiento entre los hechos que lo disputan. Adorno sostuvo que la mercancía congelaba a la memoria y propagaba, así, la amnesia. En varios de estos cuentos, en cambio, se trata de recuperar la memoria en la entraña misma de la mercancía, como ocurre en el relato paradigmático de Naief Yehya, sobre un texto recobrado en una computadora; o en el de Federico Vegas sobre un detector de mentiras que pone a prueba a la memoria. Y en un cuento sintomáticamente llamado "Mercurio", de Adrián Curiel Rivera, la maleta del héroe reluctante remite a otra novela. Si la "valija cultural" que portamos es un retrato cotidiano de nuestra identidad, esa maleta novelesca sostiene la memoria contradictoria, aun si el paisaje de aleph borgiano se ha degradado en mercado ubicuo. Entre las fronteras de los exilios, en cambio, ya no hay olvido, sólo memoria, como en el relato de Ana Luisa Valdés. Pero la memoria también es un instante fugaz epifánico, como en la trashumancia fronteriza que desnuda a los personajes de José María Brindisi. O el ascenso al primer día de un mundo primordial, como en el relato de Antonio López Ortega. Me parece que los autores de este calendario futurista representan el fin de la era traumática en la cultura latinoamericana. La noción de sujeto que emerge de estos relatos no se explica ya por las tesis culturalistas del origen como trauma y menoscabo; tesis que fueron elaboradas en el medio siglo latinoamericano para dar cuenta de una historia social de carencia y expoliación. Las hipótesis de que América Latina es producto de una violación, de que somos históricamente subsidiados de la violencia, de que el fracaso, el resentimiento o la autodenegación nos destina, se han convertido, en este fin de siglo, en meros mitos psicologizantes, mecánicos y simplificadores, que no dan cuenta de la calidad imaginativa de nuestras artes, de la capacidad creativa de la resistencia cultural popular, de las respuestas de la sociedad civil; y, mucho menos, del espesor vivo de la cotidianidad que, con todas las razones en contra, sigue humanizando a la violencia, procesando la carencia y reapropiando los lenguajes dominantes. Las sanciones de Mario Vargas Llosa ("en qué momento se jodió el Perú") o de Emilio Azcárraga (México, país de "jodidos" que compensar con telebasura) resultan no sólo autoderogativas, sino carentes de futuridad. Pero no porque la violencia y la frustración hayan desaparecido (al contrario, se han acentuado a través de la pobreza endémica, el machismo reforzado y el racismo campante); tampoco porque la amoralidad no prevalezca (a través del egoísmo, la amnesia y hasta el autismo cultural); sino porque para los más jóvenes se han vuelto insuficientes las explicaciones globales (el paradigma de una América Latina destinada a la modernidad, que sucumbe con la corrupción de todo signo al final del gobierno de Salinas y su promesa de un México en el "primer mundo") tanto con las versiones autoritarias (las ortodoxas del comunismo estatista pero asimismo las del capitalismo salvaje de un mercado darwiniano). Ha terminado, por lo demás, la concepción de un intelectual iluminado, capaz de dictaminar, con parejo encarnizamiento, el destino marxista primero y el futuro neoliberal después. Primero, porque el escritor como juez olímpico se ha convertido en un mero opinador; y segundo, porque los géneros que propagan la autoridad del yo (la crónica impresionista, la confesión dominical, el testimonio de fe) han trivializado el uso de la primera persona. Si algo tienen en común los escritores de este almanaque del porvenir es que no se adhieren a la voluntad de verdad de uno u otro discurso dominante. No pocos relatos se postulan como inscritos en el decurso social y biográfico epocal; ya sea con la fabulación irónica de Rodrigo Fresán, no en vano autor de una "historia argentina" reprocesada desde fuera de su espacio traumático; ya sea con la sensibilidad descarnada con que Ana María Bergua denuncia la deshumanización. Pero también se inscriben en el decurso social con la dolorosa hipérbole con que Daína Chaviano desde fuera de Cuba, y la trágica heroicidad cotidiana con que Francisco López Sacha, desde dentro de Cuba, alegorizan la verosimilitud alucinada. Y si algo los distingue es la exploración de la incertidumbre. En el cuento de Fernando Ampuero la misma cotidianidad se ha hecho incierta, y en un universo configurado por lo femenino el sujeto demanda una voz más plena, pero no en su sociedad sino en un programa de bel canto televisado. Hasta la televisión, que según Paul Virilio es una nueva plaza pública, termina reapropiada por los sujetos que negocian su lugar en el escenario venidero de su tiempo real; en el relato de Alonso Cueto, un muchacho pobre y sin padre se agencia, por medio de la tele, un padre sustituto que le permita adquirir una identidad quizá sólo aparencial pero, en último término, tan convencional como la socializada y dominante. La incertidumbre, en último término, se convierte en desasimiento de la pública, en su recusación, a través de la marginalidad, el destiempo y la desocialización, que animan con su vivacidad desapacible los relatos de Alberto Fuguet y Tito Matamala. Pero aun si las anécdotas sólo pueden estar situadas, las coincidencias de salud crítica y lenguaje operativo común nos reiteran que el futuro ya no es nacional. Se hace en la trama dinámica y contradictoria de la globalidad y la regionalidad, que no son meramente opuestas, que se constituyen como espacios de identidad heteróclita. Primero, porque las tecnologías son hoy reapropiadas extensamente por las redes comunicativas desde la periferia (gestándose varios centros y varios márgenes interactivos); y, segundo, porque la identidad, que retorna hoy con todos sus derechos a la diferencia, se construye en la diversidad no como esencial y discriminatoria, sino como funcional e inclusiva. Es una identidad, por eso, antitraumática, hecha a la fruición del cambio y a la comunidad del intercambio; dada a lo nuevo y fugaz tanto como a las redes de interacción donde el sujeto es, antes que nada, alguien en el turno de la palabra. Así, la nueva subjetividad contextualiza a una cultura que funciona como reserva de recursos, que alimentan las respuestas del sujeto. Y aun el rango de lo objetivo es puesto en crisis por la fuerza del deseo proyectivo y del diálogo convocativo que urden las rutas de lo nuevo. En último término, estos cuentos ensayan distintas articulaciones, que seguramente responden a las crisis de la política desarticulante ( a la famosa "década perdida" de los años 80, recuperada en las artes que suturan sus desgarramientos). Son articulaciones que traman el concierto de las horas y las hordas, de la historia y la utopía, de la memoria y lo visionario; esto es, la legibilidad de un tiempo ocupado por las fuerzas de relevo. Bajo esta persuasión de futuro, toda verdad supuesta se torna relativa. Y no por mero escepticismo, sino por la necesidad de volver a las palabras, a los nombres, a la escritura, para recomenzar fragmentariamente, con ironía y tolerancia, con indignación y esperanza. Es revelador, por eso, que el objetivo se adelgace en estos relatos: estos narradores ya no requieren darnos una construcción flaubertiana ni una versión historicista; no precisan de un entorno realista ni mágico-realista, pero tampoco de contextos poéticos ni paródicos. La objetividad parece depender de las nuevas subjetividades, que dan cuenta de la cotidianidad como excepcional, de lo trivial como ritual, de la socialización como reversible o negociable; y, en fin, de la experiencia de este fin de siglo no como catástrofe y apocalipsis, sino como incertidumbre y desafío. Esta vez, el fin de siglo no es de nostalgia y decadencia, sino el trance de una hipersensibilidad que, sin ilusiones pero con vocación de esclarecimiento, explora la calidad emotiva, la capacidad dialógica, la inteligencia mundana, de un sujeto que se desplaza fuera del archivo, fuera de las normatividades, hacia las aperturas de lo procesal, de las innovaciones que le confieren un lenguaje mutuo. Estos relatos, al final, no son sino un ligero albergue en la intemperie. Si éste es un libro del porvenir, el lector es ya su primer habitante.
Providence, 9 de junio, 1997 |