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En torno a la tragedia (II) León Febres-Cordero
Cosas todas hechas por el hombre bajo dos limitaciones temporales: una, el tiempo de que gozó en vida; otra, el tiempo en que vivió. Tenemos tiempo, como lo tuvo Fidias o el Lazarillo de Tormes, pero ese tiempo que nos es dado para obrar es hijo del tiempo en que vivimos, tiempo que desciende del tiempo en que Fidias o el Lazarillo de Tormes vivieron. Ese tiempo, que hemos llamado "histórico" es, para usar una metáfora agrícola, la tierra en la que germinamos. Si bien es cierto que nacemos naturalmente del vientre de la madre como cualquier otro animal natural, no menos cierto es que germinamos artificialmente del vientre del tiempo histórico, tiempo artificial, invento nuestro para podernos hacer a nosotros mismos. żY por qué? Porque, como recordarán, estamos hechos de tiempo y nos hacemos---poetas, pintores, asesinos, jardineros, médicos, emperadores---con tiempo. Y las obras---de arte o de ciencia o de artesanía o de destrucción---son la expresión última de lo que cada cual hizo con ese tiempo que él o ella fue mientras tuvo vida durante el tiempo en que vivió. Al decir que somos tiempo estamos reconociendo que somos poco, muy poco, casi nada: somos algo que pasa y se deshace sobre la tierra como pasan y se deshacen las nubes sobre el cielo. Ni más ni menos. Somos casi nada. El ser, nuestro ser, se está disolviendo a cada instante en el no ser con la imperceptible lentitud con que se disuelve el día en la noche. Su destino, su fatalidad, está en tender hacia su propio fin, su disolución, su muerte. Pero entre el "ser" que deviene y la "nada" en que deviene, queda un hilito delgadísimo pero tenso y milagrosamente resistente como la cuerda del equilibrista en el circo. Es el casi. Sobre ese hálito que anuda las dos sílabas nos sostenemos en esta vida y se sostiene nuestra obra, lo que hacemos con el tiempo que somos. Las pirámides, los vastos océanos insondables, las diminutas hormigas que no cesan de cavar la tierra, y los hombres que pululan por el orbe, estamos todos posados sobre ese "casi" que nos permite no sólo ser lo que somos sino, sobre todo, hacer lo que hacemos antes de que la nada nos trague. Sobre ese "casi" somos concebidos naturalmente y germinamos artificialmente. Florecemos en un abismo, dice Cadenas. La concepción natural, aunque impregnada hasta los tuétanos de tiempo, nos concierne mínimamente y se reduce a llorar para expulsar la vida y llorar para manifestar que se la ha recibido. La germinación artificial, por el contrario, nos concierne absolutamente y abarca todo nuestro ser y es lo que, en definitiva, nos hace persona. Esta germinación artificial sobre el pedacito de "casi" de tiempo histórico que nos ha tocado vivir, florece en persona. Del inframundo del tiempo histórico florece la máscara del quehacer específico que transforma al hombre natural en artificial persona. La máscara del quehacer que nos define nos permite encarar la locura que supone pender de un hilo mientras hacemos lo que somos ("casi nada"), mágicos equilibristas de la ignorancia, al reconocerla como algo más que una simple cara natural. A través de esta máscara que nos hacemos con nuestro quehacer, vemos a los otros pero también, y esto es lo más importante, nos reconocemos en los otros, parte de un conglomerado de otros que llevan millones de años viviendo, y muriendo, sobre la misma tierra. La persona que nos hacemos, la máscara que germina artificialmente sobre el abismo en que florecemos, nos inicia en el antiguo misterio del hombre. Nos sitúa y nos afinca en las circunstancias en que nos encontramos y nos movemos a diario como se mueve el actor sobre el escenario. Nos coloca a una cierta altura (como si nos alzáramos ligeramente sobre coturnos) que nos salva de caer de bruces en la identificación con lo que ocurre en esas nuestras circunstancias actuales y en este nuestro tiempo actual, el tiempo en que las estamos viviendo. Y de esa manera, ligeramente elevados sobre lo natural, actuamos. No nos movemos azarosa e insensatamente de aquí para allá como picados por un tábano, sino que nos entregamos de cuerpo entero a una acción, la que define y depura y da forma estable y concreta a nuestro quehacer específico, es decir, al invento que hacemos de nosotros mismos con el tiempo que nos anima y nos consume: nuestra persona. Ahora bien, al elevarnos artificialmente sobre lo real natural tomamos una distancia con el mundo que, paradójicamente, nos acerca más a él, pues nos permite reconocerlo históricamente, afiliándonos a su vieja historia, al hacerla parte viva de nuestra historia (no sólo historia ya vivida del hombre de Cromagnon o del Renacimiento), sobreponiéndola a la historia actual para ayudarnos a conocerla reconociéndonos a nosotros---recién llegados al mundo---en los hombres que en un pasado remoto lo habitaron. Esta sutil elevación supone una iniciación, la iniciación que conlleva la invención de la máscara, la invención del arte y técnica a través del cual nos hacemos persona. Y esa invención, esa persona histórica que hacemos con el tiempo que somos y que, a su vez, nos hace de máscara para actuar en el escenario del mundo, exige, además, un sacrificio. Hacer, inventar, cultivar es, sobre todo, y en el sentido en que lo quisiera ver aquí, sacrificar. Sacrificamos la inopia que envuelve en un manto de inalterable naturalidad al resto de los seres vivos con quienes compartimos casa y comida y oxígeno, para hacernos hombres, hombres que actuamos y que al actuar nos inventamos y, en virtud de ese sutilísimo proceso, refinamos nuestro ser, lo purificamos, sufrimos y padecemos una catársis que nos va modelando, afinando, concretando cada vez menos como meros seres y cada vez más como sorprendentes hacedores. Como sorprendentes actores. Sacrificamos el dulce magnetismo de lo natural que sin esfuerzo alguno somos por el vinagre de lo artificial que con grandes esfuerzos nos hacemos, ya que, en cuanto invento, habremos de gozar de la misma irrealidad de que goza, por ejemplo, la imagen que los pigmentos fijaron sobre el lienzo. Y así como nos es imposible, por irreal, devorar la parchita del cuadro, de forma análoga nos será imposible devorar la persona del otro, su invento originalísimo, aunque no cesemos de intentarlo en nuestra extraviada avidez por ser algo o ser alguien. Y no podremos sencillamente porque el sujeto del cuadro, o la persona del sujeto, son imágenes intransferibles y, por consiguiente, limitadas al momento histórico en que fueron concebidas. Es una gran paradoja que el hombre sea, a un mismo tiempo, perdurable a través de las generaciones debido a su naturaleza y limitado a través de su quehacer debido a su artificialidad. Pero es precisamente gracias a su limitante artificialidad que innova, descubre, desvela, cara a cara con lo desconocido, con la densa niebla de la sin razón, con la nada, como si del mascarón de una sirena en la proa de un barco se tratase. Desde esa conciencia de sus forzosos límites actúa abriéndose y entregándose por entero a la experiencia de su quehacer, una experiencia que estará marcada por la individualidad, y su obra, lo que ese quehacer produzca, llevará esa marca para distinguirla de las demás como se distinguen las obras de Velázquez o las de Bach o las sagradas esculturas de Donatello. Individualidad que, en vez de alejarlo de la humanidad, lo une indisolublemente a ella; en vez de llevarlo a renegar de su cuerpo, lo arraiga firmemente a él; en vez de seducirlo con las voces que cantan desde el más allá de la nada, lo instala sobre el fragilísimo presente para que haga allí su casa y emplee en ella sus dones.
Caracas, Viernes Santo de 2000 |