Desaparición del paisaje en la poesía venezolana

Luis Alberto Crespo


El cocotero, Armando Reverón

Cantará el ruiseñor en la cima del ansia
Jorge Guillén

De pronto, Ramos Sucre cubre la intemperie: "Yo recuerdo la aldea de mi nacimiento. En sus colinas áridas agonizaba la retama de Leopardi". Lo que oigo me encandila, borra la flor amarilla de Pérez Bonalde, que crece demasiado real, demasiado flor. "Yo he estado aquí", me digo. La apariencia que extrañaba -y entrañaba- al dolido de "vacías tinieblas", tiene semejanza leopardiana en los cerros de tiza y en el sarmiento más hirsuto. La blancura se come el resto en su guarida de las doce, aquí, en el país duro, donde la llovizna y la lluvia extreman la palidez de la sed. Miro, una vez más, lo que ha dicho Ramos Sucre: allá sigue igual, por la carretera de San Pablo; allá, la aridez ha dejado un delgado resto de nada. Es extraño que la voz de Proust se oiga en estos yermos hablándome de "la sensación del blanco a lo lejos, sin que sepamos si es roca o reflejo de sol"; pero lo que refiere el ojeroso del Tiempo perdido me mira en Reverón desde la costa cada vez más delgada y lo que finge de follaje, de playa, es efímero, sucede como lo desértico en todo: esa ruina de la figuración, esa suntuosidad de lo extinto. El sepia y el ocre sustentan, fundan en el vacío. El blanco, entre ellos, cede sólo ante la hilacha de la rama espinosa y la cosa corva, que es sombra nuestra o cardo en la muda duración de un tiempo y en la lentitud de la tierra sobre lo que intentamos ser entre tanta desfiguración y tanta palabra trunca, como yabo, como cují yaque o, en la tierra achispada de pringas, ortiga, retama de Leopardi.

Es eso, vuelvo a decirme: en la apariencia, en el límite de vacío y borde, la escritura no tiene con qué sostenerse: la página también aridece. Lo que leemos no se ve, se presiente. Me acerco a Rodolfo Moleiro. Me dice "no se oyen las brisas, son huellas" y también me dice que la tarde nos lleva "a la distancia manifiesta y perdida". Su campo, su otredad, es "reiteraciones de bosque", aunque "súbito, el llano" nos curva con ventaja sobre nuestra sombra que es un punto en lo inmenso donde Alberto Arvelo Torrealba se pregunta: "¿Será el inmóvil el potro/o la fugaz la llanura?".

¿Cómo hablar, entonces, en la ingrimitud y en el raso?

¿De cuál pared o de qué orilla pretenderse el asiduo?

¿De dónde el follaje que nos restituye la voz y el mirar explícito?

Yo leo en Keats que "en la grandeza de un verso mesurado vemos el ondular del pino en la montaña".

¿Qué pájaro canta en el vacío que vuelve su trino silencioso?

Fernando Paz Castillo lo llama "pájaro melancólico y raudo". Más tarde -hay una la luz de último día entre los árboles- el viejo -por sabio- poeta del 18 lo detiene en la frase más breve, remedo de su tamaño de jilguero dentro de la gran hoja de El Ávila y observa atento su desaparición en la rama: "La sombra fiel/que pesa cada día, sobre el pino/agudo y lento/-que miro desde mi ventana/ ha tanto tiempo-, hoy me pareció/más ligera/y fue que un pájaro, escondido entre ella, me reconcilió con su silencio".

Y hay un muro, "el muro de la tarde -atardecido en nuestra tarde-,(que es) apenas una línea blanca junto al campo/y junto al cielo".

Y siempre es verano, la hora propicia en que se espiritualiza -¿o palidece?- lo real. Si a las doce enmudece, si el mediodía calla, el fin de la luz -de la blancura en lo blanco- es la hora de Lazo Martí y "desde lejos/la nostalgia te acecha. Tu camino/se borrará de súbito en su sombra" o es "la luz de conejos" en que se despierta Vicente Gerbasi; y más luego, cuando vuelve a atardecer en "los espacios cálidos", se escucha "esta monótona melancolía de la paloma torcaz, escondida,/aquí junto al río, más allá, no se sabe dónde,/junto a la muerte".

Y siempre es paisaje borrado: entrañado. Aquel momento de Ramos Sucre, en que la colina rural con retama de Recanati, reclama ahora la imagen canicular que nomine -que vuelva idioma- lo que entorno es espejismo. Cierta entretierra -la del paisaje, la de la escritura- hace elusivo y alusivo lo real. Si no, ¿a qué otra lectura pertenecen las Pastorales de Rafael José Muñoz, esa coítora que no se ve, "esa perola temblando sola en medio de la fábula, esta chicharra (que) canta hacia adentro"..."Ella, que surge del paisaje como una uña"?

La misma conducta crepuscular se tiene a principios de luz y ha de soplar el viento soleado o de lo interminable, en medio de lo sordo y lo tendido. A la intemperie de Barinitas y de sí misma ha salido Enriqueta Arvelo Larriva porque "toda la mañana ha hablado el viento/una lengua extraordinaria". Pero el afuera, en la poetisa de Poemas de una pena, es "una extensión llena de luz oscura", un "parado mediodía en la seca llanura". O tal vez es aquella curva de un ciprés que trazó José Ramón Medina, lejos, y la sombra sobre la pared y después de nosotros, se adelgaza hasta la frase ensimismada.

En lo que llevo dicho el blanco y la blancura -el color físico, material y su resplandor, su espiritualidad- no han hecho sino acentuar la desfiguración del paisaje. Elije las doce, la luz oblicua de la tarde, la luz recta de la mañana, el borde y el aire sobre los cuales se para el pájaro desaparecido, como el que se espanta del trigal de Van Gogh o los que oye Eugenio Montejo en su Terredad. "Debo estar lejos porque no oigo los pájaros", me confiesa, antes de proseguir de una ciudad a otra, de una errancia a otra errancia, vestido de parque y de aldea entre las calles y los aeropuertos.

La poesía del paisaje que leo, cada vez más, en la fulguración, se adivina, en la página que limpia -hasta desertizarlo- el motivo. Antes, hemos de aprender el habla de Ramón Palomares para dibujar el verdor, colorear pueblos, usar niebla, adornar lo sombrío con eneldo y flores de tapia y aguas de piedra y frío entre el vocerío de los inocentes y los solitarios que cantan hasta en el lloro, que ríen hasta en la amargura, que celebran hasta en el enlutamiento, de esta índole tan antigua, tan de la próxima inocencia: "Pajarito que venís tan cansado/ y que te arrecostás en la piedra a beber/Decime: ¿No sos Polimnia?".

Efusivo, selvoso, el paisaje guayanés de Jesús Sanoja Hernández termina por transformarse (¿por desaparecerse?) en delirio comparativo, en juego verbal que enumera la pajarería del sur y le pone adjetivaciones literarias y rústicas como adorno de plumaje y silbo: "Allá va el azulejo entre montes y aparejos,/el minué muerte en su ala es aguja, fibra pequeña/ de su canto maltrata insectos silvestres, piñas de color./Allá va el tucusito rodando su corazón de magia/y lanzando en tijera, en pico, en agradable pluma/sobre un sueño que choca, gongorino, en el verano./Allá rasga el perico gorgorán de cielo, falsifica/sombras para lanzas de escarmiento, verdes amores".

Dentro de poco concluirá, para confirmar su intención de apurar la mudanza de lo figurativo a extrañeza o a abstracción : "Allá va lo elevado, latido de los ángeles, más, más/inquina en el espacio/invento del tiempo sobre matas/para instalar ritmos por detrás, arriba, en las señales,/mientras la música troza corolas y pone fuegos y perfumes".

Muy cerca de Sanoja se halla Teófilo Tortolero. Ha elegido un pájaro sin fama en los montes de Nirgua para disipar su forma y las colinas yaracuyanas. Prefiere el pasado para referir lo que no ha dejado nunca de acontecer en el presente: "Llegó hasta mi puerta un gorrión/y hablándome el dialecto de los nomeolvides/dijo a mis ojos:' quiero que saquen lágrimas/de mis apuestas/cada vez que pierda mis pasos/en el viento más salado del mar; deseo que ustedes besen las espumas/por más que ellas mueran un instante/pues volverá naciendo/en las ondulaciones del agua/que no acaba de beberse'/ Bajó hasta mi ventana un temblor de espinas/y hablándome en la lengua de sus tristes crótalos/dijo a mi frente: 'anhelo un polvo un galope un terreno/donde mi nacimiento sea encontrado/sin mayores pesares/Tocó las bisagras de mi casa el viento;/miró mis ojos solicitando la llaga perfumada/Tocó repitió insistente/pero ya no estaban ni mis pupilas/ni mi ser".

Todavía irrumpe gente afantasmada en los montes y caminos que describe Francisco Pérez Perdomo cuando "al pie del árbol del misterio/un humo, una cosa/comienza a levantarse". Del mismo trasmundo, paisajista de ruinas y baldíos, Rafael José Álvarez asevera que "estas paredes ya no existen/ y aún ocupan su lugar./Cruzamos puertas, soportes, solares,/y aún los colores desaparecidos/están allí con los derrumbes del tiempo". También de escombros ( ¿o son más bien deconstrucciones de la figuración en la imagen y en la memoria?) trata con insistencia la motivación de Alberto Hernández. En un poema de Nortes, el IX, se vale de la propia escritura para reconstruir lo que el tiempo y el ser han escombrado: "Desde este texto las puertas y ventanas te inventan/Al bajar la pendiente, la hoguera de las voces/adheridas a la casa/Cada alcoba es un decir/Cada recámara un error".

Otra casa frecuenta César Seco, la del grito, la de la lengua mordida. Acaso el poema suple su geografía inhallable, reúne su ilusoria interioridad. Ha cesado de ulular, ha acompasado la respiración; es ella, la ninguna, la nunca habitable, en la que vivimos: "Allá arriba está una casa en cuya piedra/la cal y el musgo encuentran dicha./Casa donde caen las naranjas y nadie las recoge./Casa de allá. Casa muda./Bajo mis pies lajas y terrones se desmoronan. Casa donde Dios se asoma y me alumbra el precipicio./Un cuaderno abierto me espera allá en el cuarto./Las líneas de sus páginas viajan en silencio./Vive en la sombra mi cuaderno./Vive un pájaro en su margen./Cuaderno blanco de mi sueño./Si lo abro pasa un río".

José Barroeta pareciera responderle con la entonación amarga de quien señala el adentro del muro, la otra hondura, la nuestra y su parecido con lo que nos derriba: "Las casas viejas no son lo que dicen./Las casas viejas están contra la vida/me acunan y pasean con la muerte".

La herida de la averiguación, la lastimadura de encontrarse desde y en el paisaje para hacer de él idioma totalizador, lengua de tierra en el rito constante de buscarse en el nacimiento físico e iniciático, sustentan mi acercamiento -es verdad, parcial, porque es de neófito- a El libro de la tribu de Santos López. No voy a transcribirlo: es un poema vertebrado, cuyas ligaduras formales impiden cualquier fragmentación. Contraviniendo tal prohibición copio, sin embargo, el inicio del Lado I: "Silbo en las espinas/Y la brisa abre sus lujos en la hierba/(Frutos y reliquias/Colman una brillante despensa)/Grito las espinas/Y en mi boca se remueven enteras cortezas/(¿Qué tanto afila/El gavilán/Contra su presa?) El sol hunde sus anzuelos/Y yo sigo jugando en las espinas/Lanzado/Haciéndome una estaca".

Visual, detenida en transcribir transmutando, progresa otra poesía de intemperie, donde el parecido de las garzas y el idioma que las señala describen indistintamente el vuelo y su semejanza con el castellano por los cielos de la Trinidad de Arauca en la escritura de Tierranegra de Igor Barreto y alguien ha muerto dentro de una pequeña elegía en medio de la inmensidad. El alma se alzaba poco, casi no se iba: "Sólo una tarde emprendió el camino/y encontró una torcaza de tono azulado/lena de enigmas". En tanto que Ángel Eduardo Acevedo regresaba a iguales orígenes de boca de río, de pecho de sabana y "eran los robles del abismo/las cabeceras de la sangre".

Más hacia acá, más declarativo en su motivación, es cierto poema de Enrique Mujica, la punta de un más vasto horizonte desde el que ha traído poesía y prosa (ésta, memorable) de vaquero y de íngrimo en la travesía de ése y aquel sendero, visible apenas, apenas la carroña de la huella, donde la cabalgadura y la nada trochan por el mismo rumbo: "Se me murió/el caballo entre las piernas/Se me escurrió/y se me fueron poniendo/grandes las piernas/Se me fueron yendo los pies/sentí que bajaron/y tocaron fondo/Después ya no sentí más/los pies/que pesaban más/que mi caballo muerto".

Más encerrado en la inmensidad, raro en el nombrar, porque lo que nombra es lo otro, no lo que, con engaño, se asoma, Efraín Hurtado dejó interrumpido, Escampos. Aquí está su poesía llena de secretos, del otro lado del alambre y del confín : "No me asomen lejanzas/porque se van mis ojos./no me silbes tan bajito perdiz/por las bocas del monte/para no andar trasteando estos campos de solo".

Como Hurtado, Adhely Rivero privilegia lo que la llanura humaniza menos con la presencia de hombre que con el nombramiento del vivir sobre el tendido, reuniendo en el pálpito, que no en la sien, cuanto estuvo aquí para quedarse y que ahora borra el trillo del verano o el simple gesto de rudeza de pastor y palabra tragada: "Cuando llueva estaremos llegando/al hueso/de subir agua/a la tanquilla que el viento/vacía/Siempre falta un animal/que la tierra cobra en los lamederos/Dios es tan ínfimo/en la soledad de un hombre/que silba/con la boca seca".

Pero nadie se ha expuesto tanto tiempo a la intemperie como Alejandro Oliveros, nadie ha quedado tan al desamparo ante la fatalidad de permanecer inmóvil en su errancia kavafiana por el mundo con Valencia en los sentidos. Por eso será que confiesa, que declara el desasosiego (el desencanto) de la región que lo asuela, cuidando con minucia extrema el dejo de los grandes atristados: "A un año de sus cuarenta y cinco, sin campos/ni ciudad, Fabio contempla las disminuidas aguas/del Cabriales de su infancia. Musgoso, torpe,/dirige sus tristezas más allá de los sauces./A este pobre río, a su curso sin grandezas,/pregunta por la derrota de su alma,/la ausencia imborrable, la huida de prisa/entre los naranjos: ¿qué norte conoció su extravío?/A destiempo, casi en ruinas, ausculta la turbia/superficie moribunda, el pasado de polvo y cañaverales,/las voces humeantes sobre pocillos de peltre,/el anón luminoso que ahora es fatiga y desamparo./Retirado en la provincia calurosa, Fabio busca en el río/una palabra que lo nombre, una vocal, un sustantivo.

No voy a olvidar a Aly Pérez. El tiene una casa, una casa llena de preguntas. En ella su hijo crece con el jardín y cuando sus amigos visitamos su libro bajo las maporas de Villa de Cura "permanecemos atados al misterio/de esas sombras/que caen en la soledad del cerro".

Y debo cuidarme de no silenciar a Efrén Barazarte. ¿Cómo podría apartarme de su bosque? En él "desciende la luz en la arboleda/Y un canto tiene de cerca/un ala. El pájaro vuela./El camino de llamarse aire".

Canta otro pájaro; no allá afuera, no en la falacia, sino en el poema de José Antonio Yépez Azparren: "Así, el pájaro de este poema/se posa arriba/en el árbol del verso que leí".

He llegado a Reynaldo Pérez-So. Pronuncio su palabra blanca, su decir privado por el sol: "No debemos mirarnos/si nos sentimos abajo/en el fondo/allá hundidos donde los caballos/son de yeso/las viejas casas derrumbadas/la muerte no debe/ser ese caballo blanco/que nos sigue".

He aquí su casa, seca, sin casa, como su poesía, sin lugar fijo, sin aquí: "Mi casa está como un muerto/sola/ nadie sino yo sobre una silla/el viento sopla sobre/el patio/la casa no responde/ni yo/sobre la silla. Y, finalmente, este es él, Pérez-So, en ayer, en siempre: "Como un pastor de cabras/así de ido/iba y el alma tan chica no cabía/otro poco/no hablaba no sentía/el alma era sólo el alma sola/mientras mi corazón estaba pálido/las cabras bajaban subiendo por la ladera/adentro".

He llegado también a Harry Almela. Yo amo su puro estilo de borrar, de interrumpir, de decir en la pausa el paisaje, lo apaisado en uno. Podría citar a Muro en lo blanco, su logro mayor, mas me contenta verlo aquí, en el poema de Frágil en el alba, extinguir lo visible, exacta, rotundamente, con la imagen tan frágil, a lo sumo el simil:

"mírame cuando regreso/por tu puerta/angosta/vengo maltrecho/evocando/la confusa orilla/donde he vivido/alejado/sin saber/de la suave canoa/que eres/detrás de tus ojos".

De tal familia paisajística son los poetas más recientes. Yo no puedo menos que comenzar con quien designa al árbol entre la madera y nuestro ser, toca la niebla y es cuerpo vivo, mira y es toda la tierra elevándose desde nosotros hasta las hojas y el pájaro. Yo hablo de Antonio Trujillo, de su escritura de Vientre de árboles. Es un religioso que reza con rabia a un dios que acepta y combate y que no tiene nombre porque es hierba de abismo, silbo escondido, árbol por nacer, madera vieja. Prefiere lo secreto, lo escrito en voz baja, al tratar con lo desmesurado. Y la advertencia misteriosa al final del poema: "Abajo vive el naciente/Allí debes beber/como los pájaros/De lo contrario/El camino/es otro". En su libro de hace unos días, en Taller de cedro, la mención y la motivación señalan, reiteradamente, al árbol, pero esta vez el afuera se muda al recuerdo de un oficio y de su oficiante; hierros y madera tratan con un idioma de culpa y de inocencia. Dios y la garlopa hacen de la madera el verbo y de nosotros el que clama en la niebla de San Antonio de los Altos, la mano en la flor del árnica: "Su fulgor/olvida los barrancos/apenas/el día habla/gira hacia el único/astro que la gobierna/nunca/hay un pájaro/en su tallo/demasiado fuego la sostiene".

La costa boscosa, de desembocaduras y afrontamientos de playa y espesura desvela la memoria de Carmen Verde. El padre es ese costado de tierra roja y resguardo de orillas. A medida que ahonda en su vivencia, decanta y corrige las confesiones iniciales de la infancia en busca de una nueva pureza, bien que aún se presienta en su última escritura la desnudez propiciatoria de quien usa su cuerpo para suspenderse sobre sí y hace el recuento de una ceremonia encantatoria y terrenal: "Mis pies/danzaban en la tierra húmeda/Los eucaliptos/iban hacia el lugar desnudo/El viento/me amaba con violencia/Los pájaros/venían cansados de lo profundo...".

La voz se achica, la escritura. Admiro todavía la parquedad conque Sonia González (ya, en 1984) testificaba para expresar así la otra elocuencia, en un libro, De un mismo pájaro lanzada, que acaso ella misma olvida: "Qué puerta soy/mi mano abierta en el cerrojo/más adentro/escondida en la grieta". O es Tatiana Escobar, hace poco, en La clavadura, que murmura, tensa: "Lo que más puya del día/es cuando acaba/y se mancha de negro/lo que miro/todo se vuelve cierto/sin alambre/parado allí/me duele lo quieto/su sonido". Y se alcanza la exactitud, el entendimiento entre la evidencia y el enigma, cuando Alejandro Suárez Atencio concluye en Canción del difunto: "Poco a poco todo se calla/Afuera truena/Tan rápido como despedirse en la esquina a tiros/Pero hay recuerdos que no se acaban/como la sed/La vida es hambre/Más que la muerte/brilla una espina por dentro/No hay enemigo si duele".

Ya en el filo de esta lectura un poema de Alfredo Herrera insiste en mirar detrás de los párpados, en decir con la palabra más delgada:

"Quizás me enredo el bosque/un árbol sube hasta mí/Oigo los próximos días/el repentino invierno/la lluvia/es una persona delgada que conozco".

El final de lo que he leído es su comienzo: la borradura del paisaje acentúa su definitiva presencia, la desaparición de su perfil es herencia reveroniana vivida con seguido fervor y a lo mejor sin saberlo. O es gracia o camino del éxtasis y de la desesperación. Insistimos en su regla de oro e inquirimos por la persistencia de lo real en la blancura, esa unicidad del ser y el mundo.


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