¿Fastidiaba Hernández-D'Jesús a Vicente Gerbasi?*

Nelson Rivera

 

A Pablo Antillano

Guardan los llamados "libros de lujo" un castigo: su altivez y porte rara vez permiten a los lectores establecer una relación recurrente y manoseada con los mismos. El brillo excesivo, la textura impermeable y excluyente, el pulcro respeto a las formas y a los espacios en blanco que le imponen los diseñadores, nos inhiben y nos distancian. Como pesan mucho, es menester colocarlos en una mesa, y a una prudente distancia pasar las páginas como si temiéramos contaminarlos de nuestra humanidad y de nuestro aliento. A los libros de lujo no los abrazamos casi nunca y apenas los tocamos: entre sus páginas y nosotros median finos actos de delgada motricidad, ese pausado movimiento de las yemas de nuestros dedos con que vamos pasando las páginas, como si el libraco fuese una pieza arqueológica capaz de desmoronarse ante cualquier contacto excesivo.

Uno de estos libracos, editado por Enrique Hernández-D'Jesús en 1999, ha logrado vencer mis reticencias físicas hacia los libros de lujo y de gran formato. Me pasa que vuelvo a él, que lo he subido a mi cama y que lo he compartido con mi hijo y con personas que tienen una relación desprevenida con los libros. Desde que su editor me lo obsequió, posiblemente a finales del año pasado, me he careado con dicho objeto en reiteradas oportunidades.

Gerbasi. Del trazo y la palabra (Fundación Esta Tierra de Gracia, 1999) es mucho más que una selección de los retratos que Hernández-D'Jesús le hiciera al poeta a lo largo de los años. En el mismo se reproducen dibujos, anotaciones, manuscritos corregidos, servilletas, poemas, fotografías del protagonista con amigos o familiares, data diversa que el fanático coleccionista que es Enrique Hernández-D'Jesús, fue recogiendo de la estela que Vicente Gerbasi iba dejando tras de sí, data diversa de su espíritu y de su manera de estar en el mundo.

Hay algo conmovedor en las páginas de este pesado objeto: quizás sea la mirada franca del poeta, su postura que parece siempre entregada a la vida, una suerte de beatitud corporal de aquellos que han logrado vencer al miedo o que han aprendido a convivir con él, hasta casi olvidarlo. ¿Qué testimonian estos retratos que fueron capturados en el devenir del tiempo? Diría que la madurez y el declive de un poeta que fue grande, pero más todavía, su disposición ancha y física para querer y dejarse querer.

No conocí a Gerbasi, pero lo que veo en el libro es elocuente: un nieto que lo abraza, su hijo que lo abraza, Gerbasi jugueteando con otra nieta, Sánchez Peláez que también lo abraza, Gerbasi acariciando a un conejo blanco, Gerbasi abrazando y dejándose abrazar por Fernando Charry Lara. Incluso hay una fotografía donde el poeta Luis García Morales abraza a Gerbasi como una viejita abrazaría a su nieto predilecto el día de su graduación.

No hay juego inocente

El hombre que se dejaba fotografiar a menudo por el mismo fotógrafo, el dibujante espontáneo que olvidaba servilletas con palabras o trazos de tinta a favor de la labor rescatista de Hernández-D'Jesús, el poeta que sonreía a sus amigos y miraba con firmeza a la interrogante de la cámara fotográfica, parecía un ser satisfecho. En sus dibujos hay desenvoltura, la presencia de un espíritu imaginativo y ligero, pero siempre decidido. Incluso diría que algunos dibujos en los que retrata a otros escritores son deliberados, quizás moldeados por una mente que era mucho más estructurada de lo que sus maneras bondadosas anunciaban.

Me he preguntado si la presencia reiterada, envolvente y amistosa de Hernández-D'Jesús fastidiaba a Gerbasi. No lo creo: mi intuición me dice que ambos eran la contraparte de un juego de la creatividad y de la memoria, y que toda esta data de apariencia irrelevante para Gerbasi -sus notas, sus pequeños dibujos, sus servilletas de papel-, tenía su destino en el seguimiento obsesivo y recolector de Hernández-D'Jesús.

Me resisto a las afirmaciones del propio Hernández-D'Jesús cuando escribe "fui reuniéndolos sin ninguna intención de publicarlos, o de que sirvieran para algo". Al contrario, lo que como lector agradezco es lo que me resulta más intencionado y táctico en su manía coleccionista: la posibilidad de que toda aquella documentación dispersa, todas esas huellas de un ser sensible y necesario, finalizaran a la postre en un libro que es magnífico, entrañable y, si me lo permiten, fundamental para comprender a ese señor estupendo que debe haber sido Vicente Gerbasi.

Quizás algunos lectores de estas páginas recuerden que recién en octubre pasado dedicamos dos páginas de este limitado espacio a reproducir los textos y algunas fotografías y dibujos del libro en cuestión. ¿Por qué habría que volver al mismo nuevamente? Porque me parece pertinente reivindicar todo lo que significa un personaje como Enrique Hernández-D'Jesús en esta temporada desprovista, escasa de afectos y de eso que podríamos llamar "demostraciones personalísimas de religiosidad en el espacio público".

Creo yo que Hernández-D'Jesús logra captar el talante religioso de Gerbasi, porque padecía de admiración profunda y sin rubor, porque frente a él era un hombre obsecuente, que nunca claudicó su ánimo a la tensión que significa cazar las pistas de una sensibilidad. Si ahora disponemos de un Gerbasi más amplio y profundo, no olvidemos que es el resultado de la fijación de un hombre generoso que lo amó, lo reverenció, lo fotografió, recogió sus sueltos y, todavía pertinaz ante la posibilidad de que el homenaje no se hubiese completado, también lo ha editado de forma impecable y respetuosa.

Esta nota propone volver a este libraco por la atmósfera que él reivindica: una notoria voluntad hacia la conversación, una contenida teatralidad de los afectos mutuos y la admiración. Me sugiere el tema de la solidaridad y de la fe, no sólo en el plano de lo más cotidiano, sino como objeto de culto y canto, como posibilidad de reconocimiento, y como pieza inexcusable para estructurar el espacio de la discusión.

La poesía y la democracia comparten una médula escénica: con frecuencia deben alimentarse de los artificios afectivos que contribuyen a implantar una memoria común entre sus usuarios. Es cierto que la voluntad de hacerse de una memoria está en la poesía misma de Gerbasi, desde el momento feliz en 1945 cuando publicó Mi padre el inmigrante, pero también lo es que estos retratos redondean, afinan nuestra desvalida percepción del hombre y sus razones. Si la poesía no puede suspender sus actos de fe, sus homenajes y devociones, porque ellas contribuyen a descifrar el alma creativa, tampoco la democracia puede prescindir de los artefactos que garantizan su supervivencia y reproducción.

Tengo el sentimiento de que Gerbasi es una de las zonas de tolerancia de la poesía venezolana, como también lo son Sánchez Peláez y Eugenio Montejo. En ellos coincidimos, ellos son fiadores de un espacio que es público y personal. Mi sentimiento de gratitud hacia Hernández-D'Jesús viaja por toda su operación: seguimiento del hombre, recolección de sus huellas, publicación de su rostro y sus rastros. El autor deviene en hombre, pasa de la experiencia literaria al ámbito de la intimidad. Actúa en contra del fastidio que puede producirnos la poesía, o la democracia, porque crea objetos memorables que hacen más comprensiva nuestra percepción ante lo que nos pasa.

*Publicado en El Nacional, sábado 5 de agosto de 2000


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