Dios no se necesita para explicar el complejo fenómeno de la vida, se necesita el Tiempo: miles de millones de años de tanteos ciegos en los cambiantes mares y atmósferas de la Tierra partiendo de la materia inanimada y construyendo sobre lo ya alcanzado hasta llegar a la primera célula, a los organismos multicelulares, y a órganos y sistemas tan intrincados y portentosos como el ojo de los cóndores, el oído de los búhos, el olfato de los perros, los fotóforos de los cocuyos, el sensor infrarrojo de las víboras, la orientación magnética de las aves migratorias, las baterías de los peces eléctricos, el sonar de los murciélagos y la computadora del cerebro del hombre con sus cientos de trillones de interconexiones capaces de inventar en su turbulencia, amén de otras computadoras, a Dios, el televisor y la mentira, y lo que aquí importa más, las revistas biomédicas que proliferan por millares y millares como conejos, y la teoría de la selección natural que lo explica todo sin explicar nada. Para los efectos de la vida Dios es el Tiempo. ¿Cuánto tiempo? Desde el mundo prebiótico hasta nosotros digamos que entre tres mil millones o cuatro mil millones de años únicamente, cifras inconcebibles para Pasteur que apenas salió de París, pero no para quienes han tenido que aprender a medir la isomerización de los fotopigmentos de la visión y de la fotosíntesis en picosegundos. En tan poquito lo poquito que ya no nos asusta lo mucho.
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