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Traposos Stefania Mosca
UNO La ciudad se desenvuelve excluyente alrededor. Nadie pensaría que tan cerca del Metro de La Hoyada, en la esquina de Traposos, bajo el esplendor cadavérico de antiguas construcciones guzmancistas dejadas a la intemperie del olvido, en el entorno de esa sobrevivencia otra que encierra la ciudad dentro de la ciudad, el país en el país, surgiera este modo de apropiarse de un territorio. La fruta de los haitianos esculpe colores suculentos en la acera. Duraznos, cerezas, mamones. Las chiquerías a las que puede acceder el pueblo están a los pies de los buhoneros o sobre sus exiguos tarantines. Lacitos, pilas alcalinas, chinches, celulares de juguete, pinturas de labios y creyones. Todos son marca NIKE, todo a mil, a mil... Como una isla silente pero alerta se levanta la estructura del edificio del Banco Industrial de Venezuela. La vegetación ocupa un sitio inadvertido al lado de uno de los primeros Gego, con esa fuerza de Gego, esas formas perfectas suspendidas en lo infinito como sueños o quimeras. Esta obra temprana no disiente de la levedad característica de esta artista venezolana, pero es vertical y tubular, curva. Es sumamente visible, y sin embargo, intangible, silenciosa, suspendida. - Es un Gego. Las salas de exposición buscan activar espacios sujetos a escaleras como andamios. William Maldonado verifica el extraordinario funcionamiento de su sueño. El sueño de un soñador. No hay grandeza sin estos personajes. No hay espíritu que no deje su huella, su expresión y el arte venezolano tiene aquí un territorio abonable del cual debe apropiarse. De hecho, en este espacio, para ustedes, lo hace. No pasemos ya por fuera del edificio sin ni siquiera sospechar que estos objetos existen y se perpetúan en su interior. DOS Nueve artistas, de diferentes generaciones, con búsquedas diferentes, se han propuesto, además de mostrar sus producciones recientes, apropiarse verdaderamente del espacio interviniéndolo, sujetándolo entre los planos de la representación. Pedro Fermín, Doris Mugherlin, María Teresa Torras, Asdrúbal Colmenares, Julio Pacheco, Pedro Sanz, Ricardo Benaim, Yuye de Lima y Leonor Mendoza. Escrutando su interior. Mostrando todos ellos, el simulacro del simulacro, hábitat impensado para formas que surcan en el silbido propio de las noches del universo. Se cierra la puerta tras de nosotros. La madera nos envuelve de espacios suspendidos. Empezamos a movernos en el lenguaje del espíritu. Nos rodean formas del mundo cultural, objetos imposibles, del planeta Tlón como parodiara Borges. Formas del sueño. Críticas o videncias. TRES Hemos entrado a otro tiempo no cabe duda. Pedro Sanz y Leonor Mendoza requirieron la transparencia de los vitrales del ingreso para extender las versiones del simulacro más allá de lo representado. Exfoliar los límites de la realidad, sus capas, su estructura, su arquitectura, su cuerpo, su lengua.
Transitamos entre objetos extraños y a pesar de la pulcritud de los accesos, reconocemos, por el artista, el mundo íntimo. Lo familiar. La ventana desde donde se ve Pedro Sanz. Mira desde su casa, hacia la memoria, hacia ese sí mismo que, sorda y lentamente, esculpe la figura de nuestro destino. La arquitectura es, entonces, un testimonio. El plano manifiesta otros contenidos que le dan historia a la superficie ideal diseñada, proyectada. Sutil pereza de los objetos que persisten en nuestra vida. Prueba, sello, nostalgia. Para Pedro Sanz, entre arte y arquitectura media un lenguaje que puede ser un lenguaje plástico.
¿Qué hace esa niña de ojos lindos con una lengua por este espacio? ¿Qué hacen con la lengua los empleados del banco? podría ser el título de la cartelera ideada por Leonor, para verse como es viéndolos. Juego de lo cruel, exorcismo, el chiste. Ese humor, esa mueca de la risa que reserva su forma de arte a la experiencia. Del otro lado, Ricardo Benaim explora, muy cerca de ellos, el proyecto como obra. Deslinda lo probable e instaura su sueño en lo real, en lo factible. El juego y la imperfección son partes consustantivas de su exploración estética. Artista que busca los elementos, que surca de mar la ciudad de Caracas, que sueña la integración, o la economía como ecología. Ricardo Benaim puebla su espacio de utopías, de nuevos mapas, de otros sentidos. Representa las difíciles cartografías del mañana, una geografía del deseo, un territorio sin fronteras, objetos imposibles puestos en el ahora, para forzar nuestros sueños, para hacerlos reales. CUATRO
Debemos ir con cuidado. En la última esquina puede sorprendernos Doris Mugherlin. Aparece esquiva, sus piezas son formas de la huida.
Parpadeamos, buscamos el bullicio de afuera. Silencio. Y, sin embargo, en la quietud característica de los museos, hay algo cotidiano que atiende, con demasiada doméstica visibilidad y volumen, a lo real. María Teresa Torras toma el espacio y nos sumerge en la representación: nos ubica en la duda. La realidad interviene evidentemente: son libros verdaderos los que ocupan al desaire, en descuido, el piso, bajo la visión de dos Macabeos, de los hermanos enormes, uno de acero herrumbrado, otro de madera. Mudos, sin brazos. Testimonios de lo evanescente. Macabeo con X. Un sujeto tachado ante el conocimiento. Inmóvil en su aspereza, en la total simetría de su volumen. La biblioteca, el hábitat del conocimiento es lo representado. Pero el libro real, yace en el piso deshojado. Es desecho, es lo que interviene el espacio.
CINCO
Es una forma entre otras. Postulados de la orgánica presencia de las imágenes interiores, como los restos de un escenario o como la sobreposición de pequeños objetos, testigos inadmisibles de una totalidad en transferencia. Sin ánimos de abatir la longitud o el tiempo, Asdrúbal Colmenares integra su lucida reflexión. Sabe, como Bajtin, que la obra de arte es una experiencia orgánica y única de la totalidad. Hacia allí está dirigida su pulsión. Esa unidad debe hallarla entre sus instrumentos, su vida y su espectador, el receptor, el que recibe la arquitectura como la forma ética del autor. La percepción busca su alianza en la memoria, ocurre en el segundo de única totalidad de todos los sentidos de la experiencia y en cada uno de sus elementos.
Pedro Fermín le resta importancia a su sitio. Donde sea puede empezar a fluir esa línea que no se detiene nunca y luego del gracioso escamoteo regresa a sí misma intacta, sin fraccionarse. Perfecta, casi sonora, buscando la limpidez del paisaje, de su no-lugar, de su sitio en esta sala que es sutil y persistente. Una sinuosa forma que muestra su envés para iniciarse a sí misma permanentemente. Huella analógica, la línea, lo sutil, el cambio como unidad. Pero llegado a su punto, inicia fielmente su topología. Busca la tridimensionalidad. Pervierte el plano. Lo llena, persigue la suspensión, la ingravidez. Reticula el territorio, lo surca, lo habita. Son sus malos hábitos desde siempre. SEIS El espacio se aborda como material que se disuelve en la huida misma y se construye de la huida (Doris Mugherlin, Asdrúbal Colmenares), hasta la huella del tiempo suspendido en el juego límpido de las formas de Pedro Fermín. O la fuerza intimidante de los ángulos, de las aproximaciones a la nada como una intervención en sí misma, de Yuye de Lima. Escultura, fuerza que presencia el paso del tiempo en la extraordinaria ligereza de la supuesta rigidez de la materia. Estos artistas, desafiando el abrumador principio de la unidad, proponiendo la gama abierta que explora la materialidad del espacio y los sueños como sentido, paradójicamente, nos hablan de lo que está afuera, del tumulto. Del espíritu humano que padece, no sólo la irrealidad del mundo, sino las formas sujetas al olvido y a la espacialidad para interpelar el tiempo y sus contenidos. |