El canto de Circe (y IV)
(Anuncios de la guerra final)

Miguel von Dangel

 

Dice Rolena Adorno en torno a "la predicación y la política en el Perú colonial", en texto publicado por la Universidad de Michigan, Ann Arbor, que "a partir del momento en que Fray Antonio Montesinos predicó un sermón sobre los derechos humanos de los americanos en Hispaniola en 1511, la prédica junto a la política se encontraron indisolublemente unidas en el Nuevo Mundo".

Y puesto que pensamos que tales discursos estaban inevitablemente vinculados desde los orígenes de esos mismos dilemas en la historia occidental, pasaron a América con igual carga y con los mismos vicios que originalmente tenían. Así pues, transcribiremos algunos extractos de las conclusiones del segundo Concilio de Nicea (787) a los fines de entender mejor los principios y orígenes de tales males.

Anticipado por las conclusiones de Juan de Damasco (fallecido en el año 750), el Concilio de Nicea será, a su vez y desde cierto punto de vista, un anticipo también del Concilio de Trento y sus lineamientos, algunos de ellos nefastos, y de los cuales nos propondremos abordar sólo unos cuantos a lo largo de estas líneas. El problema religioso cedería en todo caso cada vez más al apremio político en el juego del poder.

Los escritos iconódulos de Juan damasceno serían conocidos en Occidente tardíamente durante el siglo XVI y en ellos el autor define la pintura como similitud, la cual vincula la imagen con el original que la genera, en la misma medida en que la separa de su sustancia.

Asimismo define cinco tipos de pintura, colocando en primer lugar la "natural", de igual manera a como el hijo es imagen del padre, el cual preside en naturaleza aquello que se habrá de imitar. Así Cristo es imagen del padre (Dios) invisible.

En la obra natural, ésta y su original coinciden en naturaleza y manera, mas no en la persona o hipóstasis.

El hombre es en su inteligencia (capacidad de comprensión), en la palabra y en el espíritu, imagen de Dios.

Es representable aquello que es visible en cuerpo e imagen, en traducción y color, en consecuencia la conclusión que Cristo sea representable humanamente, al igual que aquellos ángeles que se revelaron ante el hombre también lo sean.

Dios, sin embargo, nunca se mostró a sí mismo tal cual es, sino inicialmente en la forma en que habría de ser concebido y nacido.

Para Juan de Damasco la veneración sería sinónimo de sumisión.

En la forma de adoración (latreia ), la veneración pertenece sólo a Dios y esto se define como la prokynesis, también extensible a los santos y a las imágenes, puesto que referidas a Dios son igualmente venerables.

El representado está presente en la pintura cuando a la misma se le ha dado su nombre.

Así posteriormente veremos cómo el emperador afirma su presencia ante Dios mediante el icono. El ofrendante, mucho más tarde, valiéndose del ex-voto ante los santos y el mismo artista, a través de su firma ante la aspirada transcendencia de su obra, reiterará procesos similares.

Consideraba el damasceno que tal como el santo participara de la divina piedad, de igual modo el icono que lo representa debería hacer milagros. Por descontado tal facultad no podía radicar en la materia de la que estaba elaborado el icono, sino que ello sucedía en virtud de la fe de quien lo contemplaba.

La honra de tal obra refiere al prototipo representado, razón por la que se puede entender la presencia de una única persona en múltiples imágenes de la misma.

De allí que nuevamente nos preguntemos a la luz del reproduccionismo moderno, y de fenómenos tales como la fotografía, la televisión y el video, en las que una misma imagen editada tantas veces adquiere un significado probablemente distinto al de la intención que la pudiera generar en sus orígenes o, cuando el prototipo generante se hubiera perdido en la anonimidad, es decir, manipulados por "falsos artistas", ¿a quién pertenece el derecho a la interpretación de sus significados?, ¿qué sucede cuando las voces son "dobladas", qué con la tradición de las lenguas?

La pertenencia de la imagen acaso presupone el conocimiento de sus causas o el poder de quien lo detenta, ¿a quién pertenecen las imágenes, al prototipo, o a la reproducción del mismo, o a quien las puede adquirir? ¿O acaso al nombre que las identificara?, ¿quién en consecuencia lo adjudica?

De Juan de Damasco, teólogo y acérrimo crítico del emperador y descendiente de cristianos árabes, transcribimos la crónica en la que compara las imágenes realizadas por los antiguos griegos, que convirtieron piedras en imágenes de dioses (theopoiountes ), cuando dice que "los griegos erigen eikones de demonios y los veneran como dioses, pero nosotros, continúa, erigimos `cuadros´ o imágenes representativas del Dios (que) y de este modo expulsamos legiones de demonios".

Juan de Damasco repudia de este modo la iconografía que llamará "demoníaca" referida a los griegos, creando una diferencia fundamental con la antigüedad clásica, donde esos mismos "daemonios", según Sócrates, no eran otra cosa que "buenos varones" trascendidos por su propia luz y bondad.

Eikon en todo caso en su etimología viene de cárcel o aun de tumba que contiene sus significados presos, igualmente como el daemon define entre otras conjugaciones un término que nos refiere al horror. Y es en la predilección por estos significados que vemos cómo la dialéctica se hace presente en función de la intolerancia de la que en adelante deberemos ahondar.

De allí que Juan de Damasco, autor formado en el Monasterio de Sabas, en Jerusalén, sostenga, basado en tal conveniencia dogmática, el rechazo en torno a las dudas de idolatrías que pudieran ofender a la doctrina del culto de las imágenes cristianas, no haciendo valer las mismas reglas de prudencia para los demás ni para sus mismos orígenes culturales.

Ya en Nicea el tono cambiará fundamentalmente en favor de un método de metaforización que fusiona virtualmente los valores del emperador con los de la divinidad.

En Nicea (787) las figuras antagónicas ya no serán los viejos "ídolos" griegos, sino el mismo Satanás, el cual es culpable de crear confusiones dialécticas, valorando, a través de los herejes por igual, las imágenes de Dios y de sus santos con la representación de Satán, nombrándolos indiferenciados como imágenes de ídolos semejantes.

"Definidos en consecuencia, con prudencia y gran temor, que estas imágenes sagradas (...) así como la cruz y sus colores y/o (aquellas) elaboradas en mosaicos o en materiales pertinentes y (habiendo sido) hechas correctamente (...) sean consagradas en (a)templos de Dios y sean honradas".

Luego el Concilio define las imágenes como vinculadas a la memoria y a la revitalización de los prototipos, para que sean veneradas, sin olvidar (sin embargo) que la oración es de (pertenece a) Dios. La honra (el honor) corresponde sólo al prototipo u original, y el que venera imágenes (únicamente) venera el contenido transcrito en ellas.

A continuación aparecerán las primeras amenazas contra quienes no guardasen el respeto exigido y en especial a los profanadores de las imágenes, que en caso de ser obispos o clérigos serían revelados de sus cargos, pero de tratarse de monjas o laicos, sufrirán excomunión:

"Y como actuamos de este modo expresamos anatema en contra de aquellos que usan la palabra de las Santas Escrituras relacionándolas a la idolatría en contra de los verdaderos iconos. ¡Anatema!

Quien a estos iconos llamara como ídolos, ¡anatema!

Quien (aun) dijera que los cristianos adoran imágenes como si éstas fueran ídolos, ¡anatema!

A aquellos que conscientemente sostienen comunión (trato) con quienes hablan en contra de los iconos, ¡anatema!

Quien hable de otra manera y diga que nuestro señor Cristo nos liberó de idolatría (y que en consecuencia ésta ya no existirá), ¡anatema!

Quien se atreviera a sostener que la Iglesia católica de algún modo adopta idolatría, ¡anatema!

Pero al emperador, ¡muchos años!

A Constantino y su madre Irene, ¡muchos años!

A los emperadores victoriosos, ¡muchos años!

Al nuevo Constantino y a la nueva Helena, ¡eterna memoria!".

Con otras palabras, la imagen (y quienes las hacen) y el dogma, al servicio del poder:

Desde este punto de vista, el Concilio tridentino no hará otra cosa que agravar 580 años después de Nicea, aspectos tales como la (casi) absoluta potestad del papado alrededor de asuntos jerárquicos, sacramentales, el purgatorio, el celibato, servicio a las reliquias o veneración de santos y a las imágenes, votos monásticos, absoluciones de pecados, el régimen o indexación de libros, etc... sin lograr para el momento imponer la tesis esgrimida por el jesuita Laynez en tanto a la infalibilidad papal.

Por fin en 1564 será confirmada la bula Benedicta Deus bajo la dirección y a las instancias de Pío IV, estableciéndose la ruptura definitiva entre potestades y católicos.

El imperio, de algún modo burlado, se mostró incapaz, una vez más, de salvaguardar la(su) unidad en manos de un Carlos V sorprendentemente inepto, y el cisma es general.

América entonces quedará expuesta (casi desde su "descubrimiento") a una voluntad de catequización, "uso" o manipulación propagandística, más o menos benevolente o criminalmente brutal, según queramos interpretarlo y, en todo caso, la circunstancia de esta misión provocará sus propias respuestas.

Durante al menos tres siglos de historia nos veremos totalmente excluidos del acontecer en la dinámica mundial.

Y es que la distancia que media entre sor Juana Inés de la Cruz, por ejemplo, y un Lezama Lima, Quispe Tito o el Alejandinho, y aún el condicionamiento del siglo XX, estarán de algún modo supeditados al ideario impositivo e impuesto (por) de Trento.

El silencio último de Lezama ante la grosería y la arbitrariedad del fidelismo, la adulación y el fracaso de sor Juana ante los lineamientos del poder del virreinato elevado por su verbo al "olimpo" de la metáfora y la mitología, nuestro mimetismo y la capacidad de crear lecturas alegorizantes o adulantes en su defecto, devienen en igual frustración que las que podían significar la lepra que se comió el cuerpo de Alejandinho o la disolución del espíritu en las alucinaciones reveladas a Reverón.

Para el caso transcribo un último artículo referido a Guamán Poma de Ayala, aparecido en una revista francesa, meses atrás, que nos propone la reivindicación (curiosa) de una lectura de forma similar a la de la que se dio, por ejemplo, en la película El exorcista o aquella sobre la misiones (de El Paraguay) en torno al activismo jesuítico, a la que no podemos restar ni tampoco envidiar razones por igual.

Según el escrito, cuyo título nos habla de una "conquista sin gloria" del imperio de los incas, se trata de la decodificación de un extraordinario documento manuscrito fechado en 1637, y que era propiedad de Amadeo de Savoya, hermano del rey de Italia. Descubierto por la historiadora napolitana Laura Minelli en una colección privada en 1985, se nos revela como obra del también napolitano jesuita Joan Anello Oliva.

El documento se sustenta, en contra de la afirmación de haber los incas carecido de una escritura propia, en la reivindicación de tal escritura en forma de quipus o sistemas de cuerdas y nudos, cuyas claves de lectura son revelados por el documento en cuestión, proporcionando varios ejemplares de los mismos.

Anello Oliva devela pues los secretos de la sorprendente victoria relámpago de Pizarro sobre los guerreros indios, al denunciar que esa victoria no fue otra cosa que una vil estrategia del oficial español al propiciar un encuentro entre los jefes incas durante el cual estos fueron envenenados con cianuro diluido en el vino de la celebración.

A continuación el heroico Pizarro habría apuñalado al padre Yépez, dominico encargado de proporcionar el veneno y testigo incómodo que en consecuencia habrá que silenciar acabando con su vida. Oliva descubre la personalidad secreta de Guamán de Ayala, misterioso monje cuyos textos contradijeron las supuestas bondades de la conquista oficial del Perú del siglo XIX, tal como lo percibirían los españoles.

Según las revelaciones de Oliva, Guamán Poma de Ayala se llamaba Blas Valera, y habría sido hijo de una india y del conquistador y oficial de Pizarro de nombre Alfonso Valera.

Convertido a jesuita, en sus obras, favorables a los indios, Blas Valera se esconde tras el seudónimo ahora descubierto, habiéndose propuesto denunciar la violencia e injusticia de los métodos españoles.

El artículo de Dominique Dunglas, aparecido en la revista Le-Point, número 1.245, publicada el 27 de julio de 1996, viene a hacer anuencia en lo que podríamos entender; sería el análisis de las incipiencias de una respuesta americana, y hoy en día ciertamente referidos a otras expansiones hegemónicas, escudadas en una arbitrariedad criminal.

 


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