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Desde hace un tiempo, en la oficina hemos comenzado a ordenar los proyectos en forma de dossiers. Estos últimos son registros de la oficina sobre el proceso de desarrollo de cada proyecto, desde su fase de origen, su completación como documento constructivo, hasta la construcción del mismo. El registro de los procesos de cada uno de los proyectos que elaboramos consiste en agrupar todo el material, las herramientas, etc., utilizados, los cuales son diferentes para cada caso. El interés es compartir parte de ese material que conforma el proceso y que, además de otras herramientas, le imparte al edificio la vitalidad que perseguimos. Integramos al proceso del diseño: la metodología, estructura, composición, programa, etc., más idóneos para cada caso específico; no hay un interés per se en la búsqueda puramente formal, funcional o individual, o de soluciones universales. Por ello, las nociones de forma, método, composición, estructura, materiales, programa, confort, implantación, se plantean como una interrogante a resolver de nuevo con cada proyecto. Con esta forma de trabajo, el edificio, desde la fase de anteproyecto, se constituye como un ente individual, y debido a esto, a lo largo del desarrollo va exigiendo o arrojando sus propias respuestas. Pienso que, como consecuencia de esto, el edificio se enriquece y se inserta como representativo, vivo e integrado al momento en el que es formulado, y al país para el que se ha diseñado, sin intenciones de ser reminiscencia del pasado o proyección futurista, incorporándose a la ciudad o pueblo, al sitio, a las personas, a la vida misma. Los proyectos que se han realizado los ordeno en lugares, agrupaciones, edificios y casas. Para cada grupo las nociones de lo público y lo privado están consideradas.
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