MARÍA
RAMÍREZ RIBES: "EN EL EQUILIBRIO Y EN LA COMPLEJIDAD, ES DONDE ESTÁ LA
VERDAD"
Artemis
Nader
La
pluralidad es la verdad.
AN. -María,
¿por qué tú dices en tu introducción que éste es un país sin estima y
sin memoria?
MRR. -De acuerdo a lo que uno escucha en la prensa todos los días, los
discursos y las cadenas, parece que el mensaje que nos están dando es
que hasta ahora no ha habido nada que valga la pena, ni un solo valor
que valga la pena recuperar. Es como si la historia y el país empezaran
a partir de ahora, como si no hubiera nada que nos hiciera mirar para
atrás ni hubiera habido seres que han entregado sus vidas con estima y
con mística han construido cosas, como si todo lo del pasado no sirviera
para nada y hubiera que hacer borrón y cuenta nueva, y que es a partir
de ahora donde supuestamente la República, que hasta le han tenido que
cambiar el nombre, tiene que empezar a funcionar como para decir que es
una nueva Venezuela.
A mí
me parece que son tantas las cosas que hay que recuperar del pasado, simplemente
si tenemos la serenidad, el valor y la diligencia de mirar hacia donde
hay que mirar. Hay tantos, tanta gente, que han hecho las cosas con una
serenidad, con una discreción, con un amor, que no sabemos entender en
este momento. Por eso pienso que hay mucha gente que construyó el país.
AN -Y son muchos, mucha gente construyó el país.
MRR-Una de las cosas que a mí me llamó la atención de Isaac Pardo y de
su relato fue cuando estaba contando, no sé si tú recuerdas en el libro,
que fueron al exilio.
Primero
él se fue a Francia. A raíz de lo que sucedió en la Semana del Estudiante,
se vio obligado a salir del país porque realmente lo estaban persiguiendo
de una manera muy fea. Acabó en España con Rómulo Gallegos y otros muchos.
Fíjate que ellos se reunían para ver qué podían hacer para unificar a
Venezuela en ese momento y ellos mismos se dieron cuenta de que lo importante
no era derrocar a Gómez, que Gómez era una cosa secundaria, que lo que
ellos más podían hacer por el país era prepararse, capacitarse y ver qué
podían hacer todos unidos, cada uno en su campo, para dar el máximo de
sí, para lo que el país necesitaba en ese momento.
El empieza
a desarrollar todo lo que es la medicina del tórax. Claro, no había salido
la penicilina y era todavía la lucha antituberculosa. Es cuando empieza
a pensar en que Gabaldón ya había atacado la malaria: ya tenía apoyo,
ya tenía recursos. Entonces, a ver dentro de la medicina pública qué otra
cosa se podía hacer.
No piensan
que es desde arriba: vamos a tumbar a Gómez y tumbando a Gómez se arregla
todo, que es lo que estamos pensando ahora. Ahora hay mucha gente que
piensa que el problema es simplemente la cabeza del Estado y que si tú
quitas la cabeza ... Cuando, no. La cabeza del Estado de hoy es una consecuencia
de la mentalidad de estos últimos años. No es una casualidad, es un producto,
la Venezuela que hemos estado viviendo los últimos años. Mientras que
allí, no. Allí tuvieron muy claro con mucha lucidez de que el problema
no es nunca la cabeza, el problema somos nosotros, cada uno de nosotros
en nuestro campo y lo que cada uno de nosotros podemos hacer por el bien
del país. Ellos lo vieron clarísimo.
Como dijo Arturo
Uslar, nunca se llegó a sembrar el petróleo. Esa es la realidad, es triste,
es la verdad. El Estado no vivió de los ciudadanos, sino los ciudadanos
vivieron del Estado. Se convirtió en un país rentista y lamentablemente,
pues, muchos países rentistas han acabado como ha acabado Venezuela. No
es éste el único caso.
AN -Los países socialistas, también ...
MRR -Los países socialistas, los países petroleros. Ricardi ha hecho un
estudio muy bueno en la Universidad de California, sobre lo que ha pasado
con todos los países petroleros y en el estado en que están.
Toda
esta situación del descalabro que surge a raíz de una afluencia enorme
de bienes, de recursos materiales, a mí me recuerda a algo que va mucho
más atrás en la historia, en la época del Imperio Español, que fue lo
que le ocurrió a España misma, al Imperio Español, a raíz de todas las
riquezas de Indias, en lugar de ponerlas a producir, como lo hicieron
los países en el norte de Europa.
AN -¿En
la época del Barroco?
MRR -En la época del Barroco se convirtió España en un país rentista por
completo. Lo único que querían los españoles en ese momento, era adquirir
títulos que le permitieran vivir de las rentas, del Estado. Ser caballeros,
ser hidalgos y no trabajar, porque, además, el trabajo era una deshonra.Todo
esto como que lo venimos arrastrando.
Creo
que siempre hay que mirar al pasado, para aprender del pasado, no para
repetirlo. El pasado nos puede enseñar mucho, pero no estamos marcados
por él. No hay que entender el pasado como una marca indeleble, que justifica
los hechos, sino como una enseñanza que te hace a ti corregir y enderezar
el cauce, para ver hacia dónde quieres ir. Y por eso es muy importante
la memoria histórica y es algo que aquí hemos perdido por completo. En
lugar de despotricar sobre lo que pasó, lo que no pasó, lo que hay que
ver es por qué nos torcimos, en qué momento empezó. En este momento estamos
diciendo que sí, que todo lo que pasó atrás está todo mal, pero por otro
lado repetimos la historia. Pues no nos sirve de nada decir que lo que
pasó está mal, si estamos volviendo a hacer lo mismo que hicieron los
otros, con variantes a veces peores...
AN -O fuera de tiempo.
MRR - Lo que hay que ver es en qué momento y en qué instante vino el desvío
y por qué vino, y comprenderlo y asimilarlo para no volver a repetirlo.
Para eso hay que comprenderlo. Entonces hay que conocerlo. Para comprenderlo
hay que conocerlo.
AN -El otro problema es que para conocerlo, hay que educar también, hay
que formar. Por ejemplo, la obra de Isaac Pardo, no se ve en el colegio,
no la estudian los muchachos. De Rómulo Gallegos nada más se ve Doña Bárbara.
No leen a Andrés Eloy Blanco. Digamos que mal que bien, son nuestros escritores.
Entonces cuando al muchacho que estás formando, le estás quitando hasta
la historia de Venezuela, porque nada más la ven 1 ó 2 años. Creo que
se produce un abismo muy grande entre el presente y el pasado
MRR -Sobretodo hay algo que a mí me preocupa mucho, que me parece importante,
porque yo creo que tenemos que tener contacto con nuestras culturas indígenas.
Fíjate, nosotros hemos sido extremistas toda la vida, pues nos olvidamos
por completo o no le damos importancia. Lo tenemos abandonado o lo reinvindicamos
de tal forma, que entonces nos olvidamos de lo esencial a veces. Yo creo
que en el equilibrio y en la complejidad, es donde está la verdad; las
cosas no son ni blancas ni negras, generalmente tienen sus matices.
Recuerdo
cuando entré a la Escuela de Letras, ya había gente que en ese momento
decidió que no había que estudiar a Proust ni nada que tuviera que ver
con la cultura occidental, sino que lo que teníamos que aprender es el
warao. Creo que es muy importante conocer como son los ancestros indígenas
venezolanos. Es indispensable conocer lo que ha compuesto la nación venezolana
y lo que es Latinoamérica hoy día. Eso es indispensable: de dónde venimos,
cuáles son nuestras costumbres, cuáles son los hábitos, qué trajeron las
culturas africanas que vinieron aquí. Todo esto es muy importante porque
la mezcla y el sincretismo de todo eso, es lo que nosotros somos hoy en
día. De allí a pensar que lo más importante es la reinvindicación de los
indígenas, así indiscriminadamente, eso me parece que no tiene sentido,
no tiene absolutamente sentido.
AN -Sería
negar las otras realidades.
MRR -Nosotros hablamos en castellano, para empezar. No quiere decir que
no vayamos a interesarnos también. Creo también que la pluralidad es la
verdad. Esto más lo otro. No, esto o lo otro. Pero no esto en detrimento
de lo otro.
AN -Más siendo países que se construyeron con un poquito de cada cosa.
MRR. -Exactamente. A mí me parece que se está dando demasiado énfasis
a ciertas cosas y no se le está dando el suficiente énfasis a otras. Quizás
se siente que hay que compensar. Pero, yo no creo eso. Hay que ver la
realidad, hay que tocarla. Hay que ver el mundo en el que estamos viviendo.
No es un mundo global o plural y particular. Lo particular si hay que
reinvindicarlo dentro de la globalidad. Y, eso es importante. Pero hay
que conocer la globalidad y aquí parece que nos estamos empezando a olvidar
de la globalidad. Estamos empezando a reinvindicar lo particular, olvidándonos
de lo global y nos vamos a perder, porque puede estar o no de acuerdo
con la globalidad. Pero es que eso no importa, es una realidad. Sabes
que hay gente que nos dice "es que nosotros tenemos que luchar porque
no estamos de acuerdo con la globalidad". Uno escucha esas cosas y tenemos
que ver en qué mundo estás viviendo. Entonces ves como te manejas tú en
ese mundo que estás viviendo hoy en día y cuál es la realidad de ese mundo.
Y ya está. Entonces hay que reinvindicar los particularismos, pero no
te puedes olvidar de la realidad que estás viviendo.
A mí
me preocupa que en muchas de las políticas que uno ve hoy en día, hay
una cierta ingenuidad en la visión de los hechos, pero una ingenuidad
muy peligrosa, muy absurda que puede traernos problemas muy graves. Eso
no lo acabo de entender, sinceramente. Eso me gustaría que fuera de otra
manera porque me parece que bastantes problemas hay ya, para que uno se
los vaya buscando. Lo que hay que dar es una vida digna a todos los venezolanos
y a todos, son todos, no son unos y otros no; son los que están en la
selva y los que no están...
AN -O
sea, el soberano somos todos
MRR -Somos todos, no es unos y otros no. No es que vamos a apoyar a éstos
y entonces por apoyar a éstos nos vamos a olvidar de todos los problemas
que pueden tener los demás. No. Todos vamos a hablar de todos y allí es
donde pienso que hay un poco de demagogia, para serte sincera, de demagogia
proveniente de una ideología ya un poco trasnochada.
AN - Pero, ¿demagogia dices tú en el discurso político de hoy?
MRR -Sí. En el discurso político hay bastante demagogia.
Yo
lo que quiero es hacer un libro con este señor.
AN -¿A
ti te gusta entrevistar?
MRR -Me han fascinado las entrevistas. Si te cuento como llegué a hacer
este libro. Fui a hacerle una entrevista a Isaac Pardo porque lo pensaba
incluir en un libro de entrevistas que yo tengo de escritores hispanoamericanos.
Lo conocía, lo había visitado mucho. había una amistad entre nosotros
a raíz de una investigación que tengo sobre la utopía en América Latina.
Por supuesto, había leído mucho Fuegos bajo el agua. La invención de la
utopía que creo que es uno de los libros más extraordinarios que se ha
escrito sobre ese tema, indispensable además para cualquiera que se interese
en lo que es la trayectoria del nacimiento del pensamiento utópico en
Occidente, incluso de lo que es el pensamiento occidental, porque de allí
proviene todo: el deber ser, esa necesidad de trascender lo dado en función
de lo deseado.
Entonces,
cuando nosotros nos encontramos, siempre hablamos de la utopía, o sea,
la utopía estaba en el eje de nuestras conversaciones y cuando yo fui
allí, fui a hablar un poco de la utopía. Pero, cuando decidí hacer una
entrevista, quise también hablar de él y empecé hablando un poquito de
su infancia, de sus ancestros.
Mira,
a los 10 minutos de haber empezado la entrevista, yo dije: -No, yo lo
que quiero es hacer un libro con este señor. Era una maravilla. Era tal
la manera como él contaba, que yo me fui entusiasmando y yo me callé y
lo dejé que hablara y hablara y se pasó la hora y media, yo no tenía más
cintas, y aquello había sido una maravilla. Nos habíamos quedado en los
principios de sus años jóvenes y yo no quise pararlo, no quise que la
entrevista cambiara, yo quise que él hablara. Claro cuando terminó, yo
le dije: -Ay, doctor Pardo, ¿usted sabe una cosa? a mí me gustaría hacer
un libro con usted. El se moría de la risa, porque tiene un sentido del
humor genial. Entonces, yo creo que él accedió porque primero, le encanta
conversar y era una posibilidad de que pudieramos seguir conversando,
y luego porque además le encantaba, pues, echar broma un poco sobre todo
lo vivido.
AN -En el artículo del domingo, Consalvi dice que tú sedujiste a Pardo
para que hablara. Y eso se siente un poco en la manera como está hecho
el libro: tú le dejas hablar, no intervienes para nada. MRR -Intervengo
lo suficiente como para tocarle temas y para que a partir de ahí, él hable.
Claro, hay que hacer un poquito de investigación. No fue que yo decidí
de repente hacer el libro y ya está. Hay que investigar también un poquito,
sobre los gustos de él. Por ejemplo, una cosa que me pareció fascinante,
tú sabes, es que hace pajaritas de papel, que son verdaderas joyitas de
origami, unas cosas lindísimas.
Es un
hombre fascinante porque no sólo hablamos de cosas serias: te puede hablar
de política, de lo que significó involucrarse en la guerra de España,
te puede hablar de tantas cosas, pero de repente es capaz de hacer pajaritas
de papel para distraer a una niñita que llora en el dentista. A mí me
parece que allí es donde está la genialidad, la humanidad de él. Porque
no mucha gente a esos niveles se pone a nivel de la niña y un ser que
está llorando, un ser sufriente que es una niñita, que necesita algo en
ese momento y él sabe como hacerlo y eso es de las cosas que a mí me ha
gustado mucho de él: su sentido de lo humano que no lo tiene mucha gente.
y que yo descubrí en él y que me maravilló, sinceramente.
Eso me
gustó, como su pasión por los toros, por ejemplo. Una cosa que me llamó
la atención. Jamás me hubiera imaginado que le gustaran tanto los toros.
Él cuenta ahí una cosa que también me fascinó cuando fue a los toros en
España. Vio a Belmonte con el Niño de la Palma, por primera vez, y dice
que los toros que vio en aquella corrida eran de tal magnitud, de tal
tamaño, que cuando vio a Belmonte enfrentarse a uno de ellos, dijo: -pero
eso no es posible. porque aquello parecía, dice, un autobús con cachos.
Entonces, él quedó fascinado con Belmonte. Hasta el punto que mucho más
adelante, llegó a España y fueron a ver la tumba de Belmonte en Sevilla.
Pero
otra cosa que también habría que recuperar, hablando de la memoria, la
memoria que tenía la gente entonces y la poca que tenemos nosotros ahora.
AN -Sí,
es verdad.
MRR - Un día fíjate tú, empezamos a hablar de poemas españoles, de literatura,
y surge el Cid, el Cid Campeador. Tú sabes, el Cid fue para él un héroe
antes que Pinocho, que Salgari. El Cid vino primero que todos ellos porque
su mamá cuando era pequeñito, le leía el Cid de Zorrilla, entonces acabó
aprendiéndoselo de memoria. Un día yo llego y me empieza a hablar del
Cid y me ha recitado durante media hora el Cid de Zorrilla, las partes
que más le apasionaban, la parte esa de los héroes, donde hay amor, pasión,
venganza. Entonces me empieza a hablar de los hidalgos de Vivar y de la
soberbia del Conde, ¿no? y entonces yo empiezo a recordar y me trasladó
a Burgos, a Valencia, y de allí me empieza a hablar de Menéndez Pidal
y acabó recitándome el poema del Mío Cid en romance.
Pero,
no te lo puedes creer, la memoria de ese señor. Entonces la señora Mercedes
me contaba que cuando ellos iban a pasear todas las mañanas por el Parque
del Este. En el camino y paseando, le recitaba poemas. Y ella le decía,
hoy ¿vamos a matar a Don Mendo? El le recitaba poemas. Una cosa que se
ha perdido hoy en día también, el amor por la poesía, esa capacidad de
recordar poemas y de disfrutarlos
 |
|
AN -Sobretodo,
que la poesía es el más golpeado de los géneros, ahorita, yo creo.
MRR -Quizás. Ya no recordamos poemas, no recordamos canciones. Ahora nos
llenamos de ruido. Ruido es lo único que escuchamos por todos lados. Mientras
que antes la musicalidad estaba en la voz y hemos perdido ese sentido
de ritmo que tenían las palabras.
AN -A lo mejor lo que se ha perdido es el romanticismo, les parece cursi.
MRR -Lo que ha quedado es un romanticismo vacío, el de las cuñas de televisión,
que es acartonado, el que no tiene nada que ver con esa capacidad de emocionarse
con un poema. Y creo que eso me gusta mucho de recuperar la memoria, el
recuperar ese sentido de la vida. Y ese sentido se manifiesta también,
porque él es una persona que yo aprendí mucho a apreciar por el amor que
tiene por la vida, por como ha gozado todo lo que la vida le ha dado.
Me contaba en un momento dado como recorrieron en busca de una botella
de vino que a él le gustaba todo el Valle del Rin, buscando ese vino.
Es tan lindo ver esa pasión. Cuando consiguieron la botella se fueron
a un hotel, escogieron el menú, se sentaron en el cuarto para disfrutarlo
y para ver lo que se iban a tomar. Todo ese cariño por las cosas de la
vida, por el detalle. Hoy en día es como si hubiéramos perdido el amor
por el detalle. Es más bien el consumo a grandes dimensiones
AN -La velocidad, también. El tiempo es más reducido, es como si todo
tiene que ser de otra manera. No hay ese espacio...
MRR - No hay ese espacio para poder recorrer unos cuantos kilómetros en
busca de una botella de vino.
AN -y saborearla después
MRR -y quedarse una noche en un sitio allí, el lugar para poderla saborear.
Esas son cosas que a mí me emocionaron mucho y que me parecen que son
importantes. Lo de las fiestas, cómo era la vida de los jóvenes de aquella
época de la Caracas de antaño y la de nuestros jóvenes de hoy en día.
Cómo ha cambiado el mundo. Hoy en día tienen absolutamente todo y les
parece que no tienen nada.
AN -y la intensidad con que viven ahorita. No se sacian.
MRR -Tú no te imaginas que alguien ya a cierta edad, prácticamente, en
aquella Caracas, no supiera lo que era el vino.
AN -Y ¿él después que trabajó en El Nacional, trabajó en la Electricidad,
y después se retiró?
MRR -Después de la Electricidad, sí, yo creo que después se retiró. Y
siguió escribiendo, porque después escribió Esa palabra no se dice, en
relación con la polémica que hubo con "El inquieto anacobero", que creo
que se publicó en el 93 o 92. En realidad, después no hizo otra cosa.
Creo que se dedicó a la investigación. Claro, ahí fue donde se dedicó
a Fuegos bajo el agua. La invención de la utopía. Esos fueron muchísimos
años de trabajo. Hizo su obra culmine, que es una obra densa de mil y
pico páginas. Una investigación hecha con un amor, una pasión, una dedicación,
de una manera tan minuciosa. A raíz de eso le dieron el Premio Nacional
de Literatura. Es uno de los trabajos a nivel internacional mejores que
se han hecho en ese campo.
Tú sabes
que me redimensionó todo, entonces decidí que paraba la investigación.
Me faltaba un poquito, pero decidí que la paraba. y orita estoy terminando
ya éste, el libro de las Américas en inglés. Entonces, ahora sí lo voy
a retomar porque ya tengo las ideas más claras. Ya pasaron 10 años y esa
es una investigación inmensa.
AN -Yo
que soy de la generación de los 69 - 70, ese era el tema con Herbert Marcuse,
y eso se desapareció y uno se olvidó de la utopía o uno ya no cree que
pueda existir.
MRR -Lo que pasa que la utopía es trascender lo dado en función de lo
deseado. Y ese dado no siempre es lo mismo. Tú puedes trascenderte a ti
misma, puedes trascenderte a ti en tu manera de ser. Es un crecimiento
interior. Eso puede ser una utopía, también. Ahí es donde yo veo que se
puede redimensionar. El concepto de la utopía ya no necesariamente tiene
que ser social que se dio en un momento dado. Una utopía humana, partir
del individuo o partir de la sociedad. La utopía marxista era una utopía
dentro de lo social, mientras que ahora yo pienso que hay que mirarlo
más hacia la incidencia que puede tener la revolución humana, el crecimiento
interior, individual en función de la incidencia que ese crecimiento pueda
tener en tu entorno familiar, en tu entorno comunitario, en tu entorno
nacional. Y así es como podemos transformar el mundo. Pero, partiendo
del crecimiento personal y como eso se manifiesta en tu entorno. Yo creo
que por ahí podemos llegar a la paz mundial, porque en realidad, lo que
se busca con todo esto es la felicidad humana ¿no? Eso es lo que han buscado
las utopías. En un principio se pensó que esto se podía lograr a partir
de normas que venían de afuera, otros pensaron que era a partir del libertinaje.
Ahí tienes a Rabelais, a Fourier, a otros muchos. La nueva Atlántida de
Bacon, pensaba que era la ciencia. En el mundo de hoy, nosotros somos
un poco la consecuencia del pensamiento baconiano. Pero, creo que ahora
hay una revolución utópica, donde volvemos de nuevo, o quizás no, porque
fíjate que no. A lo largo de la historia no se dio en estas dimensiones
porque lo que pensaba Fourier, lo que pensaba Rabelais, era un goce sin
límite. Era otra cosa. Lo que nosotros vemos ahora como revolución humana
es un equilibrio interior. Eso no se había planteado hasta ahora. Es la
libertad interior, pero dentro del equilibrio. Pero del equilibrio que
sana, no es restringido, constreñido, ni dirigido, ni controlado, sino
que al tú crecer te das cuenta que eso es lo que tú quieres para ti y
para tu entorno. Entonces por ahí es por donde lo voy a trabajar.
[
Volver ]
|