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Luis
Barrera Linares*  Por
no haberme ocupado antes de su obra con el cuidado que merecía, y siempre
guiado por la admiración secreta que jamás le manifesté, desde la misma
fecha de su muerte (el 7 de marzo de 1999), he estado evocando la imagen
de Denzil Romero, jorungando mis recortes de prensa y los suyos (gracias
a la bondad de su esposa, Maritza), apreciando fotografías de distintos
momentos de su trayectoria literaria, comparando deferentes etapas de
su escritura, y he llegado a la conclusión de que, poco a poco, justo
desde que comenzó a sonar La tragedia del Generalísimo (1983), el escritor
de carne y hueso inició un proceso de mimetización con quien fuera el
personaje más caro de su narrativa: Francisco de Miranda.  De manera que, una vez releídas sus páginas sobre el histórico personaje, he llegado a la hipótesis de una especie de "viaje inverso" (para decirlo con el título de la novela de Gustavo Luis Carrera). En ese periplo, el autor concreto creó al personaje y le dio tanta fuerza y tanta vida que éste a su vez emprendió una especie de dulce venganza dentro de la ficción, para comenzar a apoderarse de la imagen real de quien lo había creado. Casi me atrevería a decir que si hubiese tenido un poco más de vida, la imagen física de Denzil habría adquirido una semejanza absoluta con la de aquel personaje histórico.  De modo similar a como Denzil Romero muestra dos escenas contrapuestas de la trayectoria de Francisco de Miranda, en las páginas iniciales de Para seguir el vagavagar (1998 ), he comentado otras veces que igualmente en mi memoria reposan dos imágenes suyas completamente divergentes:  La primera evoca a un abogado de 39 años, escritor en ciernes, todavía poco conocido públicamente, con un léxico pausado y contundente, sazonado de términos legales, aún en ejercicio del Derecho Civil y Mercantil, elegante e impecablemente encorbatado, sonriente, pero bastante formal, a quien la Librería "El gusano de luz" le acababa de publicar un primer cuento (El hombre contra el hombre, 1977).  La primera evoca a un abogado de 39 años, escritor en ciernes, todavía poco conocido públicamente, con un léxico pausado y contundente, sazonado de términos legales, aún en ejercicio del Derecho Civil y Mercantil, elegante e impecablemente encorbatado, sonriente, pero bastante formal, a quien la Librería "El gusano de luz" le acababa de publicar un primer cuento (El hombre contra el hombre, 1977).  La segunda imagen me lleva a Eichstätt, en Alemania, durante la celebración del Simposio "Literatura venezolana hoy", organizado entre febrero y marzo de 1996, por el latinoamericanista Karl Kohut, en la Universidad Católica de esa pequeña ciudad: ahora, en un autobús que nos trae de regreso de ese evento y nos traslada hacia el aeropuerto de Münich, la memoria me muestra a un Denzil profesor de 58 años, desparpajado, escritor ya conocido y re-conocido dentro y fuera de su país de origen, polémico, egoletrado sin ningún tipo de pudor, trajeado descuidadamente con un sobretodo y una bufanda, debajo de los cuales llevaba el mismo pijama con que había dormido la noche anterior, las medias enrolladas hasta el borde del zapato, el pelo desordenado, absolutamente informal y evasivo de las apariencias, olvidadizo, casi apabullante con su necesidad de comunicación, lengua suelta para comentarios positivos y negativos. La corbata se había quedado en los expedientes de los tribunales, la chanza recurrente y la sonrisa de niño eterno se habían apoderado de su personalidad, una mezcla explosiva de léxico paródico, ocurrente y culto, hasta rayar en la erudición (abundancia de diminutivos, adjetivaciones jocosas y juicios que lindaban entre lo implacable y lo sublime), el cabello blanquecino alargándose y su rostro y su figura mostrándonos el proceso de una extraña transformación en la que se acrecentaba el parecido físico con su personaje.  De donde deduzco que ya para ese segundo momento la hermosa venganza literaria se había consumado; Denzil llevaba ya dentro de sí la corporeidad y los gestos propios del personaje fallecido en el arsenal de La Carraca. El Generalísimo Francisco de Miranda, caraqueño, hijo de canario y caraqueña, ilustre militar y político, que había nacido el 28 de marzo de 1750, y su inventor literario, Denzil Romero, oriundo de Aragua de Barcelona, donde había venido al mundo el 24 de julio de 1938 y de la cual fue proclamado "hijo ilustre" el 17 de marzo de 1984, escritor laureado, hijo de padres del mismo pueblo, y ficcionador del primero, gracias a la maravilla de la re-creación literaria de la historia, se habían vuelto uno solo.  Y de esa mixtura, queda para la historia de la literatura venezolana la labor de un escritor cuya obra ha sido catalogada por Juan Liscano como de "impulso lingüístico torrencial" (1995: 279). Si partimos de las fechas de su primer y último libros publicados (Infundios, cuentos, 1978; Para seguir el vagavagar, novela, 1998), el inventario de este invencionero insaciable muestra el espectro de una obra vertiginosa, abrumadora en el conocimiento de nuevas y viejas estructuras y vocablos del español, cuando no creador de neologismos; rayano entre los límites indefinidos del erotismo y la pornografía; inmerso en las profundidades más resaltantes de la historia y de lo que Miguel de Unamuno denominara la intrahistoria; inequívoco en la cantidad de volúmenes dados a conocer: una especie de desbocada e indetenible carrera contra el tiempo, muestra de lo que puede significar el verdadero oficio de la escritura, mucho más que demostrado en un lapso de veinte años, dedicados a lograr un lugar prominente en el universo literario latinoamericano. La muestra total de esa dedicación incluye 17 volúmenes éditos (algunos de ellos con varias ediciones en el país y fuera de él) y 8 inéditos, tres premios internacionales de indiscutible prestigio, más los varios galardones nacionales que recibiera por su obra.  Nunca profesó falsos pudores para hablar de sí mismo e inventarse como escritor-personaje. Por ejemplo, en un aparte intitulado "Mis oficios", de su inédito Diario de Montpellier, recuerda que fue "Maestro de escuela" (de segundo, quinto y sexto grado), desde que llegó a Caracas en 1956. Precisamente en el colegio privado "Santa Mónica", perteneciente a un tío suyo, conoció a Maritza Corrales, a quien, de acuerdo con su testimonio encerraría entre tres y dos para convertirla en su esposa: En el Diario... relata que ante el anuncio de ella según el cual se había comprometido con otro
 Es preciso recordar además que Romero debe los primeros sondeos analíticos de su obra inicial a dos de nuestros más agudos y consecuentes críticos literarios: Manuel Bermúdez y Alexis Márquez Rodríguez, quienes sabiamente supieron detectar desde un comienzo la potencialidad de una carrera literaria que se volvería aluvional a partir de ese momento. En tanto Bermúdez (1978) no dudó en calificar los relatos de Infundios como "cuentoemas" , Márquez Rodríguez, a raíz de la participación de dos cuentos del autor en el concurso de El Nacional, había expresado en la contraportada de El hombre contra el hombre (1977) lo siguiente:
 Pero como suele ocurrir en el curioso ámbito de la literatura latinoamericana, medio en el cual, y salvo raras excepciones, se hace difícil que un narrador alcance notoriedad a partir de la narrativa breve, las "romerías" de Denzil pasarían luego a probar suerte en la novela, género en el que, sin abandonar el estilo ni el tono descrito por Márquez Rodríguez, se convertiría en un autor recurrentemente controversial.  Primero, con La tragedia del Generalísimo (1983) logró despertar no solamente la atención del editor Carlos Barral, y su consecuente difusión inicial en un medio tan competido como el español, sino también las loas del jurado que ese mismo año le concediera el Premio Casa de las Américas.  Luego vendría una etapa menos conocida en la que aparecen otras dos novelas suyas pocos atendidas por la crítica: Entrego los demonios (1986) y Grand tour (1987). No obstante, aquello significaba apenas el preludio silencioso de lo que sería después su rápida internacionalización. Su proyección, más allá de las fronteras venezolanas, se extendería hacia Colombia, México, Argentina, Perú, Ecuador y otros países, gracias, primero a su innegable ardid imaginativo de fijarse libérrimamente en la figura histórica de varios personajes ligados al proceso independentista: aparte del Generalísimo, a quien puso a deambular en otras tres novelas, también lo atrajeron las peripecias de Simón Bolívar, Pedro Carujo y Manuela Sáenz.  Precisamente a esta última la puso a pasearse por cuanta peripecia sexual es posible en el universo de la ficción, sin que importara mucho si lo hacía con hombres, primos, sacerdotes, sirvientes y hasta con otras féminas.  Segundo, al hecho de que sobre la novela que escribiera acerca de tan importante dama y tan singulares actos de conducta imaginaria (La esposa del Dr. Thorne, 1988) recayera el galardón español de "La sonrisa vertical". Me atrevería a aseverar que fue mucho el escritor venezolano, en particular, y latinoamericano, en general, que deseó verse envuelto, no tanto en la concesión del premio (que de por sí ya era un hecho muy resaltante en un ambiente literario como el nuestro), sino en las secuelas que lo acompañaron. Ya la historia literaria ha demostrado suficientemente, y en muchas partes del mundo, que no hay indicio más revelador del destino y potencialidad de proyección de un texto literario que un escándalo o una polémica. Y si se trata del surgimiento simultáneo de ambos, ni se diga.  Si el escándalo tiene que ver con una virgen, un santo o un héroe sin partes pudendas visibles ni hormonas, sálvese quien pueda porque la suerte del escritor está echada. Nadie podrá quitarle lo escrito. Y ese había sido precisamente el caso de la Manuela de Denzil: santa para algunos, virgen para otros y heroína para todos, como referente histórico acartonado, endurecido en las estatuas y en los manuales escolares, de haber sido nominada hasta ese momento como "La Libertadora del Libertador", el ingenioso escritor osaba convertirla en la "Libertadora de la Libertador". Es decir, valiéndose de su autonomía de novelista, el narrador se había dedicado a imaginar todo lo que la historia oficial había omitido. Y por supuesto que las reacciones no se hicieron esperar. Valgan de recordatorio algunos titulares o fragmentos de la prensa de esos días:  "La obra más deplorable de la bibliografía venezolana desde que las prensas dejaron oír por primera vez su ritmo característico, allá en los tiempos bellistas" (José Rivas Rivas, El Nacional, 17-05-88).  "Sociedad Bolivariana de Ecuador pedirá castigo para Denzil Romero. "(El coronel Sergio Enrique Girón) dijo que el romero es una planta americana que sometida a combustión perfuma el ambiente. Otra, el romerillo, produce un efecto totalmente contrario. Y este es el caso, Denzil Romerillo está despidiendo olor nauseabundo en los ambientes de nuestra patria" (El Nacional, 29-05-88).  "Quieren quemar vivo a Denzil Romero por novela erótica sobre Manuelita", "el libertino escritor venezolano que tiene nombre de antibiótico" (Últimas Noticias, 2-6-88).  "Nelson Zapata Espinosa (a) El Caballero Bolivariano, reta a duelo a Denzil Romero, con las armas que elija, en Caracas, Bogotá o Quito, o en cualquier ciudad que elija el difamador" (El Diario de Caracas, 9-8-88).  Los ecuatorianos también reclaman por los insultos contra Simón Bolívar, a quien el novelista venezolano calificó de "cornudo jubiloso" (Últimas Noticias, 11-6-88).  De modo que se desató la persecución, vinieron las recriminaciones, los insultos y, por supuesto se multiplicaron los lectores y la novela adquirió una rapidísima fama en los países bolivarianos. Lo que a todas luces indicaba que la celebridad del texto era un hecho, independientemente de los razonamientos y quejas de los protestantes y de su jerarquía.  En realidad, este acontecimiento merece un largo capítulo pero baste con estos detalles por el momento, para pasar a los postulados estéticos de tan particular escritor. Obviamente que la razón más importante de su posición sobre la historia y sus referentes radicó en el hecho de moverse en el terreno de la ficción. Asumió perfectamente su misión literaria de invencionero, al afirmar que "la historia no es un tema novelable en sí mismo. No cuento cómo fue, sino como yo quisiera que hubiera sido" (Declaraciones a Susa Dasca, Cambio 16, Madrid, 3-2-88).  Le manifesté más de una vez que, además de su indudable imaginación desbocada, practicaba la premeditación en todo cuanto escribía. Poco hubiese pasado, por ejemplo, si la "adorable loca" no hubiese llevado el nombre de la heroína.  Siempre le manifesté también su habilidad para hacerse notar (hecho que jamás le critiqué y que más bien le aplaudí, por ser uno de los escritores nuestros más sinceros en no negar los fulgores del ego que todo artista guarda consigo). Romero reconocía lo que a otros les da cierta vergüenza aceptar: primero, que escriben con la esperanza de un reconocimiento de los lectores y la crítica y, segundo, que para ello es preciso dedicarse al oficio y no menospreciar la promoción, provenga ésta de la academia o de cualquiera otro medio. Jamás tuvo empacho en reconocer su "Vehemencia para ganar premios y concursos". No por azar había abandonado sin ningún remordimiento su lucrativo ejercicio del Derecho para dedicarse de lleno a la literatura, una vez conocidos los estimulantes elogios que recibiera su primer libro de cuentos (Infundios, 1978), con la fortuna incluso de que varios investigadores y/o escritores de distintas partes se ocuparían de su obra.  Hoy, apreciada su narrativa desde la ventaja que dan la ausencia y la distancia, es mucho más que obvio el diseño de su particular estética. Buena parte de sus personajes son simultáneamente explosivos y devastadores, volcánicos desatados, como lo fuera en su entusiasmo el autor que los creo, quien al parecer disfrutaba planteando al lector un reto y una apuesta permanentes. Sus relatos son trenes de palabras que golpean cual martillos incesantes la competencia cognoscitiva del lector. Algo así como jugar con la paciencia lingüística del narratario, a través de tres elementos fundamentales:  1. la selección de un léxico y unas estructuras sintácticas recurrentemente innovadoras, a veces arcaísmos reinventados, revisitados o recuperados de la historia del español.  2. La referencia a aspectos sexuales y escenas que para algunos especialistas lindarían entre lo erótico y lo porno, pero siempre interesantes.  3. El juego inteligente de ubicarse en determinadas épocas para recrear atmósferas y hacerlas eco y espejo de la contemporaneidad, mediante la técnica del viaje, como él mismo lo confiesa en esa excelente y sabrosa novela autobiográfica que es su Diario de Montpellier: "Toda novela que merezca llamarse tal es itinerante y significa un tránsito, la metáfora de un viaje o... el viaje como metáfora" (p. 149 del manuscrito).  En su escritorio se han quedado varios libros a la espera de editor: una novela sobre las peripecias de Alejandro de Humboldt en nuestras tierras ( Recurrencia equinoccial), otra, que ya hemos citado, extraña, curiosa, el Diario de Montpellier, que constituye un texto total, a medio camino entre la novela convencional y otros géneros narrativos, confesional, un inmenso fresco autobiográfico en el que personajes de la literatura y de la vida cotidiana se dan la mano, bajo la dirección de una voz narrativa que igualmente se funde con la del autor concreto del texto. Mediante una estrategia discursiva capaz de sacar de quicio a ciertos preceptistas anclados en las clasificaciones genéricas más ortodoxas, en el Diario... el autor se asume a sí mismo como narrador-personaje y deja fluir un interesantísimo caudal de datos muy importantes para el análisis de su obra, un texto paródico y absolutamente desacralizador que abarca diversas tipologías: desde el sabroso y convencional chisme y la espontánea nota de diario, hasta la carta, la autobiografía, la exposición conceptual, el cuento, la fábula y la apología.  Quedan además dos obras de teatro que jamás se representaron (Miranda en el reino y El esperpento), un libro de cuentos (Un instante en la vida), una antología de poetas venezolanos que había venido publicando progresivamente y por encargo, a través de la RED (Poesía persistente. Venezuela 1846-1996) y, finalmente, otras dos novelas inconclusas, la cuarta entre las que había ofrecido dedicar a Francisco de Miranda, sus peripecias en el marco de la Revolución Francesa (En el arco de la estrella) y otra intitulada Bolívar habla con Bolívar sobre Bolívar. Del texto que cerraría el periplo del Generalísimo apenas nos dejó un título: "Patria herida en el corazón".  En síntesis, he intentado formular en este homenaje un acercamiento al periplo vital y a la obra de uno de nuestros más interesantes escritores de este fin de siglo. Lo he presentado ante ustedes como siempre lo percibí, juntando lo humano con lo estético y escapándome en ocasiones de los rigores académicos. Queden estas palabras como el introito para un estudio posterior de la narrativa romeriana, reveladora y abrumante, apasionada y contundente. *Narrador y critico literario.
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