La posmodernidad: itinerario de una ambivalencia

David Malavé

A Dolores Salas, por proponerme pensar

Demoliciones

     Una de las experiencias que más estremeció mis convicciones profesionales fue el asistir a la última conferencia que diera en Caracas el fallecido filósofo francés Francois Lyotard. Ya venía bastante inquieto desde que Ana Teresa Torres nos presentara su polémico trabajo Territorios Eróticos, sobre todo por la observación hecha por Rómulo Lander acerca de la desaparición de la pulsión y el aspecto biológico en el desarrollo de la autora. Las ideas subyacentes al texto de Lyotard, El Fin de la Fábula, generaron una insomne preocupación sobre la vigencia, el futuro y la ética de nuestro oficio. En muy llanas palabras Lyotard nos narra a través de un naturalismo brutal, el fin de la cosmogonía judeo cristiana, lo cual no sería tan grave si se tratara solamente de Dios y su teodicea, si no fuera porque con el no advenimiento del juicio final y la redención, este autor demolía el resto de los sistemas de pensamiento creados por Occidente en los últimos mil años, construidos sobre la espera de una redención final. Fue muy duro sentir resquebrajar el resto de las utopías que al igual que la cristiana, nos prometían algún tipo de redención; el proyecto de la Ilustración; la propuesta marxista de una sociedad sin clases; el Idealismo Alemán, todos sucumbían ante la pétrea argumentación de que no había nadie detrás de la puerta a quien rendirle cuentas, que el cosmos era un accidente de neutrones y protones enloquecidos, en fin, que estamos solos (yo no lo quiero creer).

     Pero lo dicho por Lyotard tenía un respaldo en los hechos de este siglo/milenio que concluye, pareciera que todas las esperanzas en la humanidad, sostenidas por el proyecto de la Ilustración, incluyendo a Freud y la posibilidad de que la sociedad mejorase de sus prejuicios y por lo tanto de la neurosis, (se trata del primer Freud, anterior a Más Allá del Principio del Placer) sucumbieron ante los horrores desatados durante la segunda guerra mundial, bombas que borraron a millones de seres humanos con solo apretar un botón, o el exterminio sistemático de millones de seres humanos en una maquinaria espantosa de muerte industrializada, regida por los principios de eficiencia, eficacia, productividad, horarios cronometrados de trenes, burocracia entusiasta. Estos hechos nos colocan a la humanidad en una posición de inocencia perdida, que no permite ver al mundo de la misma manera, que no permite seguir viendo nuestra historia como un final feliz del progreso. El orgullo de Occidente, la civilización científico tecnológica, puesta al servicio de Tánatos, y no hemos concluido: nos quedan Bosnia, las matanzas de Ruanda, las mujeres argelinas degolladas por pretender estudiar, para entrenernos. La verdad que salí esa noche desolado, pero con una rebelión interna, una desconfianza hacia esta verdad lapidaria. Es verdad, la Ilustración había fracasado, pero ¿a cambio de qué? Sobre todo, ¿qué quedaría de nuestro oficio en esa tierra baldía? En su fábula, Lyotard nos habla de la muerte de las grandes narrativas o meta narrativas, la muerte de la Ilustración incluía la narrativa freudiana, como ejemplo paradigmático. Freud había planteado un proyecto de curación, de desarrollo progresivo, ganancia de sentido y conocimiento, dominio de las fuerzas irracionales del inconsciente, superación progresiva de etapas de la libido hasta la consecución de un adulto sexualmente normal, reproductivo y productivo para la sociedad, una liberación y redención a través del esfuerzo tesonero de conquistar el territorio del inconsciente. Es decir, había dirigido el tren ideológico de Occidente al alma, y el que no cumpliera con estas premisas caía, pues, en alguna categoría diagnóstica. (Esta crítica que pertenece a los teóricos de la posmodernidad y otros del campo del marxismo, no la comparto). ¿Estará vigente esta crítica tal y como se ejerce el psicoanálisis hoy en día?

     Como dijese Foucault, lo otro, lo diferente al plan maestro del progreso rápidamente se margina, siendo la vía más expedita para ello, la patologización. Quizá se trate de una exageración caricaturesca, y sé (por experiencia propia y carnal) que no es la práctica de los miembros de la Sociedad Psicoanalítica, pero también sabemos del abuso que se hizo en el pasado de la violencia diagnóstica, el prejuicio y la interpretación omnisciente. Un estudio de Julia Kristeva plantea una visión similar del psicoanálisis. Esta autora la inserta en la visión redentora escatológica que tenemos de los procesos humanos en Occidente, coincidiendo en esta crítica con Lyotard. En su libro "En principio eran el amor, la fe y el psicoanálisis", plantea que compartimos como cuerpo teórico el mismo diseño que nuestra historia sagrada: una expulsión del paraíso, un arduo trabajo y un final feliz a través de una redención de lo oscuro, de lo irracional, de las ataduras incestuosas, de la compulsión a la repetición, la muerte, que nada tienen que envidiarle al San Juan de Patmos.

     Lyotard no me gustó, había arriesgado demasiados años de estudio en esto, gastado mucho dinero, había perdido mi fé una tras otra en las utopías políticas y creo no haber superado cierto horror al vacío. De repente empecé a desconfiar de lo planteado por Ana Teresa Torres, y lo peor, esto tendría consecuencias financieras ¿Qué sería del oficio que había escogido para vivir? ¿Qué sería entonces de la ética, de nuestro deber para con el otro, de las mínimas obligaciones que permiten la convivencia humana? ¿Habíamos llegado al "vale todo", y entonces quedaban justificadas las atrocidades del siglo, la red inquebrantable de la corrupción en Venezuela, el 80% de pobreza? El inescapable troquelamiento judeo cristiano y su sarampión juvenil de marxismo no me permitían comulgar con lo dicho por estos pensadores. La vena marxista comenzó a agitarse, y apoyado por lecturas de algunos críticos post marxistas de la postmodernidad como Habermas, Hanna Arendt, Frederic Jameson, me rebelé contra todo esto. Sentía peligrar cualquier posibilidad de un espacio para el hombre, para el pensamiento libre, para la sobrevivencia del psicoanálisis, aun con el viraje que se siente gracias a la influencia de Lacan y a la misma experiencia acumulada de los últimos cien años. Sentía que el escepticismo creado por los gurúes de la posmodernidad era demasiado lesivo para el psicoanálisis.

     La literatura y el arte tienen la virtud de expresar las cosas de una manera que conmueve, al menos antes era así; recordaba lo expresado por Stephan Dedalus, el protagonista del "Retrato del artista adolescente" de Joyce, cuando describía la cosmovisión que le impartían los jesuítas. Existía el cielo, ciertamente, pero también el infierno con sus imágenes llenas de fuego eterno y almas condenadas a los más terribles suplicios, el más allá estaba lleno de sufrimientos a los cuales podíamos ser condenados por nuestras culpas, eso le producía insomnio, pesadillas, pero, qué tranquilizante era la visión de un cosmos ordenado en jerarquías angelicales o diabólicas, donde todos teníamos un lugar. La amargura de lo planteado por Lyotard se me parecía al personaje de "La montaña mágica", el escéptico ex religioso Nafta, aquejado de insomnio pertinaz, quien frente a las fantasías de progreso y bienestar social vislumbradas por Settembrini, oponía su demoledor pesimismo basado en los acontecimientos históricos y su visión de la Historia, muy similar a la de Nietzsche. De muy parecido terror nos avisa Nietzsche, tan contemporáneo a Freud en su visión del mundo que habría de advenir. La imagen sobrecogedora de ese hombre frente al abismo, a la intemperie aullando al viento, ¡hemos matado a Dios!, ¿qué hemos hecho?, o la no menos lapidaria: "¡Soltamos las amarras y no sabemos cuando volveremos a tocar puerto!" Frente a esto, la Fábula de Lyotard palidece.

     Ciertamente en un principio me pareció que todo se trataba de un plan del capitalismo ultra desarrollado para acabar con cualquier posibilidad de desinserción de la vorágine del consumo, una producción intelectual inintelegible que sirviese de soporte ideológico al neo liberalismo salvaje y al proceso de globalización, en apariencia indetenibles. Si aniquilamos la esperanza, no nos queda más que vivir el ahora, y nuestro ahora de ahora es el númen del dinero y el consumo compulsivo. La segunda lectura que hicimos aquí del trabajo de Torres, me hizo preguntarme: ¿qué diferencia hay entre un ser que se resuelve y se disuelve en una estructura puntual y pasajera, según el capricho erotizador de un discjockey en la estación radial a kilómetros de distancia, y la alienación, tal y como la explicaba Marx? ¿Para qué, de repente, todo este nuevo edificio teórico que socavaba las bases de nuestro edificio pulsional, económico, histórico y biológico? De repente Ana Teresa Torres pasó a ser el enemigo. Sólo que, lamentablemente, había despertado la curiosidad por saber que decían Vattimo, Gilles Deleuze, Baudrillard, Lyotard; la pesadilla teórica recién había comenzado. Imaginen mi desazón cuando leí lo que respecto al psicoanálisis planteaban estos señores.

 

Según Baudrillard hemos evolucionado en nuestra relación con la realidad a través de cuatro etapas, desde un intento de representar la realidad hasta un actual mundo, donde sobre la realidad, se superpone un mundo de simulacros hiperreales, hechos de tal manera y tan reproducibles y mercadeables, que sustituyen a la realidad misma. Como el cuento de Borges acerca de los cartógrafos de un reino oriental que hacen un mapa tan perfecto en escala y detalle que sustituye al reino mismo. Baudrillard nos describe un mundo espectral, fabricado desde el espacio virtual y no sobre la realidad material, donde la tecnología nos seduce y nos propone a cada momento nuevas alternativas de consumo y placer, nos vampiriza en un espacio/mundo irreal, con tal cuota agregada de placer que no podemos sustraernos del mismo. Para muestra basta ver lo que juegan los niños nacidos en los últimos quince años en las salas de video juegos. La realidad se maneja al capricho de su majestad el niño en los ordenadores que simulan guerras, persecuciones interminables en las cuales eres muerto y resucitas al instante, sin un límite a las posibilidades, ni un campo o tiempo para elaborar las frustraciones o límites, tan importantes para la tramitación del narcisismo y las relaciones objetales. Hay un juego, Sim City 3000, donde las posibilidades de construcción y destrucción de una ciudad colocan al jugador en el papel de Dios. Podrán decirme que es un juego, que termina, sí, pero hay una diferencia que debe tener sus repercusiones en la estructuración de una personalidad, entre el niño que jugaba con otro a los soldados, Batalla Naval o Risk, y la omnipotencia extática del que juega Sim City 3000.

     ¿Qué consecuencias tendrán las nuevas formas de jugar para la elaboración del objeto transicional y el espacio transicional? Pienso en la descripción del objeto transicional, en que se trata de algo tangible, lleno de texturas, olores, una cosa humanizada, que no sólo la construye el infante, sino que luego es resignificado por el niño más grande, que erotiza sus juguetes, sus muñecas, sus soldaditos. ¿Cómo se da ese proceso en la frialdad de un ordenador, en el espacio virtual infinito? ¿Qué fantasías puede el niño construir si todas las alternativas le son dadas por el ordenador, si el juego no propone un mínimo de frustración que movilice la imaginación?

     La propuesta de Baudrillard acerca de cómo nos constituimos los seres humanos, raya en una ciencia ficción en la cual como seres no vivimos sino que somos vividos por modelos a imitar, Maddona, Ricky Martin o cualquiera de las luminarias a los cuales nos enchufan los miles de canales de los que disponen los mass media en una especie de alienación inescapable, mantenida por un crecimiento imparable del capitalismo. Me pregunto qué pudiéramos pensar en torno a cómo se estructuran las nuevas psiques de quienes, desde que nacen, son enchufados al mundo de los modelos; cómo serán los procesos de erotización y las relaciones objetales de quien se cría en la hiperrealidad de los simulacros, fríos, fantasmales de las salas de video juegos que pululan en las ciudades. ¡Qué ejército de identidades impuestas o de falsos selfs, frente a la arrolladora invasión de información e hiperrealidades! En algunos de estos temas ya ha incursionado Ana Teresa Torres, y quizá toda una nueva psicología esté por escribirse. El mundo de los simulacros se convierte en un lugar abandonado de Eros, como lo describen López Pedraza y Victor Krebs en sus ensayos, o T.S. Eliot en su poema "La tierra baldía"; y la ausencia de Eros, ¿qué nos trae?: la posibilidad de que las fuerzas del ángel exterminador queden sueltas. ¿Explicará esto algunos de los horrores contemporáneos?

     Insisto en que el artista se adelanta en su percepción de los acontecimientos al filósofo o al científico, lo propuesto por los teóricos de la posmodernidad ha sido descrito por el género de la ciencia ficción o por los artistas plásticos. En una novela llamada "Neuromancer" de William Gibson, el protagonista es un hombre que como castigo es descerebrado, luego recibe el implante de una computadora y una musculatura de polímeros que le permiten protagonizar la aventura, pero esto ya es la realidad; el hibrido humano- computadora- bio tecnologías, ha nacido ya, y por lo que escuchamos en cuanto a técnicas de fertilización, embarazo y transplantes, el arte simplemente se está adelantando un poquito, como ya lo hizo el cubismo a la arquitectura moderna, o al estructuralismo, como lo hicieron Piet Mondrian y Malevicht, al advenimiento de lo irrepresentable, o los dadaístas al mundo vacío de sentido; prefiguraciones artísticas de lo que ahora describimos como posmodernidad.

     Deleuze tambien estremece las bases teóricas de nuestro oficio, de una manera si se quiere más directa, cuando ataca la forma en que se organiza el conocimiento del psicoanálisis. Según Deleuze la forma en que fabricamos conocimiento depende de nuestra forma de producción y la tecnología disponible para ello, idea bastante marxista, por cierto. Para él, el conocimiento ha sido organizado desde los tiempos de Platón y Aristóteles siguiendo una estructura jerárquica, basado en una premisa básica, o en el mundo de los ideales arquetípicos de los cuales emana la realidad circundante, por ejemplo, la Cábala. Esa estructura arbórea es la que critican en la importancia que atribuimos al complejo de Edipo como núcleo central de la explicación de las neurosis y la personalidad. Cito textualmente:

Objetamos la idea del triángulo edípico, del principio del nombre
del padre y del deseo basado en la falta. El deseo se busca en un
evento traumático originario en el cual el niño es separado de la
madre. Esta ausencia de la madre es la base del deseo y es
compensada, solo por la entrada del niño en el orden simbólico_
el orden de la ley y el Nombre del Padre. El deseo en vez de
estructurarse en una falta y en el trauma edípico, es creado
horizontalmente, desde afuera, a través de las interconexiones
sociales trasmitidas por la cultura y el lenguaje.

La interconexiones entre el niño y la sociedad que lo rodea se
hallan en continuo movimiento, fluyendo, en movimiento
centrífugo, como la hierba, no enraizados, sino en una estructura rizomática similar a la que describen para el lenguaje los
lingüistas.

     A diferencia de los árboles, no hay raíces centrales sino millones de raíces, todas de la misma jerarquía, quizás, imagino yo como las millones de conexiones a la red, donde un nudo deviene a otro sin una secuencia permanente. Al contrario del conocimiento arborizante, donde se plantea un origen de las causas, un principio y un fin, pareciera que al decir de Deleuze, en el conocimento rizomático se plantea una situación de permanente interrogación frente a los hechos, la interrogación permanente, ¿el qué más?, ¿qué más?... Si bien este argumento ataca la piedra angular de la teoría de las neurosis y la importancia del complejo de Edipo, me atrevo a preguntarme si esta posición frente al conocimiento, no es precisamente la posición analítica, en la cual nunca hay un sentido final y absoluto de los síntomas, los sueños o el resto de las formaciones del inconsciente. Como nos enseñara Freud, la interpretación de un sueño es incompleta pues siempre habrá otro pensamiento onírico subyacente al trabajo del sueño, ya que síntoma y sueño son polisémicos e inagotables en significados. Quizá somos posmodernos sin darnos cuenta. No veo tampoco oposición entre lo dicho por Deleuze y el uso que en la Sociedad Psicoanalítica se le da a la interpretación, como nunca completa y vehículo a la apertura de interrogantes.

     Sin embargo, las críticas a la interpretación de sueños y símbolos propuesta por este autor no dejan de incomodarme. Concluye analizando la narrativa de Kafka, la cual celebra como paradigma de la literatura postmoderna, describe sus obras como una urdimbre verdaderamente rizomática, donde los sueños y símbolos no significan nada o representan nada. Ya no están allí para ser interpretados, fueron vaciados de su contenido. Como en "El Castillo", todo aquel esfuerzo, aquella locura, para llegar a la Nada. ¿Qué nos queda? Ya se sabe cuál es el enigma de la esfinge, la pregunta fue contestada, la represión levantada, y dada la liberación sexual. Cualquier adolescente posmoderno puede darnos lecciones de sexo. ¿Qué le queda a nuestro oficio por decir sobre lo sexual reprimido, cuando estamos saturados de sexo, cuando ya no hay escena para el erotismo pues cayó el telón y lo prohibido está en todas partes en todo momento, los medios saturados de sexualidad, la publicidad saturada de sexo? La sexualidad ha sido desacralizada, robada de su misterio, la han transformado en obscenidad, quizás como lo explicara Rómulo Lander en una oportunidad con el ejemplo del film La Belle Epoque, el exceso de objeto aniquila el deseo; quizá por ello la cada vez más asombrosa transgresión en el campo de lo erótico, hasta llegar a los snuffs y a Crash. Cuando todo lo tenemos, no tenemos nada, y un espectro comienza a recorrer el mundo (al menos, el mundo de las clases privilegiadas): el tedio.

     La última demolición a la que haré mención será la deconstrucción de Derrida, quien da buena cuenta de la obra freudiana en su libro "Mal de Archivo." Allí señala a Freud como poseso del mal del historial clínico, el registro minucioso y la obsesión por los datos verdaderos, propios de una época en la cual no había máquinas que trabajaran con los datos como los ordenadores. Es decir, la historia clínica sería un artificio de la curiosidad casual de alguien que recopilaba datos porque no había máquina que los almacenara. Le critica un excesivo gusto por la historia, por la acumulación de hechos, debidos a su herencia racial y cultural, cosa que hallo bastante injusta siendo él, a su vez, judío converso. Objeta a la clínica freudiana, a sus casos clínicos, un sentido que es dado por el observador, un sentido que es constructo de quien se arroga la posición del que observa. Pero su verdadera demolición, la encuentro en el método usado para criticar las propuestas en torno al falo como significante fundamental que define la identidad sexual y el ordenamiento de un mundo simbólico. Este método lo llama Deconstrucción.

     Derrida basa su procedimiento en el borramiento de las oposiciones entre términos de significados presentes para la explicación de un hecho, quitando, por tanto, la posibilidad de que se conforme el espacio para un centro, en torno al cual se organicen el resto de las significaciones. Plantea que la construcción de términos opuestos, el forjamiento de una premisa central, ha sido la manera en que Occidente ha organizado su conocimiento, sus sistemas de interpretación de la realidad y su organización política y social. Esto ha generado perversiones de la percepción de los hechos, según las cuales siempre andamos en busca de una Verdad, dispuestos a marginar lo que escape a ordenarse en torno a ella. Vg., las luchas de religión en la historia europea y del medio oriente. Propone la muy atractiva idea de ubicar el término marginado en el lugar del dominante para hallar los nuevos sentidos, a partir de esta nueva situación. Derrida presenta así una nueva modalidad de subversión desde la palabra contra las formas tradicionales de poder, un poco siguiendo las propuesta de Foucault, quien veía en la organización política y social de Occidente una permanente necesidad de garantizar el orden a través de la marginación, la diferencia usada como justificación de la opresión. Así Derrida se propone el rescate de un espacio para la diferencia, para el desencuentro. El peligro que yo siento con respecto al psicoanálisis y, en general, para cualquier intento de expresión humana, es que, al subvertir los sistemas de expresión como la lengua, al remover la estructura convencional que las lenguas poseen, ¿qué medio de expresión nos queda? ¿Qué subversión es posible?

     En su crítica a Lacan, Derrida señala que la propuesta del falo como significante fundamental en torno al cual se organizan el resto de los significantes, en oposición a los cual se define la feminidad, no hace sino repetir el modelo occidental de organización del conocimiento en el cual se privilegia un término para marginar al otro, repitiendo los psicoanalistas en su elaboración teórica el orden patriarcal, caracterizado por la exclusión. Una interpretación maliciosa podría señalar una estructura perversa en esta propuesta, un intento de borrar la diferenciación de los sexos, pero, ¿no está ya eso presente en la moda andrógina, los nuevos comportamientos sexuales y su difusión masiva en los medios? Los programas televisivos de Cristina nos muestran cómo un grupo de transformistas les enseñan a madres de familia a arreglarse y maquillarse para reconquistar a sus maridos.

     Esta crítica a la propuesta del Falo como organizador, ha sido la delicia de psicoanlistas feministas o activistas de los movimientos gay, quienes reivindican el derecho de abordar la feminidad o la sexualidad desde una óptica distinta a la del discurso dominante, quizá desde la misma feminidad o desde su diferencia. Como ejemplo están los trabajos sobre la mujer de Julia Kristeva, los radicales planteamientos de la Dra Irigaray. Muchas han sido las críticas políticas a la propuesta derridiana, como caballo de troya de la despolitización, desmovilización de todo intento de cambio político, como una nueva y sofisticada forma de colonización al borrarse toda identidad local en aras de una homogenización universal, al carecer toda propuesta discursiva de significado. Yo me pregunto: ¿qué queda al subvertir el orden de los significantes? Al demoler la piedra angular de un sistema de significantes, porque subvertimos el falo como organizador, puesto éste en el órgano sexual masculino, el dinero, Dios, el conocimiento o lo que sea. ¿Qué pasa si se subvierte todo orden simbólico de significados? ¿ Qué nos queda por expresar? ¿Cómo podemos darnos un sentido? ¿Es que no lo tenemos? O como dice Baudrillard, nuestro futuro es el progresivo atrapamiento en un imaginario que irá sustituyendo a la realidad vaciada de sentido simbólico.

     Si la lengua pierde su orden, es fragmentada, si se torna en un nuevo mito de Babel, los usuarios de la misma también quedaremos fragmentados, precipitados en una vorágine de hablantes solitarios, de diálogo entre psicóticos. Podríamos pensar que si se fragmenta el lenguaje, también lo hace la psique, nuestra experiencia del pasado, nuestra identidad. ¿Es por ello que cada vez vemos más casos de psicosis, paranoia, transtornos narcisistas, alienación extrema, crímenes cada vez más atroces? ¿Explica ello los montantes de angustia flotante sobre nuestras ciudades, como en los cuentos de Roberto Alt? ¿Qué lugar tiene el psicoanálisis en un mundo así? Será el momento de pensar en la desesperación de Shakespeare, quien por boca de Macbeth exclama: "¡El mundo es un lugar lleno de sonido y furia, vacío de sentido y gobernado por un loco!" Yo lo siento peor que eso, al menos el gran genio inglés expresaba su angustia poseso del pathos renacentista; hoy día ni eso tenemos, nuestra angustia es silente, dispersada por la charla continua de los medios de comunicación, por la banalización automática que el mercado hace de todo producto cultural o ideológico. Como dice Moraima Márquez en un trabajo aún inédito: "las propuestas de los posmodernistas tienen un carácter manierista, es decir, aquello de subversión que se puede expresar frente a la obra titánica de genios como Marx, Freud, Hegel. Tal como Pontorno o Parmigianino pintaron después de Miguel Angel o Leonardo." Pero aun así, aunque nos irriten, nos asusten, estas propuestas se parecen mucho al mundo que nos rodea.

Reconstrucciones

IDILIO. MARIANO FORTUNY

     Hay algo respecto a lo expresado en estas líneas que no me deja satisfecho, algo que explica el título de esta reflexión, un cierto atractivo por estas ideas, un coqueteo con la subversión que expresan, aunque manierista, subversión en fin. Cierta intuición de que en ellas no está el fin del psicoanálisis, sino las propuestas para su supervivencia, para su entrada en el próximo milenio. En ello me he dejado llevar por la mano psicofántica de Ana Teresa Torres en su libro Territorios Eróticos. Quizá la misma esencia del psicoanálisis, el haber pasado y pasar por ese proceso, no me permitan desechar los aspectos duros de la vida, de los cuales he aprendido a ganar una cuota de sentido. Freud, en esto, nos señaló el camino, al advertirnos que a pesar de lo inexorable de la muerte, la vida nos da lugar a un entrenido rodeo, la pulsión de vida. Un juego en el cual "nos desvelamos intentando velar y desvelar el abismo negro" (Moraima Márquez). Algo que aprendí en el análisis es que aun en la más negra noche del alma, hay una enseñanza, un sentido que extraer. Por tanto, no he podido sino dejarme seducir por algunos aspectos de estas propuestas que me atrevo a considerar útiles a nuestro oficio y cuerpo teórico.

     En primer lugar, la crítica de Lyotard a la supuesta ética redentorista del psicoanálisis, la encuentro superada en tanto es raro oír el discurso de la curación entre los psicoanalistas, más bien sus portavoces son hoy los profetas de la New Age y los tratamientos light. Creo que hoy nos hemos desentendido de ver a los pacientes como participantes de la carrera de la líbido en el logro de un desarrollo armónico y, por el contrario, encontramos válidas sus variadas expresiones, siendo el espíritu que alienta nuestra ética el del hallazgo del deseo de cada cual, sin plan preconcebido. Un logro que debemos a la relectura hecha por Lacan, pero que también se halla expresada en el Freud de los últimos años de su vida, en Análisis Terminable e Interminable. Creo justo señalar en este sentido las contribuciones de los analistas de la Sociedad en sus diversos trabajos, y en la misma enseñanza impartida, cuando se enfatiza en la interrogación, en la interpretación inacabada o abierta, que permite la indagación de nuevos significados y no la oclusión del proceso asociativo. De más está decir que es más fácil decirlo que hacerlo. Creo que el análisis de hoy está bastante curado de la ingenuidad redentorista que le endilga Lyotard, y más cercano al fenómeno específico del ser humano, que frente a nosotros comparte el siempre dramático relato de su vida, cualquiera sea la forma que asuma ese relato. Al igual que la literatura, ya no esperamos el retorno del héroe triunfante, el cambio dramático de la estructura, el final feliz de Hollywood, o como nos relatara Freud, sentir el roce del vestido de baile de una paciente felizmente curada de sus inhibiciones motoras. Los cambios son menos espectaculares, el oficio menos heroico. Esperamos más bien una mayor aceptación de lo que somos, un aumento de la tolerancia a la angustia de lo que somos. Ser testigos de que quien acuda a nosotros, dé cuenta de un relato válido por su sola propuesta y no por la eficacia o eficiencia con que desaparezcan los síntomas, la validación estadística o científica que hagamos de nuestros aciertos o la teoría. Un ser humano que se narra padeciente es más que suficiente justificación de nuestro oficio.

     En cuanto al vacío ético que nos rodea y pudiera amenazar nuestra vida cotidiana, no como analistas sino simples seres humanos, de alguna manera me ayudó descubrir a Nietzsche a través del libro de Massimo Dessiato, "Nietzsche crítico de la Post Modernidad". Cito textualmente:

El hombre comienza allí donde el fin de la vida ya no es
simplemente la felicidad. El fin del hombre es la voluntad de
verdad, el hombre es el animal en crisis. ¿Cuáles son los nuevos
deberes del hombre? Son los deberes de alguien obligado a una
comunidad. Este es el pensamiento fundamental de la cultura. A
cada uno de nosotros ella asigna una tarea: promover en nosotros
y fuera de nosotros la generación del filósofo, del artista y del
santo y trabajar así en el perfeccionamiento de la Naturaleza.

     Quizás el vacío de certezas en el mundo actual, nos permite poner en práctica lo cotidiano del oficio, es decir, la interrogante;quizá tenemos hoy más angustias, pero ganamos en humanidad, al seguir vigente la interrogante, ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos? Quizá ganamos el derecho de escribir nuestra propia historia sin que nos la cuente Dios o los extraterrestres.

     En la que para mí resulta la más angustiante de las propuestas revisadas a vuelo de pájaro en estas líneas, la de Derrida, me atrevo a imaginar el psicoanálisis como un ejercicio de deconstrucción. Deconstruimos la novela familiar que todo neurótico elabora a fin de proponerle la revisión de lo que fueron su realidad, sus objetos parentales, de lo que son sus posibilidades actuales. Proponemos desmenuzar el síntoma o el sueño a fin de rescribir su origen, pero nos hallamos frente a una fuente inagotable de nuevas causas, de pensamientos oníricos. Tropezamos con las fuentes de la polisemia, aguas que pujan por expresarse e insertarse en un nuevo relato que hacemos de nosotros mismos. Relato en el que tienden a disolverse las escisiones, los extremos opuestos, los contenidos marginados por la represión, en el que hallan lugar nuestras propias marginaciones. No sé, si como dice Derrida, podamos superar toda dicotomía, todo par de opuestos, pues bien conocemos de la experiencia, y en eso insiste el psicoanálisis, que hay un opuesto definitivo, como nos lo cantara Machado: "Un golpe de ataúd en tierra, es algo definitivamente serio",- la Muerte-. Ella luce como no descontruible, al menos por un buen tiempo. Esta al menos seguirá siendo un referente fijo, por más falos que se descontruyan y, por tanto, fuente segura de angustia, por tanto, de vida, por tanto, de narrativas individuales o colectivas.

     Acerca de Deleuze ya mencioné que no encontré tantas incompatibilidades, quizá sólo se me ocurre pensar que, tramitado en un análisis el Edipo, siguen a éste innumerables ramificaciones que no agotan su sentido, pues sabemos hoy día que su huella es rastreable en los incontables rizomas de un análisis, además de todos los otros escollos a atravesar: narcisismo, complejo de castración, identidad, etc. Quien ha pasado por la experiencia o practica el oficio, sabe que no tiene nada que envidiarle al viaje de Ulises de regreso a Itaca, que Poseidón se hallará al acecho en cada recodo. Creo que criticar al psicoanálisis hoy día como simplemente la resolución del Edipo, es algo que peca de ignorar tanto el proceso como la teoría.

     En Baudrillard es quizá donde mi desconcierto alcanza las mayores dimensiones, pues su descripción de la realidad de hoy, del nuevo dilema hombre tecnología, de nuestra sumisión absoluta al vampiro de la comunicación de masas, me parecen brutalmente ciertas. El fin del discurso humano, como lo describen sus colegas Lipovetsky y Deleuze, para ser sustituido por el impuesto desde el laboratorio de la ingeniería social, me parece real, aunque nuestro Presidente, quizá románticamente, se empeñe en la resurrección de un pueblo. El sujeto estructurado desde afuera, como nos lo explica Lacan, el ser erotizado por la palabra que circula en la cultura, como nos lo explica Piera Aulagner, la erotización al capricho de las necesidades de la nueva organización social, como nos la explica Ana Teresa, son la pieza psicoanalítica faltante para comprender la teoría de Baudrillard del ser humano, un campo transitado por múltiples e interminables mensajes, que queda secuestrado a una alienación máxima. Un ser que es vivido y no que vive; vivido por las necesidades de un mercado que necesita crecer permanentemente, con dispositivos tecnológicos que Marx nunca hubiera podido imaginar, verdadera pesadilla de la ingeniería social, ya prevista en "El Mundo Feliz" de Huxley, situación que quizá llevó a Deleuze al suicidio. Algo abominable, indeseable, pero terriblemente parecido a la realidad.

     ¡Qué de escritos podrían haber hecho Winnicott y Khan ante el ejército de falsos selfs que producirá el mundo del consumo masivo, de la alienación sistemática, de la vida vivida by the book, paradigma de la civilización norteamericana! Pues, aunque entre este mundo y la criatura recién nacida que pudiera inscribir experiencias afectivas más auténticas, medie la madre; aunque mediara como argumento la intensidad de la pulsión innata -argumento que enrostró Rómulo Lander a la propuesta de los Territorios Eróticos-, no olvidemos que la madre, cauce en el cual se baña la futura identidad y sexualidad del niño, se halla inserta en ese caudal de alienación organizada ante la cual, para mí, palidece la fuerza de la biología. Frente a esto, sí siento muy amenazado el legado no sólo de Freud, también el de Klein, Jung, Lacan, Buda o Cristo; el de todo el que se atreva a proponer un camino que no cumpla con los criterios de eficacia y eficiencia, de una solución amigable y light, como las fabricadas y comercializadas por la industria editorial y de la comunicación. En esta pesadilla, quienes me ayudaron fueron Nietzsche -el párrafo arriba citado y otros aspectos de su obra- y Freud, con uno de sus artículos técnicos, aquél en el cual nos enseña que el psicoanálisis se parece a lo que hacía Miguel Angel con las rocas, trabajándolas por via de levare e non di porre, como la pintura. Quizá la vigencia del análisis emane de que sigamos preservando ese espacio y ese tiempo en nuestros consultorios, un lugar en el ciclo vital de quienes, transitados por la información masiva, se encuentren per via de levare, consigo mismos, con su deseo, con su sufrimiento, con su humanidad. Creo que Winnicott se sonreiría.

Referencias

Baudrillard, J. (1988). El otro por sí mismo. Barcelona: Anagrama
---------------- (1990). Las estrategias fatales. Barcelona: Anagrama
-----------------(1993). La guerra del golfo no ha tenido lugar. Barcelona: Anagrama

Bendayan, T. (1998). El nacimiento de la tragedia, alianza entre Apolo y Dionysos en
Nietzsche. Publicación Temas Obscuros, Vol 9, Julio 1998

Deleuze, G. y Guattari, F. (1977). Anti Oedipus. New York: Viking Books
------------------------------ (1997). Rizoma. Valencia: Editorial Pre-Textos

Derrida, J. (1973). Différance. Northwest University Press, Illinois
--------------(1978). Structure, Sign and Play in the discourse of the human sciences. University of Chicago Press
-------------- (1997). Mal de archivo. Una impresión freudiana. Madrid: Editorial Trotta

Foucault, M. (1977). Historia de la Sexualidad. La Voluntad de Saber. México: Siglo XXI
---------------- (1984). Historia de la Sexualidad. El Uso de los Placeres. México: Siglo XXI

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© David Malavé
Ensayista. Psicoanalista
E-Mail: damalak@yahoo.com

Publicado en Tropikos. Revista de Psicoanálisis. Año VII. v. 1. 1999

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