Kalathos

Moraima Márquez Zerpa

    

 

 La palabra griega kalathos significa canastillo, específicamente una pequeña cesta en forma de cáliz, y tiene su equivalencia en el latín calathus, término que se utilizó en la tradición poética para referirse no sólo a una cestilla de mimbre para llevar flores y frutos, sino además a una copa o vaso de metal o madera y a las cubas o vasijas para vino, así como al cáliz de una flor. El diccionario español circunscribe el uso de la expresión cálato a los dominios de la arqueología y la arquitectura: "recipiente de mimbres o juncos en forma de cuenco de copa" y "tambor del capitel corintio", respectivamente.

      Cada palabra contiene una imagen de algo que está a la vista, pero también evoca simbólicamente lo similar. En este conjunto de significados encontramos, pues, objetos pertenecientes a la vida cotidiana más sencilla junto a las ideas de belleza y tradición, por lo que resulta pertinente el que Kalathos haya sido escogido como nombre y emblema de una revista que se propone recoger lo mejor del cultivo, la cultura. El hombre siente desde siempre la necesidad de contener y dar forma: así también la forma apropiada, la del arte, es de alguna manera una cesta.

      Debemos decir unas palabras sobre la elección del término en griego. Al paso de los siglos, Occidente ha continuado volviendo la mirada hacia Grecia en busca de los restos de una sabiduría inagotable. Si para nosotros poco dice un nombre común como el de cesta, sin mayores apelativos a la imagen en ella contenida, cuando acudimos a la raigambre helénica encontramos fuentes para despertar la imaginación. Una cesta específica, en forma de cáliz, era el kalathos empleado como recipiente para colocar frutos o instrumentos relacionados con el tejido o hilado. Pero entre sus diversas funciones hay que incluir las religiosas, porque detrás de cada una de las actividades cotidianas está la presencia divina, tanto como en aquellas sólo relativas al tiempo sagrado del ritual. Esto quiere decir que también las acciones comunes son sagradas cuando se hacen bajo el patrocinio de los dioses.

      En toda cesta encontramos esa capacidad de contención, es un recipiente en el que se colocan objetos imprescindibles para la vida. Pero además constituye con su sola presencia una muestra de la labor humana, implica el arte de colocar de determinada manera las hebras de paja, para ir construyendo un cuerpo no sólo útil sino bello. El tejido se transmite en la tradición, y cada cultura tejedora de cestas expresó en ellas una manera de con/formarse en el mundo, desde la mirada que repara en el cáliz de una flor para captar su modelo, a la economía como manejo de la casa, cultísima lección diaria de realidad plasmada en la cesta de la compra con sus artículos concretos: la canasta básica.

      Una cesta es también un tanto en el baloncesto, y el logro de encestar conlleva la alegría de poner las cosas en su sitio. Hay una sensación de ganancia y de orden, donde antes reinaba el caos ahora hay un cosmos: el mundo tiene sentido. Es una imagen de cómo el alma encuentra lugar, y una imagen artística es precisamente una forma que encesta su contenido.

      Y ya esto, pese a nuestra perdida sacralidad, debería ponernos sobre aviso de que lo más cotidiano es lo más sagrado precisamente porque garantiza la permanencia del sentido en el discurrir de nuestros días. Tendemos a creer que sólo lo elevado es signo de religiosidad, que lo bajo o común no lo es. Pero si no tenemos esas pequeñas cosas de las que está constituido el diario vivir, perdemos la contención de lo humano. Y ya esto, pese a nuestra perdida sacralidad, debería ponernos sobre aviso de que lo más cotidiano es lo más sagrado precisamente porque garantiza la permanencia del sentido en el discurrir de nuestros días. Tendemos a creer que sólo lo elevado es signo de religiosidad, que lo bajo o común no lo es. Pero si no tenemos esas pequeñas cosas de las que está constituido el diario vivir, perdemos la contención de lo humano.

      La cesta, humilde testigo de la cotidianidad en que se guardan frutas o huevos, es decir, el alimento que nos sostiene, es también imprescindible como objeto de culto. Las damas romanas utilizaban el calathus, como sus compañeras griegas, para colocar lanas u ofrendas, en los trabajos domésticos del gineceo tanto como en los rituales de fertilidad. Las griegas permanecían guardadas al fondo de la casa mientras ejercitaban su paciencia en el lento discurrir de los trabajos y los días. Sólo en fiestas religiosas específicas les era dado mostrarse.

      Es sabido que en los sacrificios el uso de objetos rituales no queda al azar. Son sacer, sagrados, y tienen una eficacia particular. El kalathos estaba ligado al culto de varias importantes diosas. Servía en Grecia en las fiestas en honor de Atenea, precisamente aquella a quien se deben las cestas, pues cada dios tiene su dominio y esta hija de Zeus era la encargada de proteger la artesanía y de poner lo femenino a hacer hermosas cosas, que además sirvieran para la convivencia de los hombres tanto como para honrar a las divinidades. El kalathos, producto del trabajo artesanal, corresponde a la palabra utilizada en griego clásico para designar el tipo de cesta de flores en forma de cáliz, estrecha en su base, empleada en las ceremonias en honor de diversas deidades. Es sabido que en los sacrificios el uso de objetos rituales no queda al azar. Son sacer, sagrados, y tienen una eficacia particular. El kálathos estaba ligado al culto de varias importantes diosas. Servía en Grecia en las fiestas en honor de Atenea, precisamente aquella a quien se deben las cestas, pues cada dios tiene su dominio y esta hija de Zeus era la encargada de proteger la artesanía y de poner lo femenino a hacer hermosas cosas, que además sirvieran para la convivencia de los hombres tanto como para honrar a las divinidades. El kalathos, producto del trabajo artesanal, corresponde a la palabra utilizada en griego clásico para designar el tipo de cesta de flores en forma de cáliz, estrecha en su base, empleada en las ceremonias en honor de diversas deidades.

      Se decía que Artemisa de Efeso había nacido junto a una mata de mimbre, por lo que sus sacerdotisas llevaban un tocado en forma de canastillo. La cesta de mimbre acompaña los nacimientos milagrosos y asegura la protección del recién nacido divino, frágil como las varas finas, lisas, largas y flexibles de la planta, pero que resultan acogedoras junto a las aguas.

      En otras fiestas dedicadas a las diosas era también la cesta uno de los instrumentos de culto. En los misterios de Eleusis se presentaba el rapto de la doncella divina, Kore, por parte de Hades. Allí se utilizaba una gran cesta mística en relación con el ámbito materno de Deméter, mientras la pequeña cesta votiva, el kalathos, era llenada con flores por Kore para seducir a Hades, vinculado en los ritos eleusinos con Dionysos Zagreo y Zeus chtónico o subterráneo. En otras fiestas dedicadas a las diosas era también la cesta uno de los instrumentos de culto. En los misterios de Eleusis se presentaba el rapto de la doncella divina, Kore, por parte de Hades. Allí se utilizaba una gran cesta mística en relación con el ámbito materno de Deméter, mientras la pequeña cesta votiva, el kalathos, era llenada con flores por Kore para seducir a Hades, vinculado en los ritos eleusinos con Dionysos Zagreo y Zeus chtónico o subterráneo.

      La cesta como recipiente del misterio eleusino, es el lugar donde se sitúa el compuesto que ingiere el candidato a iniciado, crisol para la transformación mística. El sacro secreto de Perséfone queda resguardado en ese recipiente en forma de cáliz sin pie, menos ancho en la base que en la salida. La cesta grande, en cambio, corresponde al cuerpo materno. Mucho se ha hablado de la ausencia de explicaciones en las religiones mistéricas. El que se inicia entra en una vivencia individual y se encuentra completamente solo frente a sus dioses. La cesta como recipiente del misterio eleusino, es el lugar donde se sitúa el compuesto que ingiere el candidato a iniciado, crisol para la transformación mística. El sacro secreto de Perséfone queda resguardado en ese recipiente en forma de cáliz sin pie, menos ancho en la base que en la salida. La cesta grande, en cambio, corresponde al cuerpo materno. Mucho se ha hablado de la ausencia de explicaciones en las religiones mistéricas. El que se inicia entra en una vivencia individual y se encuentra completamente solo frente a sus dioses.

      Como ocurre en la fiesta religiosa y sus misterios, también en el encuentro del espectador con la imagen del arte se trata de una experiencia destinada a conmover los sentidos tanto como la interioridad. Literatura y artes plásticas, naturaleza y cultura. El hombre reconoce una forma natural, digamos un cáliz, y arranca la flor para traerla a su vida cotidiana como un objeto, una forma culta: capitel griego, copa o cuba de vino, cesta de flores y frutos: Kalathos es, pues, un continente de transformación. Del mimbre natural a la hechura del hombre, del cuerpo y la mano que escribe o pinta a lo pintado y escrito. En este punto se abre el telón: en mi intimidad ante la pantalla se despliegan muchas historias, un elemento extraordinario convive en tiempo y espacio con la aparente seguridad del día a día. En ese acto fundador está la verdadera poiesis: la capacidad de componer poéticamente el vivir. Como ocurre en la fiesta religiosa y sus misterios, también en el encuentro del espectador con la imagen del arte se trata de una experiencia destinada a conmover los sentidos tanto como la interioridad. Literatura y artes plásticas, naturaleza y cultura. El hombre reconoce una forma natural, digamos un cáliz, y arranca la flor para traerla a su vida cotidiana como un objeto, una forma culta: capitel griego, copa o cuba de vino, cesta de flores y frutos: Kalathos es, pues, un continente de transformación. Del mimbre natural a la hechura del hombre, del cuerpo y la mano que escribe o pinta a lo pintado y escrito. En este punto se abre el telón: en mi intimidad ante la pantalla se despliegan muchas historias, un elemento extraordinario convive en tiempo y espacio con la aparente seguridad del día a día. En ese acto fundador está la verdadera poiesis: la capacidad de componer poéticamente el vivir.

 

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