EL ENSAYO COMO ESTILO DE LA MODERNIDAD
(FRAGMENTO)
Julio
Quesada*
El que ensaya debe mojar constantemente
la pluma en el tintero del lenguaje cotidiano, nuestra más importante
herencia cultural, auténtico pozo sin fondo que nos invita a redescubrir
al reduccionismo en el que acaba cayendo la razón moderna -bello es
lo verosímil y verdadero es la física: el socratismo moderno- a redescubrir
el inmenso caudal existencial que lleva el lenguaje consigo a traves
de milenios. El lenguaje sufriendo el permanente oleaje de la historia
y está ensayando formas de ser que como esquirlas de oro van quedando
en la memoria. El lenguaje recoge lo que no nos pasa, por lo que se
trata de una herencia viva que hemos de mantener viva frente a los
ineludibles cortocircuitos que se dan en las cristalizaciones, esos
apagones del lenguaje momificado y modificador. La razón narrativa
no es una razón inercial -como denunciaba W. Benjamin- porque tiene
la obligación de estar permanentemente reanimando al lenguaje para
no perder nunca ese oro acumulado con el pensamiento y la sangre,
con las ideas y el corazón de las personas que se exigieron la soledad
de la cuartilla en blanco para regalarnos, pues nadie se lo ha pedido
la memoria escrita de su experiencia espontánea de la vida. Nuestra
razón narrativa nos exige desempolvar las palabras, quitarles las
telarañas que caen sobre ellas, inyectarles savia nueva desde nuestra
propia retina -¿quién no daría su vida por el lenguaje?- porque las
palabras, afirmaba Ortega (12, 298), les pasa lo que a las monedas,
que al pasar de mano en mano van gastándose hasta que se borran los
nítidos perfiles de su cuño. La misma metáfora que Nietzsche utiliza
en Verdad y Mentira en sentido extramoral.
De aquí no se deriva un amor al lenguaje
por el lenguaje de tan rabiosa actualidad posmoderna. Hay que mantener
vivo el lenguaje no porque así se revitaliza el propio hombre, lo
que no dejaría de ser una buena intención parlamentaria; sino al revés,
exponiéndose, ensayando el hombre a decir la verdad es como se fluidifica
el lenguaje frente a la inercia.
Aquí se nos exige como punto de partida
de la filosofia del porvenir la autobiografia porque tenemos un presupuesto
anteriormente señalado: el de la veracidad. El narrador no puede ser
un cuentista porque le va en ello su vida, la aspiración moral de
ser él mismo. En ese hombre Descartes luchando por acertar, angustiado
ante la falta de claridad, cuerpo a cuerpo con sus dudas, ahí, en
esa tensión se inicia la filosofia moderna que ha dado de sí también
a sus más excelentes críticos.
El ensayo es una forma de estar en
ese mar abierto, en ese mar encrespado que es nuestro propio oleaje
existencial; pero decidido a bracear, a ensayar formas de ser. El
que ensaya es un nadador, un esforzado. Con Nietzsche habíamos hablado
de caminante, nómada, aeronauta del espíritu, nuevo Colón; hombre
carece de límites, varía ilimitadamente yendo siempre más allá de
sí mismo: no tiene naturaleza sino historia (12, 329). Es un constante
ensayo. No tiene horizontes últimos y definitivos. El lenguaje como
la historia están abiertos. Luego el que ensaya no es el pastor del
Ser sino el peregrino de la historia. Y no entendida la metáfora en
el sentido beato como si viajaramos hacia un santuario (Roma, el Tíbet,
la Meca o el Ente), sino en el sentido laico de la razón narrativa
que nos hace caer en la cuenta por nuestras propias vidas de que somos
viajeros por la tierra más extraña y sin embargo más propia que tenemos:
la historia. Por supuesto que tenemos metas. Organizar el mundo mejor
politica y economicamente; combatir las enfermedades, las miserias,
los asesinatos, el dolor; hacer compatible la democracia con las libertades
del individuo; interponerse en la guerra para hacerle en lo posible
en hueco al díálogo... metas tenemos; lo que no hay es La meta. ¿puede
haber entonces felicidad en la vida?; por supuesto, no solo de angustias
vive el hombre. Pero no, desde luego, la felicidad del transmundo.
Es paz -que no arregló ni arreglara nunca nada- para los beatos.
Pero al hilo de la razón narrativa,
en el nervio de la razón histórica nos sale al paso un grave problema
que tiene su reflejo en la proclamada muerte del sujeto. El propio
Ortega afirma que “las formas más dispares del ser pasan por
el hombre sin que este se adscribe a ellas” (12, 329). La mujer
del Paleolítico Gengis Kahn, Agustina de Aragón, Henri Poincare, Charles
Chaplin... recordemos, a su vez, que el día de carnaval escribe Nietzsche
junto al puente de Rialto un poema titulado “Venezia”
en el que canta como el alma se le había transformado en un instrumento
de cuerda y que el alma, las góndolas, el puente, las luces, la música,
el agua, todo... se deslizaba, ebrio, hacia el crepúsculo. Así, se
puede sacar la conclusión que la genealogía aplicada a la historia
nos lleva al extremo: “poner en marcha un gran carnaval del
tiempo, en el que las máscaras no cesaran de volver” (Foucault,
1988).
Esta interpretacion acabaría señalando
el nihilismo impreso en el pensamiento de Nietzsche cuya contundente
critica a la metafísica del sujeto, al yo cosificado de la razón moderna,
acabaría en una rueda carnavalesca. ¿esto es así? No lo veo nada posmoderno
porque entonces ¿a que viene el imperativo que nos obliga a llegar
a ser personalmente? Por lo tanto, no todo vale: no todas las máscaras
valen lo mismo.
Quien haya vivido por dentro un carnaval
como el de Tenerife, por ejemplo, comprenderá inmediatamente lo que
digo. En el carnaval se lleva una máscara, pero la elección del disfraz
es algo muy serio, es decir, muy personal.
Ortega resuelve el problema de la
identidad narrativa potenciando el pensamiento fuerte basado en el
imperativo de la veracidad. La teoría general del perspectivismo como
clave epistemologica queda verticalizada en la autobiografia. No todo
vale. No puedo dimitir de mi propia perspectiva. Ahí sigue el sujeto:
la segunda transformación del espíritu, de camello a león, o la afirmación
moral de la primera persona del singular.
Y si el ensayo es realmente el estilo
filosófico de la modernidad tambien es cierto que la novela es el
genero de una época que cambia su sensibilidad respecto del siglo
XIX. A estas alturas estamos muy hartos de la hipocresia que pone
todo el centro de atención en las grandes cosas, como la ciencia o
el arte, pretendiendo ignorar nuestra vida cotidiana. Todo este tiempo
perdido tras el Ser tendríamos, tarde o temprano, que ir a buscarlo.
Dedicado el filosofo a su cátedra olvidaba la tierra que pisaba mirando
desdeñosamente hacia esos lugares impuros. Pero cuando aprieta el
pesimismo del XIX, cuando hemos llegado hasta barrios bajos del nihilismo
en donde nos hemos revolcado a gusto (1, 323 y 339) y necesitamos
salir de esta cloaca del pesimismo metodista, ante esta decisión ya
no tenemos al Ser para quedarnos despiertos en la vida, sino las menudas
cosas que somos y nos pasan con toda la fragilidad del mundo. No nos
retienen en la vida ni las grandes verdades, ni las grandes ambiciones,
ni los grandes placeres; sino ese tenue hilo de calor alimentado por
instantes tan humildes como privilegiados. El amor de la mujer amada
que tenemos que reconquistar cada día. La voz de nuestros hijos. La
grata sensación de una copa de licor compartida con el ingenio de
los buenos amigos. Ciertos atardeceres frente al mar. El hallazgo
feliz de una palabra en una noche de insomnio. La lluvia...
La filosofia ya no puede seguir haciendo
el paripe de profundidad que le caracterizaba. Resultan cómicos en
el mejor de los casos y patéticos la mayoría de las veces esos textos
que aun hoy día quieren emular (filosóficamente) los trabajos científicos.
El colmo se los llevan los profesores de ética con aires de saber,
con autosuficiencia como para aclarar el laberinto moral de la vida
humana gracias a alguna parida refrita de otros libros. No los soporto.
Dan nauseas de la cara dura que tienen.
Estas pequeñas cosas desde donde
-el caso Descartes- nos asalta nuestra duda espontánea van formando
poco a poco la memoria del individuo. Por eso es la novela el genero
de nuestra época. No la memoria cósmica u ontológica que se da en
la épica. Ya decíamos que Ulises no partía decidido a partir de verdad,
y de ahí que su conciencia sea cosmológicamente circular. A Ulises
nuca se le va el tiempo, nuca perdería el tiempo porque carece de
memoria subjetiva; lleva a cabo una hazaña pero el mismo no es un
personaje porque no la quiere como tal . la memoria subjetiva, la
voluntad y la toma de conciencia como individuo es una conquista moderna
que la narración épica no podría contener. Pero la novela si porque
esta obligada a describir y sumergirse en el ámbito intimo y circunstancial
de las personas. Ahí se fragua la novela: deseo, me indigno, tengo
miedo a morir, me sobrepongo, lucho con mi imaginación.
*De: Ateismo Difícil. Barcelona: Editorial Anagrama, 1994.
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