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José
Balza degusta sin apuros el suave licor de sus 60 años: He aprendido a
ser viejo desde niño
Elizabeth
Araujo
Hay
un río indescifrable entre Amacuro y Caracas que sólo José Balza es capaz
de desandar por las noches y cada mañana a las diez, cuando el sol de
su calle crepita en la ventana, él enhebra en sólida escritura trasmutándolo,
pese a su sencillez, en escritor admirado por una legión de lectores que
se marchan al trabajo con la dicha de haberlo conocido. Pero este deltano
se empeña en sobrellevar la vida tranquilo, alejado del encadilamiento
y sintiendo a veces el rubor que desencadena el elogio porque, como se
confiesa, "no hay diferencia entre un árbol y yo", y quienes lo admiramos
damos fe de que se trata de alguien fecundo, silencioso, aferrado a sus
orígenes.
Por
eso la dificultad de subir al apartamento en Santa Mónica y pretextar
que mañana viernes cumple 60 años para hacer de la conversación amena
y cautivante una entrevista, con los signos gramaticales que hagan posible
transferir su voz cadenciosa como un bolero y los recuerdos intactos de
la niñez en encuentro con lectores de este periódico atrapados en un andén
del Metro.
"Soy
feliz... un hombre feliz", dispara como un saludo, como en una canción,
este intelectual que no deja ruidos sino musicalidad en su prosa y que
para no pocos ucevistas nos parece salido de la escuela de Letras y quien,
pese a su edad y a los libros que lo consagran, no se atreve a cambiar
su pensamiento ni sus amigos ni su forma de vestir. Es ese el José Balza
que tanto queremos y nos recibe en un apartamento tomado por muñecas y
artesanía deltanas, la biblioteca sobria e interesante y una habitación
repleta de músicos que van desde Mahler y Bach hasta José Alfredo Jiménez,
porque, hay que decirlo: Balza es un apasionado de las rancheras mexicanas
y, por tanto, amante encubierto de María Félix.
Balza
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Demasiados
motivos para ser feliz. Sobre todo ahora en el umbral de la sexta década
de su existencia, cuando nada le impide mirar hacia atrás y descubrir
al niño que trepó árboles, se bañaba desnudo en el gran río y mantenía
secreta conversación con Verne, Dickens y Dumas en la biblioteca de un
ciego que extrañamente atesoraba joyas de la literatura.
"Pude
haber sido otro niño. Pero había una energía natural que se ubicaba en
mí; yo era testigo privilegiado de aquel mundo: agua, cielo inmenso, la
vasta selva, montañas, lo que me hizo atrapar la realidad y convertirla
en palabras", señala sin hacer esfuerzos para conectarse con aquellos
días cuando estuvo a punto de ahogarse a los 8 años y conoció los bordes
de la muerte. 
---Por
eso, desde los 7 años llevo un diario en donde describo todo lo maravilloso
que ocurría a mi alrededor. Mi familia me enseñó a leer. Eran apenas tres
familias las que sabían leer: los vecinos de al lado, el señor ciego,
dueño de la mejor colección de literatura francesa y nosotros. No me preguntes,
cómo le había llegado eso a él, pero yo leía literatura francesa desde
niño.
---Comencé
a escribir muy temprano. No me dí cuenta qué leía, pero por fortuna me
llegaron los libros de Julio Verne, Alejandro Dumas.... leí a los 10 años
por primera vez a Freud La psicopatología de la vida cotidiana.
Por supuesto, no entendía nada pero lo leía e imaginaba lo que pretendía
explicar. Así, a los 11 años, cuando llegó la luz eléctrica en el Delta,
incorporé a mi asombro ese camino alumbrado, por primera vez escuché radio.
Me embelecía al oír la voz de Toña La Negra, Alfredo Sadel, uno de mis
ídolos, a través de Ondas Porteñas, Radio Continente. Fue entonces cuando
comencé a escribir radio-novelas. Como no me gustaron, mis primeros cuentos
fueron lanzados al Orinoco.
Caracas,
la otra orilla
Su
entrada a la capital no pudo ser más alentadora. La adolescencia enriquecida
con nuevas lecturas y amistades que le abrieron el círculo de la escasa
pero exquisita vida cultural de finales de los 50, lo condujo de las conferencias
en la vieja casona del Ateneo o los conciertos en la Biblioteca Nacional
o las sesiones en la Cinemateca al arriesgado compromiso político, devolviéndonos
de aquel muchacho tímido a un incipiente intelectual con amigos comunistas
e involucrado más tarde en la lucha armada.
---Conservo
a mis amigos de toda la vida. No me gusta que la gente se me vaya. Recuerdo
que cuando escribí aquí otros cuentos fueron publicados con un seudónimo.
Publiqué con varios amigos una revista (en Haa). Para aquella época leía
mucho a Dickens, también leía poesía pero no me apasionaba como ahora.
La poesía hoy me acompaña constantemente, es como el primer wisky de la
tarde. Te da dolor, pero te hace ver la realidad con serenidad.
Fue
a sus veinte años cuando decide leer con profundidad la narrativa venezolana
"y me di cuenta que era politizada, era una literatura social. No tenía
una importancia narrativa". Hoy sigue pensando igual.
La
literatura de aquella época no era buena.
---Lo
digo y no dejo de afirmarlo. Tampoco pido disculpas: pero la novelística
de Rómulo Gallegos es mala y de Uslar Pietri, su única obra buena es Las
lanzas Coloradas. Los 80 años de literatura de Uslar Pietri es pura vanidad,
y Andrés Eloy Blanco no es un poeta sino un hacedor de sonetos. Gallegos
para colmo era adeco y junto a Rómulo Betancourt mató a mis amigos.
Pero
la vida nos hace a veces una mala jugada. Los tres últimos libros sobre
literatura latinoamericana, cuando nombran a escritores venezolanos se
refieren solamente a Gallegos y a Balza. Libros como El cuento fantástico
venezolano en el siglo XX de Carlos Sandoval, y Nueva historia
de la literatura hispanoamericana de Guiseppe Bellini, entre otros,
traen esa referencia. "Es la venganza del tiempo", expresa Balza.
El
Mundo. 30-12-99. p.22
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