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Angel
Hurtado: del paisaje al paisaje interior
Maritza
Jiménez*
"Pinta
tu aldea y serás universal", reza la máxima de los antiguos. Y aunque
Angel Hurtado tal vez no tenía esa intención en mente cuando desde muy
joven, niño casi, pintó obsesivamente los paisajes del Tocuyo, su tierra
natal, sí pareció tener conciencia, desde el principio, de que el problema
no era la mera representación, sino la dimensión plástica que éste le
planteaba. Así lo deja sentir cuando declara, en 1950, al diario El Universal,
que la pintura venezolana debía tratar de asimilar más el ambiente, procurando
desligarse de influencias extrañas, pero evitando caer en ciertas tradiciones
criollistas de mal gusto.
Esta
afirmación temprana es necesario tomarla en cuenta para entender que desde
que empezó en la pintura Angel Hurtado ha estado marcado por el paisaje,
aun en los años de indagación en la abstracción, en los que su presencia
no es evidente en el cuadro, pero continúa allí, como una energía latente,
reclamando su espacio, marcando cada línea, cada textura, cada color,
cada decisión plástica que conforma el estilo de este artista, hasta hacerse
paisaje interior, cósmico, universal, un paisaje ubicuo y de ninguna parte,
que surge bajo la forma de tepuy o serranía, para recordarnos, antes de
que el final llegue, que hubo un tiempo primigenio, anterior al hombre,
que parece ser, en sus cuadros, el tiempo, el espacio y el paisaje mismo
del alma.
Angel
Hurtado es un caso único, inusual, en nuestra pintura. Excepcionalmente
dotado para el retrato y el paisaje, como lo demuestran los trabajos de
juventud, cuyo seguimiento podemos hacer gracias al valioso trabajo de
Marta de la Vega, Angel Hurtado , donde apreciamos su dedicación a la
geografía y la arquitectura de su ciudad natal, al punto de que alguien
llega a afirmar, después del terremoto que destuyó a El Tocuyo en los
50, que ésta podría ser reconstruida a partir de los cuadros y dibujos
de Hurtado.
Pero
ya entonces advierte Marta de la Vega su necesidad, como señalábamos,
de ir más allá de una imitación o representación de la realidad, para
construir una proposición estética solo apoyada en valores plásticos.
Conciencia que se reafirma en los '50, cuando se marcha a París, en esos
años en los que al capital francesa es el escenario de la aventura que
libra el arte por independizarse del yugo de la representación.
Y
no solamente el arte: la vida parece transcurrir, paralelamente, en e
mismo sentido de búsquedas, experimentos y aventuras. Siempre he sido
muy inquieto, confiesa hoy el artista. Siempre quise conocer cosas, descubrir
el mundo que hasta entonces sólo había conocido en los libros. Pero la
lectura sola no llena. No es lo mismo oír hablar de Grecia que ir a Grecia.
Así que, a los 27 años, me fui a Europa. Recorrí todo, y solo. Desde Grecia
hasta los países escandinavos. Fue un viaje de aventura. Sin dinero. Al
llegar a París, comparte con Jesús Soto la música como medio de sobrevivencia,
y con él, Narciso Debourg y otros artistas, constituye el grupo Galipán,
en el que Hurtado toca la percusión. Tocábamos en los restaurantes, y
después pasábamos el sombrero. Incluso quedaron algunos discos grabados.
Fue una etapa muy bonita.
En
el mundo de la plástica -refiere- estaba de moda por esos años el arte
geométrico, pero eso nunca me atrajo. Me gusta el arte abstacto, pero
que sea espontáneo, sin recta ni tiralínea. Por eso, siempre hice un arte
abstracto no geométrico. Aunque tampoco creo que sea abstracción lírica;
de hecho, es un término que no me gusta. Yo diría más bien subjetiva.
Hay gente que ve en ellos cosas de tipo poético, pero no es algo que yo
busco.
Y
es el paisaje siempre, el que subyace en él. Paisajes de El Tocuyo, ya
inexistente, que perviven en su memoria. Ahora soy de ninguna parte, dice
a raíz del sismo. Y, más tarde, señala: Es como si el terremoto se hubiera
llevado a El Tocuyo por el mundo dando vueltas y a mí en él (...) Nada
mejor que ser de una ciudad fanstama para llegar a ser ciudadano del mundo.
Como la casa perdida de la infancia es irrecuperable, pero seguimos allí,
obsesivamente buscándola, los paisajes de su región natal continúan, como
un motor oculto, potenciando sus búsquedas.
Pero
he aquí que entonces, aunque sigue trabajando en la pintura, explorando
en los nuevos lenguajes que el cosmopolitismo determina, Hurtado se entrega
casi por completo, durante más de 30 años, a la maravilla del séptimo
arte. El futuro del arte está en el cine, le había dicho a Jesús Soto
a su llegada a París. De obsesión temprana, el cine pasa a convertirse
en forma de vida.
Y
tal vez no le faltaba razón. Porque si el nombre de su abuelo -Leonardo-
y su padre -Miguel
Angel- tal vez lo marcaron en los confines de la conciencia para la pintura,
la actividad de éste último en el pueblo del Tocuyo, representó para él
no sólo el contacto directo y el descubrimiento de la magia del cine,
sino la primera -y definitiva- fascinación por la imagen. Él mismo recuerda
cómo, a raíz del trabajo con su padre en el cine Sucre del Tocuyo, recortaba
los fotogramas de las imágenes que más le impactaban y los llevaba a su
casa para disfrutarlos en la soledad de su cuarto oscuro. Y son doce años
los que pasa en París dedicado al cine, una experiencia de la que quedan
Vibrations, sobre el arte cinético de Jesús Soto, Le chambre d'à côté,
su primera película de ficción; su participación como asesor artístico
en L'ombre familière, de Maurice Pialat; Fisicromías, sobre la obra de
Carlos Cruz Diez, La cerámica, La metamorfosis, su segunda película de
ficción, y muchos años haciendo video para la televisión francesa, cuando
el color arriba a la pequeña pantalla.
En
1970 asume el cargo de Jefe de la Unidad Audiovisual del Departamento
de Artes Visuales del Museo de la OEA, que dirige José Gómez Sicre, donde
realiza la serie América Latina, imagen y tiempo, serie de documentales
para televisión sobre diversos artistas de Venezuela y América Latina,
que permiten a Jesús Soto afirmar que el arte, y el continente latinoamericano
en particular, tienen una gran deuda con Angel Hurtado.
Más
de treinta años de vivencias absolutamente urbanas, y sin embargo el paisaje,
contra lo que se pueda pretender, sigue allí, en el interior del artista,
pujando por salir. Y no un paisaje cualquiera, sino el paisaje del Tocuyo,
que ya ha adquirido en su conciencia dimensiones cósmicas. Son sus noches
y sus símbolos y sus estaciones y sus meses del año, en los que Hurtado
indaga texturas, colores y materias, a la vez que, paralelamente, parece
explorar en su propio ser.
Los
resultados los deja ver en la muestra que en 1967 presenta en el Museo
de Bellas Artes, a la que sobreviene un silencio de casi 30 años, hasta
1990, cuando lo tenemos de nuevo, ya otro, en el Museo de Arte Contemporáneo
de Caracas, definitivamente con sus Paisajes interiores.
Durante
esos años, aunque no hubo exposiciones, nunca dejé de pintar, aclara Hurtado.
No exponía porque estaba ganándome la vida de otra manera en Francia y
Estados Unidos, porque yo nunca he vivido de la pintura. Es ahora cuando
lo hago, después de 60 años de trabajo con el cine, pero siempre relacionado
con la pintura. No dejé de pintar, pero no tenía tiempo para preparar
una exposición. Cuando me retiré, decidí retomar la pintura, y del 90
para acá estoy dedicado a ella full time.
Pero
su pintura, dice, ni cambia ni se revoluciona, sino que evoluciona. Soy
muy lento para trabajar. Paso la mayor parte del tiempo pensando y viendo
el cuadro. Y soy muy exigente conmigo mismo. Cuando voy a una casa y veo
un trabajo mío, me provoca tener una paleta para corregirlo.
Para
darle vida a esas imágenes de la conciencia, Angel Hurtado apela a su
maestría en el dominio de la estructura y el manejo de la forma. Al buen
hacer de la pintura. Son características que extraña y reclama en el arte
de hoy: Yo trabajo mucho la perspectiva aérea. No quiero que el cuadro
se quede pegado en la tela, que sea superficie plana, sino que tenga aire,
que respire. Me interesa mucho la atmósfera. La mayoría de los pintores
de hoy no sabe pintar. Pintan, pero no saben. Eso sólo pasa en la pintura.
En la literatura tú no puedes escribir sin saber hacerlo, y en la música
menos puedes pretender ser músico sin serlo. Pero cualquiera pinta un
mamarracho y dice que es pintura. La crítica tiene en ello parte de responsabilidad.
Yo estoy en contra de eso. Yo uso la técnica clásica, los valores, la
composicón, todo lo que han hecho los grandes maestros. Trato de seguirlos.
Mi pintura tiene que ser rigurosa. Y me lo impongo. No hago cuadros en
un día por salir del paso.
-Se
ha cometado mucho acerca de la importancia de la estructura en sus cuadros.
Yo
creo que un cuadro sin estructura es como un cuerpo sin esqueleto. Un
cuadro que no tenga composición no se sostiene. Esas manchitas voladoras
y esas cosas que tú ves por ahí, no tienen asidero, por eso no pueden
perdurar en el tiempo. Para que un cuadro se sostenga en el tiempo tiene
que tener estructura y composición. Ésa es la base.
-¿Cómo
es el proceso de realización de sus cuadros?
Empiezo
por el boceto, porque es lo que dice por dónde agarrar. El boceto es una
idea para empezar. Primero lo hago en blanco y negro, después lo voy transformando,
porque hago otro ya en color. El mismo boceto te dice el colorido que
necesita. Entonces, cuando tengo el boceto listo, paso a la tela en grande.
Y por lo general, cuando termino, la tela no se parece en nada al boceto.
Si
en algo ha sido exigente Angel Hurtado es en la defensa de su propio estilo.
Vive en constante lucha por mantenerse libre de influencias. Ese es su
orgullo , comentaba el diario El Nacional en 1950. Y es que para este
artista el estilo es como la caligrafía, algo que se lleva dentro. Monet
decía que el artista tiene que pintar como el pájaro canta. Cada pájaro
tiene su canto, como cada artista su estilo. Y si lo cambia, es porque
no es sincero consiglo msmo. Picasso, que fue el artista más grande de
este siglo, nunca cambió de estilo. Aunque sus cosas sean antagónicas,
tienen la misma personalidad. Por eso, yo nunca entendí a esos pintores
que un día son cubistas y otro figurativos. Vas a una exposición de ellos
y parece una colectiva.
-Si
tuviera que ubicar referencias en su trabajo, ¿a quiénes señalaría?
Estos
paisajes no tienen realación con ningún pintor venezolano ni extranjero.
Yo he tratado de ser, no original a ultranza, pero no quiero parecerme
a nadie. Claro que eso no quiere decir que no tenga influencias. Quien
más me ha influido, aunque no lo parezca, es Rembrandt, maestro del claroscuro.
Yo no sé cómo pintaba Rembandt, pero cuando ves la luz de sus cuadros
y ambientes interiores, en una época en que sólo existía la luz de la
vela, te das cuenta de que es un maestro. Para mí ha sido la gran escuela.
Si tú ves un paisaje mío, las luces que pasan a través de las nubes, son
golpes de luz que no tienen ninguna logica con la realidad. Cuanto tú
pintas paisajes documentales, debes tratar de que la luz venga de un solo
lado. Pero en mis cuadros, yo pongo la luz donde el cuadro me la pida,
así sea una luz falsa. Mi pintura no es documental. Por eso, si te pones
a ver, su luz es completamente ilógica, no sabes de dónde viene.
Si
algún origen tienen estos paisajes imaginarios de Angel Hurtado, él lo
ubica en su regreso a Margarita, después de 36 años fuera de Venezuela.
Me quedé maravillado, como si estuviera reconociendo a la naturaleza por
primera vez, sobre todo las noches. Ver estrellas fue impresionante. Yo
tenía más de 30 años sin verlas. Eso influyó mucho en este cambio planetario
que he hecho. Porque pasar de la civilización extrema al primitivismo
extremo, es un cambio planetario.
Claro
que la relectura de Carpentier, en Los pasos perdidos, hoy su libo de
cabecera, mucho tuvo que ver con ese redescubrimiento de la naturaleza
pura. En 1972 surgieron los tepuyes como sugerencias abstractas, nos dice,
sin que yo antes hubiera estado allá, pero me interesaba mucho su forma.
Era un mundo desconocido para mí, fabuloso. El único territorio virgen
que queda todavía, porque estamos destruyendo este planeta. Por eso los
llamo paisajes primigenios. Y es lo que quiero hacer con estos paisajes,
imágenes de cómo era el mundo antes de que el hombre llegara a destruirlo.
Desde
hace cinco años, Angel Hurtado está instalado en Porlamar. Margarita es
muy parecida a El Tocuyo -refiere-, su clima caliente, su tierra árida,
y sus tunas. Y como me gusta mucho el mar, reuní el paisaje de El Tocuyo
con el mar, una simbiosis que me interesaba mucho. Nada mejor que una
isla para aislarse. Yo tengo 72 años, y me doy un máximo de diez años
de vida. Y estos últimos diez años quiero pasarlos aislado. No me interesa
el contacto con los grandes centros culturales, porue ya lo viví. Lo que
quiero es retirarme a digerir todo lo que he visto, a trabajar y a descubrir
quién soy yo, qué es lo que soy, qué tengo por dentro y si vale la pena
sacarlo.
Y
en la paz que el océano le permite, el agua y la arena se hacen sequía,
para que el artista recupere parte del paisaje perdido de su región natal.
Un paisaje que hoy se llama horizonte marino, la Gran Sabana o Los Andes.
Un paisaje que ya no existe en lo real, y que por ello reafirma su dimensión
simbólica, y va más allá en el tiempo, más allá de la memoria, hasta adquirir
la condición primigenia y la inocencia del origen, tal como Angel Hurtado
hoy nos los presenta.
*Periodista
y Poeta
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