Psicohistoria o la Reaparición de Mnemosine.**
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| VIRGILIO Y LAS MUSAS |
La Cara Mítica del Recuerdo y el Olvido.
Finalizada
la guerra con los Titanes los dioses le pidieron a Zeus que creara divinidades
capaces de cantar el nuevo orden establecido en el Universo. Disfrazado
de pastor, Zeus se unió durante nueve noches consecutivas con Mnemosine,
hija de Gea y Urano, hermana de Kronos y Okeanos. Mnemosine, personificación
de la memoria, "sabe todo lo que ha sido, es y será "; posee el conocimiento
de los orígenes y de las raíces, poder que traspasa los límites del más
alla. En Lebadea, ciudad de Beocia, existía una fuente con su nombre,
de donde tenían que beber los asistentes al oráculo de Trofonio para tener
acceso a la revelación. En las regiones infernales, en el oscuro reino
de Hades, existía también una fuente de Mnemosine, a la que se le oponía
la de Lete, el río del olvido, del que bebían los difuntos para olvidar
su vida terrena. Para los griegos, los muertos son aquellos que han perdido
la memoria.
De la unión de
Zeus con Mnemosine nacieron las Musas. Psicológicamente podríamos decir,
que de la unión de lo divino (los arquetipos del inconsciente colectivo)
con la memoria se producen las artes, la inspiración y las manifestaciones
de cultura. Las Musas eran sumamente sabias pues conocían todas las historias.
Ellas suplen las ausencias de la tradición, teniendo acceso a la sabiduría
de Mnemosine, el conocimiento de los orígenes y de las verdades eternas.
Homero no las dota de atributos diferentes y eran invocadas primordialmente
como deidades de la memoria. Y ya la Mitología nos da un indicio de la
función arquetipal de la Historia, porque siendo las Musas personificaciones
de la memoria, ellas son, contradictoriamente, "las vírgenes que procuran
el olvido de los males y el fin de los pesares" (Hesíodo, Teogonía)
endulzando las angustias de la humanidad. La genealogía hesiódica de las
Musas las señala en número de nueve, entre las cuales se encuentra Clio.
La tradición posterior, en tiempos relativamente modernos, les asigna
atributos particulares a cada una, constituyéndose Clio en la personificación
de la Historia. Su nombre significa gloria, honor, Ella canta comenzando
por el principio, elogiando las hazañas de los héroes, anunciando los
hechos importantes. Pero Clio no se interesa por la acumulación de datos,
por los sucesos cotidianos, por la historia casuística o el tiempo profano.
Ella canta sólo a lo significativo, a aquellos eventos que son algo más
que el simple hecho, a los acontecimientos heroicos que tienen un sentido
arquetipal, una resonancia psicológica. El pasado expuesto por Clio no
es meramente la ubicación temporal de lo que sucedió anteriormente, no
es una secuela de causas y efectos, es, más bien, una conexión con las
realidades fundamentales, con el fondo del ser y la existencia. Tanto
para Hesiodo, como para Homero o Empedodes, las Musas no representaban
exclusivamente una memoria exacta del pasado. Eran las reveladoras de
verdades escondidas, de una visión profunda e interior del pasado, que
permitía revivir las relaciones auténticas, lo cual daba una verdadera
sabiduría. Esto se incorpora a la tradición griega de que el conocimiento
del pasado pertenecía los poetas, quienes tenían acceso a una facultad
especial. Hasta el mismo Aristóteles consideraba que la poesía era la
única capaz de obtener una enseñanza esencial de la secuencia temporal
de hechos empíricos.
Otra
vertiente importante de la Mitología de la Memoria en Grecia es la de
la metempsicosis, doctrina de la transmigración y reencarnación, tal como
aparece entre los pitagóricos. Ya no se trata de la memoria de los acontecimientos
primordiales, como en las musas, sino del recuerdo de las existencias
personales anteriores. Esta es una aproximación histórica. Es descubrir
una trama en nuestras vidas pasadas y dispersas; rastrear nuestra propia
historia a través de una anamnesis. Y es precisamente este recuerdo lo
que sitúa a un hombre entre "los que saben". Grecia produjo un verdadero
tratado de la memoria. Platón, por ejemplo, afirmaba que los perfectos
no tienen necesidad de recordar ya que no han olvidado. El conocimiento
de la verdad consistía en recordar las Ideas una vez observadas por el
alma, La sabiduría dependía, por lo tanto, del recuerdo de esa realidad
superior que era el mundo de las ideas. Pero la dimensión psíquica de
esta mitología no se limita exclusivamente a las costas mediterráneas.
Las prácticas de los chamanes siberianos intentan recuperar las existencias
pasadas. En la India el olvido se equipara a la muerte, a la pérdida de
uno mismo, mientras que la anamnesis implica la recuperación de la identidad
y el sine que non de la inmortalidad. Buddha y Krishna pertenecen
a los pocos que pueden recordar sus nacimientos y existencias pasadas.
Y es esa memoria absoluta la que confiere el poder para liberarse del
encadenamiento karmico, y la que permite el dominio del destino propio
y la llegada a la sabiduría. Sólo conociendo el pasado, así como los efectos
y repercusiones de nuestras conductas anteriores, podremos evitar la vuelta
al sufrimiento y a la existencia, y podremos redimimos de la ley que nos
impone las transmigraciones infinitas(Mircea Eliade, Mito y realidad).
El Arte de la Memoria, desde sus fuentes griegas y latinas, hasta, los
tratados renacentistas, nos muestra, también, la cara mítica del recuerdo.
Cicerón había definido La Virtud como un hábito mental acorde con el orden
natural y la razón. Dentro de una de las subdivisiones o partes de La
Virtud, La Prudencia, o el conocimiento de lo que es bueno y es malo,
se encontraba la Memoria. Los desarrollos medioevales de las enseñanzas
de "Tullius", como los de Tomás de Aquino y Alberto Magno, hicieron de
la memoria el hábito mental que nos facultaba para obtener lecciones morales
y útiles del pasado, las cuales, a su vez, nos llevarian a una conducta
prudente en el presente.
En
el siglo 16, el Teatro de la Memoria de Giulio Camillo puede mostrarnos
otros desarrollos interesantes. Durante el Renacimiento diversos tipos
de misticismo cósmico se habían combinado para formar la tradición Hermético-Cabalista,
de gran penetración e influencias en esa época. La filosofía y la magia
de Marsilio Ficino se habían desarrollado fundamentalmente a partir de
sus reflexiones en torno al Corpus Hermeticum y el Asclepius,
atribuidos a los supuestos escritos de Hermes Trismegistus. Pico della
Mirándola, por su parte, había popularizado la Cábala Judía. Giulio Camilo,
buscando una síntesis entre estas tradiciones y el arte clásico de la
memoria, hizo de esta ultima el instrumento para la formación de hombres
con poderes especiales, el medio a través del cual el macrocosmo se reflejaba
en la infinitud del microcosmo humano. La memoria era así concebida como
una instancia divina con poderes para alcanzar las más elevadas realidades,
la facultad entrenable capaz de obtener el significado y la visión de
la divinidad del alma. (Frances Yates, El arte de la memoria).
La
Terapéutica del Retorno.
La Antropología
y el Estudio de las Religiones Comparadas nos han puesto en contacto con
los Ritos de Iniciación. El simbolismo fundamental de dichos rituales
es el regressus ad uterum, la vuelta al origen, lo cual permite
la renovación, la iniciación y el renacimiento espiritual. Y ese retomo
a las raíces no está limitado ni a las sociedades llamadas arcaicas ni
a los rituales iniciáticos. Tanto en China como en la India se encuentra
ligado a técnicas medicinales, fisiológicas y psicomentales. La técnica
panindia del "retorno hacia atrás" era recomendada y practicada por Buddha.
Consiste en recorrer progresivamente el tiempo a la inversa, recordando
detalle a detalle todos los acontecimientos de nuestra historia personal,
hasta llegar a nuestra primera existencia. Solamente a través del recuerdo
del pasado, es posible dominarlo e independizarnos de la ley Kármica,
objetivo fundamental de la filosofía hindú. Para los taoistas la obtención
de la juventud y la salud es posible a través de la vuelta al origen,
al huevo o el Gran Uno primordial (Mircea Eliade). La asociación entre
las técnicas medicinales, la curación, el rejuvenecimiento y el retorno
en el tiempo, está presente en múltiples sociedades tradicionales, y conocerla
es indispensable para entender la medicina primitiva. En el Oriente antiguo
una medicina funcionaba solamente si se conocían sus orígenes y si aplicaba
en un tiempo ritual que recapitulara su descubrimiento. En los conjuros
medicinales asirios era indispensable relatar la historia de la enfermedad
o del demonio que la causó. Entre los indios navajos, el curandero no
puede realizar una ceremonia curativa al menos que ésta esté acompañada
del ritual en el cual se recitan los mitos de origen, la historia mítica
de la creación del hombre, la historia de los ancestros y el origen de
las tradiciones e instituciones de la tribu. Y es que el momento apropiado
para la narración de la historia mítica, para la recuperación del pasado,
es el de las ceremonias de curación (Mircea Eliade). En la curación ceremonial,
practicada en diversos ambientes geogr ficos, la solemnidad ritual no
es un acompañante más de la técnica curativa, sino el factor terapéutico
fundamental. La ceremonia puede consistir en la realización de una especie
de rito iniciático, ya que muchas veces estos últimos degeneraron en métodos
curativos, en la repetición de los mitos y la historia de la tribu, o
bien en la repetición del trauma inicial que dio origen a la enfermedad.
Entre éste último tipo, están las ceremonias curativas de los indios Pomo
de Califomia, donde el doctor cantarín supone que la causa de la enfermedad
es un acontecimiento pasado que el paciente no puede recordar, en concreto,
el encuentro del paciente con un espíritu. La cura consiste en reproducir
y presentarle al enfermo la escena realista de su trauma pasado (Ellenberger,
El descubrimiento del inconsciente).
Pero
para no salirnos del siglo veinte y de nuestro entorno cultural, encontramos
que este substrato mitológico está presente tanto en el Psicoanálisis,
como en muchas técnicas psicológicas que inducen procesos regresivos.
En sus primeros trabajos con pacientes histéricos Freud observó que por
medio de la hipnosis podían encontrarse fragmentos de memoria relacionados
con la enfermedad del paciente. En muchos casos, el recuerdo de dichos
acontecimientos pasados resultaban en la remisión de los síntomas. Desde
ese entonces, mucha agua ha corrido debajo de los puentes del Psicoanálisis,
pero de manera elemental podría decirse que la salud mental es asequible
para el paciente psicoanalizado en la medida en que pueda rememorar e
integrar aquellos acontecimientos reales o fantaseados en los que ha quedado
fijada su energía psíquica. Por más que hoy en día dicho principio pueda
parecemos limitado, no deja de ser una práctica común a casi todas las
psicoterapias y tratamientos psiquiátricos, obtener una anamnesis completa
de la historia del paciente. Y lo que es más interesante aún, en algunos
casos, la recuperación del pasado, la sola confesión de la acumulación
de pecados del tiempo profano, pareciera acompa¤ar la remisión de los
sintomás. Mircea Eliade ha demostrado convincentemente cómo, para las
sociedades primitivas y tradicionales, los hechos tienen una significación
transhistórica. La serie de acontecimientos y accidentes arbitrarios que
se. dan en el fluir del tiempo, y que en sí conforman la Historia, sólo
pueden ser aceptados por el hombre arcaico en la medida en que tengan
un sentido metahistórico. Existe la necesidad de anular el tiempo, regenerándolo
periódicamente, o atribuyéndole una significación escatológica. La Historia
representó el surgimiento de un tipo de conciencia diferente. Ya no se
trataba de repetir los hechos primordiales que se dieron ab origen
e in illo tempore en el dominio de los dioses y de los héroes: Son
ya acontecimientos netamente humanos, precisos y limitados, que se suceden
en un tiempo lineal e irreversible.
Sin embargo, de
la misma forma que la atribución de los nombres de los santos de la cristiandad
a los dioses y espíritus africanos no pudo impedir que las propiedades
y funciones de estos últimos aparecieran disfrazadas y moldearan la forma
e intención de la religión moderna, la mentalidad arcaica y mitopoética,
presente en nuestro inconsciente colectivo, modifica el sentido de la
nueva consciencia histórica. Dicho de otra forma: el afán historiográfico
de recuperar el pasado de la humanidad es el símil actualizado de la repetición
de los mitos cosmogónicos. Su función pareciera ser la misma: encontrarle
un hilo, un encadenamiento, o un sentido arquetipal, a la secuencia de
acontecimientos humanos en ese flujo arrollador e irrecuperable que llamamos
tiempo. La historiografía aparece como una defensa en contra del absurdo
de la historia. Y es en esta búsqueda del sentido arquetipal, de lo importante
y significativo dentro de la multitud abrumante de acontecimientos en
el tiempo, en la que más se ha interesado la Psicohistoria. Pero, probablemente,
la más feraz contibución del enfoque psicológico de la historia está en
la posibilidad de observar esta última como una forma de Psicoterapia
colectiva. Al igual que para el hombre arcaico el conocimiento de los
orígenes de una cosa le da un poder mágico sobre ella, y al igual que
la repetición de los mitos de creación se convierte en una fuerza regeneradora
y curativa, la historia tiene una función terapéutica en el hombre contemporáneo.
Hablamos de terapia colectiva. La anamnesis historiográfica, ese recuerdo
de todos aquellos acontecimientos decisivos que tuvieron lugar antes de
nosotros, pareciera ser, también, una forma de dominar el pasado, de salirse
de la ley kármica e impedir que ese pasado vuelva a influir en nuestro
presente. Pero además, si nuestra sociedad es consecuencia de lo que acaeció
en tiempos anteriores, si lo que pensamos y hacemos actualmente tiene
como punto de partida nuestro pasado, el retorno y conocimiento de los
orígenes es indispensable para lograr conectarnos con los fundamentos
de nuestra existencia, así como para obtener un grado deseable de integración
e identidad. Si en la India, la medicina tradicional utiliza el regressus
ad uterum para lograr la regeneración de los enfermos y sanar el agotamiento,
nuestra cultura occidental utiliza la historiografía para conseguir la
regeneración de la sociedad. Sólo en el pasado, a posteriori, toma
sentido e hilación la vida
*Analista
Junguiano. Profesor de la UCAB
**Publicado en Eidos v.1. n. 3. julio-diciembre 1984
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