CRÓNICA DE UN CUERPO DE TIERRAS CALIENTES

Analy Lorenzo de Pérez

Cuerpo de tierras calientes, bañado de sol, arena y canto. Bajo la sombra de sus palmeras alarga la vista, sentada, cómoda, como la más dulce de las siestas y ve hacia su horizonte: siempre mar y huella de sus visitantes. Ve también las marcas en su piel doliente y quemada por el sol y la pisada más cruel de sus hormigueantes caminantes. Se sienta a pensar, a intentar recordar su pasado ya lejano, casi borrado en sus sienes blancas otrora rubias de esplendor por tanto son y calor.

Cuerpo de tierras calientes. Cuerpo de dos caras: una al norte que mira siempre al mar; otra al sur, bordeada de una serranía de tres hermanos: Agustín Codazzi, Naiguatá y Fila El Ávila. Siempre vigilantes, siempre juntos como buenos hermanos, ahora ya cansados, también viejos, recuerdan o intentan recordar sus andanzas de 1589. Entonces servían como el mejor de los cuarteles, resguardo seguro para ese cuerpo de mujer, caliente, carne segura de corsarios y aves de rapiña. Cuerpo de mujer, de sangre virgen, siempre caliente, llenas sus venas de las más apetecibles aguas dulces.

Cuerpo de tierras calientes, cuyo norte montañoso de cara a la costa marca sus formas bien particulares. Como cuerpo de mujer sus curvas terminan abruptas, dejando al mar el desnudo de sus lados. 160Km. sirven a este eterno observador para saciar su hambre de hembra de sangre caliente.

Desde su nacimiento arawuakos y kariñas supieron albergar en sus entrañas los nutrientes necesarios para que sus brazos y piernas crecieran sin miedo al enemigo, o la hambruna más terrible. Amasaron sus piedras para dar el mejor brillo a su piel: calizas y marmóreas sirvieron de piso a sus antiguos paseantes.

Como el abono más profundo: el aceituno, el caoba, el cují, el jobo y el mahomo supieron siempre conservar ese barniz de piel soleada. Piel aceituna atractiva al visitante y orgullo del lugareño. Y como rey de este sembradío herbóreo , casi paraíso: la ceiba supo dar abrigo al libre pensador y a los amantes de este cuerpo siempre de tierras calientes.

Hermanado muy cerca de otro cuerpo, la serranía de tres hermanos dejaron, de un lado, la cara quemada por el sol y, por el otro, la cara de un valle hermoso lleno de sombras que crecieron muy pronto bajo la luz eléctrica de otro caminantes.

Cuerpo de dos caras que la historia ha intentado separar de sus entrañas, habiendo visto pasar la misma sangre en sus venas: una sangre blanca, roja y negra, que ha dibujado sus huellas y las ha terminado juntando para siempre como dos buenos municipios. Conservando sus hilos de familiaridad más profunda.

Pero la historia en los años de 1924 dejó correr la misma sangre negra por las dos caras. Vistió a ambas de sus mejores trajes, las engalanó realzando en ambas sus mejores atributos: siempre mujeres, siempre calientes: una costa , la otra valle hermoso de techos rojos.

Se taparon las antiguas heridas, se pulió de nuevo la caliza y los mármoles, se regó de nuevo la ceiba y la arena se cubrió de asfalto. Un nuevo piso que aún dejaba ver las otras pieles de arena y sol.

Mucho tuvo en el recuerdo este cuerpo caliente. Muchos cambios vieron crecer estos tres hermanos desde sus ojos altos. Serranía observadora bañada por corrientes de agua dulce que desembocaban siempre al mar. Ellos lo han visto todo de Sur a Norte. Del valle al mar un corto trayecto, poco a poco ha visto secar sus entrañas, envejecer ese cuerpo cansado, Ojos que miran crecer y envejecer las fuerzas de mujer caliente.

Ojos observadores que vieron cambiar las formas, la transformación de sus partes, agrandarse sus grietas, blanquear sus canas y registrar los cambios más profundos y crueles de ese cuerpo lleno de olor de mar.

¿Qué le hicieron a la Serranía? ¿Qué pudieron ver estos hermanos tan doloroso que hizo derramar sobre ese cuerpo el llanto más profundo y aterrador?

Ese trayecto tan corto, tan caminado de Sur a Norte, una dirección tan sabida que había sentido ese cuerpo tantas veces dejó el llanto más cruel sobre su piel caliente.

Desde sus entrañas más profundas brotó el sudor del miedo, de muerte. Sudor y lágrimas bañaron al cuerpo de mujer. El cuerpo, antes caliente, bordeado de mar, sandunguero y juguetón, no soportó y no entendió tanta furia de sus aguas. Unas aguas que brotaron desde sus mismas entrañas. No tuvo tiempo de separar la sal del sudor, de sus lágrimas y del mar. Se ahogaron sus formas cansadas de sol.

Ya ni sus más viejos habitantes podrían dar consuelo a sus partes dolientes. Demasiadas llagas se abrieron en su piel cansada. No sirvió su sangre negra, sus vestidos de gala, sus huellas, sus registros de luces brillantes, sus recuerdos escondidos en sus grietas de vieja: todo fue mojado de lágrimas, sudor y mar.

Las aguas más crueles mojaron al cuerpo de mujer, cambió sus formas, ahogó sus brazos y piernas.

¿Por qué tanto dolor guardado en este cuerpo de mujer? ¿Qué le dijeron, que amante perverso desgarró de esa manera su piel, en otro tiempo caliza y marmórea? Una piel esfuerzo de sus arawuakos y kariñas, piel de eternos recuerdos de infancia, de corsarios y visitantes. El llanto más profundo lo desbordó todo.

Sólo el mar fue testigo de la furia de la serranía. Sólo él pudo sujetar en sus brazos lo que iba quedando de ese cuerpo . Trató de sujetar lo más que pudo: mucho quedó en sus bordes, mucho se perdió en el fondo más negro y frío del recuerdo.

La caliza que fue brillo ahora se convirtió en muerte y amenaza. Los ríos que fueron vida, fuentes de la eterna juventud, se volvieron la más cruel de las fuentes . Todos al unísono quisieron recuperar sus espacios.

¿Reclamaron algo el Codazzi, el Naiguatá y El Ávila o fue la Cuenca del Guaire la que quiso de nuevo ocupar ese cuerpo de mujer?

El cuerpo, ahora viejo y cansado, no pudo defenderse de tanta furia.

Ahora, sólo el mar lame las heridas de muerte, intenta recobrar el sentir de esas piernas , recobrar el son y el calor de sus curvas. El mar no puede reconocer nada en un terreno baldío. Sólo escucha algunos quejidos, algunos silencios de la noche y el miedo que dejó el amante furioso. Cuánto celo para un solo cuerpo. Demasiado dolor para un solo cuerpo. Demasiado llanto para un cuerpo de tierras calientes.

Sólo la ceiba vieja quedó, ya no para dar sombra a los amantes sino para cobijar el silencio más espeluznante de una tierra de fantasmas.

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