Entonces
Sueño
que sopla una violenta ráfaga de invierno sobre tus cabellos descubiertos,
oh niña, que transitas por la nevada urbe monstruosa, a donde todavía
joven espero llegar, para verte pasar. Te reconoceré al punto, no me sorprenderá
tu alma atormentada y exquisita, tu cuerpo endeble ni tu azul mirada;
he presentido tus manos delicadas y exangües, he adivinado tu voz que
canta y tu gentil andar. El día de nuestro encuentro será igual a cualquiera
de tu vida: te veré buscando paso entre la muchedumbre de transeúntes
y carruajes que llena con su tumulto la calle y con su ruido el aire frío.
La calle ha de ser larga, acabará donde se junten lejanas neblinas; la
formará una doble hilera de casas sin ningún intervalo para viva arboleda;
la harán más tediosa enormes edificios que niegan a la vista el acceso
del cielo. Lejos de la ciudad nórdica estarán para entonces los pájaros
que la alegraban con su canto y olvidado estará el sol; para que reine
la luz artificial con su lívido brillo, lo habrán sepultado las nubes,
cuyo horror aumenta la industria con el negro aliento de sus fauces.
Entonces
y allí será la última hora de ésta mi juventud transcurrida sin goces.
Habré ido a experimentar en la ciudad extraña y setentrional la amargura
de su despedida y el desconsuelo de su eterno abandono. Para sufrir el
ocaso de la juventud ya estaré preparado por la partida de muchas ilusiones
y el desvanecimiento de muchas esperanzas. En mi memoria dolerá el recuerdo
de imposibles afectos y en mi espíritu pesará el cansancio de vencidos
anhelos. Y ya no aspiraré a más: habré adaptado mis ojos al feo mundo,
y cerrado mi puerta a la humanidad enemiga. Mi mansión será para otros
impenetrable roca y para mí firme cárcel. Estoico orgullo, horrenda soledad
habré alcanzado. En torno de mi frente flotarán los cabellos grises, grises
cual la ceniza de huérfanos hogares. De lejos habré llegado con el eterno,
hondo pesar, el que nació conmigo en el trópico ardiente y que me acompaña
como la conciencia de vivir. Un pesar no calmado con la maravilla de los
cielos y de los mares nativos perpetuamente luminosos, ni con el ardor
ecuatorial de la vida, que me ha rodeado exuberante y que sólo en mí languidece.
Los años habrán pasado sin amortiguar esta sensibilidad enfermiza y doliente,
tolerable a quien pueda tener la única ocupación de soñar, y que desgraciadamente,
por el áspero ataque de la vida, es dentro de mí como una cuerda a punto
de romperse en dolorosa tensión. La sensibilidad que del adverso mundo
me hace huir al solitario ensueño, se habrá hecho más aguda y frágil al
alejarse gravemente mi juventud con la pausada melancolía de la nave en
el horizonte vespertino.
Al
encontrarse, quedaremos unidos por el convencimiento de nuestro destierro
en la ciudad moderna que se atormenta con el afán del oro. Ese día, demasiado
tarde, el último de mi juventud, en que despertarán, como fantasmas, recuerdos
semimuertos al formar el invierno la mortaja de la tierra, será el primero
de nuestro amor infinito y estéril. Unidos en un mismo ensueño, huiremos
del mundo, cada día más bárbaro y avaro. Huiremos en un vuelo, porque
nuestras vidas terminarán sin huellas, de tal modo que éste será el epitafio
de nuestro idilio y de nuestra existencia: pasaron como sonámbulos sobre
la tierra maldita.
Sutileza
Yo
ESCUCHABA el discurso de una mujer inteligente y sensible. Se había sentado
en un sillón regio, de un solo pie. Adaptaba sus brazos a los del asiento
y sostenía la faz de belleza imperturbable sobre el dorso de las manos
entrejuntas. Yo le recordé la actitud semejante de Arquímedes en una estampa
divulgada.
La
mujer prefirió la igualdad con Margarita de Navarra, en el acto de imaginar
sus cuentos libres. Sus palabras crearon el ambiente de un drama cortesano,
en donde un caballero pulido teme el ingenio de una dama festiva y la
celebra al mismo tiempo en unos versos frívolos.
Aproveché
ese instante para subrayar un pasaje significativo en donde la reina siente
de modo visible el pensamiento de Boccaccio y su estilo ciceroniano. Usé
en mi servicio la elocuencia de Fiammetta y su ademán insinuante y sufrí
de mi gentil señora una protesta indignada.
He
acudido en ese momento a una superstición favorita de los antiguos. He
abierto al azar uno de los libros de mi devoción y he encontrado el ejemplo
de mi suerte en la paráfrasis de un soneto de Shakespeare.
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