Psicoanálisis en Venezuela:

LO PRIVADO Y LO PUBLICO EN LA MISMA CARA DEL ESPEJO

Fernando Yurman*

Quizás en algunos años, deben conjeturar los estudiosos, se pueda obtener una mayor precisión para analizar el vasto debate que recorre hoy con un sobresalto la sociedad venezolana. Son todavía tenazmente controversiales, por decir lo menos, las transformaciones sociales, ideológicas, políticas o económicas. En contraste, ya hay una vaga pero firme certeza de que cambiaron para siempre ciertos resortes íntimos de la vida pública, y los suelos de la subjetividad ya no volverán a ser los mismos. Los terrenos de lo público y lo privado han movido sus límites, en una honda remoción íntima que no es de fácil definición. Es frecuente que el cambio de una identidad impida, en el fragor del proceso, saber de ese mismo cambio, pero se pueden adivinar algunas direcciones: transformación en la imagen de la sociedad y su efecto en los destinos personales; variación del "tamaño social" de los gestos individuales; recombinación de la propia historia personal en la historia social; dimensión nueva del Otro social; etc. Sin analizarlas en detalle, se advierte que no son simples revisiones de las referencias sociológicas, sino matrices que inciden en las zonas más caras de la subjetividad. El psicoanalista no debería ignorarlas: lo privado y lo público, sencillas convenciones de las ciencias sociales, resultan para el psicoanálisis la estofa misma de su trabajo y se cruzan en sus pasillos más lejanos. La clínica hoy está cuajada por ese encuentro, y la angustia que destilan los pacientes en sus relatos reverbera todo el paisaje social.

El adentro y el afuera

Público y privado son ámbitos populosos para el psiquismo, son los nombres que también tienen los anhelos y sus objetos, el deseo y la represión, las pulsiones y los otros. En su cambiante bisagra se encuentra la tierra de nadie donde se forman los fantasmas y abrevan los impulsos. En la gran hoguera actual de las creencias, esa frontera está "caliente", y ninguna fantasía subjetiva puede ignorar hoy el entorno social que la atraviesa, así como ninguna percepción social puede desconocer el movedizo barro donde crecen sus pulsiones. Muchos psicoanalistas podrían sentir hoy en Venezuela que el inconsciente está ahí, en la calle, y lo privado ¨ - lo que está "privado" del ágora, lo que no puede participar de lo público según los griegos - ha roto sus viejos y familiares diques, de modo que, como en el verso de Vallejos, "nunca tan cerca estuvo lo lejos".

La ruptura, sin duda trastornante, por otro lado no hace sino retornar a su núcleo de origen una grave disociación. Parece de Perogrullo, pero es preciso aclarar que existe una separación de lo privado y lo público que, más allá de las razones estructurales y genéticas del psiquismo, tiene otras de carácter social, cultural, y también ideológicas. Lo privado es también una de las grandes ilusiones necesarias de lo público. El interior, el alma, las pasiones, las psicologías abismales, fueron también una ideología. Sus exaltados emblemas espirituales, que tanto desconstruyó Freud, fueron recuperados en su mismo tiempo por la gran civilización psicológica que cultivó y colonizó el interior, con la misma tenacidad jubilosa con la que en el siglo pasado los viajeros continentales colonizaron el exterior. En esa tendenciosa "civilización del alma", es tarea de todo psicoanalista con exigencia teórica, clínica, y también ética, diferenciar los matices alienantes de ese "interior"; Y actualmente esa demanda se intensifica por el carácter tumultuoso del afuera.

Una imagen intemporal del psicoanalista, adocenada y abstracta, lo sugiere flotando en una escucha aislada en la cabecera de un diván. Ese estereotipo, al que no son ajenos los mismos psicoanalistas, y que deriva asimismo de las inefables consecuencias de algunas posiciones teóricas, resulta hoy difícil de sostener. El afuera ha invadido los recintos de la subjetividad, especialmente de los que insistían en un ambiente especial, un interior aislado. Posición siempre difícil, pero que durante mucho tiempo logró la protección simultánea de la teoría y de la vida social. Revisarlas es un imperativo teórico que, como tantas veces, viene hoy desencadenado abruptamente por la realidad.

Contra lo que suele suponer cierto prejuicio de los trujamanes del alma, Freud no cultivó los valores de la interioridad. Tampoco los de la exterioridad, como suelen suponer en la acera opuesta los descifradores de ideologías más rápidos del Oeste. Lo que entrevió su trabajosa teorización fue un inquietante tercer ángulo, equívoco y difícil, una suerte de exterior-interior. Su clínica le permitió advertir que la división adentro y afuera no era más que otra de las ilusiones del aparato psíquico, y que siempre el afuera está adentro y el adentro afuera, de modo que toda psicología individual también resultaba social. Así es que señaló en sus casos clínicos los núcleos más íntimos como procedentes del exterior, y los exteriores como indisociables de los anhelos más particulares. Sin embargo, la cultura de las psicologías, la vasta civilización del alma que atraviesa nuestra cultura, hizo especialmente difícil esta captación. El psicoanálisis, por su parte, desarrolló su práctica en la serenidad protegida de los consultorios, remedos arquitectónicos de un "interior" teórico, de un "adentro" para explorar incansablemente, lo que no alentó tampoco esas vigorosas premisas freudianas. La intensidad del prejuicio adentro-afuera tuvo siempre estos mentores sociales, aparte de estar determinado, imaginariamente, por la misma estructura del aparato psíquico, que funde el cuerpo con el yo, y hace de este último un recinto de identificaciones que desconoce su propio origen. Pero esta determinación genética, estos espejismos que deriva la misma estructura, no deberían impedir a los que trabajan con ellos saber todo el afuera del adentro y todo el adentro del afuera. En todo caso, indagarlo se impone hoy como un relevante desafío.

El Otro como ordenador social

El privilegio de haber ejercido la clínica psicoanalítica en otras sociedades me ha permitido advertir ciertas características de su práctica en Venezuela. Esos rasgos diferenciales no son ajenos a este debate. Uno de los aspectos que concitaron mi atención hace años en Caracas, fue la relación fracturada entre la memoria individual y la social. Este desfasaje, en parte producto de la urbanización acelerada de Caracas, implicaba un cierto aislamiento de las referencias del pasado. Por ejemplo, los hombres de cuarenta o más años no encontraban restos materiales de su infancia en la ciudad ("yo jugaba en un terreno que ahora no existe. ¨ En aquella casa, ya demolida, se levanta hoy una residencia. , "Esa esquina es hoy "etc"). Esta condición de ciudad sin historia - que recuerdo haber planteado en un simposio de arquitectura de la Revista Criticarte- obligaba a los pacientes a tener como testigos de sus vidas a parientes o amigos muy cercanos, porque con la desaparición de las presencias materiales cambiaba también la población. Sin embargo, el aislamiento de la experiencia personal no era especialmente advertida, porque previamente la socialización ya había sido en general tardía. Usualmente la condición de ciudadanos, la construcción de un otro social generalizado, ocurría muy tardíamente por los aislamientos grupales y la carencia de prácticas colectivas amplias. Todo concurría en estos pacientes a una representación de sí mismos y su historia muy vinculada a los microgrupos. La Sociedad, o la Gran Historia, eran una referencia especialmente abstracta, y "El venezolano" o "el ciudadano", no eran sino encarnaciones retóricas, palabras vacías, con muy poca carne en la práctica social y en la subjetividad. En estas condiciones, paradójicamente, algunas corrientes psicoanalíticas, sin práctica social o institucional real ( tan abstractas y desarraigados como estas mismas personalidades), planteaban la destitución del Otro en la subjetividad como un ideal psicoanalítico. Ideal perfectamente plausible para Paris, y tal vez para algunos cosmopolitas caraqueños, pero sin ninguna sustentación en la realidad social local. Se trataba en ese caso de destituir un Otro que, en casi todo el plano de una práctica real, no aparecía en la clínica siquiera como socialmente constituido. De acuerdo a lo que hoy vemos con gravedad, ese Otro es más bien aquello que habría que sedimentar en esta sociedad para que funcione cierta decencia elemental.

La ausencia de formas institucionales vigorosas ( mediaciones del Otro en la sociedad), deja a muchos librados a las alternativas orientadoras que le ofrecen sus figuras primarias o sus figuras públicas, sin ningún tipo de transición de unas a otras. Pero esto no es solamente una característica costumbrista del "caudillismo" de América Latina, simple idiosincrasia de la idealización de las sociedades rurales, porque se trata de una población urbana que ha complejizado sus experiencias (como la que transita frente a los psicoanalistas). La actual coyuntura pone de manifiesto estas características, poco visibles hasta ahora para una práctica psicoanalítica derivada muchas veces de una suerte de subjetividad internacional, entelequia de simposios, más que práctica viva. En esta sociedad real, con un olimpo político poblado de imágenes fantasmáticas infantiles, y en un ámbito poco regulado normativamente, la condición pulsional resulta "explosiva", y los goces adquieren fácilmente una condición mortífera. De allí que ciertos momentos de la política, ciertas retóricas populares, cuando elevan atractivamente el nivel inmediato, coloquial y concreto, aumenten simultáneamente el riesgo pulsional destructivo. La pérdida de la abstracción, que debería acercar más a la realidad, equívocamente acerca más a los goces descontrolados, que carecen de figuras reguladoras que los neutralicen.

Sin duda, la rotunda exterioridad, la economía, juega aquí un papel: el cambio en la distribución moviliza las jerarquías que constituyen la sociedad, altera los vínculos, y remociona la intersubjetividad. Pero eso es porque la economía era solamente economía, y el sostén simbólico de la sociedad no era una ética global, sino una frágil mampostería de consensos sin hondura. La crisis hace visible la costura de las figuras internas, la arcilla endeble del sistema normativo debajo de la pintura, e ilustra la dimensión contingente de aquello que aparentaba ser necesario. La sociedad, entonces, como ruleta azarosa donde todos jugaban sus fichas, ha reducido su tablero, y en salvaje compensación ha incorporado las mismas normas como fichas, tal como quizás profetizaba con inocencia un poemario de Martha Kornblith sobre unas Vegas mítica, "El perdedor se lo lleva todo". La crisis resulta estentóreamente ética y subjetiva, y retoma todas y cada una de las historias personales. Los psicoanalistas, en la frontera donde se debaten estos términos, enfrentan un nuevo saber sobre el "interior" que tratan, porque ese interior se ha evidenciado, freudianamente, como pliegue de un exterior que muchas veces desconocían.

*Psicoanalista
yur5ma@telcel.net.ve

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