Carlos
Pacheco
...el
arte de narrar concluye. Cada vez es más raro encontrar
gente que sepa contar bien algo. [...] Es como si una
capacidad que nos parecía inextinguible, la más segura entre
las seguras, de pronto nos fuera sustraída. A saber, la
capacidad de intercambiar experiencias.
Walter Benjamin.
Traviesos,
nerviosos, irreverentes, los textos de Antonio López Ortega se niegan
a quedarse quietos sobre la mesa del crítico. A pesar de presentársenos
en los sucesivos libros organizados por sus respectivas fechas de publicación,
su estructura de secciones y su secuencia marcada por un índice normativo,
este conjunto de casi trescientos relatos, la mayoría de ellos de llamativa
brevedad, se niega a ser fijado en eso que solemos llamar un corpus
narrativo. Prefieren moverse ágilmente, intercambiando correspondencias
y variantes, refractando unos en los otros sus brillos y opacidades,
reaccionando a la mirada lectora como una inquieta escuela de peces
que por un instante nos ofrece una cierta forma de conjunto, para inmediatamente
transformarse, cambiar súbitamente su contorno y su rumbo, y dispararse
ávida en otro sentido, en busca de otro sentido.
Las calidades
de esa escritura están allí sin duda. Y a lo largo de ese viaje lectural
que es ante todo la operación crítica, voy registrando, en notas aún
provisionales las recurrencias de factura y de temáticas, los énfasis
y peculiaridades de las estrategias narrativas, el diseño de personajes
y episodios, de tramas y desenlaces. Al vincular notas, marcas y subrayados,
percibo, es cierto, un conjunto de rasgos que singularizan al escritor,
al tiempo que permiten visualizar su práctica estética también como
un viaje, como un itinerario a la vez cumplido y en proceso. Pero no
dejo de constatar la renuencia de estos textos a ser caracterizados,
definidos, sistematizados. En lugar de seguir entonces, en mi viaje,
la ruta establecida por ese código vial de lectura que son los libros,
decido infringirla, ignorarla. Acepto el reclamo del cardumen a continuar
vivo, moviéndose ante mis ojos. Con la intención probablemente vana
de captar ese movimiento de unos textos refractarios a la caracterización
estática, a la captura conceptual, me dispongo más bien ofrecer en estas
palabras de presentación una secuencia de algunas instantáneas de ese
cardumen narrativo tal como fueron captadas por mi retina de subacuático
lector.
Antes
de iniciar ese despliegue, en beneficio de la audiencia, y cediendo
por un momento a mis usos y costumbres de docente y de investigador
que me inclinan a ubicar y a documentar, enumero los títulos y fechas
que conforman una trayectoria literaria de más de 20 años que ha alcanzado
ya relieve significativo en el proceso de la narrativa venezolana. La
participación de Antonio en esa aventura juvenil y colectiva que fue
Ritos cívicos (1980), así como los textos de Larvarios
(1978) y el volumen Armar los cuerpos (1982) conforman lo que
él suele llamar la prehistoria de su escritura. Son conjuntos de relatos
que surgen de la experiencia del grupo La Gaveta Ilustrada, de
la Universidad Simón Bolívar, y del taller de narrativa del CELARG;
conjuntos que albergan las indagaciones iniciales de un narrador decididamente
encaminado a encontrar y a desarrollar sus propios impulsos estéticos.
A un segundo momento, lo que él ha llamado "la etapa parisina" pertenecen
Cartas de relación (1982) y los inclasificables textos de Calendario
(1990), dos conjuntos en cuya concepción y realización estéticas relucen
ya indiscutibles la autonomía y la originalidad de un creador maduro.
Naturalezas menores (1991) y Lunar (1997), libros hermanados
por una propuesta común y más propiamente narrativa, constituyen lo
más reciente de su producción y serán, junto a Calendario, el
objeto principal de mi atención en adelante.
I
La
instantánea inicial, la pulsión básica que primero impacta en la narrativa
de López Ortega es la mirada, la práctica de la observación, la preeminencia
de lo visual. Los narradores de estos relatos alojan en sus órbitas
unos ojos atentos y voraces que no quieren perder detalle de lo que
pueda ser visto. Por eso la frecuencia de descripciones puntualísimas
y exactas a pesar de ser sucintas. Por eso a menudo la historia, a partir
precisamente de observaciones minuciosas, se construye como una escena
y se desarrolla como una puesta en escena que la escritura despliega
ente los ojos del lector-espectador. El narrador cuenta en primera instancia
lo que ha visto, lo que recuerda haber visto con los ojos entrenados
de un fotógrafo como el Roberto Michel de "Las babas del diablo", de
Cortázar. Secundariamente, participan los demás sentidos que son siempre
más de cinco y que andan también por el mundo con apetito de percibir.
Por eso el relato parte en ocasiones de una fotografía, esa metáfora
mecánica de la impresión visual, y el enfoque narrativo es comparable
a un encuadre con una gama de amplitudes que va desde la panorámica
de un paisaje hasta el close-up de párpado, de un tobillo, de una semilla
de aguacate. Se trata pues de mirar intensamente. En Calendario,
de manera especial, se trata de mirar lo rara vez mirado, el envés de
las cosas, su lado oscuro, imperceptible, explorando en la sinécdoque
la trascendencia de los detalles no advertidos, para alcanzar un sentido
más profundo, existencial o poético, que yace en lo mirado. Se trata
en definitiva de un magnetismo hacia la experiencia del acontecer, una
necesidad de no dejar pasar la vida por delante sin asirla a través
de la percepción, sin atesorarla a través de la memoria, sin registrarla
a través de la escritura.
II
¿Qué
es lo que observa ese ojo avizor? Los objetos predilectos, los focos
de atención de esas asiduas miradas podrían configurar un segundo abordaje
a este dúctil conjunto de relatos. Si nos preguntáramos entonces por
los ejes temáticos, por los tipos de personajes más frecuentes y por
los emplazamientos favoritos de estas historias, notaríamos enseguida
que, aunque en los diversos libros ellas se propongan alternadas, aunque
fluyan entremezcladas como peces de diferentes formas y colores, muy
pronto, al avanzar la lectura, empezamos a constatar afinidades develadoras
de tendencias y de impulsos que permitirían una doble clasificación:
por una parte -pulsión centrífuga- las que tienden a una multiplicidad
dispersiva de escenarios y protagonistas; por la otra -pulsión centrípeta-
las que se organizan en torno a la trayectoria vital de un rara vez
nombrado protagonista ficcional. En el primer caso, en relatos como
"Transfusión", "Tanto depende" o "La china Chen", los espacios ficcionales
son por supuesto múltiples (desde la barcaza sobre el Misissippi hasta
una imaginada habitación conyugal en Ciudad del Cabo), mientras la concepción
de las tramas pareciera entretenerse en la contemplación de la diversidad
cosmopolita de personajes muy disímiles cuyos destinos se cruzan por
azar para revelar en ese instante de confluencia su común y compartida
humanidad. Las historias que responden al segundo impulso llegan a organizarse
nítidamente en torno al itinerario vital de ese personaje reiterado
como sujeto de experiencias, observaciones, memorias y recuentos. Sentidas
evocaciones de sus mayores, tiernas y también terribles memorias de
infancia se intercalan entonces a lo largo de los libros con anécdotas
de cofradías adolescentes y primeros amores, con instantáneas de viaje,
con episodios de encuentros y desencuentros de múltiples parejas, con
escenas sólo aparentemente banales de vida familiar. Los lugares reiterados
de estas ocurrencias (el campo petrolero, el club, ciudades como Caracas
o París, paisajes de las Canarias, la villa de Bellagio, en el norte
de Italia, las rutas y parajes vacacionales) no tardan entonces en identificarse
como los escenarios de una vida cuyos vestigios van siendo rescatados
a través de la memoria y la escritura. Una vida, entonces: ¿la vida
de quién?
III
La
aparente correspondencia de situaciones narrativas como las que acabamos
de mencionar con la trayectoria biográfica del autor real propone una
nueva clave de lectura que abre la posibilidad de un tercer acercamiento.
No se trata por supuesto, me apresuro a aclarar, de asumir una lectura
de estos relatos a partir de algún supuesto verismo testimonial. Ellos
son, definitivamente y sin lugar a dudas, ficciones. Sólo que son ficciones
organizadas, como propusiera acertadamente Julio Miranda, en torno a
un "protagonista intratextual" que asoma ya en algunos textos de
Armar los cuerpos y que "seguirá contándonos su vida en Cartas
de relación, Naturalezas menores y Lunar"2.
Lo que presenciamos a través de la secuencia fragmentaria de estas narraciones
es entonces la construcción de un sujeto, de un yo, de un personaje
y narrador ficticio que funcionará como núcleo organizador de la galaxia
de historias que nos ocupa. A ese casi siempre anónimo protagonista
pertenece el ojo avizor que nos encandilaba con su perspicacia en nuestra
primera instancia crítica. Él es el sujeto de las experiencias que fragmentariamente
se nos van entregando a lo largo de la mayoría de los relatos. Es él
quien las vive, quien las rememora, quien las reconstruye minuciosamente
a través de una incansable dedicación a la escritura en aquellos relatos
que, por esa precisa razón, hemos denominado centrípetos. Pero no sólo
en ellos. Es él también, me atrevería a proponer, o una variante suya,
quien reflexiona sobre esa experiencia en la quietud de una biblioteca
parisina, quien la problematiza, quien la elabora poéticamente, en esos
textos compactos, esféricos, sin desperdicio alguno, que conforman el
volumen Calendario. Es más, podría pensarse que es ese mismo
narrador quien recoge y enuncia las historias dispersivas de los textos
que hemos llamado centrífugos, quien acopia las experiencias ajenas
(vividas a veces frente al televisor, como en "El muro") para luego
reimaginarlas y elaborarlas desde su propia perspectiva, desde su insaciable
sed de contar. Es exactamente eso lo que ocurre, como permiten establecer
las dedicatorias y los nombres de los protagonistas, en textos como
"Criaturas" o "Identidad", donde se juega con la referencia a sujetos
reconocibles por el lector como Armando Romero o Manuel Espinoza. De
esta manera, aunque la mediación de ese omnipresente narrador ficticio
nos obligue a descartar del todo una plana lectura autobiográfica, múltiples
indicios de orden temático (entre ellos los nombres propios de los personajes,
como sucede en "El nadador" o en "Miraca") nos señalan una consciente
voluntad de velar y revelar a la vez, en el propio texto, esa relación
fantasmática entre el protagonista ficcional y su creador, en un juego
de complicidades con el lector que forma parte en muchos textos de la
letra gruesa del contrato de lectura.
IV
Cuando
ese yo del narrador se transforma en un nosotros, como sucede a menudo,
se pone de manifiesto más claramente lo que podríamos llamar su función
dentro de la dinámica narrativa. En efecto, ese narrador cuando se manifiesta,
a través de la primera persona del plural, como parte de distintas colectividades
(como hijo o como padre dentro de un grupo familiar, como miembro de
un clan adolescente, de un grupo de amigos adultos o de una pareja),
queda claro su papel como catalizador en el acto de contar. Aparece
entonces el cronista, aquél que asume la responsabilidad de ser memoria
y voz de esas "tribus" particulares y diminutas. Él encarna esa necesidad,
seguramente sentida también por otros, de que ciertos eventos no sean
olvidados, de que perduren como historias, como cuentos, respondiendo
a un impulso ancestral vinculable, como nos recuerda. Walter Benjamin,
con la misión de los narradores en las culturas orales tradicionales
3. En algunos relatos (como en el caso de "Retrato hablado") el nosotros
incluye también al lector, expresando así una nueva complicidad con
él al referirse, dentro de la historia, a las operaciones narrativas
mismas, en una nueva vuelta de tuerca discursiva que hace ingresar estos
relatos en la órbita de la metaficcionalidad.
V
En
algunas de las historias ocurren hechos que podríamos llamar trascendentes
en sí mismos a causa la gravedad de sus implicaciones, de la presencia
de la muerte que parece acechar a menudo en cualquier esquina: un asesinato
como en "Fisuras" o en "La réplica", un accidente probablemente fatal
como en "Ramo de limón florido", el asalto de "Retrato hablado". En
muchos de los relatos de Lunar y de Naturalezas menores,
sin embargo, nos movemos en el territorio de lo ordinario, de lo banal;
en ocasiones, en la más absoluta cotidianeidad. Uno de los logros de
esta narrativa es precisamente rescatar esa banalidad de la insignificancia.
Al ser mirada con atención, al ser percibida o recordada y luego narrada
con tanta intensidad y gracia, la anécdota olvidable, prescindible,
se transforma en cuento. Y es que podría decirse, usando un término
de la narratología, que en muchos de estos textos lo cotidiano se narrabiliza
a través de esos procedimientos; es decir, se vuelve digno de ser contado.
Como hay un afán de aprehender algo de la evanescente realidad, una
avidez de acceder al "revés de las cosas", los archivos de la memoria
son saqueados de todas sus semillas de historias. Aunque sea por retazos,
por fragmentos apenas, aparentemente inconexos, las ficciones de López
Ortega, revelan así una voluntad de no olvidar, de revelar y mantener
vivas como ficciones las potencialidades de trascendencia, de significancia,
que alientan en cualquier acto y situación humanos. En "Por una literatura
menor" y en varios otros textos de su volumen de ensayos El camino
de la alteridad4, puede leerse la formulación
de esta propuesta estética como una nítida poética narrativa.
VI
No
es nada extraño, por cierto, que varias de esas poéticas se encuentren
también en los libros ficcionales de López Ortega, como ocurre con el
fragmento de Calendario correspondiente al 15 de mayo. Nada extraño
tampoco que algunos relatos se dilaten en exploraciones metanarrativas.
Y es que en este cardumen de ficciones que hemos venido observando,
la práctica de la escritura, ese trayecto de innumerables opciones que
es el acto de escribir, no es sólo un instrumento trabajado con tenacidad
a la vez profesional y devota, sino un objeto ella misma de observación
y reflexión. Lo mismo ocurre con el acto de narrar en que esa escritura
resulta de manera preeminente. Las instancias de la producción del relato
(la fuente de un sucedido, el contraste y confiabilidad de las diversas
versiones, la perspectiva más adecuada para referirlo) emergen así para
formar parte de la historia misma. Este interés de Antonio por el oficio,
por las vetas y pulsiones internas, menos obvias del acto de escribir
y de narrar se manifiesta también y finalmente en la heterodoxia genérica
que caracteriza sus textos. Podríamos por supuesto denominar cuentos
o minicuentos a muchos de ellos; a otros, poemas en prosa. Y lo son
sin duda de alguna manera. Pero hay algo más. Los paradigmas de género
se agrietan, se fracturan por varios lados. Se fracturan por el lúdico
engarce con lo autobiográfico de que hablábamos antes. Fracasan también
por la frecuentación no menos lúdica y estéticamente consciente de algunos
géneros llamados menores y de alguna manera anacrónicos o latentes como
los apuntes de viaje, los cuadernos de notas, las cartas o el diario.
Se vuelven especialmente inútiles frente a los textos de Calendario,
que -aunque amparados en apariencia por la forma diario- permanecen
renuentes a la clasificación. La tersura del estilo y el juego con el
ritmo, la intensificadora brevedad en un arriesgado juego con lo implícito
y lo fragmentario, el marco narrativo aportado por el personaje narrador
y su ubicación en la biblioteca, reúnen tipos de enunciado muy diversos:
de la confesión y el soliloquio introspectivo al ensayo, pasando por
el poema en prosa, por el minirelato motivado por la más fugaz de las
percepciones, por la novela en gestación o los materiales para escribirla,
como acertadamente apuntara Julio Ortega5.
VII
Cuidadosa
y meditada, esta apuesta por la renuncia al formato, a la convención,
a la norma, es un nuevo argumento para postular finalmente cada uno
de los textos de Antonio López Ortega como parte de una búsqueda persistente
de lo nuevo y de lo propio; tanto de lo que por sincronismo epocal corresponde
al momento de su escritura, como de aquella otra correspondencia más
íntima, más raigal, con los dilemas y las preocupaciones que lo marcan
como hombre y como escritor. Una búsqueda, en otras palabras, que acusa
claramente los signos de su inserción en las estéticas de la posmodernidad
y el fin de siglo, mientras al tiempo hace visible sus gestos y pulsiones
características e intransferibles.
Aunque
renuente a cualquier fijación y persistente en su vivacidad en movimiento,
este cardumen de ficciones nos ha cedido sin embargo algunos de sus
perfiles: la mirada implacable; la cacería tenaz de historias virtuales
en los territorios de la memoria y la percepción; la construcción de
un sujeto, de una alteridad ficcional, que se divierte jugando a ser
la sombra de su autor; la exitosa persecución de lo contable, de lo
relevante, de la significación, en aquello que pareciera ocurrencia
fugaz y deleznable; la iluminación del envés de la realidad; la meditación
sostenida sobre ese escribir y ese narrar en el momento mismo de realizarlos
como prácticas; la productiva violación de los códigos genéricos...
Los puntos suspensivos cedan paso ahora a la lectura. Pronto, estoy
seguro, con la participación de este auditorio de lectores, ella permitirá
que aparezcan nuevas y también fugaces siluetas de ese cuerpo plural
y en movimiento.
Caracas,
11 de mayo de 1999.
1. Este texto fue leído como presentación de Antonio
López Ortega en la sesión de los Martes de narrativa (CONAC /Espacios
Unión) correspondiente al 11 de mayo de 1999. Fue publicado en el Cuadernillo
Nº 34: Antonio López Ortega. Caracas, Espacios Unión, 1999: 5-12.
2. Julio Miranda: "La narrativa de Antonio López Ortega: 'Recuperar
imágenes que ya nadie retiene'". Prólogo a Calendario y otros textos.
Caracas, Monte Avila Editores Latinoamericana / Equinoccio (USB). 1990:
14.
3. Walter Benjamin: "El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nicolai
Leskov", recogido en Sobre el programa de la filosofía futura y otros
ensayos, Caracas Monte Avila Editores, 1970: 189-211.
4.
Antonio López Ortega: Los caminos de la alteridad, Caracas, Fundarte.
1995.
5. Julio Ortega: "Antonio López Ortega y la escena del relato", en su:
El principio radical de lo nuevo. Posmodernidad, identidad
y novela en América Latina, México, FCE, 1997: 255-258.
Referencias
Bibliográficas
Benjamin,
Walter: "El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nicolai Leskov",
recogido en Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos,
Caracas Monte Avila Editores, 1970: 189-211.
López
Ortega, Antonio: Larvarios, en Cuerpo Plural, Caracas,
Ediciones La Gaveta, 1978.
________:
Armar los cuerpos, Caracas, Centro de Estudios Latinoamericanos
"Rómulo Gallegos", Colección Voces Nuevas, 1982.
________:
Cartas de relación. Caracas, Fundarte, 1982.
________:
Calendario. Caracas, Monte Avila Editores, 1990.
________:
Calendario y otros textos. . Caracas, Monte Avila Editores Latinoamericana
/ Equinoccio (USB), 1990.
________:
Naturalezas menores. Caracas, Alfadil Ediciones, Colección Orinoco,
1991.
________:
Los caminos de la alteridad, Caracas, Fundarte, 1995.
________:
Lunar. Caracas, Fundarte, 1997.
Miranda,
Julio: "La narrativa de Antonio López Ortega: 'Recuperar imágenes que
ya nadie retiene'". Prólogo a Calendario y otros textos. Caracas,
Monte Avila Editores Latinoamericana / Equinoccio (USB), 1990: 9-17.
Ortega
Julio: "Antonio López Ortega y la escena del relato", en su: El principio
radical de lo nuevo. Posmodernidad, identidad y novela en América Latina,
México, FCE, 1997: 255-258.
VV.AA.:
Ritos Cívicos, Caracas, Ediciones La Gaveta Ilustrada, 1980.
(Aparece firmada con el seudónimo de José María Acomedido).