Morir para nacer. Series litúrgicas de Javier Level

Zuleiva Vivas


La transformación es lo eterno, este hallazgo constituye uno de los conceptos fundamentales derivado de la observación del hombre a la naturaleza. Todo lo que existe se halla sometido a un proceso continuo de metamorfosis. La vida es perecedera, un soplo de brisa, la energía vital no puede acabarse, no puede desaparecer. (reiterativo). El fenómeno físico -los astros en el cielo, la fuerza infinita de los agujeros negros, los átomos, las rocas y el hombre mismo- está condicionado por las fuerzas dinámicas, creativas y destructivas que se encuentran y chocan. En esa lucha de fuerzas antagónicas se determina el acaecer cósmico y su materialización es la naturaleza. Es allí donde perece la vida, nuestra existencia en la tierra es una etapa del camino. Una poesía azteca nos dice: Sólo venimos a dormir,/ Sólo venimos a soñar,/ no es verdad, no es verdad/ que venimos a vivir en la tierra.(Traducción de Angel María Garibay K.).

Los antiguos nos enseñan que cuando morían los hombres no perecían, sino que de nuevo comenzaban a vivir, transmutaban en espíritus o dioses. La mayoría de las culturas antiguas al cristianismo cuando el hombre había terminado su existencia terrenal, para continuar su vida como huésped del dios de la muerte, no llegaba a un lugar de eternas tinieblas. El viaje a ese más allá, largo y pesado, duraba cuatro años. En el camino el muerto tenía que someterse a varias pruebas mágicas: atravesar un río caudaloso, pasar entre dos montañas que se juntaban, resistir a vientos helados cortantes como navajas, defenderse de fieras que querían arrancarle el corazón, etc. Para que pudiese desafiar todos esos peligros, ponían a su disposición un guía en forma de perro y en la boca le metían una cuenta de jade, que le serviría para protegerse de las fieras empeñadas en destrozarle el corazón. Como provisión para el viaje colocaban en la tumba vasijas con comida y bebidas. Toda muerte es para la mentalidad mesoamericana el preludio de una nueva vida. No hay ningún final es el principio de algo nuevo. La frase de Heidegger según la cual "el principio contiene ya oculto al fin", la podemos aplicar al México pre-hispánico con solo invertirla: "el fin contiene ya oculto el principio". El mito en estas culturas no conoce un paraíso que sea recompensa del bueno, ni conoce el infierno con sus tormentos eternos para el castigo del malo. La supervivencia después de la muerte no es premio de una conducta moral; es consecuencia de la indestructibilidad de la energía vital. El infierno mexicano está en la tierra, es la vida en esta tierra. El infierno está en la incertidumbre y problematicidad de toda existencia humana, entregada a la merced de las oscuras potencias que actúan a su arbitrio. Las representaciones del símbolo de la muerte han sido una constante en el arte de toda la humanidad. Para el hombre de la civilización occidental, que inventó como alegoría popular la danza macabra, también la calavera es una amonestación que le obliga a pensar en el fin, en abandonar el pecaminoso hacer. El memento mori que significan estas representaciones es expresión de su angustia mortal, de su temor al Juicio Universal y a los horrores del infierno que esperan al pecador en el más allá. En nuestras culturas mesoamericanas la calavera no tenía nada de angustioso u horripilante. Era la alusión a la inmortalidad de la vida: un signo lleno de promesas de promesas, la resurrección.

Para la ideología cristiana el milagro de la resurrección de la carne, se debe a la pasión y muerte de Cristo, está sujeto a la obligación de una vida grata a Dios. Javier Level conjuga en sus series escultóricas la esencia de ambas ideologías: mesoamérica y el cristianismo se funden en un sincretismo trágico y alegórico. La agonía y la muerte están presentes en sus propuestas de cinco años de intensa labor creativa. Las impresiones que le causa la pieza que representa al Dios de la Muerte durante una visita al Museo de Antropología de México se aprecian claramente en la primera serie titulada Las columnas de Pitao Becelao. El artista se apropia del nombre del dios para adentrarse con fuerza en el tema de la muerte imposible. La dualidad vida-muerte que sufrimos diariamente al toparnos con enfermedades como el sida o la destrucción silenciosa de las drogas en la sociedad actual. Son piezas compuestas con fragmentos de cerámica, huesos, peces, ornamentos y del Cristo cuyo único soporte es la columna labrada con diseños de sellos indígenas. La alusión al peso y la significación de los primeros habitantes se expresa mediante la fuerza totémica de esta geometría perfecta. El caos sobrevive y resiste a su propia muerte en vida por el soporte indígena. Level nos habla desde una lucha entre el bien y el mal, plantea el mestizaje y el encuentro entre dos mundos como la posibilidad de una muerte necesaria para obtener la resurrección. Incorpora su propio rostro como una manera de mostrarnos al hombre desgarrado y sufrido que parece sucumbir entre tanta identidad destrozada. "Son fragmentos de identidad de mi propio espacio latinoamericano.

La escultura en Javier Level se erige estandarte de identidades sincréticas. Los retratos y autorretratos revelan la necesidad de mirar también hacia adentro de sí mismo y del núcleo familiar para apuntar nuestro barroquismo: arte y artesanías, religión y creencias indígenas, vida, muerte. El mundo complejo al que nos hemos acostumbrado desde siempre aparece en las obras de Javier Level para apuntarnos certezas olvidadas: somos latinoamericanos y estamos hechos de fragmentos, caos y muerte. La silla funeraria se hace espejo donde mirar profundamente estas verdades. El rostro del artista rompe la harmonía del mosaico bizantino. Ojos abiertos y ojos cerrados se funden en un solo asiento de piedra y sordos cantos. Se observa la señal del artista en cada obra. Son sus Árboles monstruos salidos de alguna película reciente de ciencia-ficción, aliens pretendiendo convertirse en mártires o caníbales. Es la siniestra mirada del profeta artista que entierra trozos de ancestros entre clavos y púas para dejar salir sueños en forma de cabezas y esperanza de liberación. Dejar salir estos fantasmas le ha costado a Javier años de continua elaboración de resinas e ideas bien hilvanadas. Se trata de mirar la tragedia como troncos secos arrastrados por las aguas que pueden retoñar después de la tormenta En esta serie de obras se nos muestra la persistencia del artista al conciliar el símbolo y el rito en alegoría de seres y trastos para ofrecernos finalmente una liturgia propia que juega con la muerte desde la vida.

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