
Con
la condición posmoderna, se ha abierto la fragmentación de la narrativa
ficcional, como una parte del saber. En las grandes obras narrativas
de los años sesenta, la literatura se perfilaba como un valor y un paradigma,
porque se escribía "en la literatura y con la literatura" (Osorio, N.
1993: 98), en aquellos momentos, aunque el modelo de la literatura escrita
fuese agredido, cuestionado y tratase de ser superado, siempre consistió
en un fenómeno ocurrido desde la perspectiva ilustrada, porque el programa
implícito consistía en superar la propia literatura, que ha seguido
siendo el espacio en que se movían y el territorio que se pretendía
dominar.
Si
se parte de la idea de que la literatura de unos lapsos determinados
siempre reflejará el sentir de dichos tiempos, en el período finisecular
predomina la condición postmoderna y falta un relato único que sirva
de guía; en otras palabras, prevalece una situación sin brújula y no
existen verdades de las que se pueda asir el sujeto. Ante este hecho,
donde imperan la incertidumbre, el escepticismo, la diseminación, las
situaciones derivantes, la discontinuidad y la fragmentación (Urdanibia,
I. 1990: 68), surgen nuevas claves que dan cuenta de por dónde parecen
moverse los gustos de la actual condición en lo que respecta a la narrativa
ficcional. De ello, se desprende que la emisión del mensaje narrativo
había tratado de situarse en el núcleo de los valores ilustrados de
la sociedad; esto es, en una zona central o "no alterna", cuyo espacio
había generado el hecho literario.
Desde
ese núcleo, emanaba una especie de modelo institucionalizado, entendido
como la cultura que establecía los valores: éticos, estéticos, artísticos,
religiosos, etc, regidores de la humanidad. Esta perspectiva o foco
centralizado de la cultura presenta una significación capaz de ser criticada,
agredida, confrontada o simplemente examinada; pero el meollo siempre
partiría de una emisión cultural que dilucidara sobre sí misma o sobre
sus discursos existentes paralelamente en su entorno. Desde este sitio
privilegiado del discurso no alterno, emanaban los rasgos ideológico
- culturales que organizaban la emisión literaria y, entre sus características
más resaltantes, habría que señalar, en primer término, su carácter
erudito, desde donde se valoraban, comprendían y jerarquizaban las otras
formas de la producción cultural.
Desde
los discursos literarios centralizados, se incorporaba inconscientemente
lo masculino y lo heterosexual como modelo privilegiado de lo humano;
por esta razón, se organizaban y comprendían otras modalidades como
variantes y, en este caso, se podría nombrar como ejemplo lo femenino
y la homosexualidad. El discurso legitimante, como lugar privilegiado,
ha asumido la condición del hombre blanco como prioritaria y, con relación
a ella, se han comprendido las otras: mulato, negro, etc. De la misma
manera, funciona lo urbano y la condición adulta, con respecto a sus
variantes: lo rural, lo campesino, la niñez o la adolescencia. Sin lugar
a dudas, el centro habría de ser entendido como el territorio simbólico
del poder y ocurre, en general, en toda la literatura: se "produce"
desde ese centro masculino, blanco, propietario, ilustrado (para señalar
solamente algunos de sus rasgos). En otras palabras, el centro de emisión
del discurso literario artístico y cultural en general, está formado
por "una perspectiva que es básicamente masculina (…) blanca, ilustrada,
urbana y adulta. De alguna manera es el modelo de la hegemonía social
trasladado al sistema literario y cultural. (Osorio, N. 1993: 99)
Este
razonamiento, indudable corazón de una emisión cultural, se presentaba
como un espacio ideológico definido por sus intereses. Sus atractivos
ni siquiera pretendían ser postulados, ni defendidos; simplemente eran
considerados como establecidos por la sociedad y constituían un paradigma
básico en función del cual se expresaban, comprendían y jerarquizaban
los discursos alternos, que giraban en su periferia.
En
este orden de ideas, no se pretende cuestionar el discurso centralizado
para postular el alterno y fijar su emancipación; el hecho reside en
postular la existencia de una reflexión con un espacio propio, fuera
del eje del hecho literario institucionalizado. Este mundo de atractivos
alternos reclama un lugar para "todo lo que no forma parte de las jerarquías
dominantes en lo social, lo cultural, lo moral. Lo que no forma parte
de lo establecido" (Osorio, N. 1993: 100).
Con
la condición postmoderna, los discursos centrales han sido vistos como
espacios de poder susceptibles al cuestionamiento, la burla, la ironía
y la posible sustitución. Al pretender una nueva forma de dominio cultural,
las voces alternas emergen y, en el área de la narrativa de ficción
específicamente, han procurado dar cuenta de paradigmas diferentes.
Este hecho ha dado pie para que las reflexiones periféricas hayan procurado
su propio territorio de poder y se hayan manifestado, en mayor escala,
en las últimas décadas del siglo xx.
El
rechazo a la modernidad ha llevado consigo la propuesta de una búsqueda
consecuente cobijadora de la periferia desde su propio centro, desde
donde pueda localizar el marco referencial de sus valores; en definitiva,
es la propuesta de "una comprensión adecuada de esta narrativa [que]
reclama más bien el considerarlas en su propia interrelación, como expresiones
de un nuevo proyecto estético- ideológico, todavía en proceso de afirmación
y búsqueda, que busca salirse de las premisas en que se basaba la narrativa
anterior y construir su propio espacio literario". (Osorio, N. 1993:
100).
Al
decretarse la muerte de los discursos que no llenan las perspectivas
del sujeto postmoderno, se ha abierto un espacio a conceptos novedosos
en las últimas décadas del siglo xx. Este fenómeno reciente, expandido
con gran velocidad en "las conciencias de los hombres de nuestros días"
(Viana, M. 1996: 101), se ha liberado de la obsesión de unidad y totalidad
y, de esta manera, la legitimación consistirá en reconocer, por una
parte, la multiplicidad e "intraducibilidad" de los juegos del lenguaje,
mutuamente ensamblados; y por otra, su autonomía y su especificidad,
sin reducir los unos a los otros.
Como
estos hechos no han sido indiferentes a la creación literaria, muchos
escritores del siglo xx, al igual que lo ocurrido a científicos y filósofos,
al cabo un tiempo de optimismo han encontrado problemático su medio
"de lenguaje" (Breuer, R. 1993: 122). Los procedimientos tradicionales
de los escritores no han potenciado novedades para los discursos finiseculares
y, por eso, han sido requeridas tácticas diferentes que descubran la
realidad inventada en el proceso escritural. De esta forma, los conceptos
postmodernos contienen todavía mayor potencial crítico que las concepciones
modernas y es posible un cambio de perspectiva en la teoría; por eso,
la motivación de la postmodernidad se ha convertido en el eje de la
teoría critica de hoy (Welsch, W. 1997:43).
Estas
son algunas de las razones, inspiradoras de los escritores que han acudido
a discursos alternos para enriquecer sus producciones novelísticas.
Los autores latinoamericanos de las últimas décadas del siglo xx no
han seguido los usos tradicionales en la elaboración de sus obras y
se han regodeado, frecuentemente, con técnicas diferentes, que incluyen
recursos paraliterarios, proveedores de estereotipos en los textos literarios
(Solotorevsky, M. 1988).
La
narrativa latinoamericana de las últimas décadas del siglo xx (años
70,80 y 90) ha postulado una variedad de discursos alternos, cuyas características
particulares venían gestándose ya en décadas anteriores, a tal punto
que los años sesenta han tenido una importancia definitoria en el mundo
actual. Fueron los años de la llamada Revolución Científico- Técnica
y el inicio de la época de las grandes computadoras y de la informática
(Osorio, N. 1993: 96); por consiguiente, lo que hoy día ocurre en literatura,
no puede ser comprendido en su conjunto si no se toma en cuenta la gestación
que marcó una nueva etapa en el proceso literario.
Aunque
los procedimientos utilizados por los escritores postmodernos también
han sido abordados en otras épocas, existe una mayor frecuencia en este
período, en el que se han dado cita diferentes discursos alternos para
conformar un corpus narrativo que dé cuenta de las características discursivas
de las últimas décadas del siglo xx. En este sentido, y entendida la
etapa finisecular como un cambio de actitud ante los grandes relatos
o aspiraciones del ser humano, es posible pensar en la variedad de narradores
latinoamericanos que se han dejado llevar por esta condición del espíritu
y han replanteado su escritura de manera diferente a las propuestas
por la erudición literaria.
En
una visión panorámica de estos discursos alternos, no oficialistas,
concurre el "discurso fílmico", surgido desde el momento en que el arte
de la imagen, propio del cine, ejerció su influencia sobre los textos
escritos. Ambas artes: cine y literatura, se han esforzado por salir
de la linealidad temporal de sus relatos y ha habido entre ellas una
influencia recíproca, tanto así que "el ojo cinematográfico" y la "conciencia
narradora" son puntos convergentes para el análisis, tanto de las producciones
cinematográficas, como de las novelísticas.
Evidentemente,
se trata de discursos diferentes, porque la lectura del espectador cinematográfico
es distinta a la lectura del lector de novela (Puig, M. 1985: 290);
sin embargo, puede suceder que algunas imágenes proyectadas desde la
ficción textual inviten a lecturas cinematográficas, con la presencia
de cierres en fundido, de planos que desaparecen poco a poco en la oscuridad
(Peters, J.L.M. 1961: 25). Este hecho ocurre porque la narrativa suele
caracterizarse por "saquear" a otros géneros, incluyendo el cine (Carrera,
G.L. 1984) y, en un momento dado, el arte de la imagen ha ejercido mayor
influencia sobre la narrativa. Ambas disciplinas se han esforzado por
salir de las limitaciones impuestas por la linealidad y objetividad
del relato tradicional, y el resultado es la influencia recíproca entre
ojo cinematográfico y la conciencia narradora.
Otro
elemento compartido entre el cine y la literatura es el correspondiente
a la tensión dramática o la espera y temor de una nueva espera. Esto
se logra con la evocación de otros momentos de las acciones; para ello,
se procura crear una tensión, atenuarla, acrecentarla y renovarla. La
exacta distribución de esos instantes de tensión en el curso de la narración
(tanto textual como fílmica) tiene una importancia capital en la construcción
de este tipo de discursos. Autores venezolanos, entre otros, que hacen
gala de estas técnicas son: Gustavo Luis Carrera: Viaje inverso (1977),
La muerte discreta (1982); Antonieta Madrid: No es tiempo para rosas
rojas (1975, 1983) y José Balza: Medianoche en video: 1/5 (1988)
Menospreciada
por muchos años y entendida como fenómeno orillero, la música popular
latinoamericana había sido relegada, por las élites intelectuales o
discursos centralizados, al rincón de los bares y rocolas que ofrecían
un testimonio de abandono. Con el cambio de perspectivas, ante la condición
postmoderna, algunos escritores latinoamericanos de prestigio han construido
sus temas y ficciones en torno al elemento popular y, de esta manera,
ha entrado el kitsch y todo lo cursi en la narrativa. De igual forma,
ha surgido la novela bolero (Santaella, J.C. 1990) y la literatura cassete
(Baez, J.C. 1990) que otorgan una presencia significativa de la música
dentro del texto literario, tanto así, que la escritora mexicana Laura
Esquivel ha incorporado un CD en su novela La ley del amor publicada
en 1995.
Para
algunos autores, el ingrediente musical ha añadido cierta cadencia y
ritmo a la narrativa; el propio título de una de las obras del puertorriqueño
Luis Rafael Sánchez La Guaracha del Macho Camacho, adelanta la noción
de música; por eso, como ha mencionado el propio autor, más allá de
las peripecias y la actitud de los personajes "ante el guiñol de su
existencia está el ritmo de guaracha (...) son liviano que narra, con
aires de mofa y entrañable alegría acontecimientos o pecadillos populares"
(Sánchez, L.R,1981: 338).
En
este orden de ideas, son reivindicadas las imágenes de los prostíbulos
y los bares, y surgen como referentes textuales Agustín Lara y José
Alfredo Jiménez, connotados cantautores de boleros, recordados en las
ficciones narrativas "de la canción" (Monsivais; C. 1990). Entre las
novelas claves para esta muestra representativa se podrían nombrar:
Arráncame la vida de Angeles Mastreta (1985), obra que pone en evidencia
el parentesco de la música con la literatura como elemento estructurador
de la narrativa latinoamericana. La memoria musical que envuelve a los
países latinoamericanos está presente en esta obra, por cuyas páginas
se pasean con vida los románticos de la canción mexicana: Toña la negra,
Pedro Vargas y Agustín Lara. Otras obras que proclaman la música en
su ficción se dan cita en este escenario: Si yo fuera Pedro Infante
de Eduardo Liendo (1989), La importancia de llamarse Daniel Santos de
Luis Rafael Sánchez (1989), Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera
Infante (1972) y Celia Cruz, reina rumba de Humberto Valverde (1981),
porque utilizan esta variedad del discurso periférico, surgido en forma
alterna a la literatura consagrada por la erudición.
El
discurso fotográfico, sin duda presente en la obra de variados autores
latinoamericanos, proyecta una adecuación entre los signos fotográficos
y los literarios (Carrera, L. 1994: 69); en este caso, se trata de textos
que postulan la presencia de fotos como pretextos para su construcción.
Las fotografías como mensaje connotativo de las novelas, deben ser interpretadas
por el lector y, con razón, se ha dicho de ellas: "¡Qué tenebrosos precipicios
se abren ante nosotros a veces con la visión de ciertas fotografías!.
Los personajes jamás identificados, las miradas cristalizadas sobre
la superficie fluctuante y prístina de esas imágenes que nunca sabemos
si son de metal o de cristal, de espejo o de luz congelada". (Eliozondo,
S. 1969: 253)
Este
recurso es evidente en la novela Ojo de pez de Antonieta Madrid (1990),
donde existe una adecuación entre los signos fotográficos y los literarios;
en este caso, "ojo de pez" también es el nombre dado al lente de visión,
caracterizado por abarcar 180 grados, y la obra se corresponde con el
transcurrir de una conciencia ante un álbum de fotografías. Ojo de pez
está construida sobre bases fotográficas evidentes que inciden en la
organización del material novelesco. Otras narraciones que dan cuenta
de imágenes fotográficas para la organización de sus mundos ficcionales
son: Adiós gente del Sur de Orlando Chirinos (1990); Perfume de gardenia
de Laura Antillano (1984) y Vagas desapariciones de Ana Teresa Torres
(1995).
El
lenguaje folletinesco constituye otro discurso que ha ocupado su espacio
en la narrativa finisecular latinoamericana, aunque tenga sus raíces
a finales del siglo XIX. El argentino Manuel Puig ha añadido el subtítulo
de "novela folletín" a su obra Boquitas pintadas, cuyas características
se corresponden con la novela sentimental (citado por Sarduy, S. 1971:
412), incluso, el propio autor ha señalado que, con la obra, había intentado
una nueva forma de literatura popular (Puig, M. 1969).
Este
esquema folletinesco ha sido uno de los productos de ficción utilizados
por los autores latinoamericanos de las últimas décadas del siglo xx.
En la obra El plan infinito de Isabel Allende (1992), se puede observar
esta recurrencia capaz de representar pasiones y conflictos sentimentales
sufridos por los personajes, quienes después de haber pasado por un
largo periodo de fracaso, decepción, enfermedades o muerte, se instalan
al final de sus vidas en el espacio reservado a la felicidad, la belleza
y la plenitud amorosa (Carrera, L.1995)
Es
de observar que este tipo de literatura de masas también es conocida
con otros nombres, entre ellos, los de "literatura de quioscos" o "literatura
kitch"; esto se debe al hecho de que abastece las librerías con novelas
al estilo del best-sellers y su finalidad es la venta del producto.
En todo caso, sea cual fuere el objetivo de la subliteratura, otra forma
de mencionarla y, aunque existan diferencias evidentes entre ella y
el discurso establecido; ambas formas de escritura están regidas por
leyes internas que le dan cabida en el escenario de la ficción. De acuerdo
a este hecho, tanto la literatura minoritaria y selecta, representativa
de los altos valores espirituales y culturales, como la subliteratura
o literatura mayoritaria, a ras de suelo, quizá subterránea pero no
menos verdadera, son capaces de nutrir amplias capas de la sensibilidad
colectiva y de expresar los ideales y los valores del hombre común.
(Serrano Poncela; S. 1966: 5)
Al
reescribir la temática del folletín, algunos autores incursionaron también
en la tendencia policial. De manera que el actual policial latinoamericano
se consolida definitivamente durante las décadas de los 70 y los 80
(Castillo Castro, L.F, 1993:114). Entre los autores representativos
de este discurso, se señala a Marco Denevi con Asesinos de los días
de fiesta (1986) y Rosaura a las diez (1981); Juan Vilorio con El disparo
del argón (1991), Chaparro Valderrama con El Capítulo de Ferneli (1992)
y Eduardo Liendo con Los platos del diablo (1991)
El
uso del discurso epistolar, tan frecuente en la literatura autobiográfica,
confesional y el diario íntimo, se reconoce en obras como Querido Diego,
te abraza Quiela de la escritora mexicana Elena Poniatowska (1995),
donde se refleja la combinación genérica evidenciada por las cartas:
el discurso amoroso sirve de marco enunciativo para el desarrollo de
la ficción (Cróquer, E. 1994: 122). La correspondencia, representada
en este tipo de obras, pone en evidencia el carácter ritual y obsesivo
de una escritura manifestada como el intento reiterado de obtener una
palabra sustituta. Este recurso también ha sido empleado por el colombiano
Darío Jaramillo Agudelo en su novela Cartas cruzadas (1995).
El
discurso femenino ha sido muy discutido, porque también se encuentra
"al margen" de los centros intelectuales. De suerte que, en las últimas
décadas, los estudios literarios se han visto sacudidos por la crítica
feminista que procura ser portavoz de los sectores más oprimidos, marginados
y olvidados de nuestras sociedades. No se puede negar que existe una
gran expectativa ante la literatura elaborada por mujeres, porque se
plantea una serie de interrogantes, cuyas respuestas oscilan entre límites
contradictorios.
En
todo caso, la literatura es arte y el sexo no es determinante en su
elaboración; como ha opinado una autora en alguna oportunidad: