CLITEMNESTRA
tragedia en tres actos de León Febres-Cordero

    Cada uno de nuestros actos, sean estos trascendentales o baladíes o simplemente aquellos actos que van tejiendo el tapiz de nuestros hábitos y costumbres, agitan, al ser ejecutados, como un enjambre de imperceptibles daimonios que pululan a nuestro alrededor. Cada una de nuestras acciones---desde llevarnos la mano a la cabeza, hasta escalar una escarpada montaña---animan a esos daimonios de manera análoga a como se revuelven virus y bacterias cada vez que respiramos. La fuente del plomo que pareciera forjar en el cielo una inmensa lápida gris cuando nos descubrimos apresados por la fatalidad, no hemos de buscarla en la inextricable divinidad ni en los crípticos textos sagrados, vengan estos de Oriente o de Occidente, sino en nuestras propias acciones, sean éstas conscientes o no, sean el producto de alevosas maquinaciones o meros reflejos autónomos. Ser un ser humano y estar vivo sobre la tierra es actuar, realizar acciones, y ello, de por sí, supone una inevitable fatalidad. nuestros actos dependen de nosotros, pero no así la fatalidad que de ellos pueda desprenderse.

    La Clitemnestra de Esquilo acuna en su interior la ira que le produjo el sacrificio de su hija Ifigenia a manos de su propio padre Agamenón. Da igual que la vida de Ifigenia haya sido el precio que pidió la diosa Artemisa para enviar vientos favorables a la bahía de áulide. Da igual que Agamenón se haya debatido, intentando escapar a los designios divinos. Da igual que el propio Aquiles haya presenciado, impotente, cómo los ejecitos le plantaban cara cuando pretendió salvar del ara sacrificial a su falsa prometida. Da igual, por últimno, (y éste es un rasgo característico de la religiosidad griega), que Ifigenia haya sido, de hehco, transportada por la diosa al país de los Tauros tras haber sustituido su cuerpo por el de una cervatilla . La acción de Agamenón desató la fatalidad. Al regresar victorioso de la guerra de Troya, le esperaba el baño en el que fue asesinado. Clitemnestra blandió el hacha sangrienta, y Egisto, su amante, sostuvo los espasmos del brazo de su amada.

    En Clitemnestra, la tragedia que vamos a presenciar hoy, los roles se invierten: Clitemnestra ejecuta la acción fatal. Enamorada del novio de su hija, Agamenón, termina asesinándolo al creerlo responsable del suicidio de Ifigenia, un suicidio que nunca tuvo lugar. Ifigenia fue transportada a tierras lejanas, no por la mano invisible de una diosa, sino por las maquinaciones de Egisto. Entre el magistrado y Clitemnestra se establece un vínculo pasional que los ata y los condena. En el trasfondo de la tragedia palpita una imagen horrenda de la madre y su ancestral relación con la hija, madre e hija entendidas no como individualidades sino como partes iguales de una misma naturaleza: la naturaleza humana. Ser un humano y estar vivo implica, necesariamente, la ejecución de una serie indefinida de acciones, acciones que, como hemos dicho, están de continuo rodeadas de un enjambre de daimonios. Cada uno de ellos clava su aguijón en la médula de una acción, esa acción desata la fatalidad. La acción fatal es la que nutre el nuevo mito, en este caso el mito (o argumento) de la tragedia de Clitemnestra. Una mujer sostiene en su brazo tembloroso el puñal con que dio vida a la acción que daría vigor a la muerte. La vemos agitarse, enloquecida, sobre el escenario. Nos vemos, tal vez, en ella y tememos por ella y por nosotros, nos apiadamos de ella y de nosotros. Lo que nos cuesta ver es la urdimbre que la fatalidad fue tejiendo a su alrededor con cada uno de sus actos. Esa fatalidad que no alcanzamos a ver, es pariente de la que están tejiendo en este preciso instante el enjambre de daimonios que pululan alrededor de nuestros actos. Porque somos naturaleza humana: seres humanos que estamos vivos sobre la tierra, y actuamos.

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