La catástrofe imaginaria

Roberto Martínez Bachrich

     Gisela Kozak reflexiona en La catástrofe imaginaria (Planeta, 1998) en torno a una serie de problemas de pesada actualidad: la crisis de la cultura, el hombre, la sociedad, América Latina y los intelectuales. Los temas de este libro (Premio Municipal de Investigación Literaria) han sido ya mascullados por los más diversos autores. La feliz diferencia entre La catástrofe... y textos anteriores reside en la ausencia, aquí, de ese desacertado tono de alarma, esa letra que parece parto del Apocalipsis. Toda crisis es alarmante, sin duda, pero darlo por tácito es siempre más inteligente que repetirlo hasta que se derrita la lengua. Así, se abordan temas de perpetua importancia sin los riesgos propios (remedio para insomnes) a que dichos temas nos tienen acostumbrados.

     "Si llegamos tarde al banquete de la civilización, es poco elegante hacer dieta" escribe Kozak, parodiando a Alfonso Reyes. Y La catástrofe... tiene justamente ese tono de antidieta que hace de su lectura una amarga satisfacción. Leemos asuntos trascendentales, problemas que atañen y aturden a todos los involucrados en el mundo de la cultura; pero no sentimos la necesidad imperiosa de cerrar el libro y tomar antidepresivos. El ingenio, la ironía y una mirada hiperbólica -en su sana medida- hacen que el ensayo/relato se levante sobre asuntos (modernidad, posmodernidad) que ya suelen producir alergias irremediables en lectores acostumbrados al sonido hueco que con ellos traen: Todos lo saben todo y nadie sabe nada, todos dicen todo y nadie dice nada. La autora sabe sortear con agilidad esos abismos y es capaz de poner las cosas en su lugar bien pronto para comenzar el autocuestionamiento y el diálogo de ideas, lecturas y propuestas que le (y nos) competen. La estructura del libro apuesta a una "intersección de condiciones que genera una red". Al lector corresponde enredarse en ella y unirse así, al urgente debate que La catástrofe imaginaria parece exigir.

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